Blog MariaG

01/10/2011

Caprichos de la Naturaleza

Filed under: La verdad no hay quien la crea — MaríaG @ 3:10 am

Estuvimos largo tiempo delante de la pantalla del ordenador mirando fotos y haciendo alguna que otra llamada. Él es un cliente asiduo y nos gusta tener juguetes nuevos cada vez. Buscábamos una chica para un rato de pasión a tres. Varias llamadas infructuosas hasta que dimos con ella.

Llegó tarde. Alta, morena, española, dejó el bolso en la mesa, se quitó los zapatos y se encaminó a la ducha. Por petición de la recién llegada bajamos la luz un poco, pero no tanto como ella pedía, nosotros queríamos verlo todo.

Me llamaron la atención sus manos grandes aunque cuidadas y sus pies, probablemente calzaría un 42. De cuerpo estrechito, culo pequeño y prieto, pechos perfectos, de los que mi mano cubre sin problemas. Su edad me resulta un misterio, decía tener 25 y soy incapaz de decir lo contrario.

En cuanto estuvo a mi alcance le avisé de que a mí no me gusta el show, todo sería real. Se quitó la toalla y se colocó en mitad del lecho. Comencé a besarla; ella sacaba la lengua de esa forma tan impersonal que consigue ser distante aparentando mucho vicio. No, así no, pedí su boca, sus labios y me perdí en besarla, despacio, degustando sus matices, espiando sus reacciones.
Las manos fueron solas, se fueron cerniendo sobre aquellas delicias. Apretaba levemente, empleaba los dedos como mullen los gatos y me regodeaba en los pezones, los tironeaba despacio, presionaba con suavidad.

Me había olvidado por completo de que éramos tres cuando el ruego de que nos aproximáramos al borde de la cama me hizo volver a la realidad. Quería meter su cabeza entre aquellas esbeltas piernas y le facilité la tarea. Eso me permitía continuar con mi labor que me tenía embelesada. Y continué besándola. Cuando consideró que aquella delicia podía dar paso a otras mejores, le pidió que se pusiera a cuatro patas en la cama. Su culito en pompa nos ofreció un nuevo panorama casi tan deseable como el anterior. Preparé bien el acceso me relamía de gusto humedeciendo bien su coñito y se me escapa algún lengüetazo para el miembro que esperaba su entrada.

Y después de dejarle bien encaminado me coloqué a la altura de su cabeza para recibir a mi vez caricias muy húmedas. Pero éstas apenas llegaron. De nuevo una mujer pasiva. Bueno, me daría gusto yo misma con su cuerpo y seguro que él remataría la faena.
Durante un rato estuvimos dándonos el relevo, según salía chorreante de una, buscaba meterse en la otra; cambiando de postura, buscando nuestro placer. Yo no me despegaba de mi nuevo juguete y procuraba en todo momento tener entretenidas sus manos, al menos. Hasta que las fuerzas masculinas llegaron a su término natural y cabalgando sobre él me vi inundada del nutricio líquido.

Nos dejó solas un momento y entonces le pregunté si ellos se daban cuenta. Me miró como si yo fuera marciana y preguntó a qué me refería. Sonreí, guiñé un ojo y miré hacia abajo. Confesó entonces que no, nadie nunca se había dado cuenta salvo yo. La verdad es que la cirugía era perfecta, no se notaba nada llamativo, sólo una conformación particular de los labios menores. Y allí estaba yo con miles de preguntas que hacer y sólo unos pocos minutos antes de que nuestro cliente volviera del baño.

Todo fue intenso, delicioso.  Me gusta disfrutar del sexo en todos sus matices y llevaba tiempo deseando un encuentro con una mujer de nuevo cuño.   aquel día yo no buscaba más que la complicidad femenina y no pudem durante la hora que viví con ella, quitarme la sensación de que me habían dado gato por liebre.

21/09/2011

MariaG: Los zapatos de charol rojos

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 7:33 pm

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15/08/2011

Una clase de anatomía práctica

Filed under: Así da gusto ser puta — MaríaG @ 11:28 pm

En mi cabeza rondan imágenes ficticias de cómo sería un burdel en los años veinte. Me lo imagino con aderezos de plumas y sedas, con cortinajes tupidos, con una domina buena conocedora de sus niñas y siempre atenta al mínimo deseo de su público. Tiempo de relax, buenos Montecristo o Cohiba, copa y manos de naipes. Sentadas en derredor las bellas señoritas capaces de amenizar su tiempo.

Por aquel entonces se estilaba un uso que ahora está prácticamente perdido. Costumbre era el llevar a los jovencitos para que se desfogasen y aprendieran las artes amatorias. De esta manera  ellos podían dejar de pensar en sexo todo el día y centrar un poco sus vidas; también podían cogerle castamente la mano a su novia sin necesidad de tirarse a su yugular, movidos, claro está, por las hormonas incontroladas. Los conductores solían ser miembros de la propia familia o, en su defecto, amigos algo mayores.

Pues bien, cuando recibí la confirmación de la hora tuve que pellizcarme. Realmente iba a ocurrir. Muchas veces, a clientes ya conocidos, les he comentado el morbo que me daría que me trajeran un hermano, un primo, un hijo. Que me lo trajeran ellos de la mano y que lo encomendaran a mi buen hacer. Que fuera joven e inexperto, que no entendiera de mujeres.

Nos saludamos con dos besos, primero el organizador, después el otro.  Casi de la misma estatura que su hermano, pecoso, ojos graciosos, carente de barba, músculos alongados. Una monada de mocito. Nos dejó solos.

Tomé su mano para conducirle al dormitorio, mejor sin preámbulos, sin anestesia.

Los ojos muy abiertos para mirarme y totalmente quieto en mitad del cuarto, algo sabía de lo que iba a ocurrir pero no esperaba que realmente ocurriera.

Yo iba a ser su regalo de cumpleaños y seguro que no se lo contaría a sus amigos.

Me acerqué un poco más,  aferré su cintura y lo atraje hacia mí. Respiraba intensamente, casi jadeando  y sin embargo no hubo ni un solo gesto de dubitativo, sus labios se posaron sobre los míos. No había duda, aquello lo había practicado más de una vez. Los apretaba contra los míos lo justo para disfrutar de la caricia y de vez en cuando su lengua buscaba la mía. Yo no le hubiera enseñado mejor.

Mis manos mientras tanto comenzaron a recorrerle, cerciorándose de  la tersura de sus miembros y comenzando a desnudarle. Un cuerpo gracioso, proporcionado y con algunos signos inconfundibles  que denotaban su juventud.  Ahora le tocaba el turno al mío y sus ojos fueron un poema, no sabía a dónde mirar, cohibido con el primer cuerpo femenino que tenía a su alcance. Se lo puse fácil, le tumbé en la cama y seguí llevando la iniciativa. Recorrí su cuerpo primero con mis manos, luego con sus labios y me detuve en su miembro, erecto, turgente. Quería besarlo despacio, ir avanzando con mi boca, chuparlo, lamerlo pero tampoco quería llevarle hasta el punto donde no se pudiera contener. Así que me contuve un poco, lo dejé para más tarde y me monté sobre él.

Se lo pregunté y sí claro que quería probar lo calentito que estaba mi sexo. Fui dejando que resbalara poco a poco, moviéndome primero oscilante, luego más rotunda hasta que estuvo por completo dentro de mí.  Y no sé qué me gustaba más si su cara de felicidad perpleja, la tensión de su miembro o la imposibilidad de que acompasáramos una secuencia rítmica.

A mi gusto, fui cogiendo un ritmillo, subiendo y bajando, frotando mis pechos contra su torso, besando su boca de pasada. Estaba congestionado, chapetas asomaban a sus mejillas y se extendía el rubor por el cuello. De vez en cuando contraía el gesto, sus ojos volaban, se mordía el labio inferior.

Un placer indescriptible nos fue conduciendo al orgasmo.  Acostumbrado al placer solitario no hubo vocalizaciones, apenas una crispación de su rostro y después una relajación inconfundible. Se había desparramado dentro de mí, su simiente calentita afloraba ahora mojándome los muslos. No pude evitarlo, tenía que conocer también su sabor y volví a chuparle, unas pocas lengüetadas más para impregnarme bien de él. Permanecimos abrazados hasta recuperar el aliento.

Sólo tuvimos unos minutos de conversación, las chicas, el sexo, los amigos. Cuando quise darme cuenta él ya estaba buscando de nuevo mi contacto. Esta vez nos daría más tiempo, quería enseñarle lo que las chicas guardamos entre las piernas, para que lo viera con detenimiento y para que aprendiera a dar placer con su boca y con sus dedos; una clase de anatomía práctica que yo no pensaba desaprovechar.

Volví a jugar con mi boca y esta vez sí que me regodeé en la visión de su falo y en las reacciones a mis caricias. Quería más, quería repetir, quería volver a colarse dentro de mí. Así que le di gusto mas esta vez le hice trabajar.

Colocado encima de mí, con los brazos sujetando el peso de su cuerpo para no aplastarme, descubrió que el sexo también requiere un entrenamiento físico, estar algo cachas podía ser garantía de un mejor rendimiento. Probó a colocarse de rodillas detrás de mí y aferrarme con firmeza desde esa posición, contemplando mis nalgas, moviéndose con libertad.  De reojo miraba al espejo, espiaba sus movimientos, me recolocaba para fijarse mejor. De medio lado, de frente, de espaldas, una verbena de sensaciones en continuo descubrimiento. Y la que más le gustó fue quizá la más intensa, la primera forma de cubrir a una mujer que había probado.

No le puse tope, tuvo sexo a demanda hasta que cayó rendido junto a mí. Sudorosos y abrazados hablamos sobre lo que nos acababa de ocurrir, sobre el placer, el sexo y el amor. En este momento de su vida, todo ésto no era adecuado para poner en práctica con las muchachitas de su clase, quizá con el tiempo. Así que, si algún día sentía la necesidad incontrolable de reproducir lo que había aprendido, no tenía más que llamarme, estaría siempre disponible para él. Quién sabe, puede que algún día me sorprenda y me reclame o puede que simplemente viva en sus sueños el resto de sus días.

14/08/2011

MariaG, piel sobre piel

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 7:34 pm

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17/07/2011

Sexo Madrid, Relax Madrid, pero ¿de dónde viene mis clientes?

Filed under: Un día en la vida de una puta — MaríaG @ 12:14 am

En mis anuncios se lee Sexo Madrid, Relax Madrid pero  cada poco me sorprendo con la diversa procedencia de mis clientes. Recuerdo una hermosa mujer que hizo un viaje sin fin desde el Norte de España, en autobús, para catar su primera hembra. De Cádiz, Santander, Badajoz, Tenerife, Ibiza o Sevilla, de todas ellas y de más ciudades han emprendido un camino cuyo destino era MaríaG. Y aún en estos días espero conocer a un cooperante que desde Senegal  se asoma a mi página y espía mis fotos.

A mí no deja de admirarme.

Cuando les tengo delante no puedo evitar un leve temblor, un estremecimiento que delata mis nervios. Deseo intensamente que encuentren lo que buscan que la MaríaG con la que han soñado o  vibrado con sus peripecias, sea la que tienen delante.

Hoy se ha hecho cuatro horas y media de trayecto de ida y acaba de marcharse de regreso. Se ha ido contento de haberme conocido, encantado de retozar  conmigo todo lo que ha querido. Se va con un montón de imágenes en la cabeza para jugar con ellas cuando yo no esté.

Lo prometido es deuda y a este último le prometí escribir sobre algunas peticiones que me hacen, unas morbosas otras audaces, todas excitantes.

Estuvo llamando durante una temporada y no he vuelto a saber de él. Aquel invierno era muy frío, recuerdo que fue el día en que nevó en Madrid. Tenía el tiempo justo antes de que llegara su mujer, como en el resto de las citas, siempre en el filo de la navaja.

No fuimos a la habitación, las prendas fueron deslizándose de nuestros cuerpos y cayendo al suelo ahí mismo, en el salón. Con labios impacientes me besaba, con manos temblorosas me acariciaba.   Tomamos posesión de la alfombra, del sofá de los butacones y entonces un sonido lejano le demudó y sus palabras fueron “¡Mi mujer!”. Eran tres pisos sin ascensor, cada peldaño que subía me robaba un segundo para recoger todas las prendas desperdigadas y poner en orden aquello. Miré y remiré,  para cerciorarme de no dejar ninguna prueba. Quedaba sólo un piso y el pánico estaba a punto de apoderarse de mí, ¡no encontraba ningún sitio donde poder esconderme! Entonces se le ocurrió que me metiera en el cuarto de aseo, justo la estancia que quedaba en frente de la puerta principal de la casa.

Ahí con la luz apagada, la puerta abierta y el corazón en un puño escuche como introducía las llaves en la cerradura y como la puerta se deslizaba. Apenas me atrevía a moverme pero necesitaba terminar de vestirme. Milimétricamente, conteniendo la respiración me abrochaba la falda. Mientras, ellos mantenían una intrascendente conversación. Sólo me separaba una puerta entreabierta, venían a mi cabeza hipotéticas imágenes de lo que podría pasar si ella quería lavarse las manos cuando, efectivamente, alguien empujó la puerta.

¡No! Fueron segundos en los que quise que la tierra me tragara.

Cuando le vi, me dieron ganas de chillar, por el susto que me había dado y por los nervios que estaba pasando. Venía a darme indicaciones. Él subiría con su mujer por las escaleras, procuraría hacer ruido para que estuviera segura de cuál era su ubicación. Cuando cesaran los pasos debía salir sigilosa. Se despidió con un beso.

Cerré la puerta tras de mí y bajé los peldaños con los zapatos en la mano.

En otra ocasión el morbo  fue un poco más sofisticado: Quería que nos viéramos por la noche, después de la hora en la que el matrimonio se iba a la cama.  Y mientras su mujer dormía plácidamente, con unos tapones mitigando los ruidos, nosotros nos solazaríamos  allí mismo, en su propia casa. Todo a oscuras, en total silencio y con la premura que impone el momento. Parece que hasta el aliento te va a delatar.  Imaginaba como se encendería la luz, aparecería una fabulosa mujer  y que, después de los momentos de impresión, se uniría a nuestro juego. Aquello me tenía muerta de gusto, disfrutando de conseguir la infidelidad del marido en sus propias barbas.

Después de varios encuentros conmigo y con mis amigas Rosa Amor e Irene, me pidió rizar el rizo: En las mismas condiciones pero en la propia cama matrimonial.

Así lo quiso y así ocurrió.

Dejé todas mis cosas en la entrada y, una vez desnuda, agarró mi mano y me introdujo en la más absoluta oscuridad. Hasta el cuarto empleó su móvil como linterna y, una vez dentro, me pegué a su cuerpo para no tropezar. Sobre un tatami un único colchón. Pensaba en esa plataforma, cómoda para dormir pero para estos menesteres supone un riesgo añadido pues en caso de urgencia no hay modo de esconderse debajo de la cama.

No pude ver el bulto, tal era la oscuridad pero su respiración se oía a nuestro lado y en algún momento rebulló algo más de lo que me hubiera gustado.  Lejos de salir corriendo, permanecimos quietos hasta que volvió a calmarse y continuamos con nuestro solaz.

Fueron unos momentos de extrema excitación,  nunca la existencia de una esposa se me había hecho tan patente y me estremecía de placer sintiendo el peso de su hombre sobre mí. Debía moderar mis movimientos, anular los gemidos y al contenerlos se incrementaba el disfrute.

La intensidad de aquella escena sólo la puedo compara con otra cinematográfica de la película  “Enemigo a las puertas”  en la que aparecen imágenes difíciles de olvidar: una pareja, en un dormitorio corrido se abraza uniendo sus cuerpos en movimientos casi imperceptibles.

Intento poner imágenes a aquellos momentos y me resulta casi imposible. Con los ojos cerrados, con total oscuridad, sólo recuerdo las sensaciones y el silencio.

Me han pedido muchas veces otros servicios digamos distintos, he visitado portales, ascensores, garajes, coches y bares, he acudido a domicilios en los que la familia andaba por la casa,… Y cada vez tiene su morbo, la magia particular de cada cita.

Pero todo ello conlleva un pequeño inconveniente pues algunos clientes, sabedores de mis gustos poco convencionales, buscan que sea yo la que les proponga un encuentro excitante, en un «más difícil todavía» que me hace rememorar aquel programa de aventuras: Al filo de lo imposible.

 

07/07/2011

MariaG: El tocador de señoras

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 7:40 pm

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06/07/2011

El cuarto oscuro

Filed under: Así da gusto ser puta — MaríaG @ 1:47 pm

La idea es simple, un habitáculo en el que la luz es prácticamente inexistente.

Los hay que tienen sillas, asientos o camas, los hay con música sugerente, con agujeros en las paredes pero lo esencial permanece: El anonimato.

Recuerdo la primera vez que entré en uno, dos parejas más bailaban abrazadas. Yo no estaba muy pendiente, no sé en qué momento se produjo el cambio pero cuando volví a mirar la chica de mi derecha estaba de rodillas y se aplicaba en la degustación del miembro que sostenía entre sus manos. Claro que no pude desviar la mirada y por supuesto que no supe dónde meterme cuando la actitud de ella no dejaba lugar a dudas, me ofrecía compartir su juguete.  Aquella imagen fue suficiente para estimular mi fantasía, una mujer en actitud oferente hacia otra desconocida. Desde entonces no he dejado de visitar todos los cuartos oscuros que me he encontrado.

Lo que ocurre dentro de ellos es fascinante ya que en muchas mujeres obra una metamorfosis, algo comparable a la desinhibición que sufrimos cuando llevamos un par de copas de más. Son conducidas dentro, sin saber a ciencia cierta qué va a ocurrir. Vestidas comienzan el baile y van cimbreándose hasta que una mano curiosa toma contacto con su cuerpo. Con eso de que no hay luz, no es necesario saber a quién pertenece la mano que nos toca, podemos dejarla actuar, como si nada estuviera pasando, sólo concentrados en el placer. Es algo así como cerrar los ojos, abandonarse en un sueño, en un festín para los sentidos.

Primero es una mano, luego dos, después una boca o varias, al cabo de un rato un totum revolutum impide que le pongas cara a tu fugaz amante. Desde detrás tu cuerpo se ve atraído hacia otro que te sostiene y cuela sus dedos entre las rendijas de tu ropa. Misteriosamente las prendas más íntimas comienzan a empaparse de fluidos propios y quizá incluso de ajenos pues las braguitas son simplemente apartadas y dan paso a unos labios, unos dedos. Quizá la potencia masculina te sorprenda empujando tu cuerpo hacia delante y llenándote, poseyéndote. Entonces buscas apoyo para no caer, tus manos se aferran a un brazo que aparece, alguien te susurra lo zorra que estás siendo. El placer te embriaga, la lujuria te arrebata y medio desmayada descubres que ahora es otro el que ha ocupado el puesto del primero; o que tiene bonitas piernas y largo cabello la que está jugando con tu sexo.

Es posible que fuera de este recinto tu ropa hubiera permanecido en su sitio, ese hombre jamás hubiera puesto un dedo en tu escote o nunca la hubieras besado. Pero aquí es distinto, todo es posible.

La oscuridad también encubre pequeños pecados. Muchos son los que, sabiéndose protegidos, dan un paso más del que aceptó su mujer o bien ocultan a sus maridos la profundidad de los manoseos. Hay quien procura que ella esté entretenida para separarse de su lado y por ende de su vista y así tener acceso a otras mujeres con las que incumplir todos los acuerdos firmados para la ocasión, actuar sin recato con la fémina que más cercana se encuentre, conseguir abrir las piernas de una muchacha sin levantar sospechas. Un mundo de picarescas, como la vida misma.

Tengo gravadas muchas secuencias vividas en un cuarto oscuro. Recuerdo aquella mujer alta y bien hecha, guapa y rubia. Jugó con los dos, nos besaba, acariciaba, las manos tenían vida propia. Hacía poco que habíamos comenzado a frecuentar estos locales y mi experiencia con mujeres era muy escasa. La mayoría de ellas no gustan de ser activas, dejan que les ocurran los tocamientos, se dejan llevar y hacer pero son contadas las que desean algo y lo buscan con pasión. Así que había tenido algún encuentro con mujeres pero siempre limitado por su pasividad.

Aquello podía ser más de lo mismo.  Entonces me arrinconó a base de besos, de movimientos casi imperceptibles que me encaminaban hacia donde ella quería. Hizo que me sentara en el esquinazo, a la altura que le caía bien, me terminó de desnudar, abrió mis piernas y se dedicó parsimoniosamente a comerme. Para mí era la primera vez que una desconocida accedía de esa manera a mi intimidad, estaba totalmente entregada  a su buen hacer. Primero empleó besitos suaves, después comenzó a explorar con la lengua. Los besos se fueron haciendo más profundos, estaba toda yo trémula, la respiración agitada, mis manos se crispaban en su cabellera y mi cadera se movía sola al ritmo que imponía su boca. Era tal la intensidad que por momentos me sentía impulsada a salir corriendo, pero entonces otra sacudida me recorría y levantaba aún más las caderas.

De manera casi imperceptible uno de sus dedos fue avanzando. Se dedicó primero a meras presiones rítmicas, a veces con toda la mano. Movimientos circulares iban permitiéndole iniciar la entrada, pero enseguida cambió, la yema se deslizaba de dentro hacia afuera, con un diminuto trayecto, una leve presión que poco a poco fue haciéndose más intensa y profunda. A esas alturas, empapada por la excitación, metió sus dedos en mi boca y probé mi sabor intenso a hembra.

Continuó jugando, esta vez con más energía y velocidad, primero con un dedo y cuando lo vio adecuado con dos. Espiaba cada una de mis reacciones para acompasar con mi deseo sus movimientos. Toda la palma desplegada sobre mi monte, me manejaba a su antojo. Se tumbó sobre mí, dejando hacer su trabajo a la mano derecha, el resto de su cuerpo tomó posesión, restregándose, manoseándome sin apartar sus morritos de mi piel.

Y así, sin poder evitarlo, un estallido de placer me recorrió enterita y pedí una tregua para recomponerme. Liberada de mi quietud me tomé la revancha y ahora sería ella la que se retorcería, tumbada por completo. Pero yo jugaba con ventaja, éramos dos para satisfacerla y nuestras bocas harían un buen equipo.

No nos hizo falta trabajar mucho. El tiempo que llevábamos hacía indescriptible el estado de su entrepierna y ya no quería más dedos, lo que buscaba era un miembro que la penetrase, que culminase aquellas horas de pasión. La besé sin pausa, coloqué su cuerpo para permitir el acceso a ella de mi hombre, le separé los muslos y se la emboqué. Un leve movimiento hizo que resbalara, que se colara en el interior de su cálido cuerpo, que se estremeciera.

Y yo la seguía pues alguien había encontrado mi cuerpo desnudo y súbitamente, por la retaguardia, me había tomado sin preguntar.

Cuatro movimientos de cadera fueron suficientes, cuatro movimientos que consiguieron arrancar de su pecho gemidos y luego gritos, los ojos en blanco, el cuerpo inmóvil ya sin tensión.

Un día nos la cruzamos en un portal, con dos preciosas nenitas se dirigía a la calle y nos sostuvo la puerta. Seguramente no nos reconoció, había demasiada luz.

15/06/2011

Relax, masaje, escort independiente, sexo Madrid, call girl: ¡Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad!

Filed under: Foros de putas — MaríaG @ 5:27 pm

¡Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad! Como decía la zarzuela,… pero hay algo que permanece, la forma más pública de servicio: La prostitución

Hace años, en nuestro país, existía, sí, pero estaba perseguida. Entonces, cómo descubrían los caballeros dónde dirigirse. Seguro que el boca a boca funcionaba extraordinariamente. Pronto el periódico sería un buen medio de comunicación y, como no se podía ser explícito, el lenguaje empleado era sugerente.
Se hablaba de masajes, de relax, se anunciaban en la sección de contactos señoras serias para relación estable; secretaria que habla francés y griego, muy eficiente,… No me puedo ni imaginar cómo podrían organizarse las citas ante la ausencia de teléfonos móviles, no quedaría más remedio que acercarse a la casa y hacer cola en el salón, esperando que la señorita elegida quedara disponible; o bien llamar al fijo del domicilio, para lo cual una no podría ausentarse ni para ir a la compra, por aquello de no perder comunicaciones. Luego estaba también el escabroso asunto de los honorarios. La pregunta que más comúnmente se formulaba era “Y ¿cuál es el regalito?”. Una vez en el domicilio se dejaba de manera discreta la cuantía acordada.
Así que hoy seguimos manteniendo parte de ese lenguaje y hablamos en términos de servicio de relax, masaje con final feliz, acompañante, escort. Mil y un eufemismos para llamarnos las putas y nuestros trabajos.
En muy pocos años la prensa escrita ha dejado paso a internet. Aparecen ante nuestros ojos centenares de fotos de mujeres de diversas procedencias, reclamos imperiosos que alteran nuestras retinas. Han aparecido igualmente los foros de putas, lugares de puesta en común de impresiones y experiencias.
Entonces ocurre un nuevo fenómeno, se globaliza también la prostitución. Gentes de todo el mundo pueden acceder a la información que colgamos en nuestras páginas, pueden disfrutar de la silueta femenina de una que viva a miles de kilómetros de distancia. Y este aspecto de la globalización me tiene absolutamente subyugada.
Me quedo embelesada mirando las estadísticas de entradas en mi página y en mi blog. Y veo el número de visitas desde cada uno y como aumenta con los años.
Hace pocos meses sólo quedaban media docena de países para completar todos los existentes: China, Arabia Saudí, Ucrania, India, Noruega, Ecuador, Rusia, Mauritania, Tailandia, Estados Unidos, Irán, Finlandia, Argelia, Uruguay, Japón, Canadá, Venezuela, Nicaragua, Egipto, Georgia, Vietnam o México. En todos ellos hay alguien que gusta leer lo que escribo. Lo mejor es que no se limitan a leerme, sino que alguno me escribe y se grava con una cámara y me envía lo que hace con su pareja o como se masturba pensando en las cosas que cuento.
Pero no, no son hombres los que me escriben, sino mujeres. Son ellas las que se sienten identificadas y quieren compartir conmigo una parte de su intimidad en la que yo ya he penetrado sin saberlo, formando parte de las fantasías más ocultas.
Me escriben de cualquier parte del planeta, me dedican sus videos o, simplemente, desearían hacerlo.
También me escriben contándome sus fantasías o sus inquietudes sexuales, pidiendo un consejo sobre algo que jamás reconocerían delante de nadie.
Quisiera poner rostros a las mujeres que me leen, es más, me encantaría viajar para conocerlas personalmente y meterme físicamente dentro de sus camas. Una vuelta al mundo hecha de encuentros, morenas, rubias, altas, delgadas, jóvenes o maduritas, a todas quiero contemplar, todas me gustan. Más de una se vería en el compromiso de presentarme a su familia como una amiga, otras gozarían de compartirme con sus maridos o amantes. Es el mejor turismo sexual que pueda imaginar.
Es un sueño, sí, pero recuerdo cómo me miraba aquella mujer en el video de su masturbación, (seguro era su pareja quien sostenía la cámara), a su ritmo, excitante, mostrándose toda abierta, tomándose tiempo en explorar su cuerpo, en recorrer su sexo; cómo me miraba, intensos ojos castaños y cómo dedicó un beso final lanzado al aire.
Era para mí, no me cabe duda y yo quiero que ella también sea para mí.

03/06/2011

Una tarde de infarto: Cine X y travestis

Filed under: Un día en la vida de una puta — MaríaG @ 5:31 am

Era la tarde de un Sábado cuando sonó el teléfono. Ya nos conocíamos. Ese día quería algo distinto, no sabía muy bien por cuál de las cosas que tenía en mente se decantaría. Pero sí sabía por dónde empezar: Iríamos a una sala X.

Quedamos en la plaza y entramos juntos. La cartelera del día incluía una de “americanas tetonas” y otra de “enfermeras cachondas”, vamos, apasionante. Las instalaciones eran las de un teatro pequeño, con dos plantas para ver la proyección, una zona común con un bar, terraza  y los aseos.

No me esperaba que aquello estuviera tan concurrido. Abrimos la puerta que daba paso a la platea y nos quedamos en mitad del pasillo, acostumbrando nuestros ojos. Tardaron segundos en percatarse de nuestra presencia. Y, cual taimados cazadores, se fueron aproximando y tomando posiciones alrededor de mí. Tuve entonces una docena de manos pugnando por acariciarme, estiradas hacia mí y círculos concéntricos de cuerpos excitados.

Él estaba detrás, me agarraba por la cintura y con la cabeza apoyada en mi cuello me susurró que no hiciera nada con ninguno. Fue una sensación distinta, por primera vez dejé que me acariciaran unos y otros, mientras mis manos descansaban inertes. Serví de juguete durante un rato, manos anónimas me amasaban, dejando sensibilizado cada centímetro de mi piel. No había nombres, ni rostros, sólo dedos inquietos.

Súbitamente me indicó que saliéramos  y muchas de aquellas manos retomaron su cara al llegar a la luz, pues como a una estrella famosa  siguieron mis pasos al abandonar la estancia. Inocente, le acompañé a los servicios, no deseaba quedarme sola. De esta manera una riada de gente inundó los urinarios hasta el punto que no era posible concentrarse en ninguna función fisiológica solitaria, la masa humana buscaba tu sexo. Uno, más audaz, me agarraba del brazo y pretendía robarles a todos el juguete y meterme en el único espacio con puerta.

Un momento de descaso en la terracita para fumadores. Ahora mi cuerpo estaba de nuevo cubierto. Todos serios, sólo alguno que otro se atrevió a despegar los labios, bromear conmigo, como si estuviéramos en cualquier bar de la ciudad, como si otra pasión que no fuera el sexo nos hubiera reunido aquella tarde.

Ahora íbamos a probar los asientos de arriba. Espolvoreados por toda la planta, grupitos de dos o tres se sentaban nada modosos.  Nos ubicamos en la primera fila, dejando sitio a ambos lados par nuestros seguidores.

Esta vez yo sería quien pusiera las normas: Sólo me pondría una mano encima aquel que estuviera dispuesto a jugar con los dos. Aparecieron voluntarios rápidamente, la mayor parte se acercaba a ver si colaba, con el pantalón desabrochado y el deseo recorriéndole el cuerpo. Yo me había tomado muy en serio aquel juego y me daba un morbo tremendo ver cómo se sometían a mis deseos para obtener mi cuerpo y como procuraban derrotarme y salirse con la suya.

Súbitamente el último de los participantes se arrodilló delante de mí y enterró su boca entre mis piernas.  Me devoraba con gusto y me recosté en mi asiento, dispuesta a dejarme llevar. Y no despegó sus labios de mí hasta cumplir con su objetivo, hasta complacerme.

Aquella experiencia podía haber sido suficiente pero él quería aún un poco más pues ninguno de los que había encontrado en el cine era lo que buscaba. Exactamente no se qué quería pero comenzamos continuamos la búsqueda, esta vez por locales de ambiente. Primero fuimos a bares donde sólo paran hombres pero era muy pronto y pocos eran los presentes. Después recorrimos un par de sex shops pero para ellos era demasiado tarde y ya andaban cerrando. Por último barrimos las calles de Madrid en busca de una travesti cualquiera. O no aceptaban parejas o no nos gustaba a nosotros, en una zona, en otra. Pasábamos al lado de las que estaban en la acera, pasábamos con el coche despacio, la ventanilla bajada y mirábamos con insistencia, desnudando su figura.

La misma zona primera otra vez y ahora sí apareció.  Muy alta, con una silueta de las de girarse a mirarla por la calle, rubia, por supuesto, bonitas piernas y pechos sugerentes. Me sorprendió, era la primera española que conocía. Accedió a entrar con nosotros en el coche. Simplemente aparcamos un poco más allá de donde estaba haciendo la calle. Se montó detrás y nosotros la acompañamos. Su cuerpo me daba mucho morbo, quería apretar despacito sus nalgas, esas tetas exuberantes. Caí sobre su cuello, me faltaban manos.  No besaba, al menos eso decía, sólo daba la lengua, la puntita, con ella muy estirada; pero, súbitamente cogió un papel, se quitó la pintura de rojo carmesí y comenzó a besarme apasionadamente.

Un coche repleto de muchachos pasó muy despacio por nuestro lado. A través de los cristales podían observar mi cuerpo desnudo y a mis acompañantes. Volvieron a pasar unas cuantas veces y al final optaron por detenerse enfrente, con sus ventanillas abiertas para que nada, salvo la distancia, enturbiara la insólita visión.

La movilidad era muy limitada, el espacio escaso. Mientras que yo me dedicaba a descubrir lo que escondía su tanga, ella se ocupaba de mi cliente acariciándole y comiéndose su miembro. Yo hice lo propio, recorriendo con mi lengua la única parte de su anatomía que no era confusa y se estremecía en mi boca y vibraba con mis movimientos.

Un poco para cada uno y también para mí. Soy menuda y pude, sin dificultad, sentarme sobre el uno primero y después sobre la otra y regresar al inicio para seguir jugando. El coche se bamboleaba, los chavales aullaban fuera y nosotros lo hacíamos dentro. Y así continuamos, dándonos el relevo el uno al otro en peculiar trío, hasta que me gané mi premio y un fluido lechoso invadió mi cuerpo.

Unos minutos mientras nos vestíamos ya sin mirones, conversación intrascendente y nos dejó. No recuerdo como se llama pero parece que siempre se pone en el mismo sitio, en la misma calle, en la misma curva, con frío o con lluvia, siempre dispuesta.

01/06/2011

La ventana indiscreta de MariaG

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 5:35 am

La ventan indiscreta

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