Lo había oído mencionar como una extravagancia que se daba en París, no le di ninguna importancia. Hasta que un amigo nos lo mencionó como algo real y accesible. Yo no había vuelto a pensar en ello pero ahora, la idea de que un desconocido tuviera acceso a mi cuerpo de forma anónima y en un lugar público, me estremecía. Busqué en internet dogging y cancaneo y enseguida di con sitios donde se podía hacer. Encontré mucha información sobre cómo comportarse, las señales que se hacen pero tampoco le presté mucha atención, simplemente, una noche, dimos una vuelta por El Pardo.
En el aparcamiento había algún coche más y nada de movimiento. A primera visa no había nada que hacer ahí, dudaba incluso de si habría llegado bien. Encendimos la luz de la cabina. Poco a poco empezó a elevarse la temperatura, la ropa sobraba, el recinto se hacía pequeño.
Antes de abrir la puerta apagué la luz y entonces les pude ver. Alrededor del coche varios observadores habían surgido de la nada. Un estremecimiento me inmovilizó unos segundos y salí del coche con los zapatos puestos. Se fueron acercando, al principio tímidamente hasta que sus manos comenzaron a recorrerme. Eran cuatro los primeros que me rodearon y alguno más se mantenía a distancia, con la vista puesta en nosotros y una mano muy ocupada.
Me puse en cuclillas, quería probar con mis labios cada uno de los miembros que me estaban ofreciendo. Uno en cada mano, saboreando otro hasta que unas manos me agarraron la cadera, tiraron de mí hasta colocarme a su antojo y sentí la presión que ejercía abriéndose paso entre mis muslos hasta conseguir penetrarme. Primero uno, después el siguiente, se iban dando relevos con urgencia animal y yo pasaba dócilmente de unas manos a otras. Un mozo atlético me cogió de frente, levantándome en vilo, golpeando rítmicamente su cadera contra la mía. Como una perrita tiraban de mí y me colocaban a su antojo para poder meterla por donde más les placía y darme gusto.
Entre todos me tenían empapada de mis fluidos y de los suyos. Según iban terminando alguno desaparecía igual que había llegado; otros permanecían pues querían conseguir de mí una dirección, un teléfono, una cita o simplemente hablar un poco. Y así volví a meterme en el coche y nos marchamos para terminar solos la noche.
La experiencia había sido fantástica.
Resulta que al día siguiente había comentarios acerca de lo ocurrido, en un foro de dogging. Hablaban de una chica joven, morena que había salido del coche totalmente desnuda y había dado cuenta de cuantos hombres se hubieron acercado. Era yo. Me dio morbo leer la cantidad de cosas estupendas que decían y me registré para saludarles.
Después de un tiempo quise repetir y se me ocurrió convocar un Martes por la mañana. Contra todo pronóstico veinte hombres acudieron a la cita dispuestos a satisfacerme a plena luz del día. Eran tantos que formaron un círculo a mi alrededor ; nadie podría haber dicho que yo estaba en el centro, desnuda y arrebatada de placer sin dejar un segundo de ser poseída por todos ellos.
Cuando se lo comenté a mi amiga Irene, no quiso perdérselo y se animó a venir un día. No daba crédito, acariciaba su cuerpo cubierto de semen y volvía a buscar un orgasmo con el siguiente hombre.
Sólo le encontraba a este sistema dos fallos: el frío invernal y la dificultad de cambiar de postura, con lo que me gusta a mí subirme encima de un hombre! Así que les convoqué en diversos sitios, clubs de intercambio, apartamentos por horas y siempre fue todo sobre ruedas, tanto que me banearon del mismo foro de dogging desde donde había convocado tantas veces a desconocidos folladores. Aún de vez en cuando, vuelvo a leer comentarios de lo ocurrido conmigo la noche anterior y me sigue excitando no saber qué me voy a encontrar en un paseo nocturno por los parques de Madrid.
Los lugares de encuentro son de lo más variado.
La primera que me habló de los apartamentos por horas fue una amiga mía. Tenía un amante con el que quedaba varias veces a la semana, a la hora de la comida, con algo de picar en una bolsa. Claro que cuando me lo contó no imaginaba el uso que le daría yo, unos años después. Los primeros que conocí fueron los de la calle Clara del Rey 39. En la escalera derecha, tomé el ascensor, llegué a la quinta planta y busqué el apartamento donde me atenderían. Entré en estado de schock, una puerta semientornada, tres pasos por un recibidor y una mulata detrás de una barra, mascando chicle y atenta a la telenovela. Yo estaba cortadísima, era la primera vez que iba a entrar en aquel mundo de lo prohibido y me sentía observada. Aquella tipa no me lo puso fácil, fue desabrida y me dejó un mal regusto. Y luego los apartamentos eran un poema. Sólo el tiempo de disfrute de aquellos cuartos hacía tolerable el maltrato inicial. En los años siguientes la cosa no ha cambiado en lo esencial, ellas han rotado pero siempre parece que te perdonan la vida cuando te dan el mando a distancia de la tele. Y para qué hablar de cuando te excedes en el tiempo te llaman a la puerta.
Recuerdo una vez que organizamos una mini orgía. Teníamos que ir entrando sin hacer ruido porque la encargada estaba atenta de cuánta gente pasaba a la habitación. Cuando ya estábamos poniéndonos en marcha, todos medio desnudos y muy calentitos, aporrearon la puerta. Fui a abrir, teniendo buen cuidado de dejar tras de mí la puerta de la habitación cerrada. La señorita quería que le abonara una suma mayor pues un chico había entrado de más. Pues se lo pagué de mil amores y luego hice colecta entre los diez que me acompañaban para compensar los gastos.
Dado que me resultara un trago tener que ir a aquellos, fui investigando y conociendo otros. En la escalera izquierda, al llamar a la puerta me abrió una negra cuarentona medio desnuda, casi tan sorprendida como yo y llamó a la mami para que me atendiera. Dentro alguna otra recostada en un sofá mirando la tele, olor a puchero. Apareció una decrépita mujer que, arrastrando los pies, me condujo al otro lado de la planta y ella misma me abrió la puerta, guardándose en la faltriquera las llaves. En ese momento di por bueno todo hotel, motel o apartamento por mí conocido. El panorama resultaba indescriptible.
Más adelante me llevaron a los apartamentos de Princesa 3 duplicado, en la planta quince. Parece que a las encargadas las cortan con el mismo patrón. Y aquello resulta sórdido, una vez más. Tiempo después, me llevaron a unos decorados con mucho gusto, coquetos y modernos, en otra planta y con otro estilo. Son del estilo de los que se encuentran en la parte baja del Eurobuilding.
Me comentaron de otros, visité a chicas en diversas ubicaciones.
Vecindario entrometido, portero cotilla, imposible tráfico, zona poco recomendable y así le sacaba peros a cada cosa que veía. La providencia me hizo encontrar un lugar discreto, bien situado, moderno, con fácil aparcamiento en Alberto Alcocer 22. Y ahora se me hace cuesta arriba visitar aquellos otros lugares por mí tan bien conocidos.
En estos años de profesión son muchos los hoteles que he visitado, de todas las estrellas, en todo Madrid, moteles, aparta hoteles, pensiones. Pues sólo una vez tuve problemas para entrar en un hostal cerca de sol. Fue la primera vez que me pidieron el nombre de la persona que iba a visitar, a demás del número de habitación y tuve que hacer bajar a mi cliente para que viniera a por mí.
Pero los lugares de encuentro no se circunscriben a los convencionales. Puede ocurrir que venga de viaje mi cliente y quiera ser recibido como se merece en la estación de tren; o bien ser recogido en el aeropuerto. Bares, restaurantes y sus lavabos, parques y jardines, escaleras, el parking del Corte Inglés o uno privado, un Vips, la azotea o el trastero, una Sala X o un cine corriente. Las posibilidades son mil.
Debo mencionar, con especial placer por los recuerdos que me trae, El Pardo. Allí acuden de vez en cuando parejas con un punto de exhibicionismo y hombres que pueden llegar a conformarse con masturbarse detrás de la ventanilla del coche. Muchas de aquellas noches son dignas de ser contadas.