Blog MariaG

18/05/2009

Cuadro costumbrista

Filed under: Las putas — MaríaG @ 6:50 am

Este fragmento escrito en los cincuenta, se desarrolla en el Madrid de los treinta. Con distintas mentalidades y hasta con diferentes o idénticos prejuicios, los mismos cuadros se han repetido en todas las épocas

Carola tenía una cara de chica decente perfecta, y por ello habría escapado de esa vida si hubiese querido. Varias veces habían caído en sus manos esos hombres llenos de ternura que se enamoran piadosamente de las prostitutas y las quieren presentar en seguida en casa, y casarse con ellas, porque dicen que son buenas, y que allí las ha mandado la cruel sociedad, y otras cosas de estas. Pero Carola, a los pocos días de llevar una vida de hija de familia, se aburría pesadamente, y hacía una escapada al bar Ideal, de la calle de San Bernardo, o al bar Zaragoza, de Antón Martín, o a alguna casa de sus antiguas empresarias, y ya se quedaba allí otra vez y no había fuerza humana que la sacara. Hasta que un día llegaba otro y probaba fortuna, y otra vez regresaba a lo suyo; a poner la cara más dulce, más ingenua y más inocente, cubriendo la conducta más depravada de que se tenía noticia, pues de Carola se contaba y no se acababa.

La paz empieza nunca (Premio Planeta 1957)
Emilio Romero

 

Texto recuperado de mi blog censurado, publicado el 18 de Mayo de 2009

10/05/2009

¡Quién lo iba a pensar!

Filed under: Así da gusto ser puta — MaríaG @ 3:13 pm

Llevábamos posponiendo el encuentro varios meses.
A pesar de hablar por teléfono varias veces a la semana hacía ya demasiado que no nos veíamos. Y por fin quedamos en casa. Mientras yo estaba en la clínica ella hizo la compra y nos encontramos en casa. Nos pusimos el delantal y preparamos una suculenta comida mientras cotorreábamos sin parar. 

Los temas comprometidos llegaron ya sentadas a la mesa, terminado el segundo. Parece que una copita de vino ayuda a que la lengua se vuelva un tanto más descarada y la conversación fue subiendo de tono.
Yo le estuve hablando de mis clientes, de placer, de encuentros.
No se escandalizó, antes bien, se puso nerviosa. Y esos nervios procedían de las imágenes que acudían a su mente, de ciertos días hace ya tiempo, en los que compartimos placer y hombres. Y esos días fueron escasos y esos días fueron intensos y esos días no se repitieron. Pero yo siempre la miro con el mismo deseo en mis ojos que el día que la conocí.
Y yo también me puse nerviosa, ella sabe muy bien cómo me gusta. Ser la única fémina que ha probado la intimidad de su cuerpo me provoca más si cabe.

Lo que Susana necesitaba era conocer a un hombre con el que resolver sus calenturas. Eso de ir sin saber con quién te vas a acostar lo rechazaba. O eso decía.

Estábamos con el café cuando me llamaron pidiéndome a Cristina y a otra amiga. Yo no tenía pensado trabajar, estaba tranquilamente con mi amiga en casa, así que llamé a Cristina. Pero no contestó a mis llamadas.
Entonces Susana soltó la propuesta «¿y si vamos las dos?». Me dejó de piedra, ni se me había pasado por la imaginación semejante posibilidad.
¡Mis ruegos habían sido escuchados! Tardé segundos en marcar el número de mi cliente y se mostró encantado del cambio de señoritas.

Apenas daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Ella me preguntó si tendría que hacer un lésbico conmigo porque la idea no le atraía nada. Parece que algo se me va pegando de los hombres, mi respuesta inmediata fue no, claro que no era necesario (sólo era imprescindible).
Le dejé un vestido, él quería que fuéramos muy sexis y para allá que nos marchamos.

Me sentía como una hermana mayor que habla de temas delicados con su pupila. Y el tiempo que tardamos en llegar fue un precalentamiento en toda regla. Porque a ver quién se pasa una hora comentando detalladamente aspectos de su vida sexual sabiendo que en breves instantes estará retozando con su interlocutor. Eso sí, sin rozarnos en todo el tiempo.

Abrió la puerta un tipo normal, de aspecto normal, talla normal y trato normal. Susana estaba medio paralizada y yo me relamía mientras se aproximaba el momento de tenerla a mi alcance. Fue él quien tuvo que animarla para que me besara en los labios y yo quien puso su mano sobre mi piel desnuda.
Me encanta su cuerpo, guapa, cuarenta años, talla perfecta, pelo clarito, ojos claros, vivos, pechos grandes, tipazo y esa voz que te pierde.

Pero claro, que fuera ella la que se tirara sobre mí no entraba en mis planes. Me transportó a tal estado de excitación que resulta indescriptible. Parece que fue mutuo porque cuando ya me tenía medio muerta de placer cambiamos los papeles y me coloqué entre sus piernas dispuesta a todo. Y nuestro cliente disfrutaba viéndonos e iba aprovechando nuestras posturas para que no desatendiéramos sus deseos.

Oír de los labios de Susana «sí!¡Sí!, ¡Sigue así!» me estremecía.
En esos momentos algo dijo él pero ciertamente no podía prestarle atención, sólo tenía boca para ella. Y comenzó a retorcerse, a cerrar con fuerza las piernas y a aumentar la intensidad de sus gemidos. Me supo a gloria su orgasmo.

Cuando salimos ambas estábamos plenamente complacidas. Sí, había sido la medicina que requería, tenía la cara más lozana y estaba pletórica, pero reconocía que ella solita no hubiera sabido qué hacer al encontrarse con él de frente. O eso decía.

Después, para celebrarlo, nos fuimos de compras y mientras, comentábamos los pormenores de lo que nos había pasado ese día de locura.

Hoy hemos vuelto a hablar. Y seguimos estando de acuerdo, lo de ayer fue fantástico y, quién sabe, quizás algún día podamos repetir.

 

Publicado 10-05-2009, texto recuperado de mi blog censurado

05/05/2009

En ellas sueño

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 3:10 pm

04/05/2009

Las sombras del alma humana

Filed under: Como puta por rastrojo — MaríaG @ 3:08 pm

Algo había visto hasta ese día en pelis pero desde luego no reflejaban la realidad.
Fantaseaba alguna vez, pensaba que podría sacarle el morbo a la situación. Así que cuando me llamaron para proponérmelo, lo medité un poco y, al final, consentí. No fui obligada, de hecho cuando me aproximé a la cita mi predisposición era estupenda, deseaba disfrutarlo. Se acercaba la hora de subir a la casa y yo me iba poniendo nerviosa, realmente no sabía qué me esperaba y, sobre todo, quién me recibiría. Su voz al teléfono era suave, incluso tartamudeaba un poco, eso me producía una cierta tranquilidad. Pero estaba muy confundida. 

Me abrió la puerta un tipo de apariencia normal, no especialmente atractivo y con unos quilitos de más. Era la vivienda familiar y se extendían por doquier las fotos de su amante esposa y sus hijos.
Los prolegómenos fueron un poco bruscos pero normalitos. Todo empezó a cambiar cuando subimos a la habitación. Los azotes fueron aumentando en frecuencia e intensidad, la piel empezaba a arderme. Le gustaba ver cómo me ahogaba con su miembro en mi boca, quería hacerme vomitar. Se complacía escupiéndome en la cara. Lo único que podía hacer era rezar para que aquello terminara cuanto antes.
Cuando le dije que no me gustaba nada me dijo con vocecilla de cordero que aquello era lo que a él le daba morbo. Disfrutaba vejando a las mujeres. Desagradable o repugnante no define lo que viví allí y no merece la pena que me extienda más en detalles.

Estuve largo rato bajo el chorro de agua tibia; todo aquello desaparecería de mi cuerpo con una ducha y saldría de allí con la cabeza bien alta. Pero ese ser abyecto, miserable y ruin viviría el resto de su vida con el alma retorcida y la conciencia sucia y eso no se limpia fácilmente.

 

Publicado 04-05-2009, texto recuperado de mi blog censurado

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