Desde el principio han sido, los nuestros, encuentros muy particulares.
Él buscaba una clase de té, mariage y, trasteando por Internet acabó en mi página. Nunca había acudido a un servicio con señoritas, su vida social era muy activa, siempre con mozas al retortero. Alto, rubiejo, atractivo, un bombón para cualquier nena. Venía temblando como una hoja.
Desde aquel primero fuero muchos los escarceos, a lo largo de diez años. En ese tiempo nos hemos cogido mucho cariño y, es inevitable conocer algo de la vida del otro. Cuando me dijo que venía su hermano y que si les recogía en el aeropuerto, mi fantasía empezó a bullir. Pero cuando supe que eran gemelos, me faltó tiempo para pedir y suplicar que los planes no se truncaran. Una y otra vez se quedaba todo en agua de borrajas, que si estamos de compras, vente, que si estamos con unos amigos tomando unas copas, vente.
Pero el momento no llegó hasta ayer.
Me escribió un mensaje: «El día tiene que ser hoy». En el día de Navidad por fin se había decidido a proponérselo a su hermano, con ciertos matices para que la cosa pareciera creíble, una aventurilla, compañera de trabajo, de vez en cuando y, como remate que mi fantasía eran dos hermanos. Su respuesta fue sorprendente para mi tímido amigo: juntos sólo si estuviera borracho, si no, mejor de uno en uno.
El plan sería sencillo, con la excusa de irse al gym, ambos dejarían a toda la familia en casa, solo que uno iría en post del otro. Con la llave del trastero en el bolsillo Giovanni salió a por mí y me condujo por los sótanos, en silencio, como dos espías, de puntillas.
Primero besos atropellados, mientras íbamos desnudando lo mínimo. Levanté el jersey y dejé que mis tetas se mostraran generosas y más besos me recorrieron. De rodillas, mirándole a los ojos, le pedí permiso. Quería degustar su miembro, quería agradecer el placer que me otorgaba, en un acto casi religioso, le deseaba sin matices.
Y así lo recibí en mi boca, así lo degusté sintiendo su tensión, saboreando su intimidad. Mientras mi mano se había deslizado dentro de mis bragas y mis dedos jugaban inquietos.
Me hizo una indicación, me puse en pie echando el cuerpo hacia delante y le dejé paso franco. Sus manos me atraparon por las caderas y el ritmo llegó solo. Sus golpes de riñón lo invadían todo, daban un ritmo a nuestras respiraciones, un ritmo creciente a nuestro placer, para dejarnos arrastrar hasta sus límites.
Giovanni se fue, me dejó a oscuras recomponiendo mi apariencia. Hasta que se abrió la puerta y apareció él mismo pero totalmente desconocido.
También sus besos fueron soberbios y sus halagos sobre mi cuerpo, excitantes, pues suenan mejor cuando se musitan con la boca llena hambre. Pero fue él quien se desabrochó, él quien me incitó para que la probara y también él quien sujetaba mi cabeza mientras se daba gusto penetrando mi boca. Y claro, los jadeos no cesaban y mi manita estaba empapada.
Ni sé en qué momento me puso en pie, pero fue él quien repitió los mismos gestos que yo había realizado minutos antes con su hermano. Y de nuevo sentí su dureza, su turgencia y como el placer se desbordaba dentro de mí.
Aquello podría repetirse siempre que lo desearan, yo encantada de servirles.
Besos