La realidad siempre supera la ficción

Atrapados en el ascensor

Aún no sé había cerado la hoja cuando tiré de ella para acceder al portal. Mirando, desde el fondo del ascensor, un joven cobrizo no perdía ripio. Me apresuré a entrar.

Ya habían dado las once de la noche y aquel chaval llevaba el pedido de «globo» para entregar en el sexto. Yo presioné el último piso. Claro que me había dado cuenta de que su mirada no se apartaba de mi generoso escote.

Ni lo pensé,  le sonreí y pregunté si le quedaban muchas horas de trabajo.

Y, cuando respondió que sí, me salió del alma darle un regalito visual para su solaz. Abrí más mi escote y le mostré lo que anhelaba.

Se abrieron las puertas y no hizo ademán de moverse, así que pensé que ya todo estaría permitido. Tomé su mano libre y le hice sopesar el tamaño de mi pecho. Apretó, entreabrió los labios y me decidí a besarle.

La bolsa se deslizó hasta el suelo y sus manos comenzaron a moverse, a apretarme, a palpar bajo el vestido.

Apretamos el menos 2.

Todo nuestro cuerpo buscaba el calor del otro, sentir la presión, frotarse mientras los jadeos iban en aumento. Le notaba, estaba duro, su miembro efecto pugnaba por salir. Le bajé la cremallera.

Y me di la vuelta, tirando de las bragas hacia abajo. No hicieron falta palabras. Me eché un poco hacia atrás y noté su temblor. Y mi mano le buscó, le atrajo y un hábil movimiento de su cadera la dejó emboscada en mi sexo.

Y volví a moverme hacia atrás. En un instante me encontré penetrada. Sus manos en mi cadera tironeaban hacia atrás con un ritmo rápido y agónico. Nuestros gemidos debieron de oirse en todos los pisos mientras volvíamos a dirigirnos al decimoquinto.

Le pedí que siguiera, que no se parada, que me llenara toda con su néctar. Así se tensó y empecé a notar sus chorros acompasando con él mis últimos quejidos.

Recogí mis bragas del suelo mientras arreglaba mi ropa y le daba mi teléfono.

Justo a tiempo para salir en mi parada.

 

Besos.

La chispa de la vida

Morriña, lo que tenía lo llaman en mi casa morriña. Esos días en que la normalidad de la vida pesa en exceso y las horas se alargan.

 

Dejé el coche con las luces encendidas, el almacén estaba oscuro y con aquel frío nada invitaba a permanecer un segundo más de lo imprescindible para cargar el coche.

Y ese día él miraba más profusamente mi escote. Buen mozo, de fuertes espaldas y manos rudas, siempre se había mantenido cauto. Y hoy procuraba alargar la conversación, en tinieblas.

Unas risas y por fin vuelvo a mi coche. Sujetando mi puerta, su comentario no me dejó otra opción: «Con ese escote no me extraña que tengas frío».

Me incorporé y fui hacia él, cogí su mano y le hice introducirla debajo de mi vestido y sopesar ese pecho que tanto estaba entreviendo. Sus ojos tan abiertos como su boca y palabras de incredulidad en sus labios.

Le besé y respondió apasionado, me abrazó, pegó su cuerpo al mío. Comenzó entonces un baile de gemidos sutiles, de respiraciones agitadas, buscábamos frotar, sentir, de pie, uno contra el otro, las bocas juntas, las manos inquietas.

Estaban ambos pechos expuestos, mis pezones endurecidos por sus atenciones,  las manos los recorrían y apretaba, sus labios succionaban y yo buscaba con la pelvis, apretaba para sentir le, cada vez más mojada.

Se lo pedí, le pedí que, por favor, me follara, que nos volviéramos locos, que transformara mi día,  un lunes de mierda.

Pero no le di tiempo a responder, metí mi mano abriendo la cremallera y me alegré de lo encontrado y de su dureza.

Sin permitir que su mano se separa de mí,  me dí la vuelta, levanté mi vestido e hice que mis bragas se deslizaran hasta el suelo.  Apoyando las manos en el coche, empujé hacia atrás. Y le sentí. Grande, poderosa, le bastó un pequeño empujón para comenzar a penetrarme. Y mi mano empezó a acompañarse.

Desde atrás,  despacio, agarrándome de las caderas, sus golpes de riñón marcaban el ritmo de nuestro placer. Y así comencé a notar esos chorros calientes, a presión, notar como me rellenaba. Y los dos gemimos y ambos fuimos derrotados.

Risas mientras recuperaba mis bragas. Le di las gracias por cambiar mi día mientras mi entrepierna recibía las gotas que de mí se desprendían.

Efectivamente era eso lo que me había faltado en el día y ello lo que me daba la chispa para colocar todo de nuevo sobre mis hombros.

Tú a Boston y yo a California

Desde el principio han sido, los nuestros, encuentros muy particulares.

Él buscaba una clase de té, mariage y, trasteando por Internet acabó en mi página. Nunca había acudido a un servicio con señoritas, su vida social era muy activa, siempre con mozas al retortero. Alto, rubiejo, atractivo, un bombón para cualquier nena.  Venía temblando como una hoja.

Desde aquel primero fuero muchos los escarceos, a lo largo de diez años. En ese tiempo nos hemos cogido mucho cariño y, es inevitable conocer algo de la vida del otro. Cuando me dijo que venía su hermano y que si les recogía en el aeropuerto, mi fantasía empezó a bullir. Pero cuando supe que eran gemelos, me faltó tiempo para pedir y suplicar que los planes no se truncaran.  Una y otra vez se quedaba todo en agua de borrajas, que si estamos de compras, vente, que si estamos con unos amigos tomando unas copas, vente.

Pero el momento no llegó hasta ayer.

Me escribió un mensaje: «El día tiene que ser hoy».  En el día de Navidad por fin se había decidido a proponérselo a su hermano, con ciertos matices para que la cosa pareciera creíble, una aventurilla, compañera de trabajo, de vez en cuando y, como remate que mi fantasía eran dos hermanos. Su respuesta fue sorprendente para mi tímido amigo: juntos sólo si estuviera borracho, si no, mejor de uno en uno.

El plan sería sencillo, con la excusa de irse al gym, ambos dejarían a toda la familia en casa, solo que uno iría en post del otro. Con la llave del trastero en el bolsillo Giovanni salió a por mí y  me condujo por los sótanos, en silencio, como dos espías, de puntillas.

Primero besos atropellados, mientras íbamos desnudando lo mínimo. Levanté el jersey y dejé que mis tetas se mostraran generosas y más besos me recorrieron. De rodillas, mirándole a los ojos, le pedí permiso. Quería degustar su miembro, quería agradecer el placer que me otorgaba, en un acto casi religioso, le deseaba sin matices.

Y así lo recibí en mi boca, así lo degusté sintiendo su tensión, saboreando su intimidad. Mientras mi mano se había deslizado dentro de mis bragas y mis dedos jugaban inquietos.

Me hizo una indicación, me puse en pie echando el cuerpo hacia delante y le dejé paso franco. Sus manos me atraparon por las caderas y el ritmo llegó solo. Sus golpes de riñón lo invadían todo, daban un ritmo a nuestras respiraciones, un ritmo creciente a nuestro placer, para dejarnos arrastrar hasta sus límites.

Giovanni se fue, me dejó a oscuras recomponiendo mi apariencia. Hasta que se abrió la puerta y apareció él mismo pero totalmente desconocido.

También sus besos fueron soberbios y sus halagos sobre mi cuerpo, excitantes, pues suenan mejor cuando se musitan con la boca llena hambre. Pero fue él quien se desabrochó, él quien me incitó para que la probara y también él quien sujetaba mi cabeza mientras se daba gusto penetrando mi boca. Y claro, los jadeos no cesaban y mi manita estaba empapada.

Ni sé en qué momento me puso en pie, pero fue él quien repitió los mismos gestos que yo había realizado minutos antes con su hermano. Y de nuevo sentí su dureza, su turgencia y como el placer se desbordaba dentro de mí.

Aquello podría repetirse siempre que lo desearan, yo encantada de servirles.

 

Besos

Quizás

Quizá hayan pasado ya diez años, de lo que estoy segura es de que no esperaba ni que conservara mi teléfono. Confesó que aquella unica vez había sido lo más intenso experimentado por él y que, desde entonces, venía de forma recurrente a su mente y era principio de mil fantasías.

Paré el coche, aquellas confesiones bien merecían un espacio entre mis piernas. Y mientras él se ponía cómodo me iba contando algunos de los escenarios posibles de un escarceo.

Era increible el grado de alteración al que estaba llegando. Tuve que decírselo entre gemidos, mis manos estaban dentro de mi ropa y no queria parar. Introduje un dedo, eché la pelvis hacia delante y permití acompañar mi voz con las contorsiones de mi cuerpo. Así hasta no aguantar más y anunciarle que me iba a correr. Fue inmediato, él estalló al escuchar mis gritos ahogados.

Quedamos para el día siguiente.

La excusa  era su caballo, ibamos a verlo, con un poco de suerte nadie mas habría allí. Fuimos directamente a un pajar, yo me aproximé a sus labios y una sensación eléctrica nos dejó pegados, sobándonos como inquietos adolescentes. Un bulto en su pantalón denotaba el grado de excitación, lo abrí y mi boca tuvo que catarla, ya no recordaba cuál era su sabor.

Y súbitamente me dió la vuelta, subió mi falda y la embocó. Me hizo gritar de emoción, tres embestidas y la tenía por completo dentro. Me agarró del pelo y me hizo prometer que me convertiría en su amante, mientras mi culo buscaba con ansia cada golpe de riñón.

Y retorcida, aullando comencé a sentir como se inundaba todo mi ser con su esperma y me derramé.

Eso fue la semana pasada y estoy tocándome mientras lo rememoro.

 

Besos

El que espera desespera

Ni recuerdo de dónde venía, puede que del banco, caminaba despreocupada. Era la última manzana que me restaba para llegar donde me esperaban con un taquito de queso y un suculento caldo.

Levanté la vista del WhatsApp, sólo unos segundos, los suficientes para poder cruzar la calle. Entonces hubo algo que me hizo sonreír, delante del paso de peatones, una furgonetilla detenida y un chaval de cara pícara tenía la ventanilla bajada.

El requiebro es costumbre menos frecuente de lo que me gustaría. Falta generosidad por parte de las mujeres que, al oír el piropo. indefectiblemente sonríen pero luego niegan la mirada al hombre que las admira.

Así que, de pie parada, con la mirada al frente, sonreí al escuchar cómo aquel muchacho daba muestras de un gracioso machismo radical y lisonjeaba mi gracia al moverme bajo aquel sol implacable, mi cuerpo serrano voluptuoso. Y así, sin ningún pensamiento en mi cabeza, crucé al otro lado, haciéndome toda sonrisa.

Entonces decidí que mi aperitivo podía esperar un poco más, me volví y le hice un signo al joven para que bajara la ventanilla. Debía ser una acción audaz, sólo tendría unos segundos para que se decidiera. El chico avispado y me invitó a un café, pero, con la excusa de la falta de tiempo decliné su invitación, pero le dije que sí podría perderme un rato en la parte de atrás. No supo qué decir pero abrió la puerta del acompañante.

Risas, a media mañana nunca se la había ocurrido retozar en un coche. Pero quién se fija en lo que pasa a su alrededor en el Madrid actual? Le indiqué que aparcara, ahí mismo, en la misma calle por la que  íbamos, en el corazón financiero de la capital.

Pasé entre los asientos a la parte de atrás, paquetes y cajas apilados y los asientos doblados. Cuando pasó el chaval, ya no tenía mis pantalones, el resto de ropa sólo era necesario apartarla.

Se sentía en la obligación de justificarse de alguna manera, que aquello no ocurre todos los días, que él no se va con cualquiera. El caso es que todo eso salía de su boca mientras su miembro asomaba por sus pantalones. Y aunque no se me dé mal hablar, se me da mucho mejor la expresión corporal. Así, mientras asentía con la cabeza me aproximaba a sus labios. Deliciosos besos. manos inquietas. Ni aproximarme quise a su sexo, lo veía palpitar y temía que se me acabara el caramelo demasiado rápido. Directamente pasé mi pierna al otro lado y busqué el contacto de su piel. Un segundo más y su polla estaría presionando, pugnando por entrar. Se deslizó despacio, resbaló hasta encajarse. Agónicamente empujaba más dentro hasta estar totalmente encajada dentro de mí. Jadeábamos, quería moverme, no me daría margn, deseaba moverme y sólo pude contraerme.

Entonces estalló en placer y noté como me recorrían cálidos chorros de su néctar.

Después las prisas por abrocharse, la obligación del trabajo, las escusas para no pedir el teléfono. Directamente me bajé y llegué a mi cita sólo diez minutos más tarde de lo esperado. Un margen de cortesía en una cita puede dar para mucho.

Besos

Cortilandia: La emoción de ir de compras

El morbo radica en ello: puedes ser visto.
En los días previos al establecido, fui quedando con los caballeros a diferentes horas y en distintos puntos del Corte Inglés. No pretendíamos llamar la atención sino tener sexo en cadena en un lugar público. La misión organizativa no fue muy compleja, sólo reubicaciones de última hora por imprevistos.
Me vestí pensando en ello: Una camisa un poco larga, unas medias por mitad del muslo, un abrigo que no me descubriera y discreta, muy discreta.
Ya estaba en el sitio concertado cuando leí un mensaje del primero de los participantes. Lo malo fue que no tenía el teléfono del segundo para cambiar el sitio. Así que, directamente me planté en los servicios donde habíamos quedado y me dispuse a hacer tiempo. Desde corta distancia iba viendo entrar y salir hombres y en una de esas no pude resistirme. A uno de ellos le pregunté si tenía unos minutos que las compras me ponían muy nerviosa. Fui rechazada y así cinco veces pero el sexto aceptó y pasó conmigo.
Fui a besarle pero me dio la vuelta, levantó el abrigo y, cuando vio que no llevaba nada más sobre mis nalgas, dejó caer su pantalón y me empujó hacia delante con firmeza. Le dio el tiempo justo de embocármela y se corrió dejando mis muslos empapados de leche. E igual que vino, se fue.
El segundo participante ya estaba esperando cuando salí. No quise ponérselo tan fácil, hice como que no le había reconocido y pasé por su lado chupándome los dedos empapados. Poca genta había como para pasar desapercibidos así que le hice un gesto y nos metimos en unos probadores desguarnecidos.
Le pedí que se sentara y me puse de rodillas para tener acceso a su entrepierna y despacito fui chupándole para sentir como crecía su miembro en mi boca. Me deleité todo lo que pude hasta que me pidió que me subiera encima. Sin hacer ruido cumplí su deseo y me la fui clavando parsimoniosamente, acompasando mis caderas. En ello estaba cuando me dijo al oído que se iba a correr y que quería hacerlo en mi boca. Así que me levanté para recibir aquel néctar en mi boca.
Me dirigí a la siguiente cita, en un servicio. Él me estaba esperando dentro con la puerta entornada y así la dejé al pasar yo. Me desabrochó la blusa mientras me besaba; agarraba con firmeza mis pechos y los lamía. Subió mi pierna para tener más espacio y comenzó a lamer, primero despacio, recreándose; luego uno de sus dedos lo embocó en la entrada y lo movía al ritmo de mis caderas y no paró hasta notar como me estremecía, en silencio, intenso, despacio.
Se levantó, ahora era su turno y allí tal cual estaba, apartó el abrigo y comenzó a penetrarme con toda la violencia e intensidad acumuladas. Entonces se abrió la puerta y apareció otro hombre. Le hicimos sitio, el primero de mis acompañantes le dejó el sitio y directamente me la metió en la boca y el segundo cuando me quise dar cuenta ya había ocupado su puesto y comenzó con su rápido ritmo, firme, enérgico. No se demoraron, poco más podíamos estar ahí sin que nos molestaran y eso incrementaba la intensidad de las sensaciones. Como en una cascada nos corrimos uno tras otro. Todo realmente delicioso.
Nos alisamos la ropa e intentando disimular nuestra turbación, salimos por separado, como si no nos conociéramos. Definitivamente me encanta ir de compras por los Centros Comerciales, nunca sabes lo que te vas a encontrar.

Te doy mi vida entera

Hace ya tiempo que morbeábamos con ello. Me gustaba susurrarle al oído lo que haría con el muchacho cuando nuestra fantasía se cumpliera;  mi amiga, indefectiblemente, aceleraba la respiración  y buscaba complacerse. Y mientras la historia tomaba cuerpo en su imaginación, ella se deshacía de placer.  Pero nunca aparecía la oportunidad. Necesitaba un rato en el que supiéramos que nadie aparecería por la casa. Sin nervios, sin prisas.

Era una reunión de amigos, una copa, unas cartas, unas risas. Y mientras todos estaban en el salón distraídos, cerré la puerta del pasillo y llamé a su habitación. Me abrió un chico guapete, de bonito cuerpo y algo tímido. De la conversación, ni me acuerdo, algo así como qué tal estás, te aburres mucho, ¿te gustaría probar un masaje?, un día, tranquilamente. Él temblaba, intuía alguna intención escondida tras mis palabras y me emplazó para otro día.

Cuando regresé a la mesa, sólo su madre sabía por qué había estado unos minutos fuera y le hice un gesto de asentimiento con la cabeza mientras le guiñaba un ojo.

A las diez de la mañana estaba llamando al timbre de la casa. Todos estaban fuera salvo él. Le pedí que fuéramos a su cuarto, por aquello de estar más cómodos. Se sentó en el borde de la cama y yo hice lo mismo. Como cualquier adolescente tenía la habitación como si hubiera estallado una bomba.

Primero comencé a jugar con mi mano, como quien no quiere la cosa, mientras hablábamos. Le hice algunas preguntas sobre chicas, si había salido con alguna (no), si le gustaba alguna (sí), si alguna vez se había enrollado con alguna. Y, ante la negativa, aproximé lentamente mi rostro al suyo, y suavemente comencé a besarle. Me sorprendió su reacción, no intentó separarse de mí, sino que siguió buscando mis labios y profundizando en las caricias, investigando. Se notaba su torpeza pero estaba totalmente concentrado, recreándose.

Conduje sus manos. Curiosas y delicadas, iban leyendo cada parte de mi cuerpo. Y tras sus manos llevó su boca, deseaba probarme y luego regresar a besarme.  Jugueteó con mis pezones, recorriendo la areola con su lengua, probando su textura, apretando  levemente para volver a chupar.

Antes de que llegara hasta mi sexo me complací dándole indicaciones, mostrándole lo que tenía delante y alguna de las maneras de jugar con una chica y, en particular, conmigo.

Así que cuando llegó a hundir sus labios entre mis piernas, me tenía totalmente rendida a sus caricias. Poco constante, torpe y con todo eso y precisamente por ello, me estremecí toda yo, retorciéndome de placer.

De inmediato quise probar su boca de nuevo, reconocer mi sabor en él. Le tumbé bocarriba, ahora era mi turno. Y sin dejar de besarle me fui deslizando sobre su cuerpo, acariciando, chupando, besando. Delante de mí se mostraba su miembro en todo su esplendor; un poco más de la media, recta y provocativa. Sólo pude meterla en mi boca y comérmela, degustarla como un manjar y entretenerme buscando su ritmo. No debía regodearme mucho, deseaba intensamente llegar a subirme encima, no podía permitir que llegara al clímax. Y con deseo arrollador volví a buscar sus labios y le cubrí con mi cuerpo, deslicé mis piernas y delicadamente fue entrando en mí, dejándose resbalar.

Yo estaba empapada y él me notaba ardiendo. Poco a poco, degustando cada milímetro avanzado, retrocediendo de inmediato para volver a retomar. Sus ojos lo decían todo, una mezcla entre asombro y total entrega. No paré de moverme, estaba degustando cada vuelta de mi cadera, cada empujón de mis nalgas. Se me escapaban gemidos según me iba acelerando.  Y susurrando fui contándole lo excitada que me tenía, el placer que me daba y cómo estaba a punto de correrme. Mis palabras terminaron de volverle loco y aferrándose a mi culo con ambas manos, comenzó a empujar con su cadera y a sujetarme con firmeza hasta que toda su fuerza se derramó dentro de mí.

Derrotados, sudorosos, tendidos uno al lado del otro y absolutamente complacidos.

Pero mi mañana no había terminado ahí. Había emplazado a su madre en el apartamento, ella pesaba simplemente que desayunaríamos. Cuando llegó yo ya estaba allí y conmigo mi pupila, que nos e lo quería perder y mi marido; y no estábamos aguardando de brazos cruzados, sino desnudos en la cama cuchicheábamos mientras nos masturbábamos. Se quitó la ropa y en cuanto la tuvimos en la cama, me coloqué sobre ella, mi sexo contra el suyo y procuré ir empapándola de néctar. Y mientras fui describiendo lo que acababa de ocurrir en su casa.

Entonces la sujetaron un poco para que no se zafara y coloqué mi sexo sobre su boca. Hizo  ademán de retirarse, el semen de su hijo escurría hacia su ella. Pero, de repente  se lanzó a beberme, jadeando abría más su boca y metía la lengua buscando unas gotas más. Y cuando ya no encontró más pues todo lo había libado, fue Lucía quien me sustituyó y se colocó  a horcajadas sobre ella, frotándose como si fuera un macho y aullando de placer. Y yo volvía a repetir detalles, a contar lo mucho que habíamos disfrutado, lo rica de su verga y lo mucho que había mejorado durante nuestra hora de pasión. Y una vez tras otra se corría y volvía a por más.

Lucía sobre ella, yo sobre mi hombre y así los cuatro compartiendo intensidad y placer, hasta quedar agotados y sorprendidos de hasta dónde podíamos disfrutar.

Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.