El que espera desespera

Ni recuerdo de dónde venía, puede que del banco, caminaba despreocupada. Era la última manzana que me restaba para llegar donde me esperaban con un taquito de queso y un suculento caldo.

Levanté la vista del WhatsApp, sólo unos segundos, los suficientes para poder cruzar la calle. Entonces hubo algo que me hizo sonreír, delante del paso de peatones, una furgonetilla detenida y un chaval de cara pícara tenía la ventanilla bajada.

El requiebro es costumbre menos frecuente de lo que me gustaría. Falta generosidad por parte de las mujeres que, al oír el piropo. indefectiblemente sonríen pero luego niegan la mirada al hombre que las admira.

Así que, de pie parada, con la mirada al frente, sonreí al escuchar cómo aquel muchacho daba muestras de un gracioso machismo radical y lisonjeaba mi gracia al moverme bajo aquel sol implacable, mi cuerpo serrano voluptuoso. Y así, sin ningún pensamiento en mi cabeza, crucé al otro lado, haciéndome toda sonrisa.

Entonces decidí que mi aperitivo podía esperar un poco más, me volví y le hice un signo al joven para que bajara la ventanilla. Debía ser una acción audaz, sólo tendría unos segundos para que se decidiera. El chico avispado y me invitó a un café, pero, con la excusa de la falta de tiempo decliné su invitación, pero le dije que sí podría perderme un rato en la parte de atrás. No supo qué decir pero abrió la puerta del acompañante.

Risas, a media mañana nunca se la había ocurrido retozar en un coche. Pero quién se fija en lo que pasa a su alrededor en el Madrid actual? Le indiqué que aparcara, ahí mismo, en la misma calle por la que  íbamos, en el corazón financiero de la capital.

Pasé entre los asientos a la parte de atrás, paquetes y cajas apilados y los asientos doblados. Cuando pasó el chaval, ya no tenía mis pantalones, el resto de ropa sólo era necesario apartarla.

Se sentía en la obligación de justificarse de alguna manera, que aquello no ocurre todos los días, que él no se va con cualquiera. El caso es que todo eso salía de su boca mientras su miembro asomaba por sus pantalones. Y aunque no se me dé mal hablar, se me da mucho mejor la expresión corporal. Así, mientras asentía con la cabeza me aproximaba a sus labios. Deliciosos besos. manos inquietas. Ni aproximarme quise a su sexo, lo veía palpitar y temía que se me acabara el caramelo demasiado rápido. Directamente pasé mi pierna al otro lado y busqué el contacto de su piel. Un segundo más y su polla estaría presionando, pugnando por entrar. Se deslizó despacio, resbaló hasta encajarse. Agónicamente empujaba más dentro hasta estar totalmente encajada dentro de mí. Jadeábamos, quería moverme, no me daría margn, deseaba moverme y sólo pude contraerme.

Entonces estalló en placer y noté como me recorrían cálidos chorros de su néctar.

Después las prisas por abrocharse, la obligación del trabajo, las escusas para no pedir el teléfono. Directamente me bajé y llegué a mi cita sólo diez minutos más tarde de lo esperado. Un margen de cortesía en una cita puede dar para mucho.

Besos

4 comentarios para “El que espera desespera”

  • pedro bond:

    Magnifico¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

  • Luca:

    Impresionante María. No solo te veo capaz, si no que me da envidia sana (si es que eso existe) del chaval.
    A ver si un día te dignas a escribir qlguna de las nuestras. Y trato de adivinar que soy yo jajaja

  • luciac:

    Tu siempre taaaan generosa cariño… jiji

  • perderme un rato…

    Me encantó la expresión, “perdida” soy juas

    Kisssss

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

MariaG sexo natural, tu puta en Madrid