Mis nuevas amigas 1

  • Myriam de 20 años.
  • La hermana de Myriam

Colocación correcta de mascarillas COVID-19

Ni muerta

Nunca reconocí la verdad. Jamás  habría confesado cómo ocurrió realmente.

Era vergonzoso poner toda esa cascada de emociones sobre ningún tapete. Así que,  mi versión nunca fue contada extensamente,  nunca fue reflejada como lo viví aquel día y como lo he revivido tantísimas veces en los ratos de placer solitario.

La última vez que me había visto yo era una cría. Ahora todo había cambiado en mí y él continuaba siendo la oveja negra. Me seguía poniendo nerviosa su presencia,  sabía algunas cosillas sueltas de su vida, envueltas en una leyenda que no sólo estimula la imaginación.

Cerró  tras de sí,  quería que le acompañara a la calle. Bajamos las escaleras y en vez de abrir, se giró y apoyó la espalda contra el cristal traslúcido. Algo venía hablando por el camino, ni me acuerdo.

Entonces dijo las palabras mágicas: «Enséñame las tetas».

Se extendió por todo mi cuerpo un cálido hormigueo y no pude ni moverme. La pregunta que llegó a mis labios, ahora lo sé,  me delataba y a penas acerté a balbucirla: ¿Aquí?

Di un paso hacia atrás,  quedando contra la pared y comencé a tiritar, era un manojo de nervios. Le miraba fijamente, mientras una batalla silenciosa se libraba en mi cabeza. La respuesta hubiera sido más sencilla si aquello no fuera un bloque de viviendas, si no pudiera bajar cualquier vecino, en cualquier momento y encontrarnos en un cuadro comprometido, si no me conociera desde siempre, si no tuviera esa mala fama, si yo no quisiera.

Pero ese hormigueo era profundo, nacía de algún recóndito lugar de mis vísceras.  Sólo la vergüenza me tenía paralizada, bueno, eso y una vocecilla que afirmaba que aquello no estaba bien.

Seguía pasmada, él me miraba con los ollares dilatados. «Levántate el jersey».

Lo hice. Parecía ir a cámara lenta, tomando con las dos manos el borde de mi ropa y dejándola luego debajo del cuello.

«Y el sujetador». La mano derecha me bastó para levantar del medio y subir. Así se mostraron dos preciosos pechos adolescentes, turgentes, desafiantes.

Ahora su sonrisa era completa. Y a mí me castañeteaban los dientes.

Aquellos interminables minutos dieron paso a una visita al bar de enfrente y no sé a dónde más.

De regreso a la casa era predecible que algo pasara.  Pero, tonta de mí,  no esperaba otra encerrona en el mismo sitio.

Quería verlas de nuevo. Y lo siguiente me pidió me descolocó,  deseaba que diera saltitos. La estampa le debió de resultar deliciosa, yo ruborizada hasta las orejas, con la ropa mal puesta, ofreciéndole el espectáculo del bamboleo de esas recién conocidas tetas.

Y aún me pidió que verbalizara algo más,  que le diera consentimiento a si podía tocarlas.  Se me salía el corazón del pecho y, con apenas un hilo de voz, conseguí reforzar mi movimiento de cabeza.

Era una mano fuerte que se acercó despacio, sopesando, que hundió los dedos conteniendo la respiración, que me hizo estremecer.

Le había gustado, sí señor, se retiró un paso para atrás y, por fuera del pantalón apretó su miembro. Me hizo gesto, me acerqué e hice la misma valoración que él.  Firme, rotunda, pugnaba por salir y entonces, por vez primera, tuve yo la iniciativa y fui a tocarla por dentro de la ropa.

Pero aunque mis manos eran finas no podían abrirse paso con facilidad, entonces fue él quien me mostró la manera de desabrocharle,  de liberar aquella maravilla.

Cerré mi mano, él comenzó a guiar mis movimientos. Su respiración cada vez se aceleraba más  y la mía le seguía.

Y cuando la excitación estaba fluyendo en mi entrepierna, me apartó un poco, cogió él el testigo y se dio la fuerza y el ritmo que necesitaba.

Entonces su placer se derramo6sobre mí,  sobre mi carne, sobre mi ropa, sobre mi pelo. Ambos jadeábamos.

 

 

Besos

 

Después de la ducha

El solaz de la ducha

Ella me lo había mencionado alguna vez, los placeres escondidos del agua. Claro que Irene se masturba desde que puede recordar, afortunadamente no soy la única.

Necesitaba primero que me acompañara la logística,  que el ambiente fuese cálido,  que nada me destemplara.

Y requería también ese tiempo que siempre se escabulló para tener mi mente sólo centrada en mi cuerpo.

Dos dedos de agua en el fondo de la bañera para recostarme en ella. Abrí las piernas, dejé apoyada la mano cómodamente a la par que sujetaba la ducha.

No había buscado nada especial,  sólo aquel aparato que una de las internas que vivió en mi casa empleaba largamente, mientras dejaba abierto el grifo.  Si a ella le valía,  esperaba que a mí  también.

Y ahora tocaba abrir el grifo, con múltiples chorritos finos y sin demasiada potencia. Cerrar los ojos y sentir.

Sólo deseaba sentir mi cuerpo,  sentir mi sexo, sentir ese chorro provocando a mi piel, sentir como el rubor y la turgencia florecían  al final de mi monte de Venus.

Sin dedos, sin prisas, sin otra humedad que la mía.

Sí,  se sentía intenso, sorprendente. Los ojos cerrados, la respiración cada vez más alterada. Mi mano quieta, el agua incansable seguía reduciéndome.

Poco a poco mis piernas se empezaron a tensar, se abrían un poco más,  mi cadera se alzaba casi imperceptiblemente y mis piernas se tensaban.

Se oyeron voces fuera. Pero ya estaba yo en el punto de no retorno, no hubiera podido dejar de gemir quedo aunque hubieran entrado a molestar. No hubiera querido apartar mi un milímetro mi mano ni mover un ápice aquella alcachofa de ducha, transformada en el mejor consolador ideado.

Y puede que me oyeran pero aquel instante de Gloria se aproximó  imponente y arrollador.  Contuve la respiración,  ahogué los gemidos y un estallido de placer embriagó mi cuerpo, pálpito mi sexo.

Y, por fin, relajé mis piernas y adoré a la mujer que se le hubiera ocurrido por vez primera solazarse con la ducha.

 

Las Venus del espejo

Atrapados en el ascensor

Aún no sé había cerado la hoja cuando tiré de ella para acceder al portal. Mirando, desde el fondo del ascensor, un joven cobrizo no perdía ripio. Me apresuré a entrar.

Ya habían dado las once de la noche y aquel chaval llevaba el pedido de «globo» para entregar en el sexto. Yo presioné el último piso. Claro que me había dado cuenta de que su mirada no se apartaba de mi generoso escote.

Ni lo pensé,  le sonreí y pregunté si le quedaban muchas horas de trabajo.

Y, cuando respondió que sí, me salió del alma darle un regalito visual para su solaz. Abrí más mi escote y le mostré lo que anhelaba.

Se abrieron las puertas y no hizo ademán de moverse, así que pensé que ya todo estaría permitido. Tomé su mano libre y le hice sopesar el tamaño de mi pecho. Apretó, entreabrió los labios y me decidí a besarle.

La bolsa se deslizó hasta el suelo y sus manos comenzaron a moverse, a apretarme, a palpar bajo el vestido.

Apretamos el menos 2.

Todo nuestro cuerpo buscaba el calor del otro, sentir la presión, frotarse mientras los jadeos iban en aumento. Le notaba, estaba duro, su miembro efecto pugnaba por salir. Le bajé la cremallera.

Y me di la vuelta, tirando de las bragas hacia abajo. No hicieron falta palabras. Me eché un poco hacia atrás y noté su temblor. Y mi mano le buscó, le atrajo y un hábil movimiento de su cadera la dejó emboscada en mi sexo.

Y volví a moverme hacia atrás. En un instante me encontré penetrada. Sus manos en mi cadera tironeaban hacia atrás con un ritmo rápido y agónico. Nuestros gemidos debieron de oirse en todos los pisos mientras volvíamos a dirigirnos al decimoquinto.

Le pedí que siguiera, que no se parada, que me llenara toda con su néctar. Así se tensó y empecé a notar sus chorros acompasando con él mis últimos quejidos.

Recogí mis bragas del suelo mientras arreglaba mi ropa y le daba mi teléfono.

Justo a tiempo para salir en mi parada.

 

Besos.

Cuando nadie me ve

La chispa de la vida

Morriña, lo que tenía lo llaman en mi casa morriña. Esos días en que la normalidad de la vida pesa en exceso y las horas se alargan.

 

Dejé el coche con las luces encendidas, el almacén estaba oscuro y con aquel frío nada invitaba a permanecer un segundo más de lo imprescindible para cargar el coche.

Y ese día él miraba más profusamente mi escote. Buen mozo, de fuertes espaldas y manos rudas, siempre se había mantenido cauto. Y hoy procuraba alargar la conversación, en tinieblas.

Unas risas y por fin vuelvo a mi coche. Sujetando mi puerta, su comentario no me dejó otra opción: «Con ese escote no me extraña que tengas frío».

Me incorporé y fui hacia él, cogí su mano y le hice introducirla debajo de mi vestido y sopesar ese pecho que tanto estaba entreviendo. Sus ojos tan abiertos como su boca y palabras de incredulidad en sus labios.

Le besé y respondió apasionado, me abrazó, pegó su cuerpo al mío. Comenzó entonces un baile de gemidos sutiles, de respiraciones agitadas, buscábamos frotar, sentir, de pie, uno contra el otro, las bocas juntas, las manos inquietas.

Estaban ambos pechos expuestos, mis pezones endurecidos por sus atenciones,  las manos los recorrían y apretaba, sus labios succionaban y yo buscaba con la pelvis, apretaba para sentir le, cada vez más mojada.

Se lo pedí, le pedí que, por favor, me follara, que nos volviéramos locos, que transformara mi día,  un lunes de mierda.

Pero no le di tiempo a responder, metí mi mano abriendo la cremallera y me alegré de lo encontrado y de su dureza.

Sin permitir que su mano se separa de mí,  me dí la vuelta, levanté mi vestido e hice que mis bragas se deslizaran hasta el suelo.  Apoyando las manos en el coche, empujé hacia atrás. Y le sentí. Grande, poderosa, le bastó un pequeño empujón para comenzar a penetrarme. Y mi mano empezó a acompañarse.

Desde atrás,  despacio, agarrándome de las caderas, sus golpes de riñón marcaban el ritmo de nuestro placer. Y así comencé a notar esos chorros calientes, a presión, notar como me rellenaba. Y los dos gemimos y ambos fuimos derrotados.

Risas mientras recuperaba mis bragas. Le di las gracias por cambiar mi día mientras mi entrepierna recibía las gotas que de mí se desprendían.

Efectivamente era eso lo que me había faltado en el día y ello lo que me daba la chispa para colocar todo de nuevo sobre mis hombros.

Tú a Boston y yo a California

Desde el principio han sido, los nuestros, encuentros muy particulares.

Él buscaba una clase de té, mariage y, trasteando por Internet acabó en mi página. Nunca había acudido a un servicio con señoritas, su vida social era muy activa, siempre con mozas al retortero. Alto, rubiejo, atractivo, un bombón para cualquier nena.  Venía temblando como una hoja.

Desde aquel primero fuero muchos los escarceos, a lo largo de diez años. En ese tiempo nos hemos cogido mucho cariño y, es inevitable conocer algo de la vida del otro. Cuando me dijo que venía su hermano y que si les recogía en el aeropuerto, mi fantasía empezó a bullir. Pero cuando supe que eran gemelos, me faltó tiempo para pedir y suplicar que los planes no se truncaran.  Una y otra vez se quedaba todo en agua de borrajas, que si estamos de compras, vente, que si estamos con unos amigos tomando unas copas, vente.

Pero el momento no llegó hasta ayer.

Me escribió un mensaje: «El día tiene que ser hoy».  En el día de Navidad por fin se había decidido a proponérselo a su hermano, con ciertos matices para que la cosa pareciera creíble, una aventurilla, compañera de trabajo, de vez en cuando y, como remate que mi fantasía eran dos hermanos. Su respuesta fue sorprendente para mi tímido amigo: juntos sólo si estuviera borracho, si no, mejor de uno en uno.

El plan sería sencillo, con la excusa de irse al gym, ambos dejarían a toda la familia en casa, solo que uno iría en post del otro. Con la llave del trastero en el bolsillo Giovanni salió a por mí y  me condujo por los sótanos, en silencio, como dos espías, de puntillas.

Primero besos atropellados, mientras íbamos desnudando lo mínimo. Levanté el jersey y dejé que mis tetas se mostraran generosas y más besos me recorrieron. De rodillas, mirándole a los ojos, le pedí permiso. Quería degustar su miembro, quería agradecer el placer que me otorgaba, en un acto casi religioso, le deseaba sin matices.

Y así lo recibí en mi boca, así lo degusté sintiendo su tensión, saboreando su intimidad. Mientras mi mano se había deslizado dentro de mis bragas y mis dedos jugaban inquietos.

Me hizo una indicación, me puse en pie echando el cuerpo hacia delante y le dejé paso franco. Sus manos me atraparon por las caderas y el ritmo llegó solo. Sus golpes de riñón lo invadían todo, daban un ritmo a nuestras respiraciones, un ritmo creciente a nuestro placer, para dejarnos arrastrar hasta sus límites.

Giovanni se fue, me dejó a oscuras recomponiendo mi apariencia. Hasta que se abrió la puerta y apareció él mismo pero totalmente desconocido.

También sus besos fueron soberbios y sus halagos sobre mi cuerpo, excitantes, pues suenan mejor cuando se musitan con la boca llena hambre. Pero fue él quien se desabrochó, él quien me incitó para que la probara y también él quien sujetaba mi cabeza mientras se daba gusto penetrando mi boca. Y claro, los jadeos no cesaban y mi manita estaba empapada.

Ni sé en qué momento me puso en pie, pero fue él quien repitió los mismos gestos que yo había realizado minutos antes con su hermano. Y de nuevo sentí su dureza, su turgencia y como el placer se desbordaba dentro de mí.

Aquello podría repetirse siempre que lo desearan, yo encantada de servirles.

 

Besos

Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.