Blog MariaG

20/12/2008

Sorpresas por Madrid

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 3:56 pm

19/12/2008

Con la punta de los dedos

Filed under: ¿De dónde nace una una puta como yo? — MaríaG @ 3:55 pm

Parece que ha pasado toda la vida cuando a penas nos tocábamos con la punta de los dedos. Recuerdo esos días agónicos en los que la piel no era barrera para nuestro tacto, en los que la mera proximidad de nuestras manos nos abría el pecho desbordándonos de felicidad. Desde el principio un lazo invisible unió nuestras almas, ese lazo por el que sentimos en nosotros lo que el otro vive. Un día te descubres sin razón para alterarte y, sin embargo sabes que algo está pasando y poco a poco esas «casualidades» pueblan tu vida.
Doy gracias a Dios porque la intensidad en nuestra relación no ha desaparecido, sólo ha ido experimentando, buscando nuevos cauces.

Había oído hablar de esos locales y sentía una curiosidad morbosa asi que insití hasta convencer a mi marido. Primero una cena romántica y luego veríamos qué era aquello. Aquel día no quise pasar del cuarto oscuro. Cuando entramos había un par de parejas más, cada uno en una punta. Nos abrazamos y comenzamos a bailar. Yo teblaba como una hoja y miraba curiosa lo que hacían los otros. Entonces la chica de la derecha se puso de rodillas, en una actitud muy clara, un poco girada hacia nosotros, de tal manera que pudiéramos ver lo que hacía, incluso me parecía que estaba ofreciéndome a mí un poco.
Yo llevaba una falda hasta los pies, no fuera a ser que se me viera un gramo del cuerpo. Estábamos a suficiente distancia como para poder observar a la rubia pero que no me pudieran tocar. Entonces mi marido empezó a arrastrar la falda hacia arriba, muy despacio. Según me dejaba las piernas al descubierto empecé a imaginar que era el centro de las miradas de todos y me puse como un palo. La impresión era demasiado fuerte para mí y salí corriendo, arrastrándole de la mano.
Una vez en la calle me dió mucha rabia, me había comportado como una chiquilla y lo peor era que me había gustado lo que había vivido. Al regresar a casa nos fuimos directos a la habitación, no había tiempo que perder, era tal mi estado de excitación que tardé segundos en llegar al climax. ¡Mi cuerpo debía de haber enloquecido! resulta que los orgasmos se habían sucedido uno tras otro. Yo era la primera sorprendida.

Quería volver a probar, esperaba poder quitarme ese bloqueo paralizante. Esta vez la falda era un poco más corta aunque los nerviso fueran comparables. Tampoco había mucha gente, afortunadamente y el la pista de baile hubo algún roce, una caricia furtiva. Pero entonces detrás de una celosía la llama de un cigarrillo iluminó un rostro masculino y me sentí observada de nuevo. Imposible, necesitaba un lugar más íntimo. Porque a pesar de esa impresión no podía negar que estaba excitadísima y quería probar a desnudarse y hacerle el amor medio oculta a los ojos de los curiosos por una sábana. Me llamaba poderosamente la atención que un desconocido pudiera observarnos o incluso participar.

Hubo un punto de inflexión.
Estaba yo de guardia y vino a cenar conmigo. Todo era absolutamente convencional hasta que un amigo común se acercó para traernos no recuerdo el qué. En la conversación empecé a ponerme coqueta, no necesitaba habérselo dicho para saber que mi marido estaba pensando en lo mismo que yo. Me senté en las rodillas del otro, él era muy tímido y le temblaba el pulso. Poco a poco fuero cayendo todas las defensas y terminamos los tres desnudos en la cama.
Yo tumbada boca arriba, mi marido entre las piernas, me susurró al oído «¿no querías tirártelo? pues bésalo, bésalo como si te entregaras a él y no a mí». Primero despacio y después con frenesí me lo empecé a comer con la boca. Me sentía totalmente infiel, era el colmo, tener a mi hombre encima y yo estar entregada a otro. Y, precisamente por eso, yo estaba como una loca y él fuera de sí, no sabía si estrangularme con sus manos por puta o correrse de placer por los cuernos que le estaba poniendo en sus barbas. Es difícil saber a quién de los dos nos gustó más.

Acababa de descubrir que, no sólo me gustaba meter a terceros en nuestra cama sino que me excitaba sobremanera probocar los celos de mi marido. Ésto tendría que explotarlo.

Un día, en vez de ser un chico solo fueron dos y otro más un poco más tarde.
Vicio, vicio y más vicio, cada vez me gustaba más estar en los brazos de otros hombres mientras mi marido, a mi lado, se retorcía de puros celos y gusto.

Lo peor que pudo hacer fue retarme, quiso saber con cuántos hombres quedaría satisfecha, quería demostrarme que me dejaría agotada y saciada de machos. Yo no sabía lo que me habían preparado y me vendó los ojos. Sentada en un sofá no me podíani imaginar lo que iba a ocurrir a continuación.
No oí nada, cuatro manos empezaron a desabrocharme la ropa y me llevaron hasta una cama. Tironeaban de un lado y de otro y consiguieron dejarme desnuda. Sentía el contacto de manos por mi cuerpo y luego de bocas. Entonces vi que el número no cuadraba, al menos cuatro hombres me rodeaban. Y así fue durante horas.
Me colocaban de decúbito prono y supino y otra vez boca abajo y yo no desatendía ningún mienbro que pusieran al alcance de mis manos, de mi boca o de mi sexo. Con los ojos tapados me había abandonado por completo en las manos de eros. Buscaba con la cara dónde estaba él y de vez en cuando le alargaba la mano para que me la sostuviera y compartiera mi placer.
Más altos, más bajos, más delgados, los había para todos los gustos y digo los había porque unos dejaban el puesto a los siguientes y siempre tenía todo mi cuerpo entretenido.
Ni uno solo dejó de darme placer, me corrí con todos, todas las veces que me penetraron y con alguno más de una vez.

Y le reconocí, aunque procuró no tocarme más que con su miembro, supe que era él el que me estaba montando y le abracé como a ninguno porque era el mío.
Ya de madrugada se fueron retirando hasta dejarnos solos. Y al refugiarme de nuevo en sus brazos, al recuperar el olor de su cuerpo volví a darme por entero él.
Ese fue el más intenso de todos los placeres de aquella noche loca.

(19-12-2008, texto recuperado de mi Blog censurado)

14/12/2008

De nuevo en el Colegio

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 3:52 pm

13/12/2008

Ruth

Estaba cortadísima.
Pocas veces había entrado en un local de intercambio y no me terminaba de encontrar cómoda. Estábamos dando una vuelta para ver qué ambiente había. Hacia nosotros avanzaba una pareja. Ella se detuvo delante de mí, me miraba sonriendo entre tímida y viciosa. Yo estaba paralizada, me causaba extrañeza su actitud, también su color, nunca me había puesto a observar a una negra y menos aún a acariciarla. Era una muñeca de ebano, muy menuda y con una belleza poco frecuente.

Acercó su mano hacia mí, mediaron pocas palabras. Primero me acarició despacio las manos, subió por los brazos y me besó.
¡Uf! ¡Qué labios!¡Qué boca!
Entonces, como una pantera, me derribó sobre la cama, sin parar de besarme; se frotaba contra mí y seguía besándome. Ella empezó a quitarse ropa pero sin separar su cuerpo del mío. Para ayudarla, mi marido y su acompañante, cada uno por un lado, me desnudaron. Yo no daba crédito a lo que estaba pasando y a penas podía reaccionar.
No me dio ni un segundo de descanso, hizo con mi cuerpo lo que quiso y según iba creciendo mi grado de excitación empezaba a tomar un papel más activo. Hasta que no pude refrenar mis manos ni mi boca.

Por aquel entonces pocos encuentros había tenido yo con otras mujeres y me estaba descubriendo deseando su placer y el mío.

Acabamos sudorosas y jadeantes. Entonces pude ver el corrillo que se había formado a nuestro alrededor y la cara indescriptible de los que miraban.

Me dio su teléfono. Hablaba muy mal español, pero me pudo explicar que nunca le había atraído una mujer de aquella manera y que quería verme más veces, a mí y a mi marido.

A los pocos días la llamé para que fueramos al cine. No conseguí quedar a la primera. Ruth me puso alguna excusa poco creíble y extraña, comenzamos a sospechar que algo raro había entorno a ella.
Lo conseguimos pocas semanas después. Quedamos; una peli en versión original para que ella también pudiera entender (hablaba muy bien inglés). Se sentó en medio y cuando comenzó la película echó sus manos a derecha e izquierda y al cabo de un rato era absolutamente imposible poner la atención en algo distinto de ella. Al ayudarla a bajarse un poco los pantalones me asombré de descubrirla empapada y reclamante.
Por el bien del público asistente y porque ya no podíamos más, nos fuimos a casa y continuamos allí.

Quedamos unas cuantas veces hasta que se decidió a hablar. Cuando llegué a recogerla la llamaron al móvil, era su hermana mayor. Cambió el gesto y comenzó a llorar; yo no entendía qué estaba pasando porque hablaba en un idioma que yo no conocía.
Cuando se serenó nos dijo que su madre había muerto, pero en ese momento no supo explicarnos nada más. La llevamos a casa.
Tenía en las mejillas unas cicatrices en forma de cruz muy profundas y otras lineales por todo el cuerpo, pensábamos que serían producto de algún ritual. Pero no, se las había hecho el mismo hombre que la sacó de su casa bajo engaño, que la trajo a España a trabajar supuestamente de azafata, que la tenía secuestrada en un piso y que la maltrataba cada vez que no llevaba suficiente dinero de su trabajo en la Casa de Campo.
Se pasó varias horas hablando y llorando. Era africana y muy joven. En su país los enfrentamientos armados sembraban el terror entre la población civil. Os ahorraré detalles.

Un compatriota se ofreció a llevar a la joven a España a cambio de una fuerte suma que devolvería gracias al trabajo estupendo que le tenían buscado.
Contaba su desesperación por no saber nada del sexo el primer día que la llevaron a trabajar. Nos describió el encuentro con el cliente que la desfloró, ese chico debió de quedarse perplejo al llevar a una muñequita como aquella a casa y descubrir que era totalmente inocente.

No podíamos dejarla marchar así. Le ofrecimos lo que teníamos, nuestra casa y ayuda para escapar de las garras de su chulo y rehacer su vida. Aceptó pero a pesar de nuestras advertencias quería regresar al piso. Se había dejado el número de teléfono de la casa materna y había quedado con su hermana en que llamría por la tarde.

Mi marido tenía que ir a trabajar pero yo diponía del día libre. La llevé hasta donde me indicaba. Para complicar un poco más las cosas se había dejado las llaves y debía de esperar hasta que uno de sus compañeros de piso volviera, habló con él varias veces por teléfono e insistía en que no se moviera de la estación de renfe, que el no tardaría mucho. Hay que decir que esos días ella se sentía un poco más libre porque el chulo no estaba. Cuando apareció ese tipo les acerqué a la casa con idea de montar en el coche sus pertenencias y marcharnos. Pero volvió a bajar con él y su única obsesión era encontrar como fuera un locutorio para llamar a su país.
La vi a través de los cristales. Su suerpo se estremecía entre sollozos e iba dejándose caer al suelo mientras seguía sosteniendo el auricular. Me pilló desprevenida, esas cosas sólo ocurrian en las películas.
El que estaba al otro lado de la línea no era otro que su chulo que tenía desde hacía varios días secuestrados a sus hermanos pequeños y los estaba torturando. Le exigía una suma imposible de dinero a pagar en 24h si quería que sus hermanos no corrieran la misma suerte que su madre. Junto a ella su compañero de piso se mantenía impertérrito.

Las siguientes horas fueron de locura. Primero hablaba y hablaba con aquel tipo y el resto del tiempo no dejaba de llorar. Me dijo que tenía que ayudarla, que le tenía que dejar el dinero y me lo dijo poníendose de rodillas en la calle, suplicándome con las manos juntas y abrazándose a mis pies.Al contároslo lo estoy reviviendo y se me sigue poniendo un nudo en la gargarnta.
Esa no era la solución, bien lo sabía yo pero ella no quiso oirme.
¡Oh! qué casualidad que el tio ese conocía una persona que le podía ayudar pero que debían de ir esa misma noche.
En efecto, eran ya cerca de las cuatro de la madrugada cuando la volví a dejar en su piso con su vida vendida, entregada a esos seres despreciables. No la he vuelto a ver.

Sólo una vez me llamó el chico que la recogió de mitad de la calle, la habían pegado una paliza, estaba medio muerta y la llevaba en un taxi al hospital; ella pudo recordar mi número y habló conmigo sólo unos segundos. Después de ésa mnoche no contestó más a mis llamadas.

Se que jamás leeras ésto Ruth pero es que nunca te dije que te quiero.

(13-12-2008, Texto recuperado de mi Blog censurado)

08/12/2008

El equipo de futbol: Ascenso a primera

Filed under: La verdad no hay quien la crea — MaríaG @ 6:20 am

La conversación comenzó bastante normal. Supuestamente eran dos amigos que querían que fuera a un hotel esa misma noche. Dos eran seguro porque oía la voz por detrás de otro chico. Preguntaba y pedía mucho detalle. Pero pronto empezaron a animarse y a introducir nuevos factores. 

Fuimos pasando de dos amigos a unos cuantos y al final decía que eran un equipo de futbol y que querían que fuera a una habitación y luego, quién sabe los que se animarían y lo que llegaría a pasar en esa orgía.

Yo les seguí el juego hasta el final aunque parecía claro que era todo invención. Y, efectivamente, no volvieron a llamarme.

Pero consiguieron una cosa, empecé a fantasear con eso de un equipo de jóvenes macizos todos dispuestos a follarme.

Lo que viene a continuación ocurrió unos meses después y es estrictamente cierto aunque sé muy bien que los que no me conocéis no os creeréis ni una palabra, bueno, al menos disfrutad del relato.

Acabábamos de despertarnos, serían las 8 de la mañana de un domingo de tardía primavera. Me apreté contra su cuerpo y empecé a ponerme cariñosa. Obtuve los primeros resultados deseados pero lejos de continuar, mi marido se apartó un poco. Decía seguir celoso por lo que le había hecho el día anterior. Supliqué perdón y me impuso una penitencia: no debía regresar al cuarto hasta haber tenido tratos carnales con algún hombre.

Me parecía tarea imposible, así que salí del cuarto un tanto desolada. Desde la segunda planta, por las escaleras, me dediqué a recorrer cada corredor, bajar al comedor, ir a recepción, subir hasta el cuarto de máquinas del ascensor,… Por el camino quizá me crucé con alguien, desde luego nadie que me pudiera dar juego.

Me dispuse a bajar por última vez a la recepción.
En la entreplanta algo había cambiado, una puerta había quedado entreabierta. Me detuve. Alguien, vestido con un chándal garabateaba en una pizarra. Supuse que estaría preparando una reunión posterior, así que me asomé y al no ver a nadie más, entré. Yo era una pobre chica aburrida que se había levantado de la cama con ganas de compañía. No hizo falta que le repitiera el argumento, cerró la puerta y me desabroché los botones del vestido. Poco tardé en encontrarme catando el sabor de su miembro y derribada sobre las mesas.
Una escueta despedida tras un escarceo de pocos minutos.

Llegaba con otro ánimo a mi planta y comenzaron a salir de las habitaciones muchachos en pantalón corto, con cuerpos estupendos y lozanía en sus rostros. No dudé en saludarles según me iba cruzando con ellos. Aquella me parecía una oportunidad nada desdeñable, así que me dediqué a insinuarme a cada uno de los que salieron de aquellas habitaciones. La mayoría simplemente se sorprendía y declinaba la incitación por falta de tiempo, ya se sabe, el desayuno. Disimulaban mal su turbación y el bulto que apuntaba en sus pantalones.
Pero aquel negro dudó algo más, se refugió tras una columna y tiró de mis hombros hacia abajo hasta que me encontré de rodillas. Sólo unos lengüetazos y se cubrió. En francés me pidió el número de habitación asegurándome que me llamaría al regresar de la cafetería. Ya, sólo me faltaba creérmelo. Así que regresé a mi cuarto contenta de haber sido tan bien mandada pero con el recuerdo de todos esos buenos mozos bien fresco.

Estaba siendo perdonada convenientemente cuando llamaron a la puerta. La escena merecía haber sido filmada. Delante de la puerta, el que prometió venir, pero asomados a las puertas de las habitaciones colindantes, el resto de los que me había cruzado por el corredor. Algo así no puede dejarse escapar, pensé y cerré la puerta tras de mí. Curioso pero cierto, su habitación era justo la de enfrente. Sin saber muy bien en qué podría acabar aquello, invité al resto a venir con nosotros al cuarto.
Se oían muchas risas nerviosas, pero dudo que ninguno dejara de pasar por aquel cuarto. Dos camas separadas, dos sofás cómodos y una mujer desnudándose en el medio.
Nadie rompía el hielo, unos con la mano por dentro, otros con su miembro por fuera pero ninguno se decidía a tocarme hasta que el negro me acercó hacia sí.
A partir de ese momento me resulta imposible saber cuántos chicos pasaron por aquella estancia. Recuerdo sus caras asomándose, cómo me miraban. La mayoría se acercaba, tocándose, me permitía poca cosa y se corría encima, al lado, en su mano o en la cama. Mientras que los más lanzados dieron rienda suelta a sus pasiones, manejándome a su antojo.
Imposible saber cuánto tiempo estuvimos ahí aunque no debió ser mucho, al cabo de un rato estaban todos subiditos al autobús de la concentración. No esperaban celebrar así la subida de división.
Si lo hubiera planeado, no me hubiera salido tan bien.

 

Texto publicado el 8 de Diciembre de 2008, recuperado de mi blog censurado

06/12/2008

Lo que la verdad esconde

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 3:50 pm

05/12/2008

Carol

Filed under: ¿De dónde nace una una puta como yo? — MaríaG @ 3:49 pm

Es curioso, después de mencionarla el otro día, me he encontrado con una mujer tan parecida a ella que no daba crédito. Su mismo cuerpo delgadito, su misma altura, poco pecho, pelo rubio, ojos azules y una nariz con personalidad. Desde entonces no paro de rememorar nuestros encuentros.

Aquella primera noche todo ocurrió como si estuviera meticulosamente planeado pero jamás habíamos hablado de nada de ésto.

No estaba segura de hasta dónde ibamos a llegar cuando les dejé solos en la cocina y me fui al salón para poner música. Al regresar me abrazaron ambos y nos fundimos los tres en un baile de cuerpos.

No había besado nunca a una mujer.
Sí, alguna vez había deseado un cuerpo femenino. No olvidaré la imagen de una amiga mía en ropa interior, en su casa, hablándome despreocupada. Yo me quedé hipnotizada mirándola, no podía apartar mi vista de sus curvas y por eso, para que no se diera cuenta, salí del cuarto y continué hablando con ella desde la puerta. A partir de entonces, cada vez que nos vemos y no lleva sujetador procuro echar un vistazo disimulado a su escote.

Me gustaron los besos de Carol. Eran sensuales y un tanto lánguidos. Ella cerraba los ojos y jadeaba. Fuimos subiendo las escaleras de su casa hasta llegar a su habitación.
Debimos tardar milenios en desnudarnos, besábamos cada parte de nuestro cuerpo que quedaba al descubierto.
Cuando me quise dar cuenta me encontré encima de ella, frotando mi cuerpo contra el suyo, lamiéndola, besándola con una pasión que yo desconocía en mí. Ella respondía dejándose hacer y sin parar de gemir.

El punto culminante para mí fue cuando la tumbé sobre mi cuerpo para ofrecer el suyo a mi marido. No sentí celos sino una donación total de mi persona a través del cuerpo de mi amiga.
Pero algo no funcionó, estoy segura de que no eramos nosotros; Carol, al cabo de un poco le rechazó, decía que se había bloqueado.
Esa noche nos quedamos a dormir en el cuarto de al lado y ni que decir tiene que fue una velada tórrida en la que repetíamos las escemas de hacía unas horas y nos moríamos de gusto.

Mi amiga y yo nos veíamos a menudo porque eramos colegas y ambas estábamos haciendo el mismo curso de especialización. Era una relación con muchos altibajos, había días en los que ella quería a toda costa que estuviéramos las dos solas y otros en los que llamaba a mi marido para intentar verle a él. Jugaba a darme celos.

En Navidad fuimos a un concierto en el Real. En el descanso las dos fuimos al servicio. Nos cerramos en puertas contiguas. Yo terminé antes que ella, empujé su puerta y me colé dentro. Apreté su cuerpo contra el mío y la apreté contra la pared. Mi pierna estaba metida entre las suyas y la subía y bajaba, sin dejar de frotarme y besarle los pechos. No la dejé hasta que nos corrimos. No tuve que decirle a mi marido lo que había ocurrido dentro, sólo por la cara se nos adivinaba.

Cuando encontró pareja parte de sus problemas derivaron de querer reproducir una relación como la que yo estaba viviendo con mi marido. Era forzado y creo recordar que las dos primeras le fueron mal. Luego encontró un novio celoso y nunca le confesó más que había tenido algún escarceo conmigo.

Desde entonces la he deseado muchas veces pero no se ha vuelto a repetir.

(5-12-2008, Texto recuperado de mi Blog censurado por Blogger)

04/12/2008

No conviene olvidar las buenas fotos

Filed under: Mi memoria histórica — MaríaG @ 4:30 pm

Hasta el día en que me puse delante de los focos, nunca me habían hecho fotos de verdad. 

Una de mis fantasías era ver qué pasaría en una sesión de fotos en la que el ambiente se fuera calentando, hasta dónde llegaría la profesionalidad del fotógrafo, si sería capaz de dejar a un lado su cámar para emplear conmigo otras armas,…

Algunos de mis clientes quisieron inmortalizar mi cuerpo y retratarme. Gracias a ellos he podido incluir documentos gráficos en mis anuncios, documentos que han servido de utilidad a muchos caballeros para decidirse a ponerse en contacto conmigo.

Deseo pues recuperar alguna de esas fotos para que también vosotros las disfrutéis.

(5-12-2008, texto recuperado de mi blog censurado)

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