Con la punta de los dedos

Parece que ha pasado toda la vida cuando a penas nos tocábamos con la punta de los dedos. Recuerdo esos días agónicos en los que la piel no era barrera para nuestro tacto, en los que la mera proximidad de nuestras manos nos abría el pecho desbordándonos de felicidad. Desde el principio un lazo invisible unió nuestras almas, ese lazo por el que sentimos en nosotros lo que el otro vive. Un día te descubres sin razón para alterarte y, sin embargo sabes que algo está pasando y poco a poco esas “casualidades” pueblan tu vida.
Doy gracias a Dios porque la intensidad en nuestra relación no ha desaparecido, sólo ha ido experimentando, buscando nuevos cauces.

Había oído hablar de esos locales y sentía una curiosidad morbosa asi que insití hasta convencer a mi marido. Primero una cena romántica y luego veríamos qué era aquello. Aquel día no quise pasar del cuarto oscuro. Cuando entramos había un par de parejas más, cada uno en una punta. Nos abrazamos y comenzamos a bailar. Yo teblaba como una hoja y miraba curiosa lo que hacían los otros. Entonces la chica de la derecha se puso de rodillas, en una actitud muy clara, un poco girada hacia nosotros, de tal manera que pudiéramos ver lo que hacía, incluso me parecía que estaba ofreciéndome a mí un poco.
Yo llevaba una falda hasta los pies, no fuera a ser que se me viera un gramo del cuerpo. Estábamos a suficiente distancia como para poder observar a la rubia pero que no me pudieran tocar. Entonces mi marido empezó a arrastrar la falda hacia arriba, muy despacio. Según me dejaba las piernas al descubierto empecé a imaginar que era el centro de las miradas de todos y me puse como un palo. La impresión era demasiado fuerte para mí y salí corriendo, arrastrándole de la mano.
Una vez en la calle me dió mucha rabia, me había comportado como una chiquilla y lo peor era que me había gustado lo que había vivido. Al regresar a casa nos fuimos directos a la habitación, no había tiempo que perder, era tal mi estado de excitación que tardé segundos en llegar al climax. ¡Mi cuerpo debía de haber enloquecido! resulta que los orgasmos se habían sucedido uno tras otro. Yo era la primera sorprendida.

Quería volver a probar, esperaba poder quitarme ese bloqueo paralizante. Esta vez la falda era un poco más corta aunque los nerviso fueran comparables. Tampoco había mucha gente, afortunadamente y el la pista de baile hubo algún roce, una caricia furtiva. Pero entonces detrás de una celosía la llama de un cigarrillo iluminó un rostro masculino y me sentí observada de nuevo. Imposible, necesitaba un lugar más íntimo. Porque a pesar de esa impresión no podía negar que estaba excitadísima y quería probar a desnudarse y hacerle el amor medio oculta a los ojos de los curiosos por una sábana. Me llamaba poderosamente la atención que un desconocido pudiera observarnos o incluso participar.

Hubo un punto de inflexión.
Estaba yo de guardia y vino a cenar conmigo. Todo era absolutamente convencional hasta que un amigo común se acercó para traernos no recuerdo el qué. En la conversación empecé a ponerme coqueta, no necesitaba habérselo dicho para saber que mi marido estaba pensando en lo mismo que yo. Me senté en las rodillas del otro, él era muy tímido y le temblaba el pulso. Poco a poco fuero cayendo todas las defensas y terminamos los tres desnudos en la cama.
Yo tumbada boca arriba, mi marido entre las piernas, me susurró al oído “¿no querías tirártelo? pues bésalo, bésalo como si te entregaras a él y no a mí”. Primero despacio y después con frenesí me lo empecé a comer con la boca. Me sentía totalmente infiel, era el colmo, tener a mi hombre encima y yo estar entregada a otro. Y, precisamente por eso, yo estaba como una loca y él fuera de sí, no sabía si estrangularme con sus manos por puta o correrse de placer por los cuernos que le estaba poniendo en sus barbas. Es difícil saber a quién de los dos nos gustó más.

Acababa de descubrir que, no sólo me gustaba meter a terceros en nuestra cama sino que me excitaba sobremanera probocar los celos de mi marido. Ésto tendría que explotarlo.

Un día, en vez de ser un chico solo fueron dos y otro más un poco más tarde.
Vicio, vicio y más vicio, cada vez me gustaba más estar en los brazos de otros hombres mientras mi marido, a mi lado, se retorcía de puros celos y gusto.

Lo peor que pudo hacer fue retarme, quiso saber con cuántos hombres quedaría satisfecha, quería demostrarme que me dejaría agotada y saciada de machos. Yo no sabía lo que me habían preparado y me vendó los ojos. Sentada en un sofá no me podíani imaginar lo que iba a ocurrir a continuación.
No oí nada, cuatro manos empezaron a desabrocharme la ropa y me llevaron hasta una cama. Tironeaban de un lado y de otro y consiguieron dejarme desnuda. Sentía el contacto de manos por mi cuerpo y luego de bocas. Entonces vi que el número no cuadraba, al menos cuatro hombres me rodeaban. Y así fue durante horas.
Me colocaban de decúbito prono y supino y otra vez boca abajo y yo no desatendía ningún mienbro que pusieran al alcance de mis manos, de mi boca o de mi sexo. Con los ojos tapados me había abandonado por completo en las manos de eros. Buscaba con la cara dónde estaba él y de vez en cuando le alargaba la mano para que me la sostuviera y compartiera mi placer.
Más altos, más bajos, más delgados, los había para todos los gustos y digo los había porque unos dejaban el puesto a los siguientes y siempre tenía todo mi cuerpo entretenido.
Ni uno solo dejó de darme placer, me corrí con todos, todas las veces que me penetraron y con alguno más de una vez.

Y le reconocí, aunque procuró no tocarme más que con su miembro, supe que era él el que me estaba montando y le abracé como a ninguno porque era el mío.
Ya de madrugada se fueron retirando hasta dejarnos solos. Y al refugiarme de nuevo en sus brazos, al recuperar el olor de su cuerpo volví a darme por entero él.
Ese fue el más intenso de todos los placeres de aquella noche loca.

(19-12-2008, texto recuperado de mi Blog censurado)

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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