31/05/2012
20/05/2012
Aquí o follamos todas o la puta al río
Me llamó ayer. Era la relaciones públicas de un club. Me planteó la posibilidad de ir al día siguiente por la tarde, habría un espectáculo, mucha animación y necesitarían refuerzos para contentar a todos los caballeros asistentes. Si lo requería, me enviaría un chofer. La invitación era extensiva a mi amiga Lucía Cruz.
Por el momento iba a pensármelo.
Conocer el sitio, ver chicas, sumergirme en el ambiente de club, podíamos pasar una tarde muy divertida. Después de colgar el teléfono, me sumergí en la vorágine del día y no volví a pensar en ello. Así que me pillo de improviso la nueva llamada de esta mañana. No tenía ningún plan concreto para por la tarde y le pregunté si podíamos ir las dos y que nos acompañaría mi marido. Disimuló muy bien su sorpresa, dijo un “por supuesto” jovial y quedamos en vernos unas horas más tarde.
Él no se sorprendió, muy bien me conoce. Pero ella se puso como un flan. No se esperaba nada así. Sería la primera vez que iba a conocer a profesionales de las de verdad, no como mis amigas y yo, profesionales de las de trabajo a destajo, clubs de carretera y lo que haga falta. Nada sabíamos sobre la concreción de lo que allí encontraríamos pero podía suponer por donde andaría la cosa. Metimos en una bolsa de viaje cuatro cosas y con los vaqueros y la cara lavada nos plantamos allí.
Todo estaba nuevo y relimpio, el club por un lado, el hotel por otro. En las plantas inferiores, las habitaciones de las chicas y las superiores para ocuparlas con los clientes. La recepción con sus sábanas limpias de a 3 higiénicos euros. Un letrero en la puerta con los horarios de las comidas. Y media docena de señores en camiseta que iban y venían de un lado a otro llevando cosas, portando herramienta, transportando vituallas. Parece que poco tiempo hacía que había sido inaugurado.
Con una habitación para cada chica, aquello tenía pinta de ser confortable. Abrimos la bolsa y nos preparamos. Lucía se sentía más cómoda con su vestido favorito, uno de cuadros, muy cuco, de tirantes, sus braguitas de algodón y una coleta bien alta; en cualquier caso una imagen muy poco frecuente en estos lares. Yo sería más clásica, corsé, encajes, ligueros, plumas, negro y oro, tacón de aguja, melena suelta. La imagen de las rameras de otro siglo rondaba mi imaginación al elegir la ropa.
Cerramos la puerta detrás y recorrimos un infinito pasillo hasta que la música pachanguera nos envolvió. Abrimos las cortinas y penetramos en la penumbra. María nos mostró las instalaciones mientras nos amenizaba con chascarrillos, muy animada, aquí el comedor, aquí el “chupa-rapit”, por aquí a las habitaciones. Las copas, los precios, el esquema común.
Lucía no podía cerrar la boca. Seguía trémula y sonreía con una mezcla de inocencia y picardía.
Fue ella la primera que detectó aquel tremendo trasero. Dos grupos de chicas bien diferenciados nos miraban de reojo. Primero simplemente nos quedamos en la barra. Mientras comentábamos la jugada, yo me iba fijando en aquellas mujeres. Ahora eran todo sonrisas entre ellas, dentro de un rato, cuando fueran apareciendo los hombres, se desmembrarían por parejas e iniciarían la guerra.
Al rato de estar sentadita en la barra, María me regaló un rato de cháchara. No me pude sustraer y le pregunté si ella también trabajaba. Dando gracias a Dios por haber dejado este trabajo me dijo que no, que había conseguido cerrar esa etapa de su vida. Ella había montado una casa muy bonita, con un montón de chicas, para ganar mucho dinero pero ya no había aguantado más. Pensaba que era un trabajo asqueroso. Y comentó más sobre la repulsión que le daba que le pidieran un dúplex y otra serie de lindezas. Antes de que tuviera que irse, le dije que esperaba que no les hablara así a todas las chicas porque más bien parecía una forma de desanimarlas. Me miró como si yo fuera un marciano, cualquier posibilidad de ver la prostitución como algo gustoso era para ella, simplemente, inconcebible. Me quedé apoyada en la barra con un vaso de agua delante, contemplando el panorama.
Resultaba incómodo estar allí siendo observada, así que tomé la iniciativa y me acerqué al grupo más nutrido. Me presenté, todas me dieron dos besos y dejaron que mi mano se posara, una tras otra, en su cintura. Dominicanas de edades diversas. La más joven, rondaba los 25, con un precioso cuerpo estilizado y rasgos con pinceladas orientales.
De la mayor, nadie diría que pasaba de los cuarenta, con una sonrisa entregada y manos pequeñas. Una mulata de trenzas largas con un escote como para perderse en él y labios carnosos. Con su bonito cuerpo, aquella rubia mostraba cansancio sólo en los ojos. Leona de melena negra al viento, ojos negros, piel tostada y un vestido que no disimulaba sus curvas.
Todas hablaban de sus familias, de cuántos hijos y cómo, de cocina, cualquier cosa para matar el tedio. La una estaba casada y le decía al marido que cuidaba unos niños trabajando como interna; otra volvía todos los días a casa para estar con su familia; una quería ahorrar para mandarle dinero a su madre que estaba allá, en su país. Salieron varios temas curiosos, una de ellas mencionó el griego y, salvo una que alguna vez lo había hecho y que le dolía, todas decían que eso no se hace con un cliente. Les pregunté si alguna de las chicas del local le gustaban las mujeres. Todas se reían, claro que sí, todas podrían subir con un cliente, “mientras me lo haga a mí y yo no tenga que hacer nada”. Pero al decir que no, que no preguntaba por un show sino por algo real, con sexo de verdad, dijeron que no, pusieron cara de asco y me preguntaron si yo no sería tortillera. Me reía a carcajadas.
Les presenté a Lucía. Todas se admiraban de su tierna edad, decían que les recordaba a sus hijas. Todas le preguntaban qué hacía allí.
Dejé que ella se valiera por sí misma y me acerqué primero a las colombianas y después a las rumanas. Lo que no podía suponer es que, en mi ausencia se la iban a llevar a un aparte. Como gallinas cluecas corrieron a un supuesto socorro. La premisa que todas esgrimieron es que yo era su madam y que la extorsionaba. Ninguna quiso oír como mi pupila se defendía y afirmaba estar ahí de forma voluntaria. Pero cuando dejaron de creerla fue cuando dijo que le gustaba el sexo y la prostitución. ESO NO es admisible. Se puede ser puta, pero hay que ser decente y NO puedes disfrutar con ESO.
La escusa estaba servida. Y las gatas afilaron sus colmillos. En algún momento entrarían clientes y nosotras seríamos una competencia dura. Dos españolas guapas, de buen tipo, muy pícaras, provocando la lascivia de los hombres con nuestros besos.
No era la primera vez que me encontraba con éste tipo de envidias femeninas. Durante los días que pasé en otro club tuve que aguantarme cuando el encargado me llamó al orden porque vestía con poca decencia. Era la que más ropa llevaba puesta de las doscientas chicas del local.
Ningún caballero nos había honrado con su presencia hasta el momento de la cena. Pasamos en el primer turno, con los nervios ambas habíamos dejado el yantar para otro momento y ahora necesitábamos reponernos.
Había cambiado la actitud de la relaciones. Me acerqué a una de las mulatas para hacerle un comentario, nada de importancia. Ella se interpuso y dijo que no, que con sus chicas no. No entendía muy bien a qué se refería pero empezaba a sospechar. Si las fijas del lugar iban con el cuento a la encargada, nadie se pondría de nuestra parte. Para la propiedad sería más importante tener a las chicas que allí se alojan contentas, al fin y al cabo son ellas las que sostienen el negocio.
Fue extraño, todas habían desaparecido. El primer cliente y nadie las avisó para que fueran al salón. Lucía se escondía detrás de mí. Le susurré “¡venga! ¡Gánate el pan!” pero salvo acercase un poco, colocarse entre los dos, nada más ocurrió. Me reí, le pedí disculpas al cliente, era su primera vez allí y era muy tímida.
Luego entraron dos más y después otros dos. Lucía se estaba animando. Comencé a besarla, como mi amante, como a mi novia y ella aflojó los miembros, relajó el talle y me miró sonriente.
Y estábamos terminando de cerrar el trato antes de subir con ellos. Al otro lado de la barra la encargada, muy seria, hablaba con mi marido. Intuí lo que pasaba y ambas, cogidas de la mano, salimos de la sala sin despedirnos de nadie.
Lo habían conseguido, dos lobas menos para repartir la carnaza.
09/05/2012
Todo queda en casa
Esa misma noche lo escribí y he dudado mucho tiempo si compartir algo tan íntimo o no. Hoy me he decidido.
Después de veintitantos años apareció un recuerdo en mi mente. Era un recuerdo infantil.
Mi madre no estaba, mi hermano, 5 años mayor que yo estaba en su cuarto, yo, una niña de unos 10 años estaba en el mio. Él me llamo, me dijo que pasara. Le encontré tumbado en su cama desnudo y acariciándose.
No me sorprendí, solo sentía curiosidad por esa parte de su anatomía que nunca había visto.
Con la mano agarraba su miembro erecto y hacia movimientos de subida y bajada. Yo no podía despegar los ojos aturdida por ese vaivén. Me dijo que trajera la mano y tímidamente la fui acercando hasta que el me la agarro colocándola encima de “aquello”. Mi sorpresa fue en aumento porque su tacto era suave y tenía consistencia.
Mi hermano me pidió que moviera mi mano, primero me dirigió con la suya y cuando lo creyó oportuno me dejo hacerlo sola. Seguía admirada, lo que tenía entre mis dedos hacia que mi hermano se retorciera de gusto, que gimiera, jamás había oído tal cosa. Así que fui una buena chica y continúe haciendo lo que me pedía con una entrega total hasta que, de repente, su mano cogió con fuerza la mía y acelero el ritmo. Lo que sentí a continuación es indescriptible, unos chorros comenzaron a salir con violencia regando todo su torso mientras sus gemidos se intensificaban y su rostro denotaba un placer excelso. No sabia muy bien lo que había pasado pero me encontré mojando mis dedos en ese liquido viscoso y llevándomelos a la boca. Sabia bien.
Sé que no fue la única vez, una nebulosa rodea el recuerdo de otras sensaciones, el contacto de su mano en mi sexo, otras caricias.
Lejos de inquietarme este recuerdo despertó en mí un deseo morboso de buscar relatos, videos o lo que fuera sobre incestos, algo que estimulara mi imaginación. Me daba un poco de apuro contarle todo esto a mi marido, desde luego no quería hacerlo a palo seco. Así que empecé a fantasear mientras estábamos en la cama y no me costó mucho picarle con la curiosidad de los videos. Fue el quien consiguió material para solazarnos viendo hermanas primero y luego hermanos; nos poníamos como motos y nos entregábamos a la lujuria pensando barbaridades.
Un día me reconocí a mi misma que deseaba a mi hermano. Di un paso mas, le dije a mi marido que no solo le deseaba sino que quería ponerlo en practica: estaba loca por acostarme con mi hermano. Vi como se alteraba, su respiración se hizo mas intensa y me dijo que el también lo deseaba, que no entendía por que pero le ponia fatal pensar que me fuera a tirar a mi hermano.
Buscamos la ocasión para coincidir con los niños un fin de semana en casa de mi madre, no era muy difícil en semanas alternas, ya sabemos como va para los padres separados. Los peques en una habitación y en la otra dos adultos. Nos las ingeniamos para que, de forma natural, tuviéramos que dormir mi hermano y yo juntos mientras mi marido se preparaba su cubil en el salón.
Estaba realmente nerviosa, me parecía irreal que fuéramos a intentar semejante cosa. Mi principal miedo era el rechazo, que se escandalizara. Pero bueno, al fin y al cabo ya había existido antecedentes, lo máximo que ocurriría podría ser una negativa cariñosa, o eso pensaba yo.
Llego el momento de irse a dormir. Mi hermano se metió en la cama y me dio las buenas noches. Entonces yo me aproxime a su cama, le dije que me hiciera un sitio y me senté muy pegadita a su cuerpo. Retire las sabanas un poco, lo suficiente para dejar al descubierto sus hombros y comencé a acariciarle con toda la intención de que era capaz, desde los codos hasta la nuca. Tumbado boca abajo, ni se movió. Dijo que estaba muy roto y quería dormir. Esta era mi oportunidad, moví mi mano hacia la parte baja de su espalda mientras le preguntaba si no tendría un rato para mi, que su hermana estaba juguetona y quería hacerle una propuesta deshonesta.
Quiso no entender pero mi mano ya le agarraba el culo y le espete si nunca se le había pasado por la imaginación tirarse a su hermana. Por supuesto dijo que no. Entonces yo le confesé que yo si, que lo había deseado muchas veces. Fueron las palabras clave. Atrapo mi cuerpo introduciéndolo en su cama y comenzó a besarme como si fuera mi amante. Mi camisón voló por los aires. Algo animal se desato en mi, me coloque encima de el y me puse a besarle, acariciarle, a frotarme contra su cuerpo con pasión adolescente. Le sentía duro pegado a mi cuerpo y ya estaba yo impaciente por metérmela cuando me aparto un poco, quería meter su cabeza entre mis piernas. Yo hice lo mismo. Agarre su polla con ansia y empecé a comérmela disfrutando de cada movimiento y sin dejar de prestar atención al trabajito meticuloso que me estaba haciendo el. Ahora recuerdo que alguna vez mi cuñada me había dicho que era un buen amante.
Me tenía como loca, estaba deseando sentir su peso sobre mi. Deje de chupársela y me tumbe boca arriba, le dije “fóllame, por favor”. Lo estábamos deseando. Fueron dos empujones, primero solo el capullo, con el siguiente la metió entera. ¡Y yo sin poder gritar! Comenzó a moverse y lo hacia exactamente como a mi me gusta. Le abrazaba con las piernas mientras no dejaba de acariciarle.
Me pidió un poco de relax, estaba a punto de correrse y como el bien dijo, uno no folla todos los días con su hermano. Me alzo las piernas para dejar a su disposición mi coñito y mi culo y se puso a comerlos con entusiasmo. Yo estaba disfrutándolo pero no soportaba ni un instante más la lejanía de su miembro. Le pedí entonces que continuara con lo que estaba fallándome, que deseaba correrme. Ahora no bajo el ritmo, yo subía el culo, pegaba la cadera para poder sentirle más y la movía sin parar.
Entonces fue la explosión, los dos a un tiempo nos fundimos en un placer infinito. Y al ir recobrando la conciencia de nuestro cuerpo, seguimos buscando el contacto del otro.
Estuvimos un rato acariciándonos. Entonces le volví a preguntar si realmente nunca había deseado tirarse a su hermanita y esta vez confeso que si, que alguna vez esa idea había aparecido en su cabeza pero había sido rechazada. Entonces le conté dos pinceladas de mi recuerdo y se sorprendió, en su cabeza no había nada parecido, su mente había borrado cualquier situación delicada conmigo.
Quise entonces dejar abierta la posibilidad de que volviera a ocurrir y dándole un beso le pregunte al oído cuando volvería a llevar los niños a casa de la abuela.
Baje corriendo a refugiarme en brazos de mi hombre. Se lo conté minuciosamente dejando al final que comprobara lo que me había dejado mi hermano y que ahora mojaba mi entrepierna.
Seguro que no soy la única que vive estas experiencias. ¿Queréis compartirlo conmigo?