Cuando un café no es suficiente

31/05/2012 2 Por MaríaG

Mi relación con el teléfono es de amor y de odio. Le dedico horas diarias y oigo todo tipo de fantasías. Así que cuando me dijo la primera vez, una voz masculina, que ellos eran una pareja que vivía en el Sur de España, que me habían leído y  su morbo era conocerme, me sonó a trola. No le presté mucha atención y le pedí que me llamara cuando estuviera con ella.

Y así lo hizo. Desde hace unos meses  nos hemos escrito alguna vez y hemos intercambiado alguna llamada, incluso he visto una foto de su rostro, velado pero con una ardorosa mirada. Ellos no han compartido nunca lecho y ensueñan con meterme a mí. A ella no le gustan especialmente las mujeres pero estoy presente en sus fantasías cuando retozan juntos.

Llevaba dos días de intenso trabajo y me derramé en el sofá. Nos disponíamos a pasar una plácida tarde de Domingo solos en casa, cuando sonó el teléfono y era ella. Me gusta su voz  aterciopelada, es como imagino su piel. Me dio una buena noticia, a no mucho tardar tendrán que viajar a la capital y es posible que hicieran un pequeño hueco para que nos viéramos.

Pero no, la posibilidad de conocernos y tomar sólo un café no me bastaba. Quería verla donde pudiera besarla, quería desnudarla despacio y recorrerla.  Y empecé a describirle todo lo que deseaba hacer con ella. Me encontré a mí misma con una mano dentro de mis braguitas y la respiración acelerada. Mi marido no daba crédito a lo que veía e iba un paso por delante de mí quitándose ropa. Al otro lado del teléfono ella hacía lo mismo.

Cogí lo primero que vieron mis ojos de tamaño moderado, un tubo de cristal con un puro dentro. Me serviría de consolador. Mientras con la palma de la mano describía círculos y me apretaba, con los dedos jugaba con aquel dildo improvisado, chapoteando e introduciéndolo despacio.

Entonces ella comenzó a cabalgar a su hombre y a gemir y dar gritos de placer. Era imposible no imitarla y sin despegarme del teléfono le pedí que continuara él dándome placer. Me decía como me deseaba, las ganas que tenía de comerme la boca y después seguir con todo mi cuerpo, como quería compartir a su macho conmigo y que nos montara a las dos y que compartiéramos su leche. La intensidad de los jadeos subía progresivamente y nuestras lenguas estaban desatadas.

Nos corrimos las dos, sin ninguna moderación, con profusión de gritos y exclamaciones.

Entonces le dije que ahora le tocaba complacer a mi marido y le pasé el teléfono. No escuchaba sus palabras pero no me hacía falta. Le fue llevando poco a poco, incrementando la intensidad, haciéndole gritar de insoportable deseo. Hasta que nos precipitamos en un orgasmo común y salvaje. Caímos jadeantes.

Apenas sin aliento nos despedimos. Fue toda una experiencia, sexo en directo al teléfono. Real, apasionado, imprevisto.

Seguro que vienen y seguro que tomaremos café pero seguro que será acompañado de bollos.