Blog MariaG

17/07/2011

Sexo Madrid, Relax Madrid, pero ¿de dónde viene mis clientes?

Filed under: Un día en la vida de una puta — MaríaG @ 12:14 am

En mis anuncios se lee Sexo Madrid, Relax Madrid pero  cada poco me sorprendo con la diversa procedencia de mis clientes. Recuerdo una hermosa mujer que hizo un viaje sin fin desde el Norte de España, en autobús, para catar su primera hembra. De Cádiz, Santander, Badajoz, Tenerife, Ibiza o Sevilla, de todas ellas y de más ciudades han emprendido un camino cuyo destino era MaríaG. Y aún en estos días espero conocer a un cooperante que desde Senegal  se asoma a mi página y espía mis fotos.

A mí no deja de admirarme.

Cuando les tengo delante no puedo evitar un leve temblor, un estremecimiento que delata mis nervios. Deseo intensamente que encuentren lo que buscan que la MaríaG con la que han soñado o  vibrado con sus peripecias, sea la que tienen delante.

Hoy se ha hecho cuatro horas y media de trayecto de ida y acaba de marcharse de regreso. Se ha ido contento de haberme conocido, encantado de retozar  conmigo todo lo que ha querido. Se va con un montón de imágenes en la cabeza para jugar con ellas cuando yo no esté.

Lo prometido es deuda y a este último le prometí escribir sobre algunas peticiones que me hacen, unas morbosas otras audaces, todas excitantes.

Estuvo llamando durante una temporada y no he vuelto a saber de él. Aquel invierno era muy frío, recuerdo que fue el día en que nevó en Madrid. Tenía el tiempo justo antes de que llegara su mujer, como en el resto de las citas, siempre en el filo de la navaja.

No fuimos a la habitación, las prendas fueron deslizándose de nuestros cuerpos y cayendo al suelo ahí mismo, en el salón. Con labios impacientes me besaba, con manos temblorosas me acariciaba.   Tomamos posesión de la alfombra, del sofá de los butacones y entonces un sonido lejano le demudó y sus palabras fueron “¡Mi mujer!”. Eran tres pisos sin ascensor, cada peldaño que subía me robaba un segundo para recoger todas las prendas desperdigadas y poner en orden aquello. Miré y remiré,  para cerciorarme de no dejar ninguna prueba. Quedaba sólo un piso y el pánico estaba a punto de apoderarse de mí, ¡no encontraba ningún sitio donde poder esconderme! Entonces se le ocurrió que me metiera en el cuarto de aseo, justo la estancia que quedaba en frente de la puerta principal de la casa.

Ahí con la luz apagada, la puerta abierta y el corazón en un puño escuche como introducía las llaves en la cerradura y como la puerta se deslizaba. Apenas me atrevía a moverme pero necesitaba terminar de vestirme. Milimétricamente, conteniendo la respiración me abrochaba la falda. Mientras, ellos mantenían una intrascendente conversación. Sólo me separaba una puerta entreabierta, venían a mi cabeza hipotéticas imágenes de lo que podría pasar si ella quería lavarse las manos cuando, efectivamente, alguien empujó la puerta.

¡No! Fueron segundos en los que quise que la tierra me tragara.

Cuando le vi, me dieron ganas de chillar, por el susto que me había dado y por los nervios que estaba pasando. Venía a darme indicaciones. Él subiría con su mujer por las escaleras, procuraría hacer ruido para que estuviera segura de cuál era su ubicación. Cuando cesaran los pasos debía salir sigilosa. Se despidió con un beso.

Cerré la puerta tras de mí y bajé los peldaños con los zapatos en la mano.

En otra ocasión el morbo  fue un poco más sofisticado: Quería que nos viéramos por la noche, después de la hora en la que el matrimonio se iba a la cama.  Y mientras su mujer dormía plácidamente, con unos tapones mitigando los ruidos, nosotros nos solazaríamos  allí mismo, en su propia casa. Todo a oscuras, en total silencio y con la premura que impone el momento. Parece que hasta el aliento te va a delatar.  Imaginaba como se encendería la luz, aparecería una fabulosa mujer  y que, después de los momentos de impresión, se uniría a nuestro juego. Aquello me tenía muerta de gusto, disfrutando de conseguir la infidelidad del marido en sus propias barbas.

Después de varios encuentros conmigo y con mis amigas Rosa Amor e Irene, me pidió rizar el rizo: En las mismas condiciones pero en la propia cama matrimonial.

Así lo quiso y así ocurrió.

Dejé todas mis cosas en la entrada y, una vez desnuda, agarró mi mano y me introdujo en la más absoluta oscuridad. Hasta el cuarto empleó su móvil como linterna y, una vez dentro, me pegué a su cuerpo para no tropezar. Sobre un tatami un único colchón. Pensaba en esa plataforma, cómoda para dormir pero para estos menesteres supone un riesgo añadido pues en caso de urgencia no hay modo de esconderse debajo de la cama.

No pude ver el bulto, tal era la oscuridad pero su respiración se oía a nuestro lado y en algún momento rebulló algo más de lo que me hubiera gustado.  Lejos de salir corriendo, permanecimos quietos hasta que volvió a calmarse y continuamos con nuestro solaz.

Fueron unos momentos de extrema excitación,  nunca la existencia de una esposa se me había hecho tan patente y me estremecía de placer sintiendo el peso de su hombre sobre mí. Debía moderar mis movimientos, anular los gemidos y al contenerlos se incrementaba el disfrute.

La intensidad de aquella escena sólo la puedo compara con otra cinematográfica de la película  “Enemigo a las puertas”  en la que aparecen imágenes difíciles de olvidar: una pareja, en un dormitorio corrido se abraza uniendo sus cuerpos en movimientos casi imperceptibles.

Intento poner imágenes a aquellos momentos y me resulta casi imposible. Con los ojos cerrados, con total oscuridad, sólo recuerdo las sensaciones y el silencio.

Me han pedido muchas veces otros servicios digamos distintos, he visitado portales, ascensores, garajes, coches y bares, he acudido a domicilios en los que la familia andaba por la casa,… Y cada vez tiene su morbo, la magia particular de cada cita.

Pero todo ello conlleva un pequeño inconveniente pues algunos clientes, sabedores de mis gustos poco convencionales, buscan que sea yo la que les proponga un encuentro excitante, en un «más difícil todavía» que me hace rememorar aquel programa de aventuras: Al filo de lo imposible.

 

07/07/2011

MariaG: El tocador de señoras

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 7:40 pm

MariaG escort, sexo y relax, tu puta en Madrid

06/07/2011

El cuarto oscuro

Filed under: Así da gusto ser puta — MaríaG @ 1:47 pm

La idea es simple, un habitáculo en el que la luz es prácticamente inexistente.

Los hay que tienen sillas, asientos o camas, los hay con música sugerente, con agujeros en las paredes pero lo esencial permanece: El anonimato.

Recuerdo la primera vez que entré en uno, dos parejas más bailaban abrazadas. Yo no estaba muy pendiente, no sé en qué momento se produjo el cambio pero cuando volví a mirar la chica de mi derecha estaba de rodillas y se aplicaba en la degustación del miembro que sostenía entre sus manos. Claro que no pude desviar la mirada y por supuesto que no supe dónde meterme cuando la actitud de ella no dejaba lugar a dudas, me ofrecía compartir su juguete.  Aquella imagen fue suficiente para estimular mi fantasía, una mujer en actitud oferente hacia otra desconocida. Desde entonces no he dejado de visitar todos los cuartos oscuros que me he encontrado.

Lo que ocurre dentro de ellos es fascinante ya que en muchas mujeres obra una metamorfosis, algo comparable a la desinhibición que sufrimos cuando llevamos un par de copas de más. Son conducidas dentro, sin saber a ciencia cierta qué va a ocurrir. Vestidas comienzan el baile y van cimbreándose hasta que una mano curiosa toma contacto con su cuerpo. Con eso de que no hay luz, no es necesario saber a quién pertenece la mano que nos toca, podemos dejarla actuar, como si nada estuviera pasando, sólo concentrados en el placer. Es algo así como cerrar los ojos, abandonarse en un sueño, en un festín para los sentidos.

Primero es una mano, luego dos, después una boca o varias, al cabo de un rato un totum revolutum impide que le pongas cara a tu fugaz amante. Desde detrás tu cuerpo se ve atraído hacia otro que te sostiene y cuela sus dedos entre las rendijas de tu ropa. Misteriosamente las prendas más íntimas comienzan a empaparse de fluidos propios y quizá incluso de ajenos pues las braguitas son simplemente apartadas y dan paso a unos labios, unos dedos. Quizá la potencia masculina te sorprenda empujando tu cuerpo hacia delante y llenándote, poseyéndote. Entonces buscas apoyo para no caer, tus manos se aferran a un brazo que aparece, alguien te susurra lo zorra que estás siendo. El placer te embriaga, la lujuria te arrebata y medio desmayada descubres que ahora es otro el que ha ocupado el puesto del primero; o que tiene bonitas piernas y largo cabello la que está jugando con tu sexo.

Es posible que fuera de este recinto tu ropa hubiera permanecido en su sitio, ese hombre jamás hubiera puesto un dedo en tu escote o nunca la hubieras besado. Pero aquí es distinto, todo es posible.

La oscuridad también encubre pequeños pecados. Muchos son los que, sabiéndose protegidos, dan un paso más del que aceptó su mujer o bien ocultan a sus maridos la profundidad de los manoseos. Hay quien procura que ella esté entretenida para separarse de su lado y por ende de su vista y así tener acceso a otras mujeres con las que incumplir todos los acuerdos firmados para la ocasión, actuar sin recato con la fémina que más cercana se encuentre, conseguir abrir las piernas de una muchacha sin levantar sospechas. Un mundo de picarescas, como la vida misma.

Tengo gravadas muchas secuencias vividas en un cuarto oscuro. Recuerdo aquella mujer alta y bien hecha, guapa y rubia. Jugó con los dos, nos besaba, acariciaba, las manos tenían vida propia. Hacía poco que habíamos comenzado a frecuentar estos locales y mi experiencia con mujeres era muy escasa. La mayoría de ellas no gustan de ser activas, dejan que les ocurran los tocamientos, se dejan llevar y hacer pero son contadas las que desean algo y lo buscan con pasión. Así que había tenido algún encuentro con mujeres pero siempre limitado por su pasividad.

Aquello podía ser más de lo mismo.  Entonces me arrinconó a base de besos, de movimientos casi imperceptibles que me encaminaban hacia donde ella quería. Hizo que me sentara en el esquinazo, a la altura que le caía bien, me terminó de desnudar, abrió mis piernas y se dedicó parsimoniosamente a comerme. Para mí era la primera vez que una desconocida accedía de esa manera a mi intimidad, estaba totalmente entregada  a su buen hacer. Primero empleó besitos suaves, después comenzó a explorar con la lengua. Los besos se fueron haciendo más profundos, estaba toda yo trémula, la respiración agitada, mis manos se crispaban en su cabellera y mi cadera se movía sola al ritmo que imponía su boca. Era tal la intensidad que por momentos me sentía impulsada a salir corriendo, pero entonces otra sacudida me recorría y levantaba aún más las caderas.

De manera casi imperceptible uno de sus dedos fue avanzando. Se dedicó primero a meras presiones rítmicas, a veces con toda la mano. Movimientos circulares iban permitiéndole iniciar la entrada, pero enseguida cambió, la yema se deslizaba de dentro hacia afuera, con un diminuto trayecto, una leve presión que poco a poco fue haciéndose más intensa y profunda. A esas alturas, empapada por la excitación, metió sus dedos en mi boca y probé mi sabor intenso a hembra.

Continuó jugando, esta vez con más energía y velocidad, primero con un dedo y cuando lo vio adecuado con dos. Espiaba cada una de mis reacciones para acompasar con mi deseo sus movimientos. Toda la palma desplegada sobre mi monte, me manejaba a su antojo. Se tumbó sobre mí, dejando hacer su trabajo a la mano derecha, el resto de su cuerpo tomó posesión, restregándose, manoseándome sin apartar sus morritos de mi piel.

Y así, sin poder evitarlo, un estallido de placer me recorrió enterita y pedí una tregua para recomponerme. Liberada de mi quietud me tomé la revancha y ahora sería ella la que se retorcería, tumbada por completo. Pero yo jugaba con ventaja, éramos dos para satisfacerla y nuestras bocas harían un buen equipo.

No nos hizo falta trabajar mucho. El tiempo que llevábamos hacía indescriptible el estado de su entrepierna y ya no quería más dedos, lo que buscaba era un miembro que la penetrase, que culminase aquellas horas de pasión. La besé sin pausa, coloqué su cuerpo para permitir el acceso a ella de mi hombre, le separé los muslos y se la emboqué. Un leve movimiento hizo que resbalara, que se colara en el interior de su cálido cuerpo, que se estremeciera.

Y yo la seguía pues alguien había encontrado mi cuerpo desnudo y súbitamente, por la retaguardia, me había tomado sin preguntar.

Cuatro movimientos de cadera fueron suficientes, cuatro movimientos que consiguieron arrancar de su pecho gemidos y luego gritos, los ojos en blanco, el cuerpo inmóvil ya sin tensión.

Un día nos la cruzamos en un portal, con dos preciosas nenitas se dirigía a la calle y nos sostuvo la puerta. Seguramente no nos reconoció, había demasiada luz.

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