El cuarto oscuro

La idea es simple, un habitáculo en el que la luz es prácticamente inexistente.

Los hay que tienen sillas, asientos o camas, los hay con música sugerente, con agujeros en las paredes pero lo esencial permanece: El anonimato.

Recuerdo la primera vez que entré en uno, dos parejas más bailaban abrazadas. Yo no estaba muy pendiente, no sé en qué momento se produjo el cambio pero cuando volví a mirar la chica de mi derecha estaba de rodillas y se aplicaba en la degustación del miembro que sostenía entre sus manos. Claro que no pude desviar la mirada y por supuesto que no supe dónde meterme cuando la actitud de ella no dejaba lugar a dudas, me ofrecía compartir su juguete.  Aquella imagen fue suficiente para estimular mi fantasía, una mujer en actitud oferente hacia otra desconocida. Desde entonces no he dejado de visitar todos los cuartos oscuros que me he encontrado.

Lo que ocurre dentro de ellos es fascinante ya que en muchas mujeres obra una metamorfosis, algo comparable a la desinhibición que sufrimos cuando llevamos un par de copas de más. Son conducidas dentro, sin saber a ciencia cierta qué va a ocurrir. Vestidas comienzan el baile y van cimbreándose hasta que una mano curiosa toma contacto con su cuerpo. Con eso de que no hay luz, no es necesario saber a quién pertenece la mano que nos toca, podemos dejarla actuar, como si nada estuviera pasando, sólo concentrados en el placer. Es algo así como cerrar los ojos, abandonarse en un sueño, en un festín para los sentidos.

Primero es una mano, luego dos, después una boca o varias, al cabo de un rato un totum revolutum impide que le pongas cara a tu fugaz amante. Desde detrás tu cuerpo se ve atraído hacia otro que te sostiene y cuela sus dedos entre las rendijas de tu ropa. Misteriosamente las prendas más íntimas comienzan a empaparse de fluidos propios y quizá incluso de ajenos pues las braguitas son simplemente apartadas y dan paso a unos labios, unos dedos. Quizá la potencia masculina te sorprenda empujando tu cuerpo hacia delante y llenándote, poseyéndote. Entonces buscas apoyo para no caer, tus manos se aferran a un brazo que aparece, alguien te susurra lo zorra que estás siendo. El placer te embriaga, la lujuria te arrebata y medio desmayada descubres que ahora es otro el que ha ocupado el puesto del primero; o que tiene bonitas piernas y largo cabello la que está jugando con tu sexo.

Es posible que fuera de este recinto tu ropa hubiera permanecido en su sitio, ese hombre jamás hubiera puesto un dedo en tu escote o nunca la hubieras besado. Pero aquí es distinto, todo es posible.

La oscuridad también encubre pequeños pecados. Muchos son los que, sabiéndose protegidos, dan un paso más del que aceptó su mujer o bien ocultan a sus maridos la profundidad de los manoseos. Hay quien procura que ella esté entretenida para separarse de su lado y por ende de su vista y así tener acceso a otras mujeres con las que incumplir todos los acuerdos firmados para la ocasión, actuar sin recato con la fémina que más cercana se encuentre, conseguir abrir las piernas de una muchacha sin levantar sospechas. Un mundo de picarescas, como la vida misma.

Tengo gravadas muchas secuencias vividas en un cuarto oscuro. Recuerdo aquella mujer alta y bien hecha, guapa y rubia. Jugó con los dos, nos besaba, acariciaba, las manos tenían vida propia. Hacía poco que habíamos comenzado a frecuentar estos locales y mi experiencia con mujeres era muy escasa. La mayoría de ellas no gustan de ser activas, dejan que les ocurran los tocamientos, se dejan llevar y hacer pero son contadas las que desean algo y lo buscan con pasión. Así que había tenido algún encuentro con mujeres pero siempre limitado por su pasividad.

Aquello podía ser más de lo mismo.  Entonces me arrinconó a base de besos, de movimientos casi imperceptibles que me encaminaban hacia donde ella quería. Hizo que me sentara en el esquinazo, a la altura que le caía bien, me terminó de desnudar, abrió mis piernas y se dedicó parsimoniosamente a comerme. Para mí era la primera vez que una desconocida accedía de esa manera a mi intimidad, estaba totalmente entregada  a su buen hacer. Primero empleó besitos suaves, después comenzó a explorar con la lengua. Los besos se fueron haciendo más profundos, estaba toda yo trémula, la respiración agitada, mis manos se crispaban en su cabellera y mi cadera se movía sola al ritmo que imponía su boca. Era tal la intensidad que por momentos me sentía impulsada a salir corriendo, pero entonces otra sacudida me recorría y levantaba aún más las caderas.

De manera casi imperceptible uno de sus dedos fue avanzando. Se dedicó primero a meras presiones rítmicas, a veces con toda la mano. Movimientos circulares iban permitiéndole iniciar la entrada, pero enseguida cambió, la yema se deslizaba de dentro hacia afuera, con un diminuto trayecto, una leve presión que poco a poco fue haciéndose más intensa y profunda. A esas alturas, empapada por la excitación, metió sus dedos en mi boca y probé mi sabor intenso a hembra.

Continuó jugando, esta vez con más energía y velocidad, primero con un dedo y cuando lo vio adecuado con dos. Espiaba cada una de mis reacciones para acompasar con mi deseo sus movimientos. Toda la palma desplegada sobre mi monte, me manejaba a su antojo. Se tumbó sobre mí, dejando hacer su trabajo a la mano derecha, el resto de su cuerpo tomó posesión, restregándose, manoseándome sin apartar sus morritos de mi piel.

Y así, sin poder evitarlo, un estallido de placer me recorrió enterita y pedí una tregua para recomponerme. Liberada de mi quietud me tomé la revancha y ahora sería ella la que se retorcería, tumbada por completo. Pero yo jugaba con ventaja, éramos dos para satisfacerla y nuestras bocas harían un buen equipo.

No nos hizo falta trabajar mucho. El tiempo que llevábamos hacía indescriptible el estado de su entrepierna y ya no quería más dedos, lo que buscaba era un miembro que la penetrase, que culminase aquellas horas de pasión. La besé sin pausa, coloqué su cuerpo para permitir el acceso a ella de mi hombre, le separé los muslos y se la emboqué. Un leve movimiento hizo que resbalara, que se colara en el interior de su cálido cuerpo, que se estremeciera.

Y yo la seguía pues alguien había encontrado mi cuerpo desnudo y súbitamente, por la retaguardia, me había tomado sin preguntar.

Cuatro movimientos de cadera fueron suficientes, cuatro movimientos que consiguieron arrancar de su pecho gemidos y luego gritos, los ojos en blanco, el cuerpo inmóvil ya sin tensión.

Un día nos la cruzamos en un portal, con dos preciosas nenitas se dirigía a la calle y nos sostuvo la puerta. Seguramente no nos reconoció, había demasiada luz.

2 comentarios para “El cuarto oscuro”

  • carlosnv:

    ¡Extraordinario post y extraordinario final!
    De lo mejor que has escrito. La paradoja de no reconoceros bajo la luz del día, es hermoso
    Queda la duda de si os reconoció y prefirió no darse por aludida, o de si realmente su alma perversa solo actúa libre inmersa en las sombras del cuarto oscuro.
    Sea como fuere, un relato que se quedará grabado en la mente de todos tus admiradores.

  • No, no nos reconoció. No hubo ni un solo gesto, rictus o luz en sus ojos que lo indicara.
    Lo se de buena tinta porque unos años después la volvimos a encontrar en el mismo club y, lamentablemente su subconsciente había escondico nuestro rastro. Parece que la honda huella que nos dejan ciertas situaciones es subjetiva y el resto de participantes no lo viven como uno.

    Besos

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.