Blog MariaG

23/03/2011

Aires de Ucrania, la brisa del Mar Negro

Filed under: Un día en la vida de una puta — MaríaG @ 3:40 am

Era mi fantasía desde el principio. Pensar en un montón de chicos reunidos por una celebración reclamando a un grupo de chicas para rifárselas y pedir la vez para estar con ellas. Hasta el día de hoy todas las despedidas de solteros en las que me han contratado han adolecido de pocos participantes con el suficiente arrojo como para escamotear a la chica durante un rato.

Me llamó otra profesional. Ya habíamos trabajado puntualmente juntas. Rubia, de cuerpo generoso y acogedores pechos, me ofreció acompañarla por la noche a una fiesta privada. La idea primigenia era acudir cuatro chicas a un chalet donde, primeramente, cenaríamos con unos veinte chicos. Después de tomar fuerzas y alguna copita, parte de los participantes se marcharían y entonces comenzaría nuestro trabajo. Parecía que lo que buscaban era una orgía.

Ella ya tenía a una, también brasileña, joven de curvas prominentes y simplemente aficionada. Así que se me daba la oportunidad de ser la tercera seleccionada para el evento. Rara vez es otra la que me reclama y más aún cuando nuestros honorarios son tan dispares, a veces es un gusto tener madam. El presupuesto inicial no estaba claro, por lo visto se admitía una renegociación sobre la marcha; en todo caso era claramente insuficiente para el esfuerzo que se requería de nosotras. Por supuesto, acepté.

Una hora de coche hasta llegar al sitio elegido. Desde la calle anterior a la de destino podíamos ver un chalet plenamente iluminado y con chicos asomando por todas partes. No había posibilidad de pérdida.

Un comité de bienvenida nos aguardaba en la acera, media docena de jóvenes nos ayudaron a salir del coche. Impresionante. ¡Salían chicos de todas partes! Altos, de ojos claros, rubicundos, de cuerpos escurridos, con pocos hombros y guapetes, una buena muestra de la juventud ucraniana. Hablaban todos en otra lengua, comentaban entre ellos, mirándonos o tocándonos, era como ser ganado en el mercado de abastos. A ello contribuía también su actuar poco cariñoso, sus ademanes bruscos y el lenguaje áspero. Incertidumbre, miedo a lo desconocido. No podía evitar que una cierta inquietud recorriera mi estómago. La excitación iba en aumento.

Lo primero correspondía terminar de negociar. Cobraríamos lo acordado por chica hasta una cierta hora y a partir de ese momento se cerraba la barra libre y quien quisiera pasar con alguna, lo pagaría  aparte.

Dispuesta a probar los manjares esparcidos por las mesas, me aproximé al lugar que habían ocupado ellas. Alguien, solícitamente, me sirvió un vaso de refresco y casi no pude ni mojarme los labios cuando el novio ya me estaba cogiendo la mano y reclamándome para sí.

Arriba, dos habitaciones sin luz propia, con unos jergones en el sucio suelo y la música de la fiesta ocupándolo todo. Se quitó la ropa con cierta dificultad pues el equilibrio lo debió de perder en su anterior copa. Tumbado, mostraba orgulloso lo contento que estaba de verme y reclamaba tener una demostración del buen hacer de las féminas españolas.

Era el primero de la noche, que no del día.

Mecánicos movimientos de pelvis, rápidos, con el recorrido justo para no permitir nunca que su miembro abandonara totalmente mi cuerpo. Y me pedía que reprodujese yo solita esa velocidad difícilmente alcanzable ni tan siquiera por un buen mancebo.  Precisamente por lo insólito, del lugar, de la circunstancia, yo estaba muerta de gusto, jugosa y esponjada.

Al salir del cuarto me crucé en el rellano con la brasileña, acompañada de dos caballeros. Mi sorpresa no fue por el relevo que me daban en el cuarto sino comprobar que uno de los acompañantes subía para llevarme al otro camastro.

Y aún no había conseguido vestirme de nuevo cuando entró un tercero, la fila de hombres estaba desplegada por la escalera. Uno salía del cuarto, el siguiente me aferraba con fuerza desde atrás mientras se desabrochaba los pantalones y un chavalín entró para reponer pañuelos.

El chaval abrió la puerta e hizo ademán de cerrarla de nuevo, se sonrojó y dudó si aceptar mi invitación para adentrarse en el cuarto. Lo que no esperaba es que yo le echara los brazos al cuello y me agarrara a él mientras su amigo se aliviaba en mí.

En cuanto me vi liberada, le derribé en el colchón. No opuso resistencia y dejó que abusara de su cuerpo igual que los otros lo habían hecho el mío. Me serví de él, me regodeé en toda las sensaciones de esas horas y me permití gritar de placer, segura de que a ninguno le molestaría. Y no les molestó, antes bien animó a un cuarto a pasar momentos después. Yo continuaba en la misma posición, así que no lo dudó ni un instante y se colocó por detrás, inmovilizándome por completo. Los dos se movían a distinto ritmo pero nuestros orgasmos fueron sincronizados.

Uno más y otro y más aún. A las 2:45 de la madrugada detuvieron la fila dándose la vez, para permitir que me tomara un descanso.

Me pidieron una vez más que bailara para ellos. El salón estaba repleto, se iban sentando en sillas formando una herradura. Las dos habitaciones estaban ocupadas y yo libre, así que me pusieron música cualquiera e improvisé una danza. El objetivo era sólo embravecerles, que aullaran al ritmo de mis caderas mientras que uno por uno iban toqueteándome, metiendo sus zarpas dentro de mi vestido, arrancando un botón, bajando la liga, exhibiendo mi cuerpo hasta quedar plenamente desnuda ante ellos. Uno de ellos, al pasar yo por delante, me alzó en volandas y, por unos instantes temí que aprovecharan para abalanzarse sobre mí.

No ocurrió, fui depositada en una mesa y ahí continué danzando hasta que finalizó la música.

Tenía los ojos desorbitados,  transida por todo aquel festival de sensaciones.

El que raptó esta vez fue el otro novio (al principio pensaba que me tomaban el pelo pero ambos se casaban con unas semanas de diferencia). Y aún me faltaban los dos cuñados, que querían compartir mujer; el que llevaba horas esperando sin conseguir acceder a mí; el sexo en el baño; los que repitieron; el tímido que casi se lo pierde;…

Pareciera que hubieran hecho una selección de cuerpos, todos bien formados, lampiños, duritos y con una particularidad que me sorprendió: todos mejoraban la media nacional española, no tanto en grosor como en longitud.

Llevaba ya tantas horas que había perdido la cuenta. Mi cuerpo comenzaba a resentirse pero no quería parar, era como el chile, lo deseaba aunque me hiciera llorar. Mi sexo estaba edematizado, empapado pero resentido. Más de la mitad había querido probar también mi culito y era tal mi estado que agradecía la alternancia permitiéndome incrementar las sensaciones y repartir el trabajo.

Amanecía ya. Sería tiempo de ir retirándonos. ¿Veinte nos dijeron? Revisando lo que habíamos hecho cada una, las cuentas no salían.

22/03/2011

Sola en la oscuridad

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 4:20 am

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21/03/2011

Cuando el morbo es la ternura

Filed under: Reflexiones antes del desayuno — MaríaG @ 6:30 am

Dado que últimamente me piden el «más difícil todavía», lo más imaginativo, lo menos visto, he hecho una pequeña reflexión sobre el particular: 

Llamaron insistentemente al timbre.
Nunca abro si no espero a nadie, miré por el telefonillo y me resultó familiar su cara. No tenía mi teléfono, lo había perdido, pero recordaba dónde me había visto en otra ocasión.
Tenía sesenta y pico años y llevaba más de catorce años visitando a la misma chica. Ahora me comentaba pesaroso que ella ya no le recibía, sabía que ella sigue trabajando y ya no le abre la puerta. Pero él necesitaba esa cercanía, una relación estable (si así se puede denominar la que se establece con una profesional), con una mujer cariñosa, que le haga sentir deseado y querido como no lo siente habitualmente en su cama.

Aquel coronel retirado no deseaba sexo como tal. Nos tumbamos en la cama, me pidió que cerrara los ojos y fue recorriendo mi cuerpo con sus dedos, sin desvestirme. Hacía muy poco que se había quedado viudo y quería sentirse vivo de nuevo, sentir una presencia en su cama.

No ha sido el único nostálgico que ha necesitado el contacto de un cuerpo, el calor de una mujer. En todos los casos soy yo la que me estremezco, me emociono, vibro.

Son muchos los que entran por mi puerta asustados, temblorosos, después de días deseando un encuentro, o años sin conocer mujer. Puede que sea la primera visita a una señorita de compañía o el primer acceso a una chica en toda su vida. O, simplemente algo largamente anhelado.

Hay quien me trata como una reina, me agasaja y complace, regala mis oídos, me sonroja. Gustan del sexo calmo e intenso, disfrutan de la reivindicación del acercamiento que llamamos «misionero», para así mirarse en los ojos de la que comparte su lecho.

Algunos hombres me desarman, gustan de acariciarme entera, besarme todo el cuerpo, buscarme. Ante ésto no puedo permanecer indiferente, mi cuerpo reacciona y mi mente vuela a parajes placenteros y calmos. Hacen que me retuerza de placer. Me conquistan sin necesidad de buscar las sensaciones límite, me deleitan con su ternura y eso es precisamente lo que le da morbo al encuentro.

Y no soy la única que experimento fuertes sensaciones con besos apasionados. Otras profesionales me confiesan sus gustos, sus impresiones. Los pezones de una, las rodillas de la otra, la nuca de la tercera. Y en oriente he encontrado el súmmum, las mujeres públicas contratan hombres elegantes, educados que las cortejan, las llevan a buenos restaurantes, a bailar y las acompañan cortesmente.

La ternura, más que el morbo extremo, puede ser, en algunas ocasiones lo que nos deleite. Hasta que el contraste y la ocasión vuelvan a llevarnos al filo del límite… ¡o no!

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