Blog MariaG

30/08/2017

En una calle de Madrid

Filed under: Las putas — MaríaG @ 8:17 am

No tenía previsto más que una charla informal. Fui a recogerla al trabajo, una mujer alta y con gracia, rubia de ojos despiertos.

Le abrí la puerta del coche, dos besos. Era tímida y yo fui directa a los temas de interés. Que lo hacía por necesidad, que era temporal, su pareja estaba la tanto,… Y lo más interesante: Quince años atrás, en un club de intercambio, estuvieron con una pareja y no había vuelvo a catar fémina.

La cosa no pintaba mal.

El remite de la llamada era bien conocido, hombre joven y muy morboso, el primero que me llevó a una casa de travestis, hace ya algún tiempo.

Respondí, se estaba masturbando mirando mis fotos. Yo iba al volante, así que le invité a charlar con mi acompañante. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar la novata , por el momento sus respuestas eran un tanto apocadas. Volví a tomar el aparato y le invité a tocarse conmigo pero ante la imposibilidad de seguir al volante, agarré la mano de ella, levanté mi falda, la metí dentro de las bragas y le aseguré que disponía del tiempo que yo tardara en correrme.

18/08/2017

El cuerpo de bomberos

Filed under: Esas cosas excitantes — MaríaG @ 6:52 am

Común es charlar un rato después de yacer con un caballero. Y ese día descubrí que su profesión era una de esas que a a las mujeres tanto subidón nos da, de esas en que llevan uniforme y arriesgan sus vidas.

Así que recordé un video que no tiene desperdicio:

Bomberos de MaríaG

 

Besos

09/08/2017

O la puta al río

Filed under: Como puta por rastrojo — MaríaG @ 3:00 am

Entonces nos sorprendía mucho su actitud, nos contrataba para dos horas, alquilaba un apartamento y cuando él terminaba su faena no consentía en que permaneciéramos allí, quería que nos vistiéramos de inmediato, aunque lo que estábamos deseando fuera jugar un rato más entre las sábanas.

Pues resulta que es más frecuente de lo que yo imaginaba ese síndrome de «o follamos todos o la puta al río».

Se ve reflejado de mil formas diferentes y siempre con el mismo patrón: todo parece distinto después del éxtasis y ya no queremos el juguete.

Ejemplos, todos los pensables, pues mil veces me he visto en situaciones de ese pelo.

Esta vez éramos tres pues contratada también estaba una trans. Y yo, que me pirrio por estas mujeres perfectas, que me tiro a sus brazos y gusto de todo su cuerpo, pues yo estaba en absoluta vorágine de placer.  Y nuestro cliente estaba encantado con todas las atenciones que le prodigábamos. Por eso mismo nuestros besos le tenían trastornado. Tanto es así que poco, muy poco pudo gozarlo. Así que salió de la habitación desnudo, arrastrando su ropa al pasillo, se la puso farfullando y esperó sin dejar de protestar hasta que dejamos nuestros tórridos juegos, para irse, sin dejar de denostar la falta de profesionalidad de una servidora.

En otra oportunidad viví unos minutos muy tensos. Sólo hacía unos días que había conseguido cumplir una de mis fantasías: Subirme a la cabina de un camión y probar su catre. Me había costado días de intentos porque los caballeros que, detenidos en una estación de servicio, no podían comprender que una joven quisiera subir sin cobrar y me contestaban que no. Así que, con la petición económica por delante, pude ver cumplida mi fantasía y ser invitada a conocer el lecho escondido tras los asientos.

Aquel sexo era en sesión matinal y una vez quisimos probar cómo sería por la noche. Decenas y decenas de camiones se agolpaban uno al lado de otro, parecía el paraíso. Subí a uno en el que cuatro hombres terminaban su cena. Me magreaban entre risas mientras acordábamos mi propina y el orden, cada uno quería en su reducto. Después del primero, el jovencito inexperto, me subo donde un hombretón que temblaba de puros nervios; él me contemplaba mientras me despojaba de mi vestido. Y sólo se aproximó a mí con su falo duro sobresaliendo de su ropa y, nada más contactar con mi piel noté la calidez de su simiente derramada.

De inmediato comenzó a decir «sexo no bueno» y a retenerme desnuda. Mis gritos debían de oírse en Roma porque, de repente, se abrió la puerta del copiloto y a penas entendí mas que una palabra mágica: policía. Y de inmediato me vi libre para vestirme y salir pitando de allí.

Y así podría relatar hasta desfallecer. Ya lo decían los romanos, «Eros llega alegre pero marcha triste»

 

Besos

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