Blog MariaG

23/09/2009

El trabajo no se toma a broma

Filed under: Así da gusto ser puta — MaríaG @ 4:30 am

Llegaron a mí por recomendación.

Cuando me propusieron la historia tuve todas las dudas del mundo. Son decenas las llamadas que recibo con ideas morbosas que jamás se pondrán en práctica y aquella parecía una más. Así que, hasta el último momento no terminé de confiar.

La idea era muy buena, yo le haría a su amigo una entrevista de trabajo «con final feliz».

Aquello prometía ser interesante.

Me paso el día fantaseando, imaginando mil y una situaciones morbosas y ésta ha sido durante años mi favorita. He imaginado entrevistas de todo tipo, estando yo detrás o delante de la mesa, con una o varias personas, cualquier combinación me ha parecido estupenda para solazarme. Y, por fin, se iba a dar esa situación. Perfecto

Por la mañana un desconocido le llamó, citándole para su entrevista. Se le dio suficiente información como para que resultara creíble y se le facilitó hora y dirección.

Mientras tanto, el cerebro de la operación me daba a mí el curriculo del caballero, el guión usado por el gancho telefónico y pegatinas para buzón, telefonillo y puerta con un nombre de una empresa del sector.

Todo estaba listo, faltaban treinta minutos. Me quité la chaqueta, casi era preferible que desde el principio apreciara el contraste de mi ropa interior con la camisa transparente negra. Una de las medias quedaba justo por el borde de la falda, algún movimiento me permitiría mostrársela. Unos papeles, mi ordenador, la agenda y llaman al timbre.

Un chico alto, treintañero, bien parecido. le acompaño y nos acomodamos en un sofá. Los primeros minutos son míos, le cuento cómo se va a desarrollar el proyecto y las perspectivas a medio plazo. Por el momento, todo sobre ruedas.

Ahora le toca a él. La pregunta sobre sus expectativas le pilla un poco por sorpresa. Estaba un poco nervioso y me complací subiendo el grado de tensión un punto más: puse mi pierna derecha sobre la otra, girando levemente el cuerpo. Era un movimiento totalmente estudiado para descubrir un poco más mis muslos y dejar ver la negra liga que ceñía mi pierna. El efecto fue inmediato, de repente retiró la vista y no supo dónde mirar.

Fue entonces cuando di el siguiente paso preguntándole por sl interés real por ese puesto. Desde luego que era un candidato muy válido y estaba convencida de que desarrollaría su trabajo a la perfección pero no era el único de ese perfil y debía haber algo que me hiciera decantarme por él. Entonces le dije que se vendiera: Qué me podía ofrecer, qué estaba dispuesto a hacer.
Era el momento crucial, había tirado el anzuelo, mi presa se debatía pero no terminaba de abandonarse. Entonces comentó si no sería una broma de sus amigos. Me puse en pie, muy seria preguntándole si acaso aquello le parecía una broma, era mi órdago final. Le agarré una mano y la puse en mi cadera, sin parar de argumentar.

Todos mis esfuerzos se vieron súbitamente recompensados y nos besamos apasionadamente, con furia desatada y, sin tiempo para más, tiramos allí mismo la ropa y caímos en el sofá abrazados. Me parecieron segundos, a lo mejor fueron minutos, el caso es que la intensidad de la situación pudo conmigo en un instante y poco después le tocó a él.

Puede que ésto se encuadre dentro de la sección de acoso laboral. ¡Uf! ¡Vaya experiencia!

 

Publicado el 23 de septiembre de 2009.Texto recuperado de mi blog censurado

22/09/2009

La tarde con Cristina

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 4:27 am

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07/09/2009

Mi mulatita

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 7:29 am

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06/09/2009

Michelle, una mulatita pelirroja

Filed under: Así da gusto ser puta — MaríaG @ 4:11 am

Cuando nos conocimos ella pensó que se encontraba ante una mojigata, por aquello de que yo portaba falda hasta los pies, sin escotes, poco llamativa. Venía de la mano de un amigo suyo, conocedor de mundo, con el que le gustaba verse a escondidas.

Mulata o más bien mulatita, su piel destacaba al lado de la mía. ¡Pelirroja! parecía imposible que encima de esa piel tan oscura se formaran caracolillos de fuego. Desde que descubrí aquel milagro de la naturaleza le pedí que me diera el gusto de dejarse un triangulito hirsuto en el pubis.

La piel tenía un tacto especial, a veces me parecía que había salido de las profundidades del mar. Y ese olor intenso que emanaba su sexo según se excitaba, inconfundiblemente deseable.

Pero lo más sorprendente era la firmeza de sus carnes. No llegaba a la veintena y lo tenía todo en su sitio. A mi me fascinaban esos pechos que desafiaban a la gravedad y que al tocarlos daban la sensación de estar recauchutados. Era un deleite agarrarlos con la mano y presionar levemente con todos los dedos para después llevárselos a la boca. Y los pezones se le ponían duros, reaccionaban a cualquier roce e invitaban a comérselos.

No era puta, tenía vicio.

Le pasaban cosas propias de una peli porno y nos las contaba en la intimidad. Recuerdo muchas, pero la mejor de todas fue aquella en la que su concuñado, de noche, se puso a beber con ella y su novio y les rellenaba el vaso cada poco, así hasta emborracharles. Acostados ya, Mychelle se despertó al notar a alguien en su habitación pero no se novio por no molestar a su compañero de cama. Unas manos le fueron retirando las sábanas hasta dejar su cuerpo desnudo al descubierto y, sin más, se acomodó de costado detrás de ella. Se hacía la dormida pero no pudo evitar empujar su culito para atrás buscando el miembro del intruso. A la mañana siguiente, con todo lo ocurrido muy presente, despertó al durmiente con apasionados besos.

No le hizo falta preguntarnos, entendió desde el principio cómo a mi marido y a mí nos gustaba el sexo . Venía a casa, y morbeábamos acerca de ponerle un delantal y tenerla en casa como sirvienta y que nos complaciera siempre que lo deseáramos y la pudiéramos ofrecer a nuestros amigos. Tanto nos gustaba ese juego que se compró para nosotros un modelito muy oportuno con cofia de puntilla blanca.

Nos decíamos barbaridades en voz baja, retozando en la cama. Al principio era más callada pero con el tiempo fue soltando su lengua y ella solita nos enredaba en fantasías.

Le gustaba mucho darme celos. Le gustaba regodearse quitándome a mi marido, haciéndome ver que él la prefería y que sería ella la que se llevaría la donación de su esencia. Me lo decía cabalgándole, mirándome a los ojos y con la voz entrecortada de puro gusto.

Y, era cierto, a veces mi marido no podía o no quería esperarme y complacía ese deseo de mi negra de saberse elegida. Y a mí me daban ganas de pegarles en pleno éxtasis y la retiraba a empujones de encima de él para subirme y aprovechar sus «sobras», como ella decía. Y luego me corría como loca en una mezcla de celos insoportables y placer incontenible.

Le encantaban las chicas pero era muy tímida y siempre me pedía que fuera yo la que me aproximara primero. Y me decía, «mira esa, que buena está» y suplicaba con la mirada que la conquistara para ella. Luego se volvía loca al conseguir meter su boca entre las piernas de nuestra presa.

Entró en nuestra cama y en nuestros juegos y un día que me pidieron una compañera de puterío fue ella quien me acompañó.

Y hace demasiado que regresó a su país y la echo de menos.

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