Michelle, una mulatita pelirroja

Cuando nos conocimos ella pensó que se encontraba ante una mojigata, por aquello de que yo portaba falda hasta los pies, sin escotes, poco llamativa. Venía de la mano de un amigo suyo, conocedor de mundo, con el que le gustaba verse a escondidas.

Mulata o más bien mulatita, su piel destacaba al lado de la mía. ¡Pelirroja! parecía imposible que encima de esa piel tan oscura se formaran caracolillos de fuego. Desde que descubrí aquel milagro de la naturaleza le pedí que me diera el gusto de dejarse un triangulito hirsuto en el pubis.

La piel tenía un tacto especial, a veces me parecía que había salido de las profundidades del mar. Y ese olor intenso que emanaba su sexo según se excitaba, inconfundiblemente deseable.

Pero lo más sorprendente era la firmeza de sus carnes. No llegaba a la veintena y lo tenía todo en su sitio. A mi me fascinaban esos pechos que desafiaban a la gravedad y que al tocarlos daban la sensación de estar recauchutados. Era un deleite agarrarlos con la mano y presionar levemente con todos los dedos para después llevárselos a la boca. Y los pezones se le ponían duros, reaccionaban a cualquier roce e invitaban a comérselos.

No era puta, tenía vicio.

Le pasaban cosas propias de una peli porno y nos las contaba en la intimidad. Recuerdo muchas, pero la mejor de todas fue aquella en la que su concuñado, de noche, se puso a beber con ella y su novio y les rellenaba el vaso cada poco, así hasta emborracharles. Acostados ya, Mychelle se despertó al notar a alguien en su habitación pero no se novio por no molestar a su compañero de cama. Unas manos le fueron retirando las sábanas hasta dejar su cuerpo desnudo al descubierto y, sin más, se acomodó de costado detrás de ella. Se hacía la dormida pero no pudo evitar empujar su culito para atrás buscando el miembro del intruso. A la mañana siguiente, con todo lo ocurrido muy presente, despertó al durmiente con apasionados besos.

No le hizo falta preguntarnos, entendió desde el principio cómo a mi marido y a mí nos gustaba el sexo . Venía a casa, y morbeábamos acerca de ponerle un delantal y tenerla en casa como sirvienta y que nos complaciera siempre que lo deseáramos y la pudiéramos ofrecer a nuestros amigos. Tanto nos gustaba ese juego que se compró para nosotros un modelito muy oportuno con cofia de puntilla blanca.

Nos decíamos barbaridades en voz baja, retozando en la cama. Al principio era más callada pero con el tiempo fue soltando su lengua y ella solita nos enredaba en fantasías.

Le gustaba mucho darme celos. Le gustaba regodearse quitándome a mi marido, haciéndome ver que él la prefería y que sería ella la que se llevaría la donación de su esencia. Me lo decía cabalgándole, mirándome a los ojos y con la voz entrecortada de puro gusto.

Y, era cierto, a veces mi marido no podía o no quería esperarme y complacía ese deseo de mi negra de saberse elegida. Y a mí me daban ganas de pegarles en pleno éxtasis y la retiraba a empujones de encima de él para subirme y aprovechar sus «sobras», como ella decía. Y luego me corría como loca en una mezcla de celos insoportables y placer incontenible.

Le encantaban las chicas pero era muy tímida y siempre me pedía que fuera yo la que me aproximara primero. Y me decía, «mira esa, que buena está» y suplicaba con la mirada que la conquistara para ella. Luego se volvía loca al conseguir meter su boca entre las piernas de nuestra presa.

Entró en nuestra cama y en nuestros juegos y un día que me pidieron una compañera de puterío fue ella quien me acompañó.

Y hace demasiado que regresó a su país y la echo de menos.

Deja un comentario

Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.