Sexo Madrid, Relax Madrid, pero ¿de dónde viene mis clientes?

En mis anuncios se lee Sexo Madrid, Relax Madrid pero  cada poco me sorprendo con la diversa procedencia de mis clientes. Recuerdo una hermosa mujer que hizo un viaje sin fin desde el Norte de España, en autobús, para catar su primera hembra. De Cádiz, Santander, Badajoz, Tenerife, Ibiza o Sevilla, de todas ellas y de más ciudades han emprendido un camino cuyo destino era MaríaG. Y aún en estos días espero conocer a un cooperante que desde Senegal  se asoma a mi página y espía mis fotos.

A mí no deja de admirarme.

Cuando les tengo delante no puedo evitar un leve temblor, un estremecimiento que delata mis nervios. Deseo intensamente que encuentren lo que buscan que la MaríaG con la que han soñado o  vibrado con sus peripecias, sea la que tienen delante.

Hoy se ha hecho cuatro horas y media de trayecto de ida y acaba de marcharse de regreso. Se ha ido contento de haberme conocido, encantado de retozar  conmigo todo lo que ha querido. Se va con un montón de imágenes en la cabeza para jugar con ellas cuando yo no esté.

Lo prometido es deuda y a este último le prometí escribir sobre algunas peticiones que me hacen, unas morbosas otras audaces, todas excitantes.

Estuvo llamando durante una temporada y no he vuelto a saber de él. Aquel invierno era muy frío, recuerdo que fue el día en que nevó en Madrid. Tenía el tiempo justo antes de que llegara su mujer, como en el resto de las citas, siempre en el filo de la navaja.

No fuimos a la habitación, las prendas fueron deslizándose de nuestros cuerpos y cayendo al suelo ahí mismo, en el salón. Con labios impacientes me besaba, con manos temblorosas me acariciaba.   Tomamos posesión de la alfombra, del sofá de los butacones y entonces un sonido lejano le demudó y sus palabras fueron “¡Mi mujer!”. Eran tres pisos sin ascensor, cada peldaño que subía me robaba un segundo para recoger todas las prendas desperdigadas y poner en orden aquello. Miré y remiré,  para cerciorarme de no dejar ninguna prueba. Quedaba sólo un piso y el pánico estaba a punto de apoderarse de mí, ¡no encontraba ningún sitio donde poder esconderme! Entonces se le ocurrió que me metiera en el cuarto de aseo, justo la estancia que quedaba en frente de la puerta principal de la casa.

Ahí con la luz apagada, la puerta abierta y el corazón en un puño escuche como introducía las llaves en la cerradura y como la puerta se deslizaba. Apenas me atrevía a moverme pero necesitaba terminar de vestirme. Milimétricamente, conteniendo la respiración me abrochaba la falda. Mientras, ellos mantenían una intrascendente conversación. Sólo me separaba una puerta entreabierta, venían a mi cabeza hipotéticas imágenes de lo que podría pasar si ella quería lavarse las manos cuando, efectivamente, alguien empujó la puerta.

¡No! Fueron segundos en los que quise que la tierra me tragara.

Cuando le vi, me dieron ganas de chillar, por el susto que me había dado y por los nervios que estaba pasando. Venía a darme indicaciones. Él subiría con su mujer por las escaleras, procuraría hacer ruido para que estuviera segura de cuál era su ubicación. Cuando cesaran los pasos debía salir sigilosa. Se despidió con un beso.

Cerré la puerta tras de mí y bajé los peldaños con los zapatos en la mano.

En otra ocasión el morbo  fue un poco más sofisticado: Quería que nos viéramos por la noche, después de la hora en la que el matrimonio se iba a la cama.  Y mientras su mujer dormía plácidamente, con unos tapones mitigando los ruidos, nosotros nos solazaríamos  allí mismo, en su propia casa. Todo a oscuras, en total silencio y con la premura que impone el momento. Parece que hasta el aliento te va a delatar.  Imaginaba como se encendería la luz, aparecería una fabulosa mujer  y que, después de los momentos de impresión, se uniría a nuestro juego. Aquello me tenía muerta de gusto, disfrutando de conseguir la infidelidad del marido en sus propias barbas.

Después de varios encuentros conmigo y con mis amigas Rosa Amor e Irene, me pidió rizar el rizo: En las mismas condiciones pero en la propia cama matrimonial.

Así lo quiso y así ocurrió.

Dejé todas mis cosas en la entrada y, una vez desnuda, agarró mi mano y me introdujo en la más absoluta oscuridad. Hasta el cuarto empleó su móvil como linterna y, una vez dentro, me pegué a su cuerpo para no tropezar. Sobre un tatami un único colchón. Pensaba en esa plataforma, cómoda para dormir pero para estos menesteres supone un riesgo añadido pues en caso de urgencia no hay modo de esconderse debajo de la cama.

No pude ver el bulto, tal era la oscuridad pero su respiración se oía a nuestro lado y en algún momento rebulló algo más de lo que me hubiera gustado.  Lejos de salir corriendo, permanecimos quietos hasta que volvió a calmarse y continuamos con nuestro solaz.

Fueron unos momentos de extrema excitación,  nunca la existencia de una esposa se me había hecho tan patente y me estremecía de placer sintiendo el peso de su hombre sobre mí. Debía moderar mis movimientos, anular los gemidos y al contenerlos se incrementaba el disfrute.

La intensidad de aquella escena sólo la puedo compara con otra cinematográfica de la película  “Enemigo a las puertas”  en la que aparecen imágenes difíciles de olvidar: una pareja, en un dormitorio corrido se abraza uniendo sus cuerpos en movimientos casi imperceptibles.

Intento poner imágenes a aquellos momentos y me resulta casi imposible. Con los ojos cerrados, con total oscuridad, sólo recuerdo las sensaciones y el silencio.

Me han pedido muchas veces otros servicios digamos distintos, he visitado portales, ascensores, garajes, coches y bares, he acudido a domicilios en los que la familia andaba por la casa,… Y cada vez tiene su morbo, la magia particular de cada cita.

Pero todo ello conlleva un pequeño inconveniente pues algunos clientes, sabedores de mis gustos poco convencionales, buscan que sea yo la que les proponga un encuentro excitante, en un “más difícil todavía” que me hace rememorar aquel programa de aventuras: Al filo de lo imposible.

 

3 comentarios para “Sexo Madrid, Relax Madrid, pero ¿de dónde viene mis clientes?”

  • A.C.:

    Como he leído en alguna ocasión, tus andanzas darían para escribir al menos una trilogía.

    Cada cliente, cada persona, llega a ti con un objetivo común en todos los casos. Pero dentro de ese mismo objetivo, la infinidad de matices que diferencian el motivo por el cual se llega a ti, hacen que lo que cada cual espera de esa cita, sea diferente.

    Y creo, visto desde mi ignorancia quasi total de este mundo, que es una de las cosas (entre otras tantas) que marca la diferencia entre una buena meretriz, y otra que no lo es tanto.

    Un beso desde el Norte

  • Me sorprendo al comprobar cómo se establecen los lazos de amistad. Con mis clientes empiezo la casa por el tejado puesto que, sin conocernos, caemos primero en la cama y después hablamos desnudando nuestro corazón. Así, con el roce disperso en los meses, vamos construyendo una relación peculiar.

    Cuando pienso en tí, me embriaga la necesidad de un abrazo cálido apasionado y a la par delicado, como tú, reina mía, te mereces.

    Besos

  • Si vienes a Santander o cerca me encantaría saber de tí.

    besos desde Cantabria

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.