Ruth

Estaba cortadísima.
Pocas veces había entrado en un local de intercambio y no me terminaba de encontrar cómoda. Estábamos dando una vuelta para ver qué ambiente había. Hacia nosotros avanzaba una pareja. Ella se detuvo delante de mí, me miraba sonriendo entre tímida y viciosa. Yo estaba paralizada, me causaba extrañeza su actitud, también su color, nunca me había puesto a observar a una negra y menos aún a acariciarla. Era una muñeca de ebano, muy menuda y con una belleza poco frecuente.

Acercó su mano hacia mí, mediaron pocas palabras. Primero me acarició despacio las manos, subió por los brazos y me besó.
¡Uf! ¡Qué labios!¡Qué boca!
Entonces, como una pantera, me derribó sobre la cama, sin parar de besarme; se frotaba contra mí y seguía besándome. Ella empezó a quitarse ropa pero sin separar su cuerpo del mío. Para ayudarla, mi marido y su acompañante, cada uno por un lado, me desnudaron. Yo no daba crédito a lo que estaba pasando y a penas podía reaccionar.
No me dio ni un segundo de descanso, hizo con mi cuerpo lo que quiso y según iba creciendo mi grado de excitación empezaba a tomar un papel más activo. Hasta que no pude refrenar mis manos ni mi boca.

Por aquel entonces pocos encuentros había tenido yo con otras mujeres y me estaba descubriendo deseando su placer y el mío.

Acabamos sudorosas y jadeantes. Entonces pude ver el corrillo que se había formado a nuestro alrededor y la cara indescriptible de los que miraban.

Me dio su teléfono. Hablaba muy mal español, pero me pudo explicar que nunca le había atraído una mujer de aquella manera y que quería verme más veces, a mí y a mi marido.

A los pocos días la llamé para que fueramos al cine. No conseguí quedar a la primera. Ruth me puso alguna excusa poco creíble y extraña, comenzamos a sospechar que algo raro había entorno a ella.
Lo conseguimos pocas semanas después. Quedamos; una peli en versión original para que ella también pudiera entender (hablaba muy bien inglés). Se sentó en medio y cuando comenzó la película echó sus manos a derecha e izquierda y al cabo de un rato era absolutamente imposible poner la atención en algo distinto de ella. Al ayudarla a bajarse un poco los pantalones me asombré de descubrirla empapada y reclamante.
Por el bien del público asistente y porque ya no podíamos más, nos fuimos a casa y continuamos allí.

Quedamos unas cuantas veces hasta que se decidió a hablar. Cuando llegué a recogerla la llamaron al móvil, era su hermana mayor. Cambió el gesto y comenzó a llorar; yo no entendía qué estaba pasando porque hablaba en un idioma que yo no conocía.
Cuando se serenó nos dijo que su madre había muerto, pero en ese momento no supo explicarnos nada más. La llevamos a casa.
Tenía en las mejillas unas cicatrices en forma de cruz muy profundas y otras lineales por todo el cuerpo, pensábamos que serían producto de algún ritual. Pero no, se las había hecho el mismo hombre que la sacó de su casa bajo engaño, que la trajo a España a trabajar supuestamente de azafata, que la tenía secuestrada en un piso y que la maltrataba cada vez que no llevaba suficiente dinero de su trabajo en la Casa de Campo.
Se pasó varias horas hablando y llorando. Era africana y muy joven. En su país los enfrentamientos armados sembraban el terror entre la población civil. Os ahorraré detalles.

Un compatriota se ofreció a llevar a la joven a España a cambio de una fuerte suma que devolvería gracias al trabajo estupendo que le tenían buscado.
Contaba su desesperación por no saber nada del sexo el primer día que la llevaron a trabajar. Nos describió el encuentro con el cliente que la desfloró, ese chico debió de quedarse perplejo al llevar a una muñequita como aquella a casa y descubrir que era totalmente inocente.

No podíamos dejarla marchar así. Le ofrecimos lo que teníamos, nuestra casa y ayuda para escapar de las garras de su chulo y rehacer su vida. Aceptó pero a pesar de nuestras advertencias quería regresar al piso. Se había dejado el número de teléfono de la casa materna y había quedado con su hermana en que llamría por la tarde.

Mi marido tenía que ir a trabajar pero yo diponía del día libre. La llevé hasta donde me indicaba. Para complicar un poco más las cosas se había dejado las llaves y debía de esperar hasta que uno de sus compañeros de piso volviera, habló con él varias veces por teléfono e insistía en que no se moviera de la estación de renfe, que el no tardaría mucho. Hay que decir que esos días ella se sentía un poco más libre porque el chulo no estaba. Cuando apareció ese tipo les acerqué a la casa con idea de montar en el coche sus pertenencias y marcharnos. Pero volvió a bajar con él y su única obsesión era encontrar como fuera un locutorio para llamar a su país.
La vi a través de los cristales. Su suerpo se estremecía entre sollozos e iba dejándose caer al suelo mientras seguía sosteniendo el auricular. Me pilló desprevenida, esas cosas sólo ocurrian en las películas.
El que estaba al otro lado de la línea no era otro que su chulo que tenía desde hacía varios días secuestrados a sus hermanos pequeños y los estaba torturando. Le exigía una suma imposible de dinero a pagar en 24h si quería que sus hermanos no corrieran la misma suerte que su madre. Junto a ella su compañero de piso se mantenía impertérrito.

Las siguientes horas fueron de locura. Primero hablaba y hablaba con aquel tipo y el resto del tiempo no dejaba de llorar. Me dijo que tenía que ayudarla, que le tenía que dejar el dinero y me lo dijo poníendose de rodillas en la calle, suplicándome con las manos juntas y abrazándose a mis pies.Al contároslo lo estoy reviviendo y se me sigue poniendo un nudo en la gargarnta.
Esa no era la solución, bien lo sabía yo pero ella no quiso oirme.
¡Oh! qué casualidad que el tio ese conocía una persona que le podía ayudar pero que debían de ir esa misma noche.
En efecto, eran ya cerca de las cuatro de la madrugada cuando la volví a dejar en su piso con su vida vendida, entregada a esos seres despreciables. No la he vuelto a ver.

Sólo una vez me llamó el chico que la recogió de mitad de la calle, la habían pegado una paliza, estaba medio muerta y la llevaba en un taxi al hospital; ella pudo recordar mi número y habló conmigo sólo unos segundos. Después de ésa mnoche no contestó más a mis llamadas.

Se que jamás leeras ésto Ruth pero es que nunca te dije que te quiero.

(13-12-2008, Texto recuperado de mi Blog censurado)

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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