25/01/2012
¡¡Lo siento chicos!! ¡¡ Estoy desolada!!
Lo he intentado de un lado, del otro, pasándola más deprisa y después despacio,… Pero no he conseguido cobrar con la tarjeta, sólo llevarme un calentón.

Lo había oído mencionar como una extravagancia que se daba en París, no le di ninguna importancia. Hasta que un amigo nos lo mencionó como algo real y accesible. Yo no había vuelto a pensar en ello pero ahora, la idea de que un desconocido tuviera acceso a mi cuerpo de forma anónima y en un lugar público, me estremecía. Busqué en internet dogging y cancaneo y enseguida di con sitios donde se podía hacer. Encontré mucha información sobre cómo comportarse, las señales que se hacen pero tampoco le presté mucha atención, simplemente, una noche, dimos una vuelta por El Pardo.
En el aparcamiento había algún coche más y nada de movimiento. A primera visa no había nada que hacer ahí, dudaba incluso de si habría llegado bien. Encendimos la luz de la cabina. Poco a poco empezó a elevarse la temperatura, la ropa sobraba, el recinto se hacía pequeño.
Antes de abrir la puerta apagué la luz y entonces les pude ver. Alrededor del coche varios observadores habían surgido de la nada. Un estremecimiento me inmovilizó unos segundos y salí del coche con los zapatos puestos. Se fueron acercando, al principio tímidamente hasta que sus manos comenzaron a recorrerme. Eran cuatro los primeros que me rodearon y alguno más se mantenía a distancia, con la vista puesta en nosotros y una mano muy ocupada.
Me puse en cuclillas, quería probar con mis labios cada uno de los miembros que me estaban ofreciendo. Uno en cada mano, saboreando otro hasta que unas manos me agarraron la cadera, tiraron de mí hasta colocarme a su antojo y sentí la presión que ejercía abriéndose paso entre mis muslos hasta conseguir penetrarme. Primero uno, después el siguiente, se iban dando relevos con urgencia animal y yo pasaba dócilmente de unas manos a otras. Un mozo atlético me cogió de frente, levantándome en vilo, golpeando rítmicamente su cadera contra la mía. Como una perrita tiraban de mí y me colocaban a su antojo para poder meterla por donde más les placía y darme gusto.
Entre todos me tenían empapada de mis fluidos y de los suyos. Según iban terminando alguno desaparecía igual que había llegado; otros permanecían pues querían conseguir de mí una dirección, un teléfono, una cita o simplemente hablar un poco. Y así volví a meterme en el coche y nos marchamos para terminar solos la noche.
La experiencia había sido fantástica.
Resulta que al día siguiente había comentarios acerca de lo ocurrido, en un foro de dogging. Hablaban de una chica joven, morena que había salido del coche totalmente desnuda y había dado cuenta de cuantos hombres se hubieron acercado. Era yo. Me dio morbo leer la cantidad de cosas estupendas que decían y me registré para saludarles.
Después de un tiempo quise repetir y se me ocurrió convocar un Martes por la mañana. Contra todo pronóstico veinte hombres acudieron a la cita dispuestos a satisfacerme a plena luz del día. Eran tantos que formaron un círculo a mi alrededor ; nadie podría haber dicho que yo estaba en el centro, desnuda y arrebatada de placer sin dejar un segundo de ser poseída por todos ellos.
Cuando se lo comenté a mi amiga Irene, no quiso perdérselo y se animó a venir un día. No daba crédito, acariciaba su cuerpo cubierto de semen y volvía a buscar un orgasmo con el siguiente hombre.
Sólo le encontraba a este sistema dos fallos: el frío invernal y la dificultad de cambiar de postura, con lo que me gusta a mí subirme encima de un hombre! Así que les convoqué en diversos sitios, clubs de intercambio, apartamentos por horas y siempre fue todo sobre ruedas, tanto que me banearon del mismo foro de dogging desde donde había convocado tantas veces a desconocidos folladores. Aún de vez en cuando, vuelvo a leer comentarios de lo ocurrido conmigo la noche anterior y me sigue excitando no saber qué me voy a encontrar en un paseo nocturno por los parques de Madrid.
01/01/2012
Los lugares de encuentro son de lo más variado.
La primera que me habló de los apartamentos por horas fue una amiga mía. Tenía un amante con el que quedaba varias veces a la semana, a la hora de la comida, con algo de picar en una bolsa. Claro que cuando me lo contó no imaginaba el uso que le daría yo, unos años después. Los primeros que conocí fueron los de la calle Clara del Rey 39. En la escalera derecha, tomé el ascensor, llegué a la quinta planta y busqué el apartamento donde me atenderían. Entré en estado de schock, una puerta semientornada, tres pasos por un recibidor y una mulata detrás de una barra, mascando chicle y atenta a la telenovela. Yo estaba cortadísima, era la primera vez que iba a entrar en aquel mundo de lo prohibido y me sentía observada. Aquella tipa no me lo puso fácil, fue desabrida y me dejó un mal regusto. Y luego los apartamentos eran un poema. Sólo el tiempo de disfrute de aquellos cuartos hacía tolerable el maltrato inicial. En los años siguientes la cosa no ha cambiado en lo esencial, ellas han rotado pero siempre parece que te perdonan la vida cuando te dan el mando a distancia de la tele. Y para qué hablar de cuando te excedes en el tiempo te llaman a la puerta.
Recuerdo una vez que organizamos una mini orgía. Teníamos que ir entrando sin hacer ruido porque la encargada estaba atenta de cuánta gente pasaba a la habitación. Cuando ya estábamos poniéndonos en marcha, todos medio desnudos y muy calentitos, aporrearon la puerta. Fui a abrir, teniendo buen cuidado de dejar tras de mí la puerta de la habitación cerrada. La señorita quería que le abonara una suma mayor pues un chico había entrado de más. Pues se lo pagué de mil amores y luego hice colecta entre los diez que me acompañaban para compensar los gastos.
Dado que me resultara un trago tener que ir a aquellos, fui investigando y conociendo otros. En la escalera izquierda, al llamar a la puerta me abrió una negra cuarentona medio desnuda, casi tan sorprendida como yo y llamó a la mami para que me atendiera. Dentro alguna otra recostada en un sofá mirando la tele, olor a puchero. Apareció una decrépita mujer que, arrastrando los pies, me condujo al otro lado de la planta y ella misma me abrió la puerta, guardándose en la faltriquera las llaves. En ese momento di por bueno todo hotel, motel o apartamento por mí conocido. El panorama resultaba indescriptible.
Más adelante me llevaron a los apartamentos de Princesa 3 duplicado, en la planta quince. Parece que a las encargadas las cortan con el mismo patrón. Y aquello resulta sórdido, una vez más. Tiempo después, me llevaron a unos decorados con mucho gusto, coquetos y modernos, en otra planta y con otro estilo. Son del estilo de los que se encuentran en la parte baja del Eurobuilding.
Me comentaron de otros, visité a chicas en diversas ubicaciones.
Vecindario entrometido, portero cotilla, imposible tráfico, zona poco recomendable y así le sacaba peros a cada cosa que veía. La providencia me hizo encontrar un lugar discreto, bien situado, moderno, con fácil aparcamiento en Alberto Alcocer 22. Y ahora se me hace cuesta arriba visitar aquellos otros lugares por mí tan bien conocidos.
En estos años de profesión son muchos los hoteles que he visitado, de todas las estrellas, en todo Madrid, moteles, aparta hoteles, pensiones. Pues sólo una vez tuve problemas para entrar en un hostal cerca de sol. Fue la primera vez que me pidieron el nombre de la persona que iba a visitar, a demás del número de habitación y tuve que hacer bajar a mi cliente para que viniera a por mí.
Pero los lugares de encuentro no se circunscriben a los convencionales. Puede ocurrir que venga de viaje mi cliente y quiera ser recibido como se merece en la estación de tren; o bien ser recogido en el aeropuerto. Bares, restaurantes y sus lavabos, parques y jardines, escaleras, el parking del Corte Inglés o uno privado, un Vips, la azotea o el trastero, una Sala X o un cine corriente. Las posibilidades son mil.
Debo mencionar, con especial placer por los recuerdos que me trae, El Pardo. Allí acuden de vez en cuando parejas con un punto de exhibicionismo y hombres que pueden llegar a conformarse con masturbarse detrás de la ventanilla del coche. Muchas de aquellas noches son dignas de ser contadas.
27/12/2011
29/11/2011
Sentada en el borde de la cama, las manos juntas sobre las rodillas, las palmas sudorosas las frotaba una con la otra en un movimiento monótono y sedante. Me coloqué junto a ella, aparté su melena y fui esparciendo pequeños besos por su rostro, hasta llegar a su boca, entreabierta, trémula. Totalmente quieta, contenía la respiración y se dejó besar primero y se dejó llevar después, respondiendo a mis besos.
Mis susurros la iban dirigiendo, dame tu lengua, soy tu novia, quiero tu boca. Dócil, sus labios comenzaron a acompañar a los míos, siguiendo un ritmo pausado e intenso. Su cuello era irresistible, se estremeció. Los tirantes cayeron, descubriendo sus pechos, pequeños, turgentes. La areola levemente pigmentada fue un reclamo poderoso y a la par que mis labios se posaron en una, otros lo hacían en la otra. No lo esperaba y una mezcla de gemido y chillido acompañó el sobresalto. Pero entonces colocó sus manos en nuestras cabezas y la respiración se hizo claramente audible.
Empezaba a estorbar la ropa, diminuta falda, camiseta, todo fue al suelo salvo unas braguitas de algodón y coloqué una almohada mullida para recostar su cabeza. Pies pequeños, manos pequeñas, las uñas comidas y los ojos cerrados.
Seguí esparciendo mis besos por su anatomía, recorriéndola despacio, avisando con las manos, hasta que encontré la única prenda que cubría su cuerpo. No quise retirarla de repente. Primero me deleité con el olor que emanaba, delicado a la par que intensamente sexual. Aparté el tiro y un hilito transparente quedó unido a él. Estaba jugosa, brillante y mi boca quiso catar esas mieles y mis dedos empaparse de su esencia. Seguí jugando, sin ninguna pretensión. Sus caderas se tensaban, me acompañaban y súbitamente la excitación creciente se hizo patente en sus bragas y una gran mancha de humedad apareció entre sus piernas.
Había llegado el momento, la desnudé por completo y dejé sus piernas separadas. Estaba recién rasurada, nada impedía una perfecta visión de sus diminutos labios mayores. Coloqué primorosamente los menores y entonces apareció el verdadero protagonista de esta historia. Aquel repliegue membranoso conservaba su integridad, impedía el acceso a la intimidad de la muchacha, dejando un orificio central muy reducido.
Ahora su cuerpo estaba todo tenso, a pesar de las caricias de mi marido, de la excitación previa, todo su cuerpo era una fibra.
Me tomé el tiempo necesario para que el escenario fuera perfecto.
Volví a su cabecera, debía preguntar si estaba preparada, si seguía deseando que continuara y movió la cabeza afirmativamente.
Con la palma de la otra mano acariciaba suavemente su clítoris. Mojé mis dedos y los llevé hasta el borde y fui presionando suavemente. Apenas cedía, intensifiqué la presión, con el índice tironeaba un poco más. Todos manteníamos la respiración. No sé en qué momento habían aparecido pero varias manos se posaban en sus muslos, preparadas para mantener la posición firme.
Y súbitamente el himen se desgarró y un color bermejo escurrió entre mis dedos tintando de sangre la cama.
Un quejido se le había escapado, ahora se mordía los labios y un escozor abrasaba su sexo. Le di unos besitos, la tranquilicé, cómo transcurriría lo siguiente dependería de que consiguiera mantener la calma. Ya no había marcha atrás.
Ahora quien estaba entre sus piernas era mi marido. Me ocupé de prepararle bien con mi boca y dirigí su miembro hasta embocarlo.
Le di la mano a la bella y seguí susurrando en su oído. Ahora sería mi hombre quien la poseyera. Despacio, muy despacio, a duras penas podía abrirse paso. Retrocedía un poco y volvía a empujar con los riñones. Al principio ella sólo se quejaba, sólo sentía una sensación urente que borraba cualquier rastro de placer. Pero poco a poco el placer se fue apoderando de bajo vientre y sus caderas empezaron a acompañar los movimientos del macho que la cubría. Me daba la mano y el gimoteo inicial se fue transformando en respiración entrecortada. Tensaba las piernas, sus pies se arqueaban. Un estremecimiento la recorrió mientras los dos gemían de placer al alcanzar el orgasmo.
Nos dejaron solas. Unos minutos abrazadas para recuperarse de la impresión y se le pasó el susto. Había sido muy distinto de lo que ella imaginaba pero, desde luego, mucho más intenso.
Ahora quería un helado y que nos fuéramos a ver tiendas. O mejor no, nada de caminar, mejor una película y un montón de palomitas. Haríamos un buen trío y por un rato otras imágenes ocuparían nuestras mentes.
20/11/2011
12/11/2011
Irene y Lucía se conocían desde hacía unos meses. Era verano, calor sofocante de Madrid y ellas tomaban algo con otros compañeros en una terraza. Hasta ahí todo era normal. Lo que ponía la nota de color era lo heterogéneo de ese grupo y muy especialmente la de ellas dos, mujer madura la primera y lozana adolescente la segunda.
A esas alturas, la conversación se había puesto muy interesante porque si a nadie extraña que varios hombres comenten los escotes y las piernas de las viandantes, llama la atención que partan de voces femeninas. Ante la mirada atenta de Irene, la otra se ruborizaba confesando que siempre acompañaba con la vista un cuerpo bonito. Entre risas, les decía no haber catado nunca las mieles femeninas, bueno, sólo una vez con una amiga, en una discoteca light, se habían dado un beso, sólo eso. Pero no era por virtud, siempre le habían llamado la atención y ese primer contacto le había gustado. Ella había estado con algún chico, había salido con algún amigo pero el pos que quedaba de los toqueteos era que siempre iban en provecho de ellos, que se aprovechaban de ella.
A esas alturas de confidencias Irene rebullía en su silla. No quería, nunca hablaba de ello pero no pudo evitarlo. Ella también espiaba a las mujeres que se mostraban por la calle, iba diciendo, como los niños, ésta me la pido, sile, sile, nole,… “Resulta que tengo una amiga a la que te encantará conocer, tienes que conocerla. Es puta y le chiflan las chicas.” Había soltado la bomba pero había omitido cuidadosamente decir que ella también era puta y que a ella también le chiflaban las mujeres.
La excitación las tenía alteradísimas y no querían dejar correr el tema. Entonces empezó la lluvia de preguntas sobre el sexo y el pago, el disfrute y las féminas. Irene contestaba hasta que la invitó a conocerme. Ningún “no” salió de su boca. Y, entre risas, disolvieron la reunión.
Unas horas más tarde yo ha tenía descripción meticulosa de todo lo que había ocurrido, acompañado de algo asombroso, el teléfono de Lucía. Al día siguiente la llamé, pudimos hablar tranquilamente 20 minutos. Simplemente quería conocerla, Irene me había contado tantas cosas que no podía con mi curiosidad.
Me costó dos llamadas más y otra conversación con Irene, pero el Lunes siguiente estaba recogiéndola en la estación de Atocha.
Lo que más me llamó la atención de ella no era su falta de experiencia sino su malicia: Decía que haber llegado virgen a su edad debía reportarle beneficios económicos. Y estaba segura de que yo podría ayudarla.
Era la oportunidad con la que venía soñando desde hace años, una nena a mi disposición y con ganas de dejarse enseñar.
Descolgué el teléfono, sabía quién apreciaría aquella perita en dulce. En un rato tenía programados los siguientes pasos y una propuesta económica que no podría rechazar. Y así fue.
Sentada en el borde de la cama le coloqué un antifaz. Se agarraba las manos, temblaba como una hoja, hasta su voz denotaba sus nervios. A no ser que ella cambiara de opinión, sólo me pondría rostro a mí y no sabría cuántas personas la contemplarían en la habitación, ni siquiera si se estaría grabando su primera experiencia sexual.
10/11/2011
27/10/2011
Una tarde de Jueves, en un local de intercambio. Estábamos recorriéndolo para ver las parejas que se escondían por los rincones.
Con una copa en la mano y una toalla a la cintura nos sentamos en el colchón de unos que andaban muy acaramelados. Ella era alta, de piel clara y graciosas formas.
Nos gustó lo que vimos así que toqué suavemente su pie descalzo. Levantó la cabeza, me pareció que hasta ese momento no se había percatado de nuestra presencia; algo hablaron, volvió a bajar la cabeza pero su pie permaneció. Las uñas pintadas de rojo intenso, el contraste con su nívea piel, me impedían apartar los ojos y las manos fueron detrás. Se estremeció con mi contacto y alargó su mano hacia mí, aún sin girarse.
Me recosté tras ella, pegué mi cuerpo al suyo buscando el contacto lo más amplio posible. Aparté su melena posando mis labios en su cuello, lo recorrí hasta que me condujo a sus labios.
A partir de ese momento ya estaba perdida, se había girado, se estaba entregando y no le di cuartelillo. Sus pechos eran de infarto, generosos, clamaban por ser atendidos. Los pezones se le habían puesto duros y comencé a juguetear con ellos mientras no cesaba de sobarla, tironeaba con mis labios, chupaba con fruición.
Me fui colocando encima, con las rodillas abrí sus piernas y comencé a frotarme buscándola. Con los ojos cerrados, me pedía la boca, se retorcía bajo mi peso y levantaba la cadera.
Quise recorrerla entera, probar todos sus matices y con besos esparcidos fui bajando de su vientre hasta encontrar la suave colina de su sexo. Se abrió para mí, metí la cabeza entre sus muslos.
Estaba jugoso, aquel rato de pasión no le había dejado indiferente. Y probé sus mieles, con una mano dedicada a ella y otra a mí misma, colocada boca abajo me frotaba acompasando mi ritmo al suyo. No despegué mis labios hasta notar cómo se contraía de placer. Entonces busqué de nuevo sus besos y al cambiar de posición me percaté de lo que había a nuestro alrededor.
Se había formado un corro, todos nos miraban sin atreverse a tocarnos. Yo quería más pero cuando me quise dar cuenta el tipo con el que venía estaba haciendo uso de su cuerpo, colocada a cuatro patas comenzó un movimiento rítmico que le arrancaba gemidos entrecortados.
Quién puede resistir semejante visión.
Sólo tuve que pedirle que se recostara, subirme encima y comenzar a cabalgar al ritmo que marcaban las exclamaciones de ella. Entregada a su tiempo se acompasaron nuestros gemidos, nos dimos un único tempo para alcanzar el clímax.
Fue entonces el momento de hablar, de preguntarle su nombre, de pedirle el teléfono. Me había dado cuenta de que él no era su pareja y tampoco yo iba con la mía. Ambas estábamos en la misma situación, con nuestro cliente. Nos separamos. Yo había quedado en llamarla para que conservara mi teléfono pero no lo hice, quizás lo perdí o tal vez no me acordé, el caso es que no puede volver a contactar con ella.
Podían haber pasado seis meses.
Me encontraba de nuevo en el mismo local, esta vez estaba repleto de parejas. No recuerdo quién me acompañaba pero me llevaba delante de él recorriendo el local hasta detenernos en uno de los cuartos privados que permanecía con la puerta entreabierta. Dentro un hermoso cuerpo femenino retozaba.
No fui yo quien se dio cuenta, sino ella la que me reconoció. Pero no dijo nada al principio, se limitó a invitarme a compartir su degustación masculina. Y cuando hubimos terminado lo confesó en mi oído. Me hizo recordar aquel otro día y las veces que desde entonces había querido llamarla. No tuve tiempo de mucha charla y esta vez fui yo la que le dejé mi número.
Pocos días después conocí su casa y desde entonces nos hemos hecho compañeras de juegos prohibidos.
20/10/2011
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