Lucía y el sexo (I)

Irene y Lucía se conocían desde hacía unos meses. Era verano, calor sofocante de Madrid y ellas tomaban algo con otros compañeros en una terraza. Hasta ahí todo era normal. Lo que ponía la nota de color era lo  heterogéneo de ese grupo y muy especialmente la de ellas dos, mujer madura la primera y lozana adolescente la segunda.

A esas alturas, la conversación se había puesto muy interesante porque si a nadie extraña que varios hombres comenten los escotes y las piernas de las viandantes, llama la atención que partan de voces femeninas. Ante la mirada atenta de Irene, la otra se ruborizaba confesando que siempre acompañaba con la vista un cuerpo bonito. Entre risas, les decía no haber catado nunca las mieles femeninas, bueno, sólo una vez con una amiga, en una discoteca light, se habían dado un beso, sólo eso. Pero no era por virtud, siempre le habían llamado la atención y ese primer contacto le había gustado. Ella había estado con algún chico, había salido con algún amigo pero el pos que quedaba de los toqueteos era que siempre iban en provecho de ellos, que se aprovechaban de ella.

A esas alturas de confidencias Irene rebullía en su silla. No quería, nunca hablaba de ello pero no pudo evitarlo. Ella también espiaba a las mujeres que se mostraban por la calle, iba diciendo, como los niños, ésta me la pido, sile, sile, nole,…  “Resulta que tengo una amiga a la que te encantará conocer, tienes que conocerla.  Es puta y le chiflan las chicas.” Había soltado la bomba pero había omitido cuidadosamente decir que ella también era puta y que a ella también le chiflaban las mujeres.

La excitación las tenía alteradísimas y no querían dejar correr el tema. Entonces empezó la lluvia de preguntas sobre el sexo y el pago, el disfrute y las féminas. Irene contestaba hasta que la invitó a conocerme. Ningún “no” salió de su boca. Y, entre risas, disolvieron la reunión.

Unas  horas más tarde yo ha tenía descripción meticulosa de todo lo que había ocurrido, acompañado de algo asombroso, el teléfono de Lucía. Al día siguiente la llamé, pudimos hablar tranquilamente 20 minutos. Simplemente quería conocerla, Irene me había contado tantas cosas que no podía con mi curiosidad.

Me costó dos llamadas más y otra conversación con Irene, pero el Lunes siguiente estaba recogiéndola en la estación de Atocha.

Lo que más me llamó la atención de ella no era su falta de experiencia sino su malicia: Decía que haber llegado virgen a su edad debía reportarle  beneficios económicos. Y estaba segura de que yo podría ayudarla.

Era la oportunidad con la que venía soñando desde hace años, una nena a mi disposición y con ganas de dejarse enseñar.

Descolgué el teléfono, sabía quién apreciaría aquella perita en dulce. En un rato tenía programados los siguientes pasos y una propuesta económica que no podría rechazar. Y así fue.

Sentada en el borde de la cama le coloqué un antifaz. Se agarraba las manos, temblaba como una hoja, hasta su voz denotaba sus nervios. A no ser que ella cambiara de opinión, sólo me pondría rostro a mí y no sabría cuántas personas la contemplarían en la habitación, ni siquiera si se estaría grabando su primera experiencia sexual.

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.