Alexa, compañera de juegos prohibidos

Una tarde de Jueves, en un local de intercambio. Estábamos recorriéndolo para ver las parejas que se escondían por los rincones.

 Con una copa en la mano y una toalla a la cintura nos sentamos en el colchón de unos que andaban muy acaramelados. Ella era alta, de piel clara y graciosas formas.

 Nos gustó lo que vimos así que toqué suavemente su pie descalzo. Levantó la cabeza, me pareció que hasta ese momento no se había percatado de nuestra presencia; algo hablaron, volvió a bajar la cabeza pero su pie permaneció. Las uñas pintadas de rojo intenso, el contraste con su nívea piel, me impedían apartar los ojos y las manos fueron detrás. Se estremeció con mi contacto y alargó su mano hacia mí, aún sin girarse.

 Me recosté tras ella, pegué mi cuerpo al suyo buscando el contacto lo más amplio posible. Aparté su melena posando mis labios en su cuello, lo recorrí hasta que me condujo a sus labios.

A partir de ese momento ya estaba perdida, se había girado, se estaba entregando y no le di cuartelillo. Sus pechos eran de infarto, generosos, clamaban por ser atendidos. Los pezones se le habían puesto duros y comencé a juguetear con ellos mientras no cesaba de sobarla, tironeaba  con mis labios, chupaba con fruición.

 Me fui colocando encima, con las rodillas abrí sus piernas y comencé a frotarme buscándola.  Con los ojos cerrados, me pedía la boca, se retorcía bajo mi peso y levantaba la cadera.

Quise recorrerla entera, probar todos sus matices y con besos esparcidos fui bajando de su vientre hasta encontrar la suave colina de su sexo. Se abrió para mí, metí la cabeza entre sus muslos.

Estaba jugoso, aquel rato de pasión no le había dejado indiferente. Y probé sus mieles, con una mano dedicada a ella y otra a mí misma, colocada boca abajo me frotaba acompasando mi ritmo al suyo. No despegué mis labios hasta notar cómo se contraía de placer. Entonces busqué de nuevo sus besos y al cambiar de posición me percaté de lo que había a nuestro alrededor.

Se había formado un corro, todos nos miraban sin atreverse a tocarnos. Yo quería más pero  cuando me quise dar cuenta el tipo con el que venía estaba haciendo uso de su cuerpo, colocada a cuatro patas comenzó un movimiento rítmico que le arrancaba gemidos entrecortados.

Quién puede resistir semejante visión.  

Sólo tuve que pedirle que se recostara, subirme encima y comenzar a cabalgar al ritmo que marcaban las exclamaciones de ella. Entregada a su tiempo se acompasaron nuestros gemidos, nos dimos un único tempo para alcanzar el clímax.

Fue entonces el momento de hablar, de preguntarle su nombre, de pedirle el teléfono. Me había dado cuenta de que él no era su pareja  y tampoco yo iba con la mía. Ambas estábamos en la misma situación, con nuestro cliente. Nos separamos. Yo había quedado en llamarla para que conservara mi teléfono  pero no lo hice, quizás lo perdí o tal vez no me acordé, el caso es que no puede volver a contactar con ella.

Podían haber pasado seis meses.

Me encontraba de nuevo en el mismo local, esta vez estaba repleto de parejas. No recuerdo quién me acompañaba pero me llevaba delante de él recorriendo el local hasta detenernos en uno de los cuartos privados que permanecía con la puerta entreabierta. Dentro un hermoso cuerpo femenino retozaba.

No fui yo quien se dio cuenta, sino ella la que me reconoció. Pero no dijo nada al principio, se limitó a invitarme a compartir su degustación masculina. Y cuando hubimos terminado lo confesó en mi oído. Me hizo recordar aquel otro día y las veces que desde entonces había querido llamarla. No tuve tiempo de mucha charla y esta vez fui yo la que le dejé mi número.

 Pocos días después  conocí su casa y desde entonces nos hemos hecho compañeras de juegos prohibidos.

Un comentario para “Alexa, compañera de juegos prohibidos”

  • Muchas veces me he imaginado contigo en un local de intercambio. Aunque, siendo sinceros, me gusta más la idea de tenerte en ocasiones sólo para mí.

    Disfrutar tanto como lo hiciste y lo haces tú con Alexa. Besos, hermosa.

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.