14/06/2012

Os presento a este bellezón.
Noto ciertas miradas de envidia y hacéis bien, porque Wanda es mi amante.
Puede que un día os la preste.
31/05/2012
Mi relación con el teléfono es de amor y de odio. Le dedico horas diarias y oigo todo tipo de fantasías. Así que cuando me dijo la primera vez, una voz masculina, que ellos eran una pareja que vivía en el Sur de España, que me habían leído y su morbo era conocerme, me sonó a trola. No le presté mucha atención y le pedí que me llamara cuando estuviera con ella.
Y así lo hizo. Desde hace unos meses nos hemos escrito alguna vez y hemos intercambiado alguna llamada, incluso he visto una foto de su rostro, velado pero con una ardorosa mirada. Ellos no han compartido nunca lecho y ensueñan con meterme a mí. A ella no le gustan especialmente las mujeres pero estoy presente en sus fantasías cuando retozan juntos.
Llevaba dos días de intenso trabajo y me derramé en el sofá. Nos disponíamos a pasar una plácida tarde de Domingo solos en casa, cuando sonó el teléfono y era ella. Me gusta su voz aterciopelada, es como imagino su piel. Me dio una buena noticia, a no mucho tardar tendrán que viajar a la capital y es posible que hicieran un pequeño hueco para que nos viéramos.
Pero no, la posibilidad de conocernos y tomar sólo un café no me bastaba. Quería verla donde pudiera besarla, quería desnudarla despacio y recorrerla. Y empecé a describirle todo lo que deseaba hacer con ella. Me encontré a mí misma con una mano dentro de mis braguitas y la respiración acelerada. Mi marido no daba crédito a lo que veía e iba un paso por delante de mí quitándose ropa. Al otro lado del teléfono ella hacía lo mismo.
Cogí lo primero que vieron mis ojos de tamaño moderado, un tubo de cristal con un puro dentro. Me serviría de consolador. Mientras con la palma de la mano describía círculos y me apretaba, con los dedos jugaba con aquel dildo improvisado, chapoteando e introduciéndolo despacio.
Entonces ella comenzó a cabalgar a su hombre y a gemir y dar gritos de placer. Era imposible no imitarla y sin despegarme del teléfono le pedí que continuara él dándome placer. Me decía como me deseaba, las ganas que tenía de comerme la boca y después seguir con todo mi cuerpo, como quería compartir a su macho conmigo y que nos montara a las dos y que compartiéramos su leche. La intensidad de los jadeos subía progresivamente y nuestras lenguas estaban desatadas.
Nos corrimos las dos, sin ninguna moderación, con profusión de gritos y exclamaciones.
Entonces le dije que ahora le tocaba complacer a mi marido y le pasé el teléfono. No escuchaba sus palabras pero no me hacía falta. Le fue llevando poco a poco, incrementando la intensidad, haciéndole gritar de insoportable deseo. Hasta que nos precipitamos en un orgasmo común y salvaje. Caímos jadeantes.
Apenas sin aliento nos despedimos. Fue toda una experiencia, sexo en directo al teléfono. Real, apasionado, imprevisto.
Seguro que vienen y seguro que tomaremos café pero seguro que será acompañado de bollos.
20/05/2012
Me llamó ayer. Era la relaciones públicas de un club. Me planteó la posibilidad de ir al día siguiente por la tarde, habría un espectáculo, mucha animación y necesitarían refuerzos para contentar a todos los caballeros asistentes. Si lo requería, me enviaría un chofer. La invitación era extensiva a mi amiga Lucía Cruz.
Por el momento iba a pensármelo.
Conocer el sitio, ver chicas, sumergirme en el ambiente de club, podíamos pasar una tarde muy divertida. Después de colgar el teléfono, me sumergí en la vorágine del día y no volví a pensar en ello. Así que me pillo de improviso la nueva llamada de esta mañana. No tenía ningún plan concreto para por la tarde y le pregunté si podíamos ir las dos y que nos acompañaría mi marido. Disimuló muy bien su sorpresa, dijo un “por supuesto” jovial y quedamos en vernos unas horas más tarde.
Él no se sorprendió, muy bien me conoce. Pero ella se puso como un flan. No se esperaba nada así. Sería la primera vez que iba a conocer a profesionales de las de verdad, no como mis amigas y yo, profesionales de las de trabajo a destajo, clubs de carretera y lo que haga falta. Nada sabíamos sobre la concreción de lo que allí encontraríamos pero podía suponer por donde andaría la cosa. Metimos en una bolsa de viaje cuatro cosas y con los vaqueros y la cara lavada nos plantamos allí.
Todo estaba nuevo y relimpio, el club por un lado, el hotel por otro. En las plantas inferiores, las habitaciones de las chicas y las superiores para ocuparlas con los clientes. La recepción con sus sábanas limpias de a 3 higiénicos euros. Un letrero en la puerta con los horarios de las comidas. Y media docena de señores en camiseta que iban y venían de un lado a otro llevando cosas, portando herramienta, transportando vituallas. Parece que poco tiempo hacía que había sido inaugurado.
Con una habitación para cada chica, aquello tenía pinta de ser confortable. Abrimos la bolsa y nos preparamos. Lucía se sentía más cómoda con su vestido favorito, uno de cuadros, muy cuco, de tirantes, sus braguitas de algodón y una coleta bien alta; en cualquier caso una imagen muy poco frecuente en estos lares. Yo sería más clásica, corsé, encajes, ligueros, plumas, negro y oro, tacón de aguja, melena suelta. La imagen de las rameras de otro siglo rondaba mi imaginación al elegir la ropa.
Cerramos la puerta detrás y recorrimos un infinito pasillo hasta que la música pachanguera nos envolvió. Abrimos las cortinas y penetramos en la penumbra. María nos mostró las instalaciones mientras nos amenizaba con chascarrillos, muy animada, aquí el comedor, aquí el “chupa-rapit”, por aquí a las habitaciones. Las copas, los precios, el esquema común.
Lucía no podía cerrar la boca. Seguía trémula y sonreía con una mezcla de inocencia y picardía.
Fue ella la primera que detectó aquel tremendo trasero. Dos grupos de chicas bien diferenciados nos miraban de reojo. Primero simplemente nos quedamos en la barra. Mientras comentábamos la jugada, yo me iba fijando en aquellas mujeres. Ahora eran todo sonrisas entre ellas, dentro de un rato, cuando fueran apareciendo los hombres, se desmembrarían por parejas e iniciarían la guerra.
Al rato de estar sentadita en la barra, María me regaló un rato de cháchara. No me pude sustraer y le pregunté si ella también trabajaba. Dando gracias a Dios por haber dejado este trabajo me dijo que no, que había conseguido cerrar esa etapa de su vida. Ella había montado una casa muy bonita, con un montón de chicas, para ganar mucho dinero pero ya no había aguantado más. Pensaba que era un trabajo asqueroso. Y comentó más sobre la repulsión que le daba que le pidieran un dúplex y otra serie de lindezas. Antes de que tuviera que irse, le dije que esperaba que no les hablara así a todas las chicas porque más bien parecía una forma de desanimarlas. Me miró como si yo fuera un marciano, cualquier posibilidad de ver la prostitución como algo gustoso era para ella, simplemente, inconcebible. Me quedé apoyada en la barra con un vaso de agua delante, contemplando el panorama.
Resultaba incómodo estar allí siendo observada, así que tomé la iniciativa y me acerqué al grupo más nutrido. Me presenté, todas me dieron dos besos y dejaron que mi mano se posara, una tras otra, en su cintura. Dominicanas de edades diversas. La más joven, rondaba los 25, con un precioso cuerpo estilizado y rasgos con pinceladas orientales.
De la mayor, nadie diría que pasaba de los cuarenta, con una sonrisa entregada y manos pequeñas. Una mulata de trenzas largas con un escote como para perderse en él y labios carnosos. Con su bonito cuerpo, aquella rubia mostraba cansancio sólo en los ojos. Leona de melena negra al viento, ojos negros, piel tostada y un vestido que no disimulaba sus curvas.
Todas hablaban de sus familias, de cuántos hijos y cómo, de cocina, cualquier cosa para matar el tedio. La una estaba casada y le decía al marido que cuidaba unos niños trabajando como interna; otra volvía todos los días a casa para estar con su familia; una quería ahorrar para mandarle dinero a su madre que estaba allá, en su país. Salieron varios temas curiosos, una de ellas mencionó el griego y, salvo una que alguna vez lo había hecho y que le dolía, todas decían que eso no se hace con un cliente. Les pregunté si alguna de las chicas del local le gustaban las mujeres. Todas se reían, claro que sí, todas podrían subir con un cliente, “mientras me lo haga a mí y yo no tenga que hacer nada”. Pero al decir que no, que no preguntaba por un show sino por algo real, con sexo de verdad, dijeron que no, pusieron cara de asco y me preguntaron si yo no sería tortillera. Me reía a carcajadas.
Les presenté a Lucía. Todas se admiraban de su tierna edad, decían que les recordaba a sus hijas. Todas le preguntaban qué hacía allí.
Dejé que ella se valiera por sí misma y me acerqué primero a las colombianas y después a las rumanas. Lo que no podía suponer es que, en mi ausencia se la iban a llevar a un aparte. Como gallinas cluecas corrieron a un supuesto socorro. La premisa que todas esgrimieron es que yo era su madam y que la extorsionaba. Ninguna quiso oír como mi pupila se defendía y afirmaba estar ahí de forma voluntaria. Pero cuando dejaron de creerla fue cuando dijo que le gustaba el sexo y la prostitución. ESO NO es admisible. Se puede ser puta, pero hay que ser decente y NO puedes disfrutar con ESO.
La escusa estaba servida. Y las gatas afilaron sus colmillos. En algún momento entrarían clientes y nosotras seríamos una competencia dura. Dos españolas guapas, de buen tipo, muy pícaras, provocando la lascivia de los hombres con nuestros besos.
No era la primera vez que me encontraba con éste tipo de envidias femeninas. Durante los días que pasé en otro club tuve que aguantarme cuando el encargado me llamó al orden porque vestía con poca decencia. Era la que más ropa llevaba puesta de las doscientas chicas del local.
Ningún caballero nos había honrado con su presencia hasta el momento de la cena. Pasamos en el primer turno, con los nervios ambas habíamos dejado el yantar para otro momento y ahora necesitábamos reponernos.
Había cambiado la actitud de la relaciones. Me acerqué a una de las mulatas para hacerle un comentario, nada de importancia. Ella se interpuso y dijo que no, que con sus chicas no. No entendía muy bien a qué se refería pero empezaba a sospechar. Si las fijas del lugar iban con el cuento a la encargada, nadie se pondría de nuestra parte. Para la propiedad sería más importante tener a las chicas que allí se alojan contentas, al fin y al cabo son ellas las que sostienen el negocio.
Fue extraño, todas habían desaparecido. El primer cliente y nadie las avisó para que fueran al salón. Lucía se escondía detrás de mí. Le susurré “¡venga! ¡Gánate el pan!” pero salvo acercase un poco, colocarse entre los dos, nada más ocurrió. Me reí, le pedí disculpas al cliente, era su primera vez allí y era muy tímida.
Luego entraron dos más y después otros dos. Lucía se estaba animando. Comencé a besarla, como mi amante, como a mi novia y ella aflojó los miembros, relajó el talle y me miró sonriente.
Y estábamos terminando de cerrar el trato antes de subir con ellos. Al otro lado de la barra la encargada, muy seria, hablaba con mi marido. Intuí lo que pasaba y ambas, cogidas de la mano, salimos de la sala sin despedirnos de nadie.
Lo habían conseguido, dos lobas menos para repartir la carnaza.
09/05/2012
Esa misma noche lo escribí y he dudado mucho tiempo si compartir algo tan íntimo o no. Hoy me he decidido.
Después de veintitantos años apareció un recuerdo en mi mente. Era un recuerdo infantil.
Mi madre no estaba, mi hermano, 5 años mayor que yo estaba en su cuarto, yo, una niña de unos 10 años estaba en el mio. Él me llamo, me dijo que pasara. Le encontré tumbado en su cama desnudo y acariciándose.
No me sorprendí, solo sentía curiosidad por esa parte de su anatomía que nunca había visto.
Con la mano agarraba su miembro erecto y hacia movimientos de subida y bajada. Yo no podía despegar los ojos aturdida por ese vaivén. Me dijo que trajera la mano y tímidamente la fui acercando hasta que el me la agarro colocándola encima de “aquello”. Mi sorpresa fue en aumento porque su tacto era suave y tenía consistencia.
Mi hermano me pidió que moviera mi mano, primero me dirigió con la suya y cuando lo creyó oportuno me dejo hacerlo sola. Seguía admirada, lo que tenía entre mis dedos hacia que mi hermano se retorciera de gusto, que gimiera, jamás había oído tal cosa. Así que fui una buena chica y continúe haciendo lo que me pedía con una entrega total hasta que, de repente, su mano cogió con fuerza la mía y acelero el ritmo. Lo que sentí a continuación es indescriptible, unos chorros comenzaron a salir con violencia regando todo su torso mientras sus gemidos se intensificaban y su rostro denotaba un placer excelso. No sabia muy bien lo que había pasado pero me encontré mojando mis dedos en ese liquido viscoso y llevándomelos a la boca. Sabia bien.
Sé que no fue la única vez, una nebulosa rodea el recuerdo de otras sensaciones, el contacto de su mano en mi sexo, otras caricias.
Lejos de inquietarme este recuerdo despertó en mí un deseo morboso de buscar relatos, videos o lo que fuera sobre incestos, algo que estimulara mi imaginación. Me daba un poco de apuro contarle todo esto a mi marido, desde luego no quería hacerlo a palo seco. Así que empecé a fantasear mientras estábamos en la cama y no me costó mucho picarle con la curiosidad de los videos. Fue el quien consiguió material para solazarnos viendo hermanas primero y luego hermanos; nos poníamos como motos y nos entregábamos a la lujuria pensando barbaridades.
Un día me reconocí a mi misma que deseaba a mi hermano. Di un paso mas, le dije a mi marido que no solo le deseaba sino que quería ponerlo en practica: estaba loca por acostarme con mi hermano. Vi como se alteraba, su respiración se hizo mas intensa y me dijo que el también lo deseaba, que no entendía por que pero le ponia fatal pensar que me fuera a tirar a mi hermano.
Buscamos la ocasión para coincidir con los niños un fin de semana en casa de mi madre, no era muy difícil en semanas alternas, ya sabemos como va para los padres separados. Los peques en una habitación y en la otra dos adultos. Nos las ingeniamos para que, de forma natural, tuviéramos que dormir mi hermano y yo juntos mientras mi marido se preparaba su cubil en el salón.
Estaba realmente nerviosa, me parecía irreal que fuéramos a intentar semejante cosa. Mi principal miedo era el rechazo, que se escandalizara. Pero bueno, al fin y al cabo ya había existido antecedentes, lo máximo que ocurriría podría ser una negativa cariñosa, o eso pensaba yo.
Llego el momento de irse a dormir. Mi hermano se metió en la cama y me dio las buenas noches. Entonces yo me aproxime a su cama, le dije que me hiciera un sitio y me senté muy pegadita a su cuerpo. Retire las sabanas un poco, lo suficiente para dejar al descubierto sus hombros y comencé a acariciarle con toda la intención de que era capaz, desde los codos hasta la nuca. Tumbado boca abajo, ni se movió. Dijo que estaba muy roto y quería dormir. Esta era mi oportunidad, moví mi mano hacia la parte baja de su espalda mientras le preguntaba si no tendría un rato para mi, que su hermana estaba juguetona y quería hacerle una propuesta deshonesta.
Quiso no entender pero mi mano ya le agarraba el culo y le espete si nunca se le había pasado por la imaginación tirarse a su hermana. Por supuesto dijo que no. Entonces yo le confesé que yo si, que lo había deseado muchas veces. Fueron las palabras clave. Atrapo mi cuerpo introduciéndolo en su cama y comenzó a besarme como si fuera mi amante. Mi camisón voló por los aires. Algo animal se desato en mi, me coloque encima de el y me puse a besarle, acariciarle, a frotarme contra su cuerpo con pasión adolescente. Le sentía duro pegado a mi cuerpo y ya estaba yo impaciente por metérmela cuando me aparto un poco, quería meter su cabeza entre mis piernas. Yo hice lo mismo. Agarre su polla con ansia y empecé a comérmela disfrutando de cada movimiento y sin dejar de prestar atención al trabajito meticuloso que me estaba haciendo el. Ahora recuerdo que alguna vez mi cuñada me había dicho que era un buen amante.
Me tenía como loca, estaba deseando sentir su peso sobre mi. Deje de chupársela y me tumbe boca arriba, le dije “fóllame, por favor”. Lo estábamos deseando. Fueron dos empujones, primero solo el capullo, con el siguiente la metió entera. ¡Y yo sin poder gritar! Comenzó a moverse y lo hacia exactamente como a mi me gusta. Le abrazaba con las piernas mientras no dejaba de acariciarle.
Me pidió un poco de relax, estaba a punto de correrse y como el bien dijo, uno no folla todos los días con su hermano. Me alzo las piernas para dejar a su disposición mi coñito y mi culo y se puso a comerlos con entusiasmo. Yo estaba disfrutándolo pero no soportaba ni un instante más la lejanía de su miembro. Le pedí entonces que continuara con lo que estaba fallándome, que deseaba correrme. Ahora no bajo el ritmo, yo subía el culo, pegaba la cadera para poder sentirle más y la movía sin parar.
Entonces fue la explosión, los dos a un tiempo nos fundimos en un placer infinito. Y al ir recobrando la conciencia de nuestro cuerpo, seguimos buscando el contacto del otro.
Estuvimos un rato acariciándonos. Entonces le volví a preguntar si realmente nunca había deseado tirarse a su hermanita y esta vez confeso que si, que alguna vez esa idea había aparecido en su cabeza pero había sido rechazada. Entonces le conté dos pinceladas de mi recuerdo y se sorprendió, en su cabeza no había nada parecido, su mente había borrado cualquier situación delicada conmigo.
Quise entonces dejar abierta la posibilidad de que volviera a ocurrir y dándole un beso le pregunte al oído cuando volvería a llevar los niños a casa de la abuela.
Baje corriendo a refugiarme en brazos de mi hombre. Se lo conté minuciosamente dejando al final que comprobara lo que me había dejado mi hermano y que ahora mojaba mi entrepierna.
Seguro que no soy la única que vive estas experiencias. ¿Queréis compartirlo conmigo?
30/04/2012
El sitio más común de una cita es un apartamento. En eso estamos todos de acuerdo.
Pero a partir de ahí el límite es la imaginación y tu placer. Quiero compartir con vosotros alguna de las situaciones morbosas para todos los gustos.
Él sólo busca el exhibicionismo. Escondido detrás de un árbol espía cómo me quito la ropa en un parque público, a plena luz del día. Sé que me sigue mientras camino desnuda y disfruta viéndome sentarme en cualquier banco. Me acaricio para él y para los pocos curiosos que se atreven a quedarse mirando. Recuerdo al de la bici, casi tiene un accidente por mi culpa.
La palma se la lleva un caballero que tenía la fantasía de engañar a su mujer en su propio lecho, sin que ella lo supiera pero mientras que la susodicha durmiera en el mismo emplazamiento. Aquel día llegué a temer por mi vida imaginando la reacción de una mujer que descubre a su marido con otra a centímetros de su piel. Todos los movimientos fueron medidos, las respiraciones silenciadas. Y la intensidad fue tal que dudo que entre sus sueños no se colaran imágenes que hicieran para ella también aquella noche inolvidable.
Cuando vamos a clubs de parejas liberales puede ocurrir cualquier cosa. El día dependerá de quién se encuentre en ese momento allí. Puede que justo esa tarde haya partido y sólo cuatro despistados hayamos entrado. Y, al contrario de lo que suele pensar la gente, ese día de poca compañía es, precisamente, el día en que se organiza una fiesta tremenda.
Me acerco siempre a ellas y sus reacciones son tan variadas como tipos de mujer.
Siento un especial placer cuando ellas, algo pudorosas, retiran mi mano y dicen que no pero entonces sus acompañantes me piden que siga y la retienen para que no se vaya. Alguna mantiene todo el tiempo sus reticencias. Un cierto forcejeo cuando separo sus muslos sólo me estimula para que la disfrute como fruta prohibida. Lo tremendo entonces es observar el momento en que aquella fuerza desaparece y deja paso al total abandono. Son ellas las más escandalosas y siempre mis preferidas.
Jugar por debajo de un mantel es algo casi imposible a día de hoy. Son pocos los restaurantes que mantienen en sus mesas una tela que vele al resto de comensales la falta de recato que mostramos. Más fácil entonces que sus servicios sean los que sirvan para el fugaz encuentro. Y más difícil evitar cruzarse con alguno que se ha percatado del juego y mira con ojos deseosos.
Todo vale en el amor y en la guerra.
27/03/2012
14/03/2012
Esta vez no fue idea mía. Pocos días antes estábamos los tres comiendo. Conversación distendida entre un matrimonio y el amante de ella. Nos estaba hablando de su trabajo y de cómo tendría que viajar próximamente él sólo y lo poco que le atraía la idea.
Entonces lanzó la pregunta “¿te vienes conmigo, María? La primera respuesta, acompañada de risas, fue no. Pero insistió y le dijo a mi marido lo bien que me vendrían dos días de vacaciones bajo el sol del Mediterráneo. Para mi sorpresa ahora eran los dos los que preguntaban por qué no. De acuerdo, accedería con una condición: Poner anuncios en la ciudad de destino para trabajar de puta lo que fuera menester.
Tres días después cogíamos un avión para Palma de Mallorca.
La perspectiva era estupenda, 48 horas dedicada a retozar con mi amante, teniendo a mi marido controlado en casa y rabioso de celos. Alguna posibilidad de ver algún cliente también tendría pero no confiaba mucho en ello.
Aeropuerto, coche de alquiler y hotel. Media hora después ya estábamos llagando a la playa cuando recibí la primera llamada. El mar tendría que esperar y con él mi acompañante.
Lo que prometía ser una tranquila mañana de relax fue transformándose en una intensa jornada en la que, uno tras otro fueron llamándome y apareciendo en la habitación diferentes hombres. Alemán el primero y ruso el segundo. Ambos con cuerpos envidiables, rubios, altos, jóvenes, de planta estupenda y perfecto español. Ahora se me entremezclan sus imágenes, apasionados besos, abrazos, caricias. El sudor recorriendo su espalda, los músculos relajados tumbado en la cama. Apuraron su tiempo.
Ya había pasado la hora de comer y el color rojizo amenazaba con aparecer en sus brazos cuando le recogí. En una terraza repusimos fuerzas mientras no paraban de pedirme información al otro lado del teléfono. Y con la cuenta llegó la llamada estrella.
Varios mensajes me había mandado desde que se enteró de mi viaje pero nunca acabé de tomarlo en serio. Para mi sorpresa ella saldría del trabajo en unos minutos y en media hora se acercaría al hotel con el encargo de llevarme no sé que papeles. Dentro del bolso llevaba un sobre para mí. Era su fantasía, estar a solas con otra mujer y sería su marido quien se lo regalara.
Estaba todo preparado cuando llamó a la puerta. De mi estatura, delgada, temblaba como una hoja. Deseaba primero una ducha relajante, se desvistió solita y ya estaba dentro cuando llegué yo. No retiró su boca. Despacio fue entregándose a mis besos, abriendo sus labios, dándome su lengua. Llené mis manos de jabón, le di la vuelta y empecé por sus hombros, el cuello, acariciaba con mis manos resbaladizas, deslizándolas hasta sus dedos, tocando cada centímetro de su piel.
Apretaba mi torso contra el suyo, lamía su cuello, le susurraba en la oreja. Sus pechos me entretuvieron, pequeños, firmes, sensibles. Un movimiento circular, una presión intensificada, mis labios aplicados en sus pezones, duros, oscuros, irresistibles.
Las piernas bien torneadas, un deleite para masajear y recorrer hasta sus pies. Y volver a subir haciendo espuma entre mis dedos hasta ponerme de nuevo a su altura.
Ahora deseaba algo más de ella. Cerré la llave, le abracé con una toalla y la conduje hasta el lecho.
Tumbada con los ojos entrecerrados esperaba mi contacto. La cubrí con mi cuerpo y comencé a besarla. Primero en su boca, despacio, regodeándome. Y después fui bajando entreteniéndome para no dejar nada sin catar.
Así llegué a su entrepierna. Le separé un poco más los muslos. Un coño de los que ya no se encuentran, con todo su pelo rubiejo, unos labios menores sonrosados y recogidos, una preciosidad. Asomaban unos hilitos transparentes; no pude resistirme y apliqué mi boca. Realmente delicioso.
Me apliqué en seguir el ritmo de sus caderas, en buscar su placer con mis dedos y mi lengua. Fue agitándose cada vez más y, cuando ya estaba apunto de caramelo se incorporó. No quería correrse tan rápido, prefería la tortura de esperar un poco más y deseaba hacerme aquello mismo a mí. Me puse cómoda. Era la primera vez que ella probaba a otra y lo hizo con toda la dedicación posible hasta volverme loca. Y me dio su boca con sabor a mí y rodamos por la cama hasta colocarme encima, con mis piernas ahorquilladas entre las suyas. Y de esta manera comenzamos a movernos, a buscar la una contra la otra nuestro propio placer. Hasta terminar rendidas, tumbadas, jadeantes.
Luego, más relajadas nos hicimos unas fotos para mandarle a su pareja que debió de quedar al borde del infarto.
Luego no hubo ni playa ni turismo, sólo amorosos clientes que desfilaron por la habitación. Fueron tantas las horas que mi amante estuvo en el bar del hotel (el periódico, un partido y luego otro, la cena) que la recepcionista le preguntó si estábamos enfadados. Entonces le pedí que subiera, a partir de ese momento sólo aceptaría salidas para dejarle descansar.
Me vino a recoger con la idea de pasar unas horas juntos y de llevarme a cenar. Pero cuando me subí en el coche y nos dirigíamos al restaurante me dijo que él no tenía hambre. Así que me paseó un poco por la ciudad y tomamos algo. Claro que no le dije que mi cuerpo pedía algo consistente para compensar las horas gimnásticas pasadas. De regreso, me conformé con una manzana del.
Tampoco hubo comida al día siguiente, ni playa, ni turismo, mi teléfono echaba humo. Pero resultaba imposible poder complacer los deseos de todos. Mi tiempo en la isla fue limitado.
En algún momento de la tarde tuve que dejar libre la habitación. Así que el último de mis encuentros sería en los servicios del aeropuerto, pocos minutos antes de mi embarque de regreso.
Ha sido un viaje intenso y placentero y debo agradecer a los palmesanos las horas de placer que me han brindado. Y también a mi amante y a mi marido por consentirme todo este vicio.
29/02/2012
15/02/2012
Hace unos años que me lo contó.
Estábamos en su casa, con un cafecito delante y quiso compartir conmigo su mayor fantasía, aquella recurrente, que tenía desde niña y que deseaba que algún día se cumpliera. Lo hizo con todo lujo de detalles. Estoy segura de que era consciente del estado de alteración que creaba en mí. Se regodeaba, cerraba los ojos. Ese día decidí que se lo regalaría.
Estaba sola en casa y lo estaría por todo el día. Me esperaba a comer.
Una hora antes de lo previsto llamaron a la puerta. Un hombre vestido con mono de trabajo, subido el cuello y con una gorrilla bien calada le dijo que era de los de la obra de la urbanización, que sus vecinos no estaban y si no le importaba que pasara al servicio. Cerró la puerta tras de sí y bajó las escaleras que conducían al salón. En ese momento unas manos le aferraron fuertemente por la espalda, tapándole la boca, sujetando su cuerpo. Al oído le dijo que tenía que ser buena chica, que nada malo le pasaría, sólo quería pasárselo bien.
Ella se revolvió, intentó zafarse y gritar. Entonces la derribó en el sofá, ató sus manos en la espalda, tapó su boca, prometiéndola que la destaparía cuando ella quisiera, cuando se portara bien y le vendó los ojos. Le susurró “no te muevas, ahora vengo” y fue a abrirnos la puerta. Sigilosamente entramos. Me coloqué enfrente de ella, con la seguridad de que no sabía que era yo la que la contemplaba. Los dos hombres se desnudaron.
Yacía inmóvil, sólo agitada por su fuerte respiración. Cuando sintió que eran cuatro las manos que comenzaban a recorrerla, un grito se ahogó en su boca, el sobresalto la estremeció. Y la única voz que oiría durante todo el tiempo le reiteró que no le pasaría nada, sólo tenía que relajarse.
Fueron quitándole la ropa, con manos temblorosas, regodeándose en la contemplación de un cuerpo abandonado. Le quitarían también la mordaza y recolocaron las manos delante.
Comenzaron a besarla, por todo el cuerpo, se le entrecortaba la respiración. El cuello, sus preciosos pechos, los muslos, la boca. El primer beso lo rechazó, apartó la cabeza con brusquedad pero el chico insistió y ella primero aflojó el gesto y después le devolvió los besos.
Entre tanto mi marido acariciaba su vientre, abría sus piernas y dejaba el campo expedito para aplicar su boca. En unos minutos ella acompañaba aquella lengua anónima con el ritmo de sus caderas y leves gemidos se le escapaban. No resistí más. Me acerqué despacio y apliqué mis labios en aquel pezón enhiesto que me llamaba desde que lo había visto descubierto.
Se sobresaltó de nuevo, no esperaba que hubiera nadie más en la habitación, pero nada dijo y con sus manos juntas agarró la cabeza del que tenía entre las piernas dándole el ritmo y presión deseada. No tardó en acelerarse en comenzar aumentar la intensidad de sus gemidos, a subir la cadera, a tensarse y aquellos “¡Sí,Sí!” repetidos, …
Su orgasmo no nos dejó indiferente. El primer desconocido acercó su miembro a la boca y ella comenzó a besarlo y chuparlo con pasión.
Yo me subí encima, cubrí su cuerpo con el mío para darme gusto, frotando mi coño contra el suyo hasta satisfacerme. Entonces le abrí paso a mi hombre, para que esta vez fuera él quien la poseyera. Fui yo quien la embocó, despacio, muy despacio se fue deslizando, perdiéndose en la humedad que la recubría, hasta que la tuvo llena, ensartada. Le subió un poco las piernas y comenzó a montarla a su ritmo, regodeándose en cada movimiento.
La intensidad era insoportable, estaba a punto de correrse, así que la sacó casi completa y así, desde la entrada la inundó con su leche. En el instante en que se separó metí corriendo mi boca, no quería desperdiciar ni una gota de ese nutricio líquido.
Con la lengua fui sacando todo lo que pude, gustándolo y fui a besarla. Su reacción me sorprendió pues lejos de hacer un gesto de extrañeza, se volvió loca comiéndome los morros, chupando hasta la última gota de semen que caía por mis comisuras.
No dejé de besarla mientras que el otro le daba la vuelta, colocándola como una perrita. Y seguí besándola mientras le comía el culito para preparárselo.
Daba grititos cuando comenzó a penetrarla y se intensificaron cuando consiguió meterla entera. Se oían los choques de sus caderas pero sus labios seguían aplicados a los míos. Hasta que el orgasmo de ambos llegó a la par y sus voces sus unieron en exclamaciones de placer.
Tumbada, derrotada, ya serena, le retiré la venda. Me llamó de todo entre risas. Y así desnuda nos ofreció algo de beber, como si allí no hubiera pasado nada.
Ahora la miro y no puedo borrar de mi retina la imagen de su cuerpo retorciéndose de placer. Oigo su voz y recuerdo sus exclamaciones. La huelo y reconozco el olor de su sexo. Es lo más parecido a estar encoñada. Me excita la idea de verla, aunque sea delante de una taza de café.
02/02/2012
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