Alberto Alcocer 43, Clara del Rey 39, Princesa 3 dupl… El Pardo bajo las estrellas (III)

El sitio más común de una cita es un apartamento. En eso estamos todos de acuerdo.

Pero a partir de ahí el límite es la imaginación y tu placer. Quiero compartir con vosotros alguna de las situaciones morbosas para todos los gustos.

Él sólo busca el exhibicionismo. Escondido detrás de un árbol espía cómo me quito la ropa en un parque público, a plena luz del día. Sé que me sigue mientras camino desnuda y disfruta viéndome sentarme en cualquier banco. Me acaricio para él y para los pocos curiosos que se atreven a quedarse mirando. Recuerdo al de la bici, casi tiene un accidente por mi culpa.

La palma se la lleva un caballero que tenía la fantasía de engañar a su mujer en su propio lecho, sin que ella lo supiera pero mientras que la susodicha durmiera en el mismo emplazamiento. Aquel día llegué a temer por mi vida imaginando la reacción de una mujer que descubre a su marido con otra a centímetros de su piel. Todos los movimientos fueron medidos, las respiraciones silenciadas. Y la intensidad fue tal que dudo que entre sus sueños no se colaran imágenes que hicieran para ella también aquella noche inolvidable.

Cuando vamos a clubs de parejas liberales puede ocurrir cualquier cosa. El día dependerá de quién se encuentre en ese momento allí. Puede que justo esa tarde haya partido y sólo cuatro despistados hayamos entrado. Y, al contrario de lo que suele pensar la gente, ese día de poca compañía es, precisamente, el día en que se organiza una fiesta tremenda.
Me acerco siempre a ellas y sus reacciones son tan variadas como tipos de mujer.

Siento un especial placer cuando ellas, algo pudorosas, retiran mi mano y dicen que no pero entonces sus acompañantes me piden que siga y la retienen para que no se vaya. Alguna mantiene todo el tiempo sus reticencias. Un cierto forcejeo cuando separo sus muslos sólo me estimula para que la disfrute como fruta prohibida. Lo tremendo entonces es observar el momento en que aquella fuerza desaparece y deja paso al total abandono. Son ellas las más escandalosas y siempre mis preferidas.

Jugar por debajo de un mantel es algo casi imposible a día de hoy. Son pocos los restaurantes que mantienen en sus mesas una tela que vele al resto de comensales la falta de recato que mostramos. Más fácil entonces que sus servicios sean los que sirvan para el fugaz encuentro. Y más difícil evitar cruzarse con alguno que se ha percatado del juego y mira con ojos deseosos.

Todo vale en el amor y en la guerra.

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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