Y los sueños, sueños son

Hace unos años que me lo contó.

Estábamos en su casa, con un cafecito delante y quiso compartir conmigo su mayor fantasía, aquella recurrente, que tenía desde niña y que deseaba que algún día se cumpliera. Lo hizo con todo lujo de detalles. Estoy segura de que era consciente del estado de alteración que creaba en mí. Se regodeaba, cerraba los ojos. Ese día decidí que se lo regalaría.

Estaba sola en casa y lo estaría por todo el día. Me esperaba a comer.

Una hora antes de lo previsto llamaron a la puerta. Un hombre vestido con mono de trabajo, subido el cuello y con una gorrilla bien calada le dijo que era de los de la obra de la urbanización, que sus vecinos no estaban y si no le importaba que pasara al servicio. Cerró la puerta tras de sí y bajó las escaleras que conducían al salón. En ese momento unas manos le aferraron fuertemente por la espalda, tapándole la boca, sujetando  su cuerpo. Al oído le dijo que tenía que ser buena chica, que nada malo le pasaría, sólo quería pasárselo bien.

Ella se revolvió, intentó zafarse y gritar. Entonces la derribó en el sofá, ató sus manos en la espalda, tapó su boca, prometiéndola que la destaparía cuando ella quisiera, cuando se portara bien y le vendó los ojos. Le susurró “no te muevas, ahora vengo” y fue a abrirnos la puerta. Sigilosamente entramos. Me coloqué enfrente de ella, con la seguridad de que no sabía que era yo la que la contemplaba. Los dos hombres se desnudaron.

Yacía inmóvil, sólo agitada por su fuerte respiración. Cuando sintió que eran cuatro las manos que comenzaban a recorrerla, un grito se ahogó en su boca, el sobresalto la estremeció. Y la única voz que oiría durante todo el tiempo le reiteró que no le pasaría nada, sólo tenía que relajarse.

Fueron quitándole la ropa, con manos temblorosas, regodeándose en la contemplación de un cuerpo abandonado. Le quitarían también la mordaza y recolocaron las manos delante.

Comenzaron a besarla, por todo el cuerpo, se le entrecortaba la respiración. El cuello, sus preciosos pechos, los muslos, la boca. El primer beso lo rechazó, apartó la cabeza con brusquedad pero el chico insistió y ella primero aflojó el gesto y después le devolvió los besos.

Entre tanto mi marido acariciaba su vientre, abría sus piernas y dejaba el campo expedito para aplicar su boca. En unos minutos ella acompañaba aquella lengua anónima con el ritmo de sus caderas y leves gemidos se le escapaban. No resistí más. Me acerqué despacio y apliqué mis labios en aquel pezón enhiesto que me llamaba desde que lo había visto descubierto.

Se sobresaltó de nuevo, no esperaba que hubiera nadie más en la habitación, pero nada dijo y con sus manos juntas agarró la cabeza del que tenía entre las piernas dándole el ritmo y presión deseada. No tardó en acelerarse en comenzar aumentar  la intensidad de sus gemidos, a subir la cadera, a tensarse y aquellos “¡Sí,Sí!” repetidos, …

Su orgasmo no nos dejó indiferente. El primer desconocido acercó su miembro a la boca y ella comenzó a besarlo y chuparlo con pasión.

Yo me subí encima, cubrí su cuerpo con el mío para darme gusto, frotando mi coño contra el suyo hasta satisfacerme. Entonces le abrí paso a mi hombre, para que esta vez fuera él quien la poseyera. Fui yo quien la embocó, despacio, muy despacio se fue deslizando, perdiéndose en la humedad que la recubría, hasta que la tuvo llena, ensartada. Le subió un poco las piernas y comenzó a montarla a su ritmo, regodeándose en cada movimiento.

La intensidad era insoportable, estaba a punto de correrse, así que la sacó casi completa y así, desde la entrada la inundó con su leche. En el instante en que se separó metí corriendo mi boca, no quería desperdiciar ni una gota de ese nutricio líquido.

Con la lengua fui sacando todo lo que pude, gustándolo y fui a besarla. Su reacción me sorprendió pues lejos de hacer un gesto de extrañeza, se volvió loca comiéndome los morros, chupando hasta la última gota de semen que caía por mis comisuras.

No dejé de besarla mientras que el otro le daba la vuelta, colocándola como una perrita. Y seguí besándola mientras le comía el culito para preparárselo.

Daba grititos cuando comenzó a penetrarla y se intensificaron cuando consiguió meterla entera. Se oían los choques de sus caderas pero sus labios seguían aplicados a los míos. Hasta que el orgasmo de ambos llegó a la par y sus voces sus unieron en exclamaciones de placer.

Tumbada, derrotada, ya serena, le retiré la venda. Me llamó de todo entre risas. Y así desnuda nos ofreció algo de beber, como si allí no hubiera pasado nada.

Ahora la miro y no puedo borrar de mi retina la imagen de su cuerpo retorciéndose de placer. Oigo su voz y recuerdo sus exclamaciones. La huelo y reconozco el olor de su sexo. Es lo más parecido a estar encoñada. Me excita la idea de verla, aunque sea delante de una taza de café.

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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