31/05/2011
24/05/2011
El lobo disfrazado de cordero
Cuando llamó parecía un tipo nervioso y algo cortante en su forma de expresarse. No le di mayor importancia, supuse que se le pasaría.
Alto y fornido, rondando los sesenta, daba el mismo aspecto por teléfono que en persona. Pero en seguida comenzó a comportarse de manera muy peculiar. Hablaba en un tono muy inferior al que correspondía a su volumen torácico, farfullaba y me veía obligada a pedirle que repitiera lo que decía, cada dos por tres. Ésto despertaba su hilaridad y me tildaba de estúpida por no llegar a comprenderle.
Entonces repetía las frases pero hablando si cabe más rápido, dando la sensación de boca pastosa, enredaba una palabra con otra. Claro que él debía pensar que era mi coeficiente intelectual lo que impedía colegir el significado de la maraña léxica. Y se reía, cerraba los ojos, levantaba la cabeza. Yo estaba muy intranquila, no me parecía un tipo normal. Escribí un mensaje, necesitaba saber que mi marido estaba cerca por si la cosa se ponía negra.
Sus pupilas muy dilatadas no llamaban la atención en aquella habitación en penumbra pero sí sus movimientos oculares rítmicos y los leves tics de cabeza. Y no tardó más de cinco minutos en mostrarme cuál era la causa de sus desatinos, extendiendo un polvo blanco sobre la mesilla y ofreciéndome.
Hace años que descubrí que prefería el sexo en su estado puro, sin otros matices que los aportados por la novedad del encuentro de tu piel con la de otro. Rehusé.
Se quitó la ropa mientras me acariciaba. Repentinamente parecía querer una relación normal. Y durante un rato empezaba la cosa a funcionar. Me pidió que le tocara los pezones. Así lo hice y ese fue el momento de la primera crisis.
Porque, todo el mundo sabe que existe una única forma de tocar correctamente los pezones de un hombre y pensar otra cosa es tomar el pelo, ¿no? No era mi intención discutirlo y me apliqué en colocar los pulgares hacia dentro, las palmas sin contacto, el resto de dedos hacia atrás,… Momentáneamente la fiera se aplacó, se recostó en el lecho e incluso llegó a relajarse.
Las bromas que me gastaban no solamente eran de mal gusto sino que no tenían gracia ninguna; buscaban, simplemente, mi humillación. Así que lo tomé como un ejercicio, a ver hasta dónde nos llevaba la cosa.
No me tocaba, decía que yo estaba deseosa de correrme, apunto y que era mejor para mí que no hubiera contacto. Lo repetía constantemente,” no te corras”,”contente”. Era evidente que su apreciación de lo que ocurría no se ajustaba a la realidad.
A ratos todo era perfecto y yo una mujer maravillosa; otros ratos todo era una mierda. Daba igual lo que yo hiciera, le parecía mal y, sin embargo, gustaba de tenerme una hora tras otra, de castigarme verbalmente.
Cumplía el tiempo estipulado. Me pidió un vaso de agua y cuando volví le encontré completando su atuendo. Grosero y agresivo pidió la devolución de su dinero. En ese momento todo lo que él había descargado sobre mí se me subió a la cabeza, se agitó mi sangre, se ruborizó mi piel. Cierto miedo por mi integridad física quiso hacerse un hueco en mi mente. Pero pudo más la rabia que sentía por ese maltrato inmerecido y repetido. Hice una llamada, sin duda estaba al otro lado de la línea, al otro lado de la puerta.
Se lo dije, le dije que había llamado para pedir ayuda y se rió con más ganas. Quitó importancia al incidente y se marcho, afirmando que lo hacía para que cuando regresara le tratara mejor.
A los pocos minutos volvió a llamar a la puerta. Volvió a entrar, volvió a contratar mis servicios y volvió a comportarse como un cretino bipolar. Y de nuevo, en uno de sus ataques de ira, volvió a agarrar la puerta y largarse.
No acaba aquí la cosa, al día siguiente recibí un mensaje suyo afirmando que podíamos repetir sin recordar lo que había acontecido. Se hizo tarde, muy tarde, antes tenía otros temas que atender y esperó pacientemente.
Pensé que la otra noche debía estar un poco pasado de vueltas y que aquella podía ser la oportunidad de conocerle en su estado natural y de disfrutar y desquitarnos por las horas de tortura.
Cuán equivocada estaba.
Su comportamiento fue peor, si cabe. Estoy segura de que traía una idea paranoica en la cabeza, quería algún modo de vengarse de las mujeres que mal le trataron, de las deseadas putas inalcanzables, vengarse de su madre, su esposa o de la humanidad; y repitió el mismo patrón de la anterior vez, sólo que ahora acortado, ahorrándome el trago de tener que echarle.
¿Qué cuerpo se le quedará a este hombre cuando analice su comportamiento estando sereno? Es evidente que no lo hará, las drogas sólo anestesian una conciencia ya dormida. Cuando leo las sentencias en las que el consumo de ciertas sustancias supone un atenuante me pregunto de quién es la responsabilidad de meterse algo en el cuerpo. Entonces recuerdo la obra “La venganza de Don Mendo” y ese pasaje antológico y, simplemente, sonrío:
“… ¡Serena escúchame, Magdalena,
porque no fui yo… no fui!
Fue el maldito cariñena
que se apoderó de mí.
Entre un vaso y otro vaso
el Barón las cartas dio;…”
httpv://www.youtube.com/watch?v=0pyleujxDcc
19/05/2011
Servicio express en el aeropuerto
Rara vez hago caso a mensajes como aquel: “Quiero que me ofrezcas algo morboso, divertido. Tengo poco tiempo, estaré en el aeropuerto, lo dejo en tus manos.” El firmante era un cliente bien conocido.
Un par de años atrás recibí la visita de un italiano. Rubio, alto, moreno cobrizo, de ojos azules y cuerpo escultural, vamos, recién salido de un sueño.
Resulta que estaba tranquilamente en su oficina, buscaba un tipo de té, escribió mariage en internet y allí salí yo. No pudo resistir la curiosidad, me llamó y al poco estaba delante de mí.
Con la respiración alterada me atrajo hacia sí y comenzó a besarme como si fuera la última mujer de la Tierra. Como una pareja de enamorados en un tórrido encuentro, fuimos arrojando al suelo las ropas mientras no permitíamos que nuestros labios se separaran.
Intenso, salvaje, inolvidable. No podía retirar mis manos de su cuerpo, era un placer tocarle, palpar sus músculos, seguirlos con los dedos. Me excitaba su perfección, pero no sólo eso.
Quizá lo que más me excitaba era su forma de mirarme, el deseo insaciable que destilaban sus poros, las pupilas dilatadas, los ollares distendidos cual semental presto a la monta.
Todo perfecto. Me acompasé a su ritmo, a su placer y dejé a mi lengua que vagara libremente por su cuerpo hasta llegar a su miembro turgente. Sólo unas pocas lengüetadas, no quería que se me terminara el juguete demasiado rápido.
Ansiosa, ni un minuto más de demora podría aguantar, me subí encima de él, la emboqué y lentamente me fui acomodando hasta sentirla por completo dentro de mi cuerpo.
Con movimientos cadenciosos, con el toque de firmeza justo, fui precipitando nuestro orgasmo, dejando que se aproximara lentamente. Y con los ojos cerrados, los labios húmedos y pegados a los suyos, fui transportada a otro mudo, a otra dimensión.
Difícil de olvidar y rememorado por mí en el resto de ocasiones en que nos habíamos visto.
Fui con el coche al aeropuerto. Las opciones eran varias pero lo que más le sedujo fue que le llevara a un parque cercano y luego ya veríamos.
Cuando le tuve en el coche supe que no quería esperar ni un segundo más. Arranqué y saliendo de la T4 tomé el primer desvío hacia zona civilizada. Oficinas serían pero su parking presentaba grandes claros. Simplemente paré el coche en alguna plaza y le pedí que se bajara del coche y se montar detrás.
No se lo esperaba, la imagen que tenía era la de un parquecito con sus árboles y aquello difería bastante. Pero tenía una gran ventaja, no se veía ni un alma alrededor y mis cristales estaban tintados.
Nos lo quitamos todo y procedimos como adolescentes en celo. El espacio era limitado, posibilidades de cambios de postura no teníamos, pero no lo echamos en falta.
La respiración agitada era la misma que recordaba, el temblor de su boca, el estremecimiento ante mis caricias. Ansiosa al ver desnuda su virilidad, acerqué los labios, saqué la lengua, besé, succioné, masturbé con mi boca.
Una sutil mano en mi entrepierna y una invitación a que satisficiera sus ansias de calor. En un instante me vi sentada sobre él, moviéndome para darme placer, acariciaba sus pezones, le besaba.
Procuraba centrarme en cada movimiento, sentirle en profundidad, notar cómo iba entrando despacio, resbalando por las paredes, haciendo que me empapara aún más.
Movimientos circulares, respingos de placer, agitación en fin que nos llevó más rápido de lo que pensábamos, a derramar su simiente, a llenar mi cuerpo del líquido nutricio, tibio, húmedo.
Y aún un minuto más para recoger las pequeñas contracciones que, como réplicas de un seísmo, aún me recorrían. Terminamos de vestirnos fuera del coche. El camino de regreso al aeropuerto fue bastante más relajado e incluso más corto. Se bajó con una sonrisa perfecta.
Y yo pensaba que con amigas así, uno puede recorrer todo el mundo.
04/05/2011
El túnel de lavado
Una preciosa mañana de primavera la del otro día.
Y una mortal pereza me impide realizar una tarea fácil, cotidiana para muchos hombres, absolutamente tediosa: lavar el coche. Entonces, no queda más remedio que esperar cola. Porque siempre que pasas por delante del túnel de lavado no se ve un alma pero en el instante en el que aproximas tu coche, una sed de limpieza se extiende por las manzanas adyacentes. Total, siempre hay que esperar. Y para más inri, dos fueron los coches que teníamos que adecentar. Un estupendo plan.
Solamente se me ocurre a mí presentarme para aquella tarea con un vestido primaveral, escote generoso, colores claros, luciendo piernas y pies desnudos y, cómo no, sin braguitas. Yo andaba concentrada en lo mío, pensando en mil cosas mientras sacaba todo el contenido del maletero. Abre la puerta, agáchate, coge ésto, ponlo allá.
Me entretuve más de la cuenta con el mío, así que dejé pasar un coche entremedias. Mi marido pasaría primero. Terminada la fase de recoger dejé paso a los profesionales y me fui hasta la zona de salida de los vehículos para ver si ya estaba listo el primero.
Pero allí no lo encontré. A cambio se me acercó uno de los mozos que secan los cristales, ni me había percatado de él. Sin quitar sus ojos de mi escote y tembloroso, me dijo que mi marido se había ido y se quedó plantado delante de mí, absorto en la contemplación de mi piel. Alto, de buena complexión, ojos claros, rubicundo. No podía resistirme, sólo viendo su actitud me entraron unas ganas irrefrenables de complacerle, de permitirle hozar en mi sexo y recorrer mi escote, como me contaban sus ojos que ansiaba hacer. A plena luz del día, con sus jefes y otros operarios alrededor y una fila interminable de coches para seguir limpiando, no parecía tarea fácil.
¿Y ahora qué hacemos? Fue mi respuesta mientras miraba yo alternativamente mi escote y los ojos del desconcertado muchacho. Hizo como que no entendía, tuve que repetírselo y preguntarle si no había un lugar donde pudiéramos meternos unos minutos y que no nos viera nadie. Claro que preguntó por mi marido y le dije que no estaba. Muy desconcertado, no podía disimular la tensión de sus pantalones.
Me dio las indicaciones oportunas, a la vuelta de la esquina, en el concesionario podría entrar en los servicios, limpios como para una señorita y hasta allí iría él, pero que, por favor, fuera discreta porque le conocían.
Su teléfono comunicaba mientras yo abría la puerta de cristal. Distraído, aparcado justo delante y ni siquiera me había visto entrar. Respondió al teléfono en mi último intento, justo a tiempo. Me imagino su cara al saber lo que estaba a punto de suceder. Acababa de dejarme ocupada en tareas mundanas y no podía suponer el cambio que habían dado los acontecimientos.
Nada podía hacer, no podía evitar mi devaneo y eso incrementaba sobremanera mi excitación. Deseaba sentir a ese chico, obrar con él como complaciente esclava, aliviar su tensión.
Los minutos que tardó se me hicieron eternos. Delante de la puerta de los servicios de caballeros, como león enjaulado, daba vueltas y al otro lado del teléfono, mi marido escuchaba las barbaridades que me venían a la mente.
Cuando llegó, él no sabía muy bien cómo hacerlo, así que me colé en el servicio de caballeros y le conduje hasta donde pudimos cerrar la puerta. No preguntó, no dijo ni una palabra, se limitó a abrazar mi cuerpo como si llevara años sin catar mujer, a besarme con pasión, a tocarme con manos torpes y aún temblorosas. Buscaba mi lengua con su boca, la recorría.
Mis manos se deslizaron entre sus piernas, un escalofrío le recorrió, cerró los ojos, movió la cadera. Pude abrir sus pantalones y observar la fuerza con la que se extendía ante mí el tótem del placer. Lo recogí con mis manos, quería contemplarlo, observar cada una de sus reacciones cuando mi lengua se iba deslizando por su superficie. De rodillas fui sumisa, besando su miembro, deleitándome en probar su sabor.
Cuando ya no pude más, cuando las ganas de ser penetrada me vencieron, me di media vuelta, el vestido recogido en la cintura y permití que se deslizara para tomar posesión de mi cuerpo. Despacio, muy despacio fue encajándose perfectamente. Me sentía llena por completo, notaba como palpitaba, la tensión y mi cuerpo se contraía involuntariamente para darle cabida y aceptar todo el placer posible.
No quise sentarlo. Precisamente aquella vez deseaba el contacto posterior. Miles de mujeres a lo largo de la historia han recibido así a sus hombres, han sido agarradas desprevenidas o han ofrecido sus cuerpos a los vencedores exponiéndose indefensas. Así quería yo sentirme, dominada por aquel extraño, poseída.
Apenas cinco embestidas fueron suficientes y su semen regó mi cuerpo, manando cual fuente de leche y miel. Sólo pude llegar a recoger con mis labios las últimas gotas del fluido nutricio. Le dio tiempo justo para mojar mi entrepierna, mi culito, resbalando por mis piernas, impregnándome de su olor, marcándome ante el resto de hombres.
Unos instantes después estaba ya en la calle, habrían transcurrido sólo unos minutos, nadie se habría percatado pero yo tenía todo mi cuerpo embriagado por el placer del sexo robado.
23/04/2011
23/03/2011
Aires de Ucrania, la brisa del Mar Negro
Era mi fantasía desde el principio. Pensar en un montón de chicos reunidos por una celebración reclamando a un grupo de chicas para rifárselas y pedir la vez para estar con ellas. Hasta el día de hoy todas las despedidas de solteros en las que me han contratado han adolecido de pocos participantes con el suficiente arrojo como para escamotear a la chica durante un rato.
Me llamó otra profesional. Ya habíamos trabajado puntualmente juntas. Rubia, de cuerpo generoso y acogedores pechos, me ofreció acompañarla por la noche a una fiesta privada. La idea primigenia era acudir cuatro chicas a un chalet donde, primeramente, cenaríamos con unos veinte chicos. Después de tomar fuerzas y alguna copita, parte de los participantes se marcharían y entonces comenzaría nuestro trabajo. Parecía que lo que buscaban era una orgía.
Ella ya tenía a una, también brasileña, joven de curvas prominentes y simplemente aficionada. Así que se me daba la oportunidad de ser la tercera seleccionada para el evento. Rara vez es otra la que me reclama y más aún cuando nuestros honorarios son tan dispares, a veces es un gusto tener madam. El presupuesto inicial no estaba claro, por lo visto se admitía una renegociación sobre la marcha; en todo caso era claramente insuficiente para el esfuerzo que se requería de nosotras. Por supuesto, acepté.
Una hora de coche hasta llegar al sitio elegido. Desde la calle anterior a la de destino podíamos ver un chalet plenamente iluminado y con chicos asomando por todas partes. No había posibilidad de pérdida.
Un comité de bienvenida nos aguardaba en la acera, media docena de jóvenes nos ayudaron a salir del coche. Impresionante. ¡Salían chicos de todas partes! Altos, de ojos claros, rubicundos, de cuerpos escurridos, con pocos hombros y guapetes, una buena muestra de la juventud ucraniana. Hablaban todos en otra lengua, comentaban entre ellos, mirándonos o tocándonos, era como ser ganado en el mercado de abastos. A ello contribuía también su actuar poco cariñoso, sus ademanes bruscos y el lenguaje áspero. Incertidumbre, miedo a lo desconocido. No podía evitar que una cierta inquietud recorriera mi estómago. La excitación iba en aumento.
Lo primero correspondía terminar de negociar. Cobraríamos lo acordado por chica hasta una cierta hora y a partir de ese momento se cerraba la barra libre y quien quisiera pasar con alguna, lo pagaría aparte.
Dispuesta a probar los manjares esparcidos por las mesas, me aproximé al lugar que habían ocupado ellas. Alguien, solícitamente, me sirvió un vaso de refresco y casi no pude ni mojarme los labios cuando el novio ya me estaba cogiendo la mano y reclamándome para sí.
Arriba, dos habitaciones sin luz propia, con unos jergones en el sucio suelo y la música de la fiesta ocupándolo todo. Se quitó la ropa con cierta dificultad pues el equilibrio lo debió de perder en su anterior copa. Tumbado, mostraba orgulloso lo contento que estaba de verme y reclamaba tener una demostración del buen hacer de las féminas españolas.
Era el primero de la noche, que no del día.
Mecánicos movimientos de pelvis, rápidos, con el recorrido justo para no permitir nunca que su miembro abandonara totalmente mi cuerpo. Y me pedía que reprodujese yo solita esa velocidad difícilmente alcanzable ni tan siquiera por un buen mancebo. Precisamente por lo insólito, del lugar, de la circunstancia, yo estaba muerta de gusto, jugosa y esponjada.
Al salir del cuarto me crucé en el rellano con la brasileña, acompañada de dos caballeros. Mi sorpresa no fue por el relevo que me daban en el cuarto sino comprobar que uno de los acompañantes subía para llevarme al otro camastro.
Y aún no había conseguido vestirme de nuevo cuando entró un tercero, la fila de hombres estaba desplegada por la escalera. Uno salía del cuarto, el siguiente me aferraba con fuerza desde atrás mientras se desabrochaba los pantalones y un chavalín entró para reponer pañuelos.
El chaval abrió la puerta e hizo ademán de cerrarla de nuevo, se sonrojó y dudó si aceptar mi invitación para adentrarse en el cuarto. Lo que no esperaba es que yo le echara los brazos al cuello y me agarrara a él mientras su amigo se aliviaba en mí.
En cuanto me vi liberada, le derribé en el colchón. No opuso resistencia y dejó que abusara de su cuerpo igual que los otros lo habían hecho el mío. Me serví de él, me regodeé en toda las sensaciones de esas horas y me permití gritar de placer, segura de que a ninguno le molestaría. Y no les molestó, antes bien animó a un cuarto a pasar momentos después. Yo continuaba en la misma posición, así que no lo dudó ni un instante y se colocó por detrás, inmovilizándome por completo. Los dos se movían a distinto ritmo pero nuestros orgasmos fueron sincronizados.
Uno más y otro y más aún. A las 2:45 de la madrugada detuvieron la fila dándose la vez, para permitir que me tomara un descanso.
Me pidieron una vez más que bailara para ellos. El salón estaba repleto, se iban sentando en sillas formando una herradura. Las dos habitaciones estaban ocupadas y yo libre, así que me pusieron música cualquiera e improvisé una danza. El objetivo era sólo embravecerles, que aullaran al ritmo de mis caderas mientras que uno por uno iban toqueteándome, metiendo sus zarpas dentro de mi vestido, arrancando un botón, bajando la liga, exhibiendo mi cuerpo hasta quedar plenamente desnuda ante ellos. Uno de ellos, al pasar yo por delante, me alzó en volandas y, por unos instantes temí que aprovecharan para abalanzarse sobre mí.
No ocurrió, fui depositada en una mesa y ahí continué danzando hasta que finalizó la música.
Tenía los ojos desorbitados, transida por todo aquel festival de sensaciones.
El que raptó esta vez fue el otro novio (al principio pensaba que me tomaban el pelo pero ambos se casaban con unas semanas de diferencia). Y aún me faltaban los dos cuñados, que querían compartir mujer; el que llevaba horas esperando sin conseguir acceder a mí; el sexo en el baño; los que repitieron; el tímido que casi se lo pierde;…
Pareciera que hubieran hecho una selección de cuerpos, todos bien formados, lampiños, duritos y con una particularidad que me sorprendió: todos mejoraban la media nacional española, no tanto en grosor como en longitud.
Llevaba ya tantas horas que había perdido la cuenta. Mi cuerpo comenzaba a resentirse pero no quería parar, era como el chile, lo deseaba aunque me hiciera llorar. Mi sexo estaba edematizado, empapado pero resentido. Más de la mitad había querido probar también mi culito y era tal mi estado que agradecía la alternancia permitiéndome incrementar las sensaciones y repartir el trabajo.
Amanecía ya. Sería tiempo de ir retirándonos. ¿Veinte nos dijeron? Revisando lo que habíamos hecho cada una, las cuentas no salían.
22/03/2011
21/03/2011
Cuando el morbo es la ternura
Dado que últimamente me piden el «más difícil todavía», lo más imaginativo, lo menos visto, he hecho una pequeña reflexión sobre el particular:
Llamaron insistentemente al timbre.
Nunca abro si no espero a nadie, miré por el telefonillo y me resultó familiar su cara. No tenía mi teléfono, lo había perdido, pero recordaba dónde me había visto en otra ocasión.
Tenía sesenta y pico años y llevaba más de catorce años visitando a la misma chica. Ahora me comentaba pesaroso que ella ya no le recibía, sabía que ella sigue trabajando y ya no le abre la puerta. Pero él necesitaba esa cercanía, una relación estable (si así se puede denominar la que se establece con una profesional), con una mujer cariñosa, que le haga sentir deseado y querido como no lo siente habitualmente en su cama.
Aquel coronel retirado no deseaba sexo como tal. Nos tumbamos en la cama, me pidió que cerrara los ojos y fue recorriendo mi cuerpo con sus dedos, sin desvestirme. Hacía muy poco que se había quedado viudo y quería sentirse vivo de nuevo, sentir una presencia en su cama.
No ha sido el único nostálgico que ha necesitado el contacto de un cuerpo, el calor de una mujer. En todos los casos soy yo la que me estremezco, me emociono, vibro.
Son muchos los que entran por mi puerta asustados, temblorosos, después de días deseando un encuentro, o años sin conocer mujer. Puede que sea la primera visita a una señorita de compañía o el primer acceso a una chica en toda su vida. O, simplemente algo largamente anhelado.
Hay quien me trata como una reina, me agasaja y complace, regala mis oídos, me sonroja. Gustan del sexo calmo e intenso, disfrutan de la reivindicación del acercamiento que llamamos «misionero», para así mirarse en los ojos de la que comparte su lecho.
Algunos hombres me desarman, gustan de acariciarme entera, besarme todo el cuerpo, buscarme. Ante ésto no puedo permanecer indiferente, mi cuerpo reacciona y mi mente vuela a parajes placenteros y calmos. Hacen que me retuerza de placer. Me conquistan sin necesidad de buscar las sensaciones límite, me deleitan con su ternura y eso es precisamente lo que le da morbo al encuentro.
Y no soy la única que experimento fuertes sensaciones con besos apasionados. Otras profesionales me confiesan sus gustos, sus impresiones. Los pezones de una, las rodillas de la otra, la nuca de la tercera. Y en oriente he encontrado el súmmum, las mujeres públicas contratan hombres elegantes, educados que las cortejan, las llevan a buenos restaurantes, a bailar y las acompañan cortesmente.
La ternura, más que el morbo extremo, puede ser, en algunas ocasiones lo que nos deleite. Hasta que el contraste y la ocasión vuelvan a llevarnos al filo del límite… ¡o no!
07/01/2011
Esaschicas, Spalumi, Putalocura, Foroputas, ForosX, Fororelax, Lumilandia: Los foros de putas ¡Ah!, pero ¿existe un foro de putas?
La idea primigenia resulta, al menos, curiosa: un foro en el que el objeto a debate no es una moto, ni cámaras de fotos, ni maquetas de barcos. No, se habla de mujeres, más concretamente de señoras putas. Y, no es que me escandalice, pero debo reconocer que cuando me hablaron de ello por primera vez, me pareció ciencia-ficción.
Después te sumerges en ellos y es todo un mundo a descubrir. Yo leía con entusiasmo, descubriendo lo que los hombres cuentan a otros hombres es sus francachelas. Es como mirar la intimidad de alguien por un agujerito, sin temor a ser descubierto porque, en cualquier caso, la realidad de tu persona queda a un lado.
Se produce un fenómeno curioso, asocias un nombre inventado, el “Nick”, con una imagen colocada como referencia, el “Avatar”. Y, alrededor de estos elementos, se va creando un personaje, con dosis variables de ficción. A esa entidad se le confiere personalidad propia, rasgos muchas veces que nosotros no mostramos públicamente o simplemente un alter ego. Acabamos de construir un “putero”, léase usuario de foros de putas (que sea usuario real de putas está por demostrar).
Ahora se despliega ante nosotros una serie de posibilidades diversas. No sólo podemos hablar sobre las señoritas y temas afines, sino que ¡podemos charlar hasta de futbol! Los “Hilos” abiertos contemplan aspectos jocosos del puterío y otros mucho más serios. Temas recurrentes son si es posible el amor o la amistad entre un putero y una mujer de vida alegre; si has hecho pública tu condición; las nacionalidades que prefieres.
Y el tema vertebral, las experiencias con las chicas. Hay diferentes estilos, se pueden leer comentarios escuetos que se limitan a resumir las bondades del encuentro; otros son un panegírico sobre las maravillas de la señorita en cuestión; hay quien prefiere hacer una ficha técnica que incluya la descripción física del objeto (Edad, altura, peso, ojos,…) y una valoración pormenorizada del servicio, otorgando puntuaciones de la misma manera que lo haríamos con el nuevo coche que hemos probado (besos 7, francés 5, griego no hace,…); opción es, igualmente, relatar de manera pausada todo lo acontecido en la cita. Y todas las posibilidades intermedias.
Una vez que un putero ha hecho las descripciones que ha creído oportunas, otros pueden opinar sobre el particular. Se dan varias circunstancias curiosas, por un lado, si la experiencia ha sido francamente buena y sólo son parabienes lo que sale de su boca, la experiencia es posible que sea tildada de falsa y que se dude incluso de la veracidad del que escribe, pensando que sea la propia chica la que lo haya escrito, disfrazada con un Nick masculino o lo que se llama un “palmero”, personaje que se dedica ensalzar a una señorita (sus intereses, si existen, son otro tema). Por otro lado nosotras debemos mantenernos al margen, da igual si lo que dicen es estrictamente cierto o falso, si procede de la fantasía de un “trol” que sólo quiere perjudicarte o de un cliente real defraudado. Para hablar sobre nuestros servicios ya tenemos una zona en la que podemos incluir nuestros anuncios.
Con todo ello, a la hora de buscar una referencia sobre una chica, resulta fácil hacerse una idea de lo que nos vamos a encontrar leyendo lo que otros han experimentado antes y leer lo que ella escribe en otros hilos nos da un poco de luz. También aparecen decenas de féminas de las que nunca habíamos oído hablar, buena oportunidad de ampliar nuestros horizontes puteriles.
La utilidad de los foros es evidente, tanto como medio de distracción como fuente de información para nuestras travesuras. ¿Cómo he podido vivir tantos años sin conocerlos!
Besos
Esaschicas, Spalumi, Putalocura, Foroputas, ForosX, Fororelax, Lumilandia.
02/11/2010
Delante de la cámara
Me presenté en su casa como solía ocurrir en nuestras citas. Hombre agradable, cortés.
Esta vez no fuimos a la habitación, era la luz del despacho la que estaba encendida. Primero pensé que, simplemente, querría ver algo de porno en su pc.
Pero no, en la mesa el ordenador encendido y una cámara de video sobre la disquetera. Él estaba chateando cuando yo llegué, la imagen ahora estaba congelada. Me llamó la atención, hasta ese momento nunca había estado delante de algo parecido. Se abrían pequeñas ventanas que daban acceso a las habitaciones de nuestros interlocutores. Había chicos solos, muchos, pero también mujeres o bien parejas.
Me propuso poner la cámara a una altura en la que yo me sintiera cómoda, para que no se me viera la cara. Vestida, simplemente sentada y empezaron a abrirse privados y a reclamarme para verme un poco más. Como hipnotizada iba accediendo a las peticiones de retirar prendas de mi cuerpo y, a cambio, veía como otros hacían lo mismo.
Entonces el juego empezó a ponerse interesante. Mi cliente apareció ya desnudo y con unos juguetes en la mano. Comenzamos entonces nosotros dos a acariciarnos, a frotarnos, besarnos mientras buscábamos que el plano para la cámara fuera el adecuado.
En esa misma silla le senté, me puse de rodillas entre sus piernas y comencé a lamerle con fruición. Con una mano acompañaba mis movimientos de cabeza y con la otra comencé a jugar con uno de los aparatos. Entonces hizo que levantara mis nalgas a la altura de la cámara y mostrara cómo me masturbaba sin dejar de hacerle un francés. No podía parar de pensar en cuántos desconocidos estarían deseando mi cuerpo en esos momentos, pensar que alguno, incluso, podría ser alguien cercano a mí y que no me reconocería nunca. Esa idea me excitaba más, hacía que me moviera un poco más rápido, me mojaba. Y entonces quise mostrarles un poco más, quise hacerles partícipes de la parte más íntima de mi sexualidad, quise que pudieran ver cómo me corría subida encima de mi cliente.
Me eché un poco hacia delante y cabalgué sobre aquel miembro que tan hacendosamente me había estado comiendo. A mi mente llegaban sin parar imágenes irreales de gentes disfrutando de mi cuerpo visto por la tele, de chicas escondidas bajo las sábanas recordando lo que yo hacía, de hombres llamando a alguna mujer de mala vida para que les quitara el calentón,… Así hasta que no pude aguantarlo más y me dejé arrastrar por una explosión de placer.
Descubrí entonces que no éramos los únicos que estábamos desnudos, decenas se masturbaba con y para nosotros, incluso vi a una pareja disfrutando del placer solitario.
Al otro lado de la pantalla, más de 500 personas de todos los confines de la tierra estaban contemplándome y un buen número no se limitaba a mirar sino que me acompañaban con su excitación y su placer.
En otra ocasión el juego era distinto. En la habitación de un hotel, sobre la cama el portatil y en la pantalla una imagen de una única persona que podías cambiar a voluntad, como si fuera una ruleta. Esa noche el objetivo era conseguir sexo virtual con alguna de las mujeres que aparecían. Era como ver porno casero sólo que las hembras del otro lado respondían a mis peticiones, me estaban entregando a mí esos momentos de goce.
Me parecía mentira, aquella australiana delgadita y rubia abriendo sus piernas en el sofá de su casa y apartando las braguitas para mostrarme cómo era capaz de jugar con sus dedos; o aquella inglesa en un hotel, frotándose contra la almohada para poder alcanzar su orgasmo.
Fueron horas de clímax compartidos.
No ha sido una única vez que me he puesto delante de las cámaras pero siempre que lo hago vivo la misma sensación de excitación y gozo sabiendo que al otro lado alguien está pensando en mí.
Texto publicado el 2 de Noviembre de 2010, recuperado de mi blog censurado

