Delante de la cámara

02/11/2010 0 Por MaríaG

Me presenté en su casa como solía ocurrir en nuestras citas. Hombre agradable, cortés.
Esta vez no fuimos a la habitación, era la luz del despacho la que estaba encendida. Primero pensé que, simplemente, querría ver algo de porno en su pc.
Pero no, en la mesa el ordenador encendido y una cámara de video sobre la disquetera. Él estaba chateando cuando yo llegué, la imagen ahora estaba congelada. Me llamó la atención, hasta ese momento nunca había estado delante de algo parecido. Se abrían pequeñas ventanas que daban acceso a las habitaciones de nuestros interlocutores. Había chicos solos, muchos, pero también mujeres o bien parejas.

Me propuso poner la cámara a una altura en la que yo me sintiera cómoda, para que no se me viera la cara. Vestida, simplemente sentada y empezaron a abrirse privados y a reclamarme para verme un poco más. Como hipnotizada iba accediendo a las peticiones de retirar prendas de mi cuerpo y, a cambio, veía como otros hacían lo mismo.
Entonces el juego empezó a ponerse interesante. Mi cliente apareció ya desnudo y con unos juguetes en la mano. Comenzamos entonces nosotros dos a acariciarnos, a frotarnos, besarnos mientras buscábamos que el plano para la cámara fuera el adecuado.

En esa misma silla le senté, me puse de rodillas entre sus piernas y comencé a lamerle con fruición. Con una mano acompañaba mis movimientos de cabeza y con la otra comencé a jugar con uno de los aparatos. Entonces hizo que levantara mis nalgas a la altura de la cámara y mostrara cómo me masturbaba sin dejar de hacerle un francés. No podía parar de pensar en cuántos desconocidos estarían deseando mi cuerpo en esos momentos, pensar que alguno, incluso, podría ser alguien cercano a mí y que no me reconocería nunca. Esa idea me excitaba más, hacía que me moviera un poco más rápido, me mojaba. Y entonces quise mostrarles un poco más, quise hacerles partícipes de la parte más íntima de mi sexualidad, quise que pudieran ver cómo me corría subida encima de mi cliente.
Me eché un poco hacia delante y cabalgué sobre aquel miembro que tan hacendosamente me había estado comiendo. A mi mente llegaban sin parar imágenes irreales de gentes disfrutando de mi cuerpo visto por la tele, de chicas escondidas bajo las sábanas recordando lo que yo hacía, de hombres llamando a alguna mujer de mala vida para que les quitara el calentón,… Así hasta que no pude aguantarlo más y me dejé arrastrar por una explosión de placer.

Descubrí entonces que no éramos los únicos que estábamos desnudos, decenas se masturbaba con y para nosotros, incluso vi a una pareja disfrutando del placer solitario.

Al otro lado de la pantalla, más de 500 personas de todos los confines de la tierra estaban contemplándome y un buen número no se limitaba a mirar sino que me acompañaban con su excitación y su placer.

En otra ocasión el juego era distinto. En la habitación de un hotel, sobre la cama el portatil y en la pantalla una imagen de una única persona que podías cambiar a voluntad, como si fuera una ruleta. Esa noche el objetivo era conseguir sexo virtual con alguna de las mujeres que aparecían. Era como ver porno casero sólo que las hembras del otro lado respondían a mis peticiones, me estaban entregando a mí esos momentos de goce.
Me parecía mentira, aquella australiana delgadita y rubia abriendo sus piernas en el sofá de su casa y apartando las braguitas para mostrarme cómo era capaz de jugar con sus dedos; o aquella inglesa en un hotel, frotándose contra la almohada para poder alcanzar su orgasmo.

Fueron horas de clímax compartidos.

No ha sido una única vez que me he puesto delante de las cámaras pero siempre que lo hago vivo la misma sensación de excitación y gozo sabiendo que al otro lado alguien está pensando en mí.

 

Texto publicado el 2 de Noviembre de 2010, recuperado de mi blog censurado