El lobo disfrazado de cordero

24/05/2011 8 Por MaríaG

Cuando llamó parecía un tipo nervioso y algo cortante en su forma de expresarse. No le di mayor importancia, supuse que se le pasaría.

Alto y fornido, rondando los sesenta, daba el mismo aspecto por teléfono que en persona. Pero en seguida comenzó a comportarse de manera muy peculiar. Hablaba en un tono muy inferior al que correspondía a su volumen torácico, farfullaba  y me veía obligada a pedirle que repitiera lo que decía, cada dos por tres. Ésto despertaba su hilaridad y me tildaba de estúpida por no llegar a comprenderle.

Entonces repetía las frases pero hablando si cabe más rápido, dando la sensación de boca pastosa, enredaba una palabra con otra. Claro que él debía pensar que era mi coeficiente intelectual lo que impedía colegir el significado de la maraña léxica.  Y se reía, cerraba los ojos, levantaba la cabeza. Yo estaba muy intranquila, no me parecía un tipo normal. Escribí un mensaje, necesitaba saber que mi marido estaba cerca por si la cosa se ponía negra.

Sus pupilas muy dilatadas no llamaban la atención en aquella habitación en penumbra pero sí sus movimientos oculares rítmicos y los leves tics de cabeza. Y no tardó más de cinco minutos en mostrarme cuál era la causa de sus desatinos, extendiendo un polvo blanco sobre la mesilla y ofreciéndome.

Hace años que descubrí que prefería el sexo en su estado puro, sin otros matices que los aportados por la novedad del encuentro de tu piel con la de otro. Rehusé.

Se quitó la ropa mientras me acariciaba. Repentinamente parecía querer una relación normal. Y durante un rato empezaba la cosa a funcionar. Me pidió que le tocara los pezones. Así lo hice y ese fue el momento de la primera crisis.

Porque, todo el mundo sabe que existe una única forma de tocar correctamente los pezones de un hombre y pensar otra cosa es tomar el pelo, ¿no? No era mi intención discutirlo y me apliqué en colocar los pulgares hacia dentro, las palmas sin contacto, el resto de dedos hacia atrás,… Momentáneamente la fiera se aplacó, se recostó en el lecho e incluso llegó a relajarse.

Las bromas que me gastaban no solamente eran de mal gusto sino que no tenían gracia ninguna; buscaban, simplemente, mi humillación.  Así que lo tomé como un ejercicio, a ver hasta dónde nos llevaba la cosa.

No me tocaba, decía que yo estaba deseosa de correrme, apunto y que era mejor para mí que no hubiera contacto. Lo repetía constantemente,” no te corras”,”contente”. Era evidente que su apreciación de lo que ocurría no se ajustaba a la realidad.

A ratos todo era perfecto y yo una mujer maravillosa; otros ratos todo era una mierda. Daba igual lo que yo hiciera,  le parecía mal y, sin embargo, gustaba de tenerme una hora tras otra, de castigarme verbalmente.

Cumplía el tiempo estipulado. Me pidió un vaso de agua y cuando volví   le encontré completando su atuendo. Grosero y agresivo pidió la devolución de su dinero. En ese momento todo lo que él había descargado sobre mí se me subió a la cabeza, se agitó mi sangre, se ruborizó mi piel. Cierto miedo por mi integridad física quiso hacerse un hueco en mi mente. Pero pudo más la rabia que sentía por ese maltrato inmerecido y repetido. Hice una llamada, sin duda estaba  al otro lado de la línea, al otro lado de la puerta.

Se lo dije, le dije que había llamado para pedir ayuda y se rió con más ganas. Quitó importancia al incidente y se marcho, afirmando que lo hacía para que cuando regresara le tratara mejor.

A los pocos minutos volvió a llamar a la puerta. Volvió a entrar, volvió a contratar mis servicios y volvió a comportarse como un cretino bipolar. Y de nuevo, en uno de sus ataques de ira, volvió a agarrar la puerta y largarse.

No acaba aquí la cosa, al día siguiente recibí un mensaje suyo afirmando que podíamos repetir sin recordar lo que había acontecido. Se hizo tarde, muy tarde, antes tenía otros temas que atender y esperó pacientemente.

Pensé que la otra noche debía estar un poco pasado de vueltas y que aquella podía ser la oportunidad de conocerle en su estado natural y de disfrutar y desquitarnos por las horas de tortura.

Cuán equivocada estaba.

Su comportamiento fue peor, si cabe. Estoy segura de que traía una idea paranoica en la cabeza, quería algún modo de vengarse de las mujeres que mal le trataron, de las deseadas putas inalcanzables, vengarse de su madre, su esposa o de la humanidad; y repitió el mismo patrón de la anterior vez, sólo que ahora acortado, ahorrándome el trago de tener que echarle.

¿Qué cuerpo se le quedará a este hombre cuando analice su comportamiento estando sereno? Es evidente que no lo hará, las drogas sólo anestesian una conciencia ya dormida. Cuando leo las sentencias en las que el consumo de ciertas sustancias supone un atenuante me pregunto de quién es la responsabilidad de meterse algo en el cuerpo.  Entonces recuerdo la obra “La venganza de Don Mendo” y ese pasaje antológico y, simplemente, sonrío:

“… ¡Serena escúchame, Magdalena,
porque no fui yo… no fui!
Fue el maldito cariñena
que se apoderó de mí.
Entre un vaso y otro vaso
el Barón las cartas dio;…”