El túnel de lavado

Una  preciosa mañana de primavera la del otro día.

Y una mortal pereza me impide realizar una tarea fácil, cotidiana para muchos hombres, absolutamente tediosa: lavar el coche.  Entonces, no queda más remedio que esperar cola. Porque siempre que pasas por delante del túnel de lavado no se ve un alma pero en el instante en el que aproximas tu coche, una sed de limpieza se extiende por las manzanas adyacentes. Total, siempre hay que esperar. Y para más inri, dos fueron los coches que teníamos que adecentar. Un estupendo plan.

Solamente se me ocurre a mí presentarme  para aquella tarea con un vestido primaveral, escote generoso,  colores claros, luciendo piernas y pies desnudos y, cómo no, sin braguitas. Yo andaba concentrada en lo mío, pensando en mil cosas mientras sacaba todo el contenido del maletero. Abre la puerta, agáchate, coge ésto, ponlo allá.

Me entretuve más de la cuenta con el mío, así que dejé pasar un coche entremedias. Mi marido pasaría primero. Terminada la fase de recoger dejé paso a los profesionales y me fui hasta la zona de salida de los vehículos para ver si ya estaba listo el primero.

Pero allí no lo encontré. A cambio se me acercó uno de los mozos que secan los cristales, ni me había percatado de él. Sin quitar sus ojos de mi escote y tembloroso, me dijo que mi marido se había ido y se quedó plantado delante de mí, absorto en la contemplación de mi piel. Alto, de buena complexión, ojos claros, rubicundo.  No podía resistirme, sólo viendo su actitud me entraron unas ganas irrefrenables de complacerle, de permitirle hozar en mi sexo y recorrer mi escote, como me contaban sus ojos que ansiaba hacer. A plena luz del día, con sus jefes y otros operarios alrededor y una fila interminable de coches para seguir limpiando, no parecía tarea fácil.

¿Y ahora qué hacemos? Fue mi respuesta mientras miraba yo alternativamente mi escote y los ojos del desconcertado muchacho. Hizo como que no entendía, tuve que repetírselo y preguntarle si no había un lugar donde pudiéramos meternos unos minutos y que no nos viera nadie.  Claro que preguntó por mi marido y le dije que no estaba. Muy desconcertado, no podía disimular la tensión de sus pantalones.

Me dio las indicaciones oportunas, a la vuelta de la esquina, en el concesionario podría entrar en los servicios, limpios como  para una señorita y hasta allí iría él, pero que, por favor, fuera discreta porque le conocían.

Su teléfono comunicaba mientras yo abría la puerta de cristal. Distraído, aparcado justo delante y ni siquiera me había visto entrar. Respondió al teléfono en mi último intento, justo a tiempo.  Me imagino su cara al saber lo que estaba a punto de suceder. Acababa de dejarme ocupada  en tareas mundanas y no podía suponer el cambio que habían dado los acontecimientos.

Nada podía hacer, no podía evitar mi devaneo y eso incrementaba sobremanera mi excitación. Deseaba sentir a ese chico, obrar con él como complaciente esclava, aliviar su tensión.

Los minutos que tardó se me hicieron eternos. Delante de la puerta de los servicios de caballeros,  como león enjaulado, daba vueltas y al otro lado del teléfono, mi marido escuchaba las barbaridades que me venían a la mente.

Cuando llegó, él no sabía muy bien cómo hacerlo, así que me colé en el servicio de caballeros y le conduje hasta donde pudimos cerrar la puerta. No preguntó, no dijo ni una palabra, se limitó a abrazar mi cuerpo como si llevara años sin catar mujer, a besarme con pasión, a tocarme con manos torpes y aún temblorosas.  Buscaba mi lengua con su boca, la recorría.

Mis manos se deslizaron entre sus piernas, un escalofrío le recorrió, cerró los ojos, movió la cadera. Pude abrir sus pantalones y observar la fuerza con la que se extendía ante mí el tótem del placer. Lo recogí con mis manos, quería contemplarlo, observar cada una de sus reacciones cuando mi lengua se iba deslizando por su superficie. De rodillas fui sumisa, besando su miembro, deleitándome en probar su sabor.

Cuando ya no pude más, cuando las ganas de ser penetrada  me vencieron, me  di media vuelta, el vestido recogido en la cintura y permití que se deslizara para tomar posesión de mi cuerpo. Despacio, muy despacio fue encajándose perfectamente. Me sentía llena por completo, notaba como palpitaba, la tensión  y mi cuerpo se contraía involuntariamente para darle cabida y aceptar todo el placer posible.

No quise sentarlo. Precisamente aquella vez deseaba el contacto posterior.  Miles de mujeres a lo largo de la historia han recibido así a sus hombres, han sido agarradas desprevenidas o han ofrecido sus cuerpos a los vencedores exponiéndose indefensas. Así quería yo sentirme, dominada por aquel extraño, poseída.

Apenas cinco embestidas  fueron suficientes y su semen regó mi cuerpo, manando cual fuente de leche y miel.  Sólo pude llegar a recoger con mis labios las últimas gotas del fluido nutricio. Le dio tiempo justo para mojar mi entrepierna, mi culito, resbalando por mis piernas, impregnándome de su olor, marcándome ante el resto de hombres.

Unos instantes después estaba ya en la calle, habrían transcurrido sólo unos minutos, nadie se habría percatado pero yo tenía todo mi cuerpo embriagado por el placer del sexo robado.

6 comentarios para “El túnel de lavado”

  • despistat:

    Muy buen relato. Cuando este en la cola del túnel aburrido esperando que vaya un poquito más deprisa me acordaré de tu relato. El problema es que donde voy normalmente, pues no los encuentro muy deseables a los trabajadores.

  • carlosnv:

    ¡Debes de ser la Diosa del CarWash para este jovencito!
    Lo has marcado de por vida, y de ahora en adelante cualquier cosa que le ocurra en materia de sexo y relaciones esporádicas pasará a través del tamiz de tu fogosidad.
    ¡No le arriendo la ganancia a su pareja…!
    Oye, ¿por qué no decretas cada mes (no quiero abusar) el “Dia Tonto de Maria G”?
    Ese día, sales a la calle con animus giocandi y sin braguitas, y en la primera situación que te venga en gana y ante un macho (o hembra) de te petezca..¡Zasss, Aquí te pillo y aquí te follo!
    Y luego nos lo cuentas, claro…

  • Yo me imagino a esas rubias americanas con pantalones vaqueros que dejen asomar las mollitas del culo y camisas de cuadros anudadas en el escote. Sería un buen negocio montar un servicio integral de limpieza de coches con estas señoritas como personal. ¿Alguien quiere llevarlo a término?

    Besos

  • hola maria, soi alfonso te pongo estas breves lineas para darte mi correos, poder conocerte mas profundamente, estoi fascinado contigo. tengo algunas experiencias ke kisiera compartir contigo y por supuesto tener un encuentro maravilloso contigo. yo alto 1.89, y 95kg. moreno. 39años de madrid. soltero.

  • simon:

    Un cuerpo lleno de verdades !!!

  • simon:

    y ese aroma tan natural, tan tuyo, en dos palabras: IN OLVIDABLE.

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.