Una clase de anatomía práctica

En mi cabeza rondan imágenes ficticias de cómo sería un burdel en los años veinte. Me lo imagino con aderezos de plumas y sedas, con cortinajes tupidos, con una domina buena conocedora de sus niñas y siempre atenta al mínimo deseo de su público. Tiempo de relax, buenos Montecristo o Cohiba, copa y manos de naipes. Sentadas en derredor las bellas señoritas capaces de amenizar su tiempo.

Por aquel entonces se estilaba un uso que ahora está prácticamente perdido. Costumbre era el llevar a los jovencitos para que se desfogasen y aprendieran las artes amatorias. De esta manera  ellos podían dejar de pensar en sexo todo el día y centrar un poco sus vidas; también podían cogerle castamente la mano a su novia sin necesidad de tirarse a su yugular, movidos, claro está, por las hormonas incontroladas. Los conductores solían ser miembros de la propia familia o, en su defecto, amigos algo mayores.

Pues bien, cuando recibí la confirmación de la hora tuve que pellizcarme. Realmente iba a ocurrir. Muchas veces, a clientes ya conocidos, les he comentado el morbo que me daría que me trajeran un hermano, un primo, un hijo. Que me lo trajeran ellos de la mano y que lo encomendaran a mi buen hacer. Que fuera joven e inexperto, que no entendiera de mujeres.

Nos saludamos con dos besos, primero el organizador, después el otro.  Casi de la misma estatura que su hermano, pecoso, ojos graciosos, carente de barba, músculos alongados. Una monada de mocito. Nos dejó solos.

Tomé su mano para conducirle al dormitorio, mejor sin preámbulos, sin anestesia.

Los ojos muy abiertos para mirarme y totalmente quieto en mitad del cuarto, algo sabía de lo que iba a ocurrir pero no esperaba que realmente ocurriera.

Yo iba a ser su regalo de cumpleaños y seguro que no se lo contaría a sus amigos.

Me acerqué un poco más,  aferré su cintura y lo atraje hacia mí. Respiraba intensamente, casi jadeando  y sin embargo no hubo ni un solo gesto de dubitativo, sus labios se posaron sobre los míos. No había duda, aquello lo había practicado más de una vez. Los apretaba contra los míos lo justo para disfrutar de la caricia y de vez en cuando su lengua buscaba la mía. Yo no le hubiera enseñado mejor.

Mis manos mientras tanto comenzaron a recorrerle, cerciorándose de  la tersura de sus miembros y comenzando a desnudarle. Un cuerpo gracioso, proporcionado y con algunos signos inconfundibles  que denotaban su juventud.  Ahora le tocaba el turno al mío y sus ojos fueron un poema, no sabía a dónde mirar, cohibido con el primer cuerpo femenino que tenía a su alcance. Se lo puse fácil, le tumbé en la cama y seguí llevando la iniciativa. Recorrí su cuerpo primero con mis manos, luego con sus labios y me detuve en su miembro, erecto, turgente. Quería besarlo despacio, ir avanzando con mi boca, chuparlo, lamerlo pero tampoco quería llevarle hasta el punto donde no se pudiera contener. Así que me contuve un poco, lo dejé para más tarde y me monté sobre él.

Se lo pregunté y sí claro que quería probar lo calentito que estaba mi sexo. Fui dejando que resbalara poco a poco, moviéndome primero oscilante, luego más rotunda hasta que estuvo por completo dentro de mí.  Y no sé qué me gustaba más si su cara de felicidad perpleja, la tensión de su miembro o la imposibilidad de que acompasáramos una secuencia rítmica.

A mi gusto, fui cogiendo un ritmillo, subiendo y bajando, frotando mis pechos contra su torso, besando su boca de pasada. Estaba congestionado, chapetas asomaban a sus mejillas y se extendía el rubor por el cuello. De vez en cuando contraía el gesto, sus ojos volaban, se mordía el labio inferior.

Un placer indescriptible nos fue conduciendo al orgasmo.  Acostumbrado al placer solitario no hubo vocalizaciones, apenas una crispación de su rostro y después una relajación inconfundible. Se había desparramado dentro de mí, su simiente calentita afloraba ahora mojándome los muslos. No pude evitarlo, tenía que conocer también su sabor y volví a chuparle, unas pocas lengüetadas más para impregnarme bien de él. Permanecimos abrazados hasta recuperar el aliento.

Sólo tuvimos unos minutos de conversación, las chicas, el sexo, los amigos. Cuando quise darme cuenta él ya estaba buscando de nuevo mi contacto. Esta vez nos daría más tiempo, quería enseñarle lo que las chicas guardamos entre las piernas, para que lo viera con detenimiento y para que aprendiera a dar placer con su boca y con sus dedos; una clase de anatomía práctica que yo no pensaba desaprovechar.

Volví a jugar con mi boca y esta vez sí que me regodeé en la visión de su falo y en las reacciones a mis caricias. Quería más, quería repetir, quería volver a colarse dentro de mí. Así que le di gusto mas esta vez le hice trabajar.

Colocado encima de mí, con los brazos sujetando el peso de su cuerpo para no aplastarme, descubrió que el sexo también requiere un entrenamiento físico, estar algo cachas podía ser garantía de un mejor rendimiento. Probó a colocarse de rodillas detrás de mí y aferrarme con firmeza desde esa posición, contemplando mis nalgas, moviéndose con libertad.  De reojo miraba al espejo, espiaba sus movimientos, me recolocaba para fijarse mejor. De medio lado, de frente, de espaldas, una verbena de sensaciones en continuo descubrimiento. Y la que más le gustó fue quizá la más intensa, la primera forma de cubrir a una mujer que había probado.

No le puse tope, tuvo sexo a demanda hasta que cayó rendido junto a mí. Sudorosos y abrazados hablamos sobre lo que nos acababa de ocurrir, sobre el placer, el sexo y el amor. En este momento de su vida, todo ésto no era adecuado para poner en práctica con las muchachitas de su clase, quizá con el tiempo. Así que, si algún día sentía la necesidad incontrolable de reproducir lo que había aprendido, no tenía más que llamarme, estaría siempre disponible para él. Quién sabe, puede que algún día me sorprenda y me reclame o puede que simplemente viva en sus sueños el resto de sus días.

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.