17/08/2009
16/08/2009
La idea de ir a un club: el día definitivo (V)
Estaba realmente sorprendida por cómo estaba trascurriendo mi estancia en ese club. Por el momento no había ido mal pero era consciente de que todos los días decenas de chicas no trabajaban y eso les hacía bajar al día siguiente con la necesidad de pescar algo para, al menos, poder pagar su alojamiento. Ese día tampoco iba a tener el apoyo de mi marido, no le vería hasta que regresara a casa al final de la noche.
Quería ser una más, vivir como cualquiera de mis compañeras, así que aquel día no llevé ni un euro en el monedero. Que había elegido un mal día lo constaté horas después.
Cuando llegué al cuarto me sobresalté, había una chica, lo cierto es que ya me estaba acostumbrando a eso de no tener que compartir cama. Era una veinteañera dominicana de cuerpo longilíneo y piel cobriza.
Decía que había encontrado trabajo y que dejaría el club en unos días. Prefería vivir dentro de la ciudad, alquilarse una habitacioncita independiente y desplazarse hasta la casa de citas cuando así lo acordara. Dediqué un largo rato a observar cómo se desvestía, la salida de la ducha, su forma de maquillarse, la manera despreocupada con la que andaba medio desnuda por la habitación. Era una belleza incapaz de dejarte indiferente y yo no era de piedra. Con la entrepierna inquieta me preparé yo también para bajar.
Serían las 17:10 h y un cliente solitario daba pequeños sorbos a su consumición. Se le acercaban chicas, una tras otra todas las presentes y a ninguna le hacía excesivo caso. Yo no iba a ser menos y me acerqué zalamera. Ni me dejó abrir el pico, directamente me ofreció 20€ menos de la tarifa habitual y yo simplemente me disculpé.
Llegaron dos chicos, se medio recostaron sobre la barra y centraron su atención en la tele: aquella tarde había futbol. La mayor parte de las chicas permaneció inmovil ante la nueva presencia. Alguna despistada más y yo nos fuimos acercando. Con una chica en cada mano uno de ellos seguía mirando la pantalla sin disimulo. El otro entabló conversación conmigo; la verdad, no tenía nada mejor que hacer pero me incomodaba su actitud.
Parecía que aquellos dos pollos habían venido a ser los gallos del corral mientras se tomaban una copa viendo el partido y a su alrededor esperaban encontrar a todas las gallinitas encantadas de que se las metiera mano. Mientras no entró nadie más me lo tomé yo también como un entretenimiento y de paso procuré tocar algun pandero.
El solitario ahí seguía, en el mismo sitio que una hora hora antes. Me acerqué y el tio repitió la jugada, esta vez ofreciendo 40€ menos. !Qué cabrón! Me alejé con una sonrisa de incredulidad en los labios.
Ciertamente había poco movimiento, seguro que el partido mantenía absortos en sus casas a los clientes de club. Camino de las cuatro horas desde la apertura, todos mis intentos habían sido fallidos. Empezaba a impacientarme, esa noche tenía que pagar la habitación así que no podía irme del local sin haber hecho, al menos, un cliente. Cada vez más chicas llegaban, se sentaban en grupitos y mascaban chicle, la insatisfacción general era manifiesta.
Y ahí continuaba con otra copa delante aquel tipo. Esta vez se me escapó una carcajada al oír su oferta, era absolutamente patético.
Pasadas las doce de la noche comenzó aquello a animarse. De pronto me fijé en un revuelo de chicas alrededor de un joven apuesto. Parecía que algo pasaba. Al acercarme intentaba ver quién era aquel que provocaba semejante alteración del personal femenino pero me era imposible, ellas me lo tapaban. Al principio no le reconocí así que pregunté a una de las chicas .
No cabía duda, las personas públicas siempre levantan expectación. La verdad es que el chico era una monada y los gorilas que le acompañaban me daban morbo. Pero esperaba a una chica en concreto, el resto no teníamos nada que hacer.
La mujer más bella de aquel recinto miraba como yo el enjambre. Rusa, rubia de piel planca, alta y tirando a delgada, hablaba a la perfección castellano. Ella era matrona en su país pero al llegar aquí tuvo problemas con la convalidación del título hasta que dejó por imposible ejercer en su profesión y optó por esta otra carrera. Hicimos buenas migas, eramos de la misma edad y con gustos parecidos. Pero ella sólo estaría alli un día más, luego regresaría a la Ciudad Condal donde llevaba una vida aparentemente normal.
Había dejado, con la conversación,de prestarle atención a la sala, así que cuando volví a mirar encontré una docena de hombres nuevos. Estaba un poco tensa, tuve que hacer un esfuerzo por relajarme y acercarme a ellos sin pretensiones, simplemente a charlar un poco con cada uno.
Dos apenas se dirigían la palabra, contemplaban el espectáculo con ojos como platos.
Era su primera vez en aquel sitio. Estaban fascindos por la visión de semejantes cuerpos casi desnudos y al alcance de sus manos pero sólo una cosa les causaba disgusto, querían producto nacional. Yo siempre habría pensado que las exóticas eran las más deseadas pero ya estaba comprobando que a muchos hombres el producto del terruño les tira más.
Continué la vuelta, observé a todos y regresé con mis paisanos. entonces, sin preguntar nada más, cogió mi mano y me pidió subir. Hacía tiempo ya que cenicienta había regresado a casa, cuando inauguré mi noche.
Aquel hombre me fue desvistiendo pausadamente, recorría mi cuerpo con la boca, usaba sus dedos cual si fuesen sus ojos. No dejaba de repetir lo bello que le parecía mi cuerpo, lo sedoso de la piel, la firmeza de mis nalgas,… Me abandoné en sus brazos y me encontré vibrando de placer entrelazados nuestros cuerpos. Me deshacía con sus caricias.
No dejaba de hablarme al oído mientras me montaba con desenfreno. Me manejaba como a una peonza dándome la vuelta a su antojo. Primero una vez y luego otra, ni él se creía que una tercera fuera posible antes de caer derrengados, los cuerpos juntos, en aquella cama. Algo así no ocurre todos los días.
Bajé al cabo de un rato a la recepción, entregué mi ganacia del día para pagar mi alojamiento y me fui a casa. Aquello había sido demasiado intenso para buscar nada más que los brazos de mi hombre.
Definitivamente este no es el medio de hacer de puta con el que yo me siento a gusto.
Prefiero la puerta cerrada, la sorpresa del cliente que va a llegar.
Prefiero, un día cualquiera, trabajar o no pero nunca tener que trabajar. Prefiero desear el momento del encuentro, prepararlo y luego gustarlo.
Prefiero que sea él el que me elija sin necesidad de inportunarle cuando se toma una copa, ni competir con otras que te miran con ansiedad y recelo pensando que les vas a robar su pieza.
Ese es mi juego, el morbo, la sorpresa, la fantasía.
Publicado el 16 de Agosto de 2009, Texto recuperado de mi blog censurado
05/08/2009
04/08/2009
La última visita a un club
Su amiga Raisa me la estaba vendiendo desde hacía rato y yo mucho caso no le hacía pero mientras tanto comprobaba la calidad de sus carnes prietas. Pero cuando bajó me di cuenta que era la mujer más deseable que había visto en una temporada. Me llamó la atención su pelo, una perfecta melena negra y ondulada que contrastaba con el modelito: rejilla blanca cubriendo todo su cuerpo y un pantaloncito mínimo.
Estaba sentada en una silla, me acerqué y mientras le preguntaba si querría subir conmigo dejaba deslizar mis manos por sus largas piernas. Deseaba, sobre todo besarla pero ella no quería que la vieran el resto de colegas. Así que me contuve.
Subimos los cuatro y me hubiera encantado encontrarme una cama grande y amplia que nos permitiera meter mano a las dos chicas al mismo tiempo. Pero los hados no nos fueron propicios y cada uno se colocó en su camastro con su brasileña.
Era tímida y yo no quería violentarla así que la empecé a acariciar despacio mientras que, con delicadeza apartaba la ropa de su cuerpo. La senté en la cama primero y terminé reclinándola, acompañaba cada gesto con suaves besos y caricias elogiando su hermosura. Poco a poco empezó a responder a mis caricias y también sus manos empezaron a buscar mi cuerpo, mientras nuestras respiraciones se hacían cada vez más superficiales.
Tenía unos pechos pequeñitos y unos pezones reactivos, de esos que apenas los tocas notas como se estremece entera. Y seguí mi recorrido de besos por su vientre hasta perderme en su entrepierna. Me empapé de su olor y caté su sabor, era deliciosa, no quería despegar mi boca de su coñito. Así que me puse cómoda y dejé que ella me fuera indicando con sus movimientos cómo le gustaba. Sus caras eran indescriptible, se mordía los labios y se tapaba la cara con el brazo.
Sólo le costó un poco y su orgasmo fue derramándose en mis manos y en mi boca, inundándome.
Ahora era mi turno. Ella seguía tumbada así que no le di muchas opciones, me puse encima de ella, le sujeté una pierna doblada y hacia arriba y me monté sobre ella. El contacto era total y profundo. Al cabo de un poco yo necesitaba su boca, quería volver a besarla. Y me deslicé sobre su piel hasta colocarme encima de ella, así ya la tenía a mi alcance!
No tardé mucho en seguir su ejemplo y correrme, sin apartar un solo instante mis labios de los suyos.
Y nos quedamos unos minutitos recostadas en la cama y haciéndonos esos mimos que nos volvían locas.
Publicado el 4 de Agosto, texto recuperado de mi blog censurado
Con cinco chicas más
Faltaban unos minutos para la hora convenida, las doce en punto. No se cuál de las dos iba más nerviosa. El premio que nos había tocado en aquel concurso era extraordinario: una hora con cinco de las chicas de aquella casa.
Con camiseta, marcando curvas, una rubia nos abrió la puerta. La miré de arriba abajo preguntándome si ésta sería una de ellas.
¡Qué pequeño es el mundo! En el saloncito donde debíamos esperar apareció Lourdes llevando a un cliente saliente de la mano; le saludé cariñosamente, no hacía mucho que nos habíamos visto por última vez. Pero me mostré inflexible, al igual que mi colega: No, no era posible que estuviera presente y sí, realmente muchos se dejarían cortar una mano contal de mirar por un agujerito lo que estaba a punto de pasar en el piso de arriba. Como consolación, Michell le plantó un largo y cálido beso.
Una vez que nos quedamos solas, hablamos un poco de nuestros nervios y de lo extraño que nos resultaba el cambio de papeles. Sabía que serían cinco pero no sabía cuáles. Así que deslicé suavemente mi mano por la cintura de Lourdes y la fui bajando mientras le rogaba encarecidamente que ella también estuviera. No me costó convencerla, a ella también le gustaba el juego.
Avisaron de que estaba todo dispuesto y nos condujeron al piso superior. Una cama amplia en una habitación espaciosa, un ambiente cálido, a media luz. Fue entonces cuando empezaron a entrar, se abrió la puerta y fueron pasando una tras otra. Cada una con su estilo pero todas provocativas, primorosas. Tacones, medias, minifaldas, vestiditos, todas iban divinas pero sin duda destacaba entre todas ellas Lourdes, espléndida y guapísima.
Siete mujeres y una hora por delante.
Silvia, Irene, Mabel, Vanesa y Lourdes. Lourdes, Mabel, Irene y Silvia, se me han gravado a fuego. Formando un semicírculo para envolvernos, mis manos no sabían por cuál de ellas decantarse.
Michell, con la timidez que la caracteriza, quería mirar primero para ir metiéndose poco a poco; es cierto que le gusta mucho mirar pero no podía quedarse fuera y perderse semejante banquete. Mi amante necesitaba uno besitos reconfortantes que sirvieron de acicate.
Y dio comienzo el festival. Bocas entreabiertas se deslizaban por nuestros cuerpos y sus manos ávidas nos recorrían. Minutos eternos de besos continuados, no había un instante en que nuestras bocas estuvieran ociosas. Yo deseaba probarlas a todas y comencé con la que tenía enfrente. Irene se aplicó con pasión a mis labios, mientras Silvia no paraba de sobarme la retaguardia. Se me fue quedando pequeño su escote momento en que la primera prenda salió volando y pude enterrar mi cabeza entre sus pechos. Descubrí con delicadeza los pezones y mi lengua los exploró, primero lentamente hasta terminar succionando con deleite.
Luego le tocó el turno a Mabel, momento en el que tironearon de mi ropa, me vi levantando los brazos para facilitar el trabajo y ayudando con mi falda. Estaba desprevenida, no esperaba el contacto cálido de un cuerpo que se apretaba contra mí, por detrás. Era la diosa del lugar que me agarraba y recorría mi cuerpo con su lengua; mientras, Silvia y Mabel terminaron de desnudarme sin dejar un solo momento de darme placer. Me sentía buscada, deseada, sobre todo por Lourdes; eso me volvía loca, dado que no estoy habituada a un papel pasivo en mis relaciones.
Cuando podía, levantaba la cabeza y espiaba a mi amante. Podía ver su respiración entrecortada y oír sus gemiditos. Aunque no hubiera ocurrido nada más, sólo la intensidad y la sensualidad de las bocas besándose hubieran bastado para sobrecogerme y matarme de gusto.
Deseaba empezar a degustarlas más a fondo y entonces me fijé en una de ellas totalmente vestida. Con su cuerpecito adolescente, Vanesa destilaba inocencia y eso me hizo alterar mi orden de preferencia en la cata. Me puse de rodillas en la cama y le hice un gesto con mi dedo para que se aproximara. Una emoción desconocida me embargaba, me sentía como quien va a desflorar a su primera moza. Se quitó despacio la ropa, quedando sólo lo más íntimo. Pedí ver un poco más y aparecieron unos pechos turgentes con pezones como capullos en flor, desafiantes. Aparté con emoción su bragita, regodeándome en esa primera visión aún velada. No pude resistir más, quería paladear su sabor.
Mientras ella retiraba por completo la prenda de su cuerpo, levanté la cabeza buscando a mi pupila. La encontré a los pies de la cama totalmente rodeada, con los ojos medio cerrados de placer. Se dio cuenta de que la observaba y me dedicó una sonrisa. Le guiñé un ojo y dirigiendo mi mirada hacia una de sus captoras le pedí que me ayudara en mi función de catadora. Parecía como si hubiera estado esperando que yo le diera la señal para caer hambrienta sobre el sexo de Silvia.
Una vez asegurada su ocupación volví a llevar mi boca hacia el cuerpo de Vanesa. Fui recorriéndolo con mi lengua hasta llegar a su monte y lo soñé rubito como era ella y me dio más morbo si cabe explorarla con mis dedos y apreciar el sabor marino de sus jugos.
Manos innumerables recorrían mi cuerpo, incesantes. Alguien dijo entonces, “ahora te toca a ti” y me colocaron boca arriba. A la vez que Mabel me besaba apasionada, Silvia e Irene hacían un tándem perfecto, mientras la primera me buscaba con los deditos, la segunda lo hacía con su boca. Me tenían estremecida, jadeaba y me contraía sin poder distinguir cuál de ellas me otorgaba mayor placer.
El espectáculo era grandioso, todas esas ninfas retozando a mi alrededor para el solaz de los sentidos.
Mientras tanto Michell había sido recostada de la misma manera que yo, pero era la mano experta de Lourdes la que le estaba complaciendo. Ella me buscaba, quería compartir conmigo los distintos sabores que portaba en su boca, conseguidos a base de libar los jugos ajenos. Me entregué a besarla, se había convertido en mensajera de exóticas esencias que yo jamás había probado antes.
Y entonces ocurrió lo que yo estaba deseando que me pasara a mi. Michell se abrió bien de piernas para poder recibir a su amazona. Lourdes la estaba montando, apretaba su cuerpo contra el otro haciendo coincidir sus sexos, frotándose para darle placer y obtenerlo ella al mismo tiempo. La besaba, agarraba de la cabeza y la jaleaba. ¡Cómo se movían! Fue la puntilla, entre todas habían conseguido mi primer orgasmo. Pero ellas seguían en una cabalgada salvaje.
Quería seguir atendiéndolas, me fijé en Irene, tan ocupada estaba de nosotras que merecía su recompensa. Ahora era yo la que avanzaba sobre su cuerpo cual leona, deseosa de hundirme entre sus cálidos y envolventes pechos. Me miraba con deseo, con unos ojos oscuros, penetrantes y lujuriosos. Y yo la besaba, la besaba, me la comía a besos y comencé a recorrer con mis labios su cuerpo, amasando, agarrando con mis manos como si fuera ésta la última mujer que fuera a catar en mi vida. Deseaba que su cuerpo no terminara nunca, que me siguiera abrazando con todo su ser. Mi lengua detectó un tono afrutado según me alejaba más de su ombligo.
No pude evitar pensar en Rosa Amor, cómo nos habríamos compenetrado mi Rosa y yo y en que le estaba siendo infiel con otra y me pediría cuentas, como amante celosa; al fin y al cabo habíamos recibido las dos el premio al mejor lésbico del año. Estaba segura que me lo perdonaría en el momento en que le escenificara aquel momento.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo cuando mis manos le abrieron con firmeza las piernas lo justo para tener acceso a la intimidad de su sexo. Y mi lengua fue buscando la forma, primero toques largos, luego más suaves, variando la presión según el ritmo de sus caderas. Y con las manos agarraba su culito y lo elevaba un poco para llegar mejor con mi lengua al deseado lugar.
Así que no pude ver como Lourdes se había aproximado a mi, pero reconocí su mano en cuanto comenzó a acariciarme. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer conmigo, me manejó como quiso y yo no podía dejar de gemir de placer. Colocó su mano de forma magistral y comenzó a masturbarme. Fue adquiriendo ritmo mientras uno de sus dedos se deslizaba dentro de mi coñito.
Yo seguía sobre Irene y le pedía su boca, que no dejara de besarme. Otro de sus dedos se fue deslizando en busca de otro agujero donde introducirse; y lo consiguió. Me tenía cogida, sujeta por mi punto de gravedad, haciendo pinza con esos dos dedos que no dejaban de moverse. Me jaleaba, provocando que mis jadeos se hicieran cada vez más intensos. En ese momento me agarró del pelo y firmemente tiró de mi, lo suficiente para que yo tuviera que doblar el cuello hacia atrás. Me estaba poseyendo y a mi me volvía loca y le pedía que no parara, hasta que me desbordé por segunda vez, descargando toda la tensión en mis gritos de placer.
Sólo quedaba rematar a Michell, ”ayúdame tú que la conoces mejor” y Lourdes y yo nos pusimos sobre ella, la una con sus dedos y la otra con la boca. Las otras cuatro chicas no cesaban un momento de comerle los pechos, acariciarla, besarla. Ella no daba crédito a lo que veía y les agarraba la cabeza, se contraía. Y fue llegando, lento e intenso, hasta dejarla desmadejada en el corro de chicas traviesas.
La ropa había quedado esparcida por la habitación. Aún bajo los efectos del colosal placer, volvimos a cubrir nuestros cuerpos y nos despedimos cariñosamente. Fue Silvia la encargada de conducirnos de regreso al mundo real.
Definitivamente mi marido se iba a desmayar cuando se lo contara, estaría mordiéndose las uñas a la espera de noticias. Se lo pensaba contar con pelos y señales para que luego me diera mi premio por haber sido tan traviesa. Y así fue, Michell y yo procuramos transmitirle con nuestro cuerpo lo que es difícil contar con palabras. Ahora, cuando trabajamos juntos evocamos estos momentos.
Una experiencia así me confirma una vez más mi necesidad no extinguida de seguir siendo cliente de putas.
Publicado el 4 de Agosto de 2009, Texto recuperado de mi blog censurado
26/07/2009
Mi Sol y mi Luna
Y no puede ser de otra manera. Todos los días cuando abro los ojos doy gracias a Dios por habérmelo entregado. A veces me preguntan desde cuándo es así o cuánto tiempo llevamos casados; entonces hago memoria y sólo hallo una respuesta: desde siempre.
Claro que hubo un inicio, un camino recorrido lleno de primeras inseguridades. Entonces nos dimos la mano y nos entregamos pedacitos de nosotros, navegamos hacia lo más oscuro de nuestro yo y fuimos rescatando esos episodios que nos han conformado. Ahora mis recuerdos se confunden con los suyos. Y siento que siempre ha estado ahí, porque ha ido despacito poniéndome tiritas en las magulladuras de la vida y besando cada uno de mis dolores.
Él no tolera o transige, esta situación también le pertenece. Sin él yo no me entendería a mí misma como MaríaG. Y es el puerto donde regreso todas las noches y la mano que me sostiene cuando flaqueo y mi compinche de juegos.
Me llaman los que leen mi anuncio, se interesan por una mujer que trabaja con su marido. Algunos sólo preguntan por él por simple curiosidad. Otros prefieren obviarlo.
Hay muchos a los que su mera existencia les produce un morbo indescriptible, no tienen intención de conocerle pero saber que van a cuernear a un tipo, les pone.
Y en esa misma línea a algunos lo que les gusta es hacerlo en sus barbas, estrecharme entre sus brazos y contemplar el placer de una mujer arrebatado a su hombre.
Y el marido no contempla indiferente, no es su pluma lo que están usando. El marido tiembla de celos y, de manera incomprensible, se muere de excitación. Es una tortura a la que él no puede renunciar y yo tampoco.
No faltan los que lo tienen por compañero de caza, los dos machos conquistándome al unísono. Me gusta ser disputada por dos hombres y también que ambos me tomen a la vez.
En ese fragor, puede ocurrir (ni él mismo lo espera), que una mano se le escape al chico y acaricie un cuerpo masculino. Esa imagen me excita sobremanera, dos hombres que no cuestionan su virilidad encuentran placer acariciándose. Y yo, entre ambos, sin desperdiciar un solo instante.
También las mujeres y las parejas gustan de nosotros. Entonces la que me muerdo las uñas de celos soy yo. En esos momentos me doy más cuenta de que es mío, cuando le veo en brazos de otra algo dentro de mí pugna por gritar que no es suyo, quiero pegarle para que se retire, morderla y que lo suelte; y, al mismo tiempo disfruto entregándole como regalo a esa desconocida.
Todo ese coctel de emociones me lleva, una vez solos, de nuevo a sus brazos para recuperar lo que nos pertenece.
Publicado el 26 de Julio de 2009, Texto recuperado de mi blog censurado
23/07/2009
21/07/2009
La idea de ir a un club: Mi tercer día (IV)
Me había fijado en una flaquita que algunas veces paseaba de la mano de otro bombón. La busqué, fui tras ella y tuve algunos minutos de conversación. Se comportaba deliciosamente coqueta conmigo y, cuando al fin me decidí a invitarla a compartir un cliente conmigo me dijo que su novia se pondría celosa si no iban las dos. No parecía una idea descabellada, así mi marido y yo podríamos encargarnos cada uno de una e intercambiarlas: definitivamente ella estaba mejorando mi plan. Me marché muy contenta, le daría una sorpresa.
Ya estaba yo en el local cuando se me encendió la luz, salí corriendo y no paré hasta tener delante a la rubita. Le reiteré mi ofrecimiento y me volvió a decir que perfecto. En ese punto yo añadí las palabras mágicas que había olvidado en la anterior conversación: Quiero real, no show. La cara de asco fue indescriptible. Se dio media vuelta moviendo su dedo índice hacia los lados mientras se alejaba por el pasillo.
Parece que me las prometía yo muy felices. Fui preguntando a todas las chicas que conocía y ninguna me daba razón de la que hiciera este servicio. Regresé a la habitación. Mi vecina estaba canturreando y pintándose las uñas. Le conté un poco asombrada mi búsqueda infructuosa y no se sorprendió, casi todas admiten show pero eran muy pocas las de real y su amiga era una de ellas.
Una morenita regordeta, simpática de cara y más bien bajita. No era la que yo hubiera elegido físicamente, no me atraía especialmente, pero era lo único que había encontrado.Lo medité un rato y me decidí. A la hora del partido los tres subimos a mi habitación.
Dudo del gusto real de aquella señora por las mujeres, no me besaba, apenas me tocaba, simplemente se dejaba hacer. De lo que no había duda es de que la cosa empezaba a gustarle. Lentamente iba abandonándose en mis brazos hasta entregarse por completo.
Tumbada boca arriba se retorcía y buscaba con su sexo mi boca. En total silencio su respiración se agitaba, agarraba mi cabeza con sus manos y me dirigía, hasta entregarse totalmente al placer.
Ahora era yo la que reclamaba atenciones y entonces su actitud comenzó a cambiar, súbitamente había perdido el interés por lo que en aquella cama ocurría. Se le escapó alguna caricia hacia mí, parecía que su mano hubiera perdido toda voluntad de agradar. Era tan patente su desagrado que le dijimos que nosotros continuaríamos solos y eso hicimos.
Cuando regresé al local me esperaba una sorpresa. Estaba lleno de gente, más que los días anteriores y me parecía que todas las mujeres del mundo se habían concentrado allí. Muchos hombres con su copa en la mano hablaban entre sí, dejando que ellas se acercaran muy poquito. Otros se limitaban a contemplarnos. Y, entre todos los asistentes, llamó mi atención una docena de jóvenes que bailaban y gesticulaban sin parar. Era una despedida de soltero que tenía aquel local como fin de fiesta; entre todos los amigos habían puesto un fondo para contratar a una chica o al menos eso me dijeron. La cosa me hizo gracia. Era un chaval guapete, espigado y a medio hacer, venían de un pueblo de Toledo y no pensaban regresar a casa hasta el amanecer.
Me di otra vuelta pero regresé como atraída por un imán, me gustaba ese chico. Así que, comencé a coquetear con él, se me ocurrian chistes fáciles, le cogía su copa de la mano. Total que desplegué todas mis artes de seducción. Pero el chico se reía, los amigos se metían por medio y aquello no parecía funcionar. Llevaban ya unas copas y estaban tan subidos de ver las despampanantes hembras que se les acercaban que me hablaban en un tono totalmente distinto.
Otra vuelta por el local, esta vez fructuosa y, al regresar, un rato después el panorama se parecía bastante sólo que el número de amigos se había visto reducido considerablemente, se había disgregado algo y me pareció ver en la barra lateral al novio, así que di un paso para a ir a su encuentro. Una mano me agarró la muñeca con fuerza cuando me disponía a continuar el paseíllo, uno de los amigos me había estado observando desde el principio, no dijo palabra, sólo un gesto con la cabeza para dirigirnos a continuación hacia las escaleras.
No comprendo como pude llegar vestida al cuarto, tal era el ímpetu de aquel zagal, se frotaba contra mí desde atrás, me giraba como a una marioneta para besarme y apretaba todo mi cuerpo sin descanso. Bajito, feucho y tartamudo aquel hombre tan poco agraciado era un verdadero volcán. Tremendo lance, digno de incluirse en los anales de la historia.
Tan inesperada como aquella pasión fueron las consecuencias. Desconozco qué le diría al resto de sus amigos pero uno por uno se fueron acercando a mí, todos querían probar las mieles relatadas. Lo curioso era que cada vez que volvía a descender la escalera era uno y sólo uno de ellos quien se aproximaba a mí para que desandara con él el camino de la habitación.
No pude por menos que preguntarle a uno cuál era el misterio de lo que ocurría: habían hecho una apuesta durante la cena, todos subirían con la chica que eligiera el ganador de la misma y echaron a suerte el orden riguroso de subida con la puta.
Yo había sido la elegida.
Publicado el 21 de Julio de 2009, recuperado de mi blog censurado
30/06/2009
29/06/2009
La idea de ir a un club. El segundo día (III)
Ese día me había puesto especialmente sexi. No entendía el porqué de la ausencia de ciertas prendas en el vestuario femenino de aquel lugar. Yo no tenía ninguna intención de abandonar el uso de medias ni ligueros y aquel día le añadí un deshabillé especialmente sugerente. Aún así iba más vestida que la mayoría de mis colegas.
Puntual a las 17:00h, me dispuse a acomodarme en una banquetita esquinada a contemplar cómo evolucionaba el público. Saludé a una de las pocas que ya estaban en sus puestos. Me miró con severidad, era la rumana ajada y lo que me dijo no pude por menos que tomármelo a pitorreo: «el encargado te va a regañar porque llevas poca ropa». ¿El encargado? La única vez que lo había visto había sido meses atrás cuando no quería dejarme subir con una chica, siendo yo clienta. No llevaba un gran escote, tenía todas mis partes pudendas tapaditas, los ligueros asomaban, sólo iba un poco entallada, aunque, claro está, no con ropa para salir a la calle (dudo que el resto de putas exhiban sus conjuntitos cuando salieran de paseo). Total, absolutamente adecuado para mi oficio. Lo más llamativo era que en comparación con las demás, yo lucía casi discreta.
Y así lo entendieron los clientes, que no me dejaban descansar ni un segundo. En una de mis idas y venidas, (y con sospechosa prontitud tras la observación de mi poco amigable compañera), vino hacia mí el mencionado encargado y me pidió que le acompañara al despacho. Fui tratada verbalmente de una manera que no habría tolerado en otra situación, ejerciendo mi profesión habitual, desenvolviendome en el papel de mujer de éxito y consideración social que representaba en mi vida cotidiana. Las palabras finales fueron algo así como -«y si no te gusta, coges tus cosas y te vas».
Cada vez que tragaba saliva me sabía a hiel.
Apretaba los dientes, intentaba serenarme, pero de mi boca no salían las palabras deseadas.
Salí del despacho, a punto de las lágrimas por mi orgullo herido. Necesitaba calmarme un poco. Llamé a mi marido que estaba abajo esperando mi regreso, para mí sola era un bocado demasiado grande.
Nos sentamos y pasados unos segundos empecé a analizar mis motivaciones para estar allí, el gusto por esta aventura, nuestro juego. En otro trabajo mi criterio es respetado, se valora mi labor, mi consejo es tenido en cuenta. Jamás había sido tratada así.
Entré en razón, cualquier mujer que tuviera que alimentar a su familia, ante aquellas palabras hubiera bajado las orejas y acatado. Yo no iba a ser más que nadie. Y en cuanto al morbo de ser y sentirme una puta más en un club, no podía romper la baraja cuando las cartas no marcasen el juego idílico propuesto por mi imaginación
Me puse en pie y con paso decidido enfilé hacia aquel tipo. Me disculpé, afirmando que no volvería a ocurrir, que descuidara. La sonrisa triunfal asomó en su rostro y paradojicamente, una vaga excitación recorrió mi cuerpo y mi ánimo.
De acuerdo, bajaría en traje de noche.
Y este nuevo modelito tuvo igual aceptación que el primero.
Aquella noche iba de sorpresas.
Había pelado la pava con dos mujeronas espléndidas, de colombia, una sobre todo con unas curvas de vértigo. Me las topé en un rato de descanso. Empezaron a hablar de lo mal que estaba el trabajo y no quise contradecirlas. Entonces, una de ellas sacó una bolsita y comenzó a agitarla cual abanico, golpeando rítmicamente su otra mano. Nunca lo había visto, desconocía si aquello era mucho o poco, sólo sabía que era caro. Me llevaron a un rinconcito de la barra lateral y allí terminaron su perorata sobre si la única manera de trabajar era con ésto, muchos clientes era lo que buscaban, que no hacía falta que yo me metiera nada, sólo tenía que disimular o bien, un poco no hace daño.
Ante mi negativa esgrimían argumentos tales como que a los «loquitos», como ellas los llamaban , no se les ponía y era un trabajo fácil, sólo chupar; además solían subir con varias chicas, invitaban a copas, daban la tarjeta de crédito y pagaban más horas de las que recordaban haber contratado. Total, para ellas eran los mejores clientes, un chollo.
¿Cómo podría explicarles que yo realmente quería trabajar,entregarme a aquellos desconocidos, darles y recibir placer con todas mis fuerzas? Nuestros conceptos de las cosas eran tan dispares que ni me molesté en argumentar. Les dí las gracias y decliné la invitación. Ahora se me hacía la luz sobre el significado de las primeras palabras que intercambié con aquel señor el día anterior.
No había terminado de recuperarme cuando me acerco a un joven bien parecido. Él sonríe, toma ambas manos entre las suyas y me espeta con sarcasmo: -«Tu con estas manos… friegas escaleras verdad bonita?» ¿Pero es que todo el mundo se ha vuelto loco aquí?! Me dio la risa y me marché a cenar algo.
Texto publicado el 29-06-2009, recuperado de mi blog censurado



