La idea de ir a un club: Mi tercer día (IV)

Me había fijado en una flaquita que algunas veces paseaba de la mano de otro bombón. La busqué, fui tras ella y tuve algunos minutos de conversación. Se comportaba deliciosamente coqueta conmigo y, cuando al fin me decidí a invitarla a compartir un cliente conmigo me dijo que su novia se pondría celosa si no iban las dos. No parecía una idea descabellada, así mi marido y yo podríamos encargarnos cada uno de una e intercambiarlas: definitivamente ella estaba mejorando mi plan. Me marché muy contenta, le daría una sorpresa. 

Ya estaba yo en el local cuando se me encendió la luz, salí corriendo y no paré hasta tener delante a la rubita. Le reiteré mi ofrecimiento y me volvió a decir que perfecto. En ese punto yo añadí las palabras mágicas que había olvidado en la anterior conversación: Quiero real, no show. La cara de asco fue indescriptible. Se dio media vuelta moviendo su dedo índice hacia los lados mientras se alejaba por el pasillo.

Parece que me las prometía yo muy felices. Fui preguntando a todas las chicas que conocía y ninguna me daba razón de la que hiciera este servicio. Regresé a la habitación. Mi vecina estaba canturreando y pintándose las uñas. Le conté un poco asombrada mi búsqueda infructuosa y no se sorprendió, casi todas admiten show pero eran muy pocas las de real y su amiga era una de ellas.
Una morenita regordeta, simpática de cara y más bien bajita. No era la que yo hubiera elegido físicamente, no me atraía especialmente, pero era lo único que había encontrado.Lo medité un rato y me decidí. A la hora del partido los tres subimos a mi habitación.
Dudo del gusto real de aquella señora por las mujeres, no me besaba, apenas me tocaba, simplemente se dejaba hacer. De lo que no había duda es de que la cosa empezaba a gustarle. Lentamente iba abandonándose en mis brazos hasta entregarse por completo.
Tumbada boca arriba se retorcía y buscaba con su sexo mi boca. En total silencio su respiración se agitaba, agarraba mi cabeza con sus manos y me dirigía, hasta entregarse totalmente al placer.
Ahora era yo la que reclamaba atenciones y entonces su actitud comenzó a cambiar, súbitamente había perdido el interés por lo que en aquella cama ocurría. Se le escapó alguna caricia hacia mí, parecía que su mano hubiera perdido toda voluntad de agradar. Era tan patente su desagrado que le dijimos que nosotros continuaríamos solos y eso hicimos.

Cuando regresé al local me esperaba una sorpresa. Estaba lleno de gente, más que los días anteriores y me parecía que todas las mujeres del mundo se habían concentrado allí. Muchos hombres con su copa en la mano hablaban entre sí, dejando que ellas se acercaran muy poquito. Otros se limitaban a contemplarnos. Y, entre todos los asistentes, llamó mi atención una docena de jóvenes que bailaban y gesticulaban sin parar. Era una despedida de soltero que tenía aquel local como fin de fiesta; entre todos los amigos habían puesto un fondo para contratar a una chica o al menos eso me dijeron. La cosa me hizo gracia. Era un chaval guapete, espigado y a medio hacer, venían de un pueblo de Toledo y no pensaban regresar a casa hasta el amanecer.

Me di otra vuelta pero regresé como atraída por un imán, me gustaba ese chico. Así que, comencé a coquetear con él, se me ocurrian chistes fáciles, le cogía su copa de la mano. Total que desplegué todas mis artes de seducción. Pero el chico se reía, los amigos se metían por medio y aquello no parecía funcionar. Llevaban ya unas copas y estaban tan subidos de ver las despampanantes hembras que se les acercaban que me hablaban en un tono totalmente distinto.

Otra vuelta por el local, esta vez fructuosa y, al regresar, un rato después el panorama se parecía bastante sólo que el número de amigos se había visto reducido considerablemente, se había disgregado algo y me pareció ver en la barra lateral al novio, así que di un paso para a ir a su encuentro. Una mano me agarró la muñeca con fuerza cuando me disponía a continuar el paseíllo, uno de los amigos me había estado observando desde el principio, no dijo palabra, sólo un gesto con la cabeza para dirigirnos a continuación hacia las escaleras.
No comprendo como pude llegar vestida al cuarto, tal era el ímpetu de aquel zagal, se frotaba contra mí desde atrás, me giraba como a una marioneta para besarme y apretaba todo mi cuerpo sin descanso. Bajito, feucho y tartamudo aquel hombre tan poco agraciado era un verdadero volcán. Tremendo lance, digno de incluirse en los anales de la historia.

Tan inesperada como aquella pasión fueron las consecuencias. Desconozco qué le diría al resto de sus amigos pero uno por uno se fueron acercando a mí, todos querían probar las mieles relatadas. Lo curioso era que cada vez que volvía a descender la escalera era uno y sólo uno de ellos quien se aproximaba a mí para que desandara con él el camino de la habitación.
No pude por menos que preguntarle a uno cuál era el misterio de lo que ocurría: habían hecho una apuesta durante la cena, todos subirían con la chica que eligiera el ganador de la misma y echaron a suerte el orden riguroso de subida con la puta.
Yo había sido la elegida.

 

Publicado el 21 de Julio de 2009, recuperado de mi blog censurado

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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