La idea de ir a un club. El segundo día (III)

Ese día me había puesto especialmente sexi. No entendía el porqué de la ausencia de ciertas prendas en el vestuario femenino de aquel lugar. Yo no tenía ninguna intención de abandonar el uso de medias ni ligueros y aquel día le añadí un deshabillé especialmente sugerente. Aún así iba más vestida que la mayoría de mis colegas. 

Puntual a las 17:00h, me dispuse a acomodarme en una banquetita esquinada a contemplar cómo evolucionaba el público. Saludé a una de las pocas que ya estaban en sus puestos. Me miró con severidad, era la rumana ajada y lo que me dijo no pude por menos que tomármelo a pitorreo: “el encargado te va a regañar porque llevas poca ropa”. ¿El encargado? La única vez que lo había visto había sido meses atrás cuando no quería dejarme subir con una chica, siendo yo clienta. No llevaba un gran escote, tenía todas mis partes pudendas tapaditas, los ligueros asomaban, sólo iba un poco entallada, aunque, claro está, no con ropa para salir a la calle (dudo que el resto de putas exhiban sus conjuntitos cuando salieran de paseo). Total, absolutamente adecuado para mi oficio. Lo más llamativo era que en comparación con las demás, yo lucía casi discreta.

Y así lo entendieron los clientes, que no me dejaban descansar ni un segundo. En una de mis idas y venidas, (y con sospechosa prontitud tras la observación de mi poco amigable compañera), vino hacia mí el mencionado encargado y me pidió que le acompañara al despacho. Fui tratada verbalmente de una manera que no habría tolerado en otra situación, ejerciendo mi profesión habitual, desenvolviendome en el papel de mujer de éxito y consideración social que representaba en mi vida cotidiana. Las palabras finales fueron algo así como -”y si no te gusta, coges tus cosas y te vas”.
Cada vez que tragaba saliva me sabía a hiel.
Apretaba los dientes, intentaba serenarme, pero de mi boca no salían las palabras deseadas.
Salí del despacho, a punto de las lágrimas por mi orgullo herido. Necesitaba calmarme un poco. Llamé a mi marido que estaba abajo esperando mi regreso, para mí sola era un bocado demasiado grande.
Nos sentamos y pasados unos segundos empecé a analizar mis motivaciones para estar allí, el gusto por esta aventura, nuestro juego. En otro trabajo mi criterio es respetado, se valora mi labor, mi consejo es tenido en cuenta. Jamás había sido tratada así.

Entré en razón, cualquier mujer que tuviera que alimentar a su familia, ante aquellas palabras hubiera bajado las orejas y acatado. Yo no iba a ser más que nadie. Y en cuanto al morbo de ser y sentirme una puta más en un club, no podía romper la baraja cuando las cartas no marcasen el juego idílico propuesto por mi imaginación
Me puse en pie y con paso decidido enfilé hacia aquel tipo. Me disculpé, afirmando que no volvería a ocurrir, que descuidara. La sonrisa triunfal asomó en su rostro y paradojicamente, una vaga excitación recorrió mi cuerpo y mi ánimo.

De acuerdo, bajaría en traje de noche.
Y este nuevo modelito tuvo igual aceptación que el primero.
Aquella noche iba de sorpresas.

Había pelado la pava con dos mujeronas espléndidas, de colombia, una sobre todo con unas curvas de vértigo. Me las topé en un rato de descanso. Empezaron a hablar de lo mal que estaba el trabajo y no quise contradecirlas. Entonces, una de ellas sacó una bolsita y comenzó a agitarla cual abanico, golpeando rítmicamente su otra mano. Nunca lo había visto, desconocía si aquello era mucho o poco, sólo sabía que era caro. Me llevaron a un rinconcito de la barra lateral y allí terminaron su perorata sobre si la única manera de trabajar era con ésto, muchos clientes era lo que buscaban, que no hacía falta que yo me metiera nada, sólo tenía que disimular o bien, un poco no hace daño.
Ante mi negativa esgrimían argumentos tales como que a los “loquitos”, como ellas los llamaban , no se les ponía y era un trabajo fácil, sólo chupar; además solían subir con varias chicas, invitaban a copas, daban la tarjeta de crédito y pagaban más horas de las que recordaban haber contratado. Total, para ellas eran los mejores clientes, un chollo.

¿Cómo podría explicarles que yo realmente quería trabajar,entregarme a aquellos desconocidos, darles y recibir placer con todas mis fuerzas? Nuestros conceptos de las cosas eran tan dispares que ni me molesté en argumentar. Les dí las gracias y decliné la invitación. Ahora se me hacía la luz sobre el significado de las primeras palabras que intercambié con aquel señor el día anterior.

No había terminado de recuperarme cuando me acerco a un joven bien parecido. Él sonríe, toma ambas manos entre las suyas y me espeta con sarcasmo: -”Tu con estas manos… friegas escaleras verdad bonita?” ¿Pero es que todo el mundo se ha vuelto loco aquí?! Me dio la risa y me marché a cenar algo.

Texto publicado el 29-06-2009, recuperado de mi blog censurado

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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