La idea de ir a un club: el día definitivo (V)

Estaba realmente sorprendida por cómo estaba trascurriendo mi estancia en ese club. Por el momento no había ido mal pero era consciente de que todos los días decenas de chicas no trabajaban y eso les hacía bajar al día siguiente con la necesidad de pescar algo para, al menos, poder pagar su alojamiento. Ese día tampoco iba a tener el apoyo de mi marido, no le vería hasta que regresara a casa al final de la noche. 

Quería ser una más, vivir como cualquiera de mis compañeras, así que aquel día no llevé ni un euro en el monedero. Que había elegido un mal día lo constaté horas después.

Cuando llegué al cuarto me sobresalté, había una chica, lo cierto es que ya me estaba acostumbrando a eso de no tener que compartir cama. Era una veinteañera dominicana de cuerpo longilíneo y piel cobriza.
Decía que había encontrado trabajo y que dejaría el club en unos días. Prefería vivir dentro de la ciudad, alquilarse una habitacioncita independiente y desplazarse hasta la casa de citas cuando así lo acordara. Dediqué un largo rato a observar cómo se desvestía, la salida de la ducha, su forma de maquillarse, la manera despreocupada con la que andaba medio desnuda por la habitación. Era una belleza incapaz de dejarte indiferente y yo no era de piedra. Con la entrepierna inquieta me preparé yo también para bajar.

Serían las 17:10 h y un cliente solitario daba pequeños sorbos a su consumición. Se le acercaban chicas, una tras otra todas las presentes y a ninguna le hacía excesivo caso. Yo no iba a ser menos y me acerqué zalamera. Ni me dejó abrir el pico, directamente me ofreció 20€ menos de la tarifa habitual y yo simplemente me disculpé.

Llegaron dos chicos, se medio recostaron sobre la barra y centraron su atención en la tele: aquella tarde había futbol. La mayor parte de las chicas permaneció inmovil ante la nueva presencia. Alguna despistada más y yo nos fuimos acercando. Con una chica en cada mano uno de ellos seguía mirando la pantalla sin disimulo. El otro entabló conversación conmigo; la verdad, no tenía nada mejor que hacer pero me incomodaba su actitud.
Parecía que aquellos dos pollos habían venido a ser los gallos del corral mientras se tomaban una copa viendo el partido y a su alrededor esperaban encontrar a todas las gallinitas encantadas de que se las metiera mano. Mientras no entró nadie más me lo tomé yo también como un entretenimiento y de paso procuré tocar algun pandero.

El solitario ahí seguía, en el mismo sitio que una hora hora antes. Me acerqué y el tio repitió la jugada, esta vez ofreciendo 40€ menos. !Qué cabrón! Me alejé con una sonrisa de incredulidad en los labios.

Ciertamente había poco movimiento, seguro que el partido mantenía absortos en sus casas a los clientes de club. Camino de las cuatro horas desde la apertura, todos mis intentos habían sido fallidos. Empezaba a impacientarme, esa noche tenía que pagar la habitación así que no podía irme del local sin haber hecho, al menos, un cliente. Cada vez más chicas llegaban, se sentaban en grupitos y mascaban chicle, la insatisfacción general era manifiesta.

Y ahí continuaba con otra copa delante aquel tipo. Esta vez se me escapó una carcajada al oír su oferta, era absolutamente patético.

Pasadas las doce de la noche comenzó aquello a animarse. De pronto me fijé en un revuelo de chicas alrededor de un joven apuesto. Parecía que algo pasaba. Al acercarme intentaba ver quién era aquel que provocaba semejante alteración del personal femenino pero me era imposible, ellas me lo tapaban. Al principio no le reconocí así que pregunté a una de las chicas .

No cabía duda, las personas públicas siempre levantan expectación. La verdad es que el chico era una monada y los gorilas que le acompañaban me daban morbo. Pero esperaba a una chica en concreto, el resto no teníamos nada que hacer.

La mujer más bella de aquel recinto miraba como yo el enjambre. Rusa, rubia de piel planca, alta y tirando a delgada, hablaba a la perfección castellano. Ella era matrona en su país pero al llegar aquí tuvo problemas con la convalidación del título hasta que dejó por imposible ejercer en su profesión y optó por esta otra carrera. Hicimos buenas migas, eramos de la misma edad y con gustos parecidos. Pero ella sólo estaría alli un día más, luego regresaría a la Ciudad Condal donde llevaba una vida aparentemente normal.

Había dejado, con la conversación,de prestarle atención a la sala, así que cuando volví a mirar encontré una docena de hombres nuevos. Estaba un poco tensa, tuve que hacer un esfuerzo por relajarme y acercarme a ellos sin pretensiones, simplemente a charlar un poco con cada uno.
Dos apenas se dirigían la palabra, contemplaban el espectáculo con ojos como platos.
Era su primera vez en aquel sitio. Estaban fascindos por la visión de semejantes cuerpos casi desnudos y al alcance de sus manos pero sólo una cosa les causaba disgusto, querían producto nacional. Yo siempre habría pensado que las exóticas eran las más deseadas pero ya estaba comprobando que a muchos hombres el producto del terruño les tira más.
Continué la vuelta, observé a todos y regresé con mis paisanos. entonces, sin preguntar nada más, cogió mi mano y me pidió subir. Hacía tiempo ya que cenicienta había regresado a casa, cuando inauguré mi noche.
Aquel hombre me fue desvistiendo pausadamente, recorría mi cuerpo con la boca, usaba sus dedos cual si fuesen sus ojos. No dejaba de repetir lo bello que le parecía mi cuerpo, lo sedoso de la piel, la firmeza de mis nalgas,… Me abandoné en sus brazos y me encontré vibrando de placer entrelazados nuestros cuerpos. Me deshacía con sus caricias.
No dejaba de hablarme al oído mientras me montaba con desenfreno. Me manejaba como a una peonza dándome la vuelta a su antojo. Primero una vez y luego otra, ni él se creía que una tercera fuera posible antes de caer derrengados, los cuerpos juntos, en aquella cama. Algo así no ocurre todos los días.

Bajé al cabo de un rato a la recepción, entregué mi ganacia del día para pagar mi alojamiento y me fui a casa. Aquello había sido demasiado intenso para buscar nada más que los brazos de mi hombre.

Definitivamente este no es el medio de hacer de puta con el que yo me siento a gusto.
Prefiero la puerta cerrada, la sorpresa del cliente que va a llegar.

Prefiero, un día cualquiera, trabajar o no pero nunca tener que trabajar. Prefiero desear el momento del encuentro, prepararlo y luego gustarlo.

Prefiero que sea él el que me elija sin necesidad de inportunarle cuando se toma una copa, ni competir con otras que te miran con ansiedad y recelo pensando que les vas a robar su pieza.
Ese es mi juego, el morbo, la sorpresa, la fantasía.

 

Publicado el 16 de Agosto de 2009, Texto recuperado  de mi blog censurado

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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