Blog MariaG

03/02/2009

Delante del disparador

Filed under: Un día en la vida de una puta — MaríaG @ 3:23 am

Cada vez que las veo pienso cómo habrán terminado la sesión de fotos o quién estará detrás de la cámara.

No lo puedo evitar, mi mente calenturienta imagina cientos de posibles finales; en ellos se combinan como elementos la puerilidad de la chica y su inocencia, la realización de una prueba para obtener un trabajo, la presencia masculina detrás del objetivo y la necesidad o voluntad de que con los minutos se necesite menos ropa.

Son incontables las veces que he ensoñado en la intimidad de mi cuarto con ser yo la protagonista.

Pues bien, ayer tuve mi primera sesión de fotos seria.
Estaba nerviosa. Desnudarme delante de la cámara no me importaba. Yo quería fotos reales, fotos que no se limitaran a mostrar mi cuerpo en una pose sino reflejaran la intensidad de lo que estaba vendiendo, de mi cuerpo, la intensidad del sexo.

El café que nos tomamos primero no hizo más que aumentar mi deseo por seducir, quería conquistar a la cámara. Me mostró algunas de las fotos que había estado haciendo en los días anteriores. Primero las miré sólo con curiosidad, quería hacerme una idea de su trabajo. Pero claro, ellas estaban colocadas de maneras muy sugerentes y algunas tan explícitas que comencé a desearlas.
Sólo me quité la falda y me senté. No sabía por dónde empezar así que dejé que las fantasías acudieran a mi cabeza y simplemente me abandoné. Cerré los ojos.

A partir de aquel momento todo lo que hiciera sería para conquistarle a él, el que me miraba ahora detrás de las lentes y a aquel otro que lo haría detrás del papel. Deseaba que no lo pudieran evitar, que no pudieran resistirse, que desearan poseerme.
Dejé que mis manos recorrieran mi cuerpo, que apartaran sutilmente la ropa que estorbara. Ensoñaba con una cabina, de esas en las que se echan monedas y estás unos minutos viéndolas evolucionar casi desnudas. Me veía a mi misma observada por un grupo de hombres y yo iba girando mi cuerpo para complacer la vista de todos.
Era necesario un cambio de ropa, un nuevo escenario. Al levantarme vi su agitación apenas disimulada y azorado se concentró en su trabajo.
Más fotos, todo un profesional, se deshacía en elogios, me daba ideas para moverme. Pero cometió un error, dejó posada su cámara para acercarse al cuarto de baño, posible localización futura.

Quizás no lo esperara pero lo estaba deseando. Cuando fue a salir por la puerta, la bloqueé, dándole la espalda y me fui arrimando como una gatita en celo. Me di la vuelta con la intención de abrirle la cremallera, me puse de rodillas. No me había confundido, aquel bulto tenso hablaba por sí sólo.
Aquella larga preparación anímica nos había dejado muertos de excitación, ahora estábamos besándonos como dos adolescentes, ansiosos con premura. Ni siquiera le quité la ropa, sólo quería sentirla dentro, allí mismo, de pie en mitad del salón. en algún momento me derribó, siguió montándome hasta que me hizo gritar de placer. Entonces se retiró, volvió a coger su cámara y me retrató desmadejada, llena de gusto.

Si queríamos seguir con la sesión había que bajar un poco el nivel de reclamo. Me puse mi abrigo, las medias y los tacones y subimos a la azotea. Podían vernos, un centenar de ventanas miraban hacia nosotros y saber que detrás de alguna de ellas alguien podría recorrer mi cuerpo sin permiso me excitaba. Al dejar al descubierto mi cuerpo el gélido aire invernal me acariciaba y yo no sentía el frío.
Y ahora por los pasillos de color aterciopelado; podía rodar por las paredes, recostarme o empujarlas con todo mi cuerpo y lo que realmente deseaba es que llegara alguien, que alguna mujer retirara la vista púdicamente sin ser capaz de reconocer que ella también deseaba ser objeto de deseo.

Más cambios, menos ropa, más minutos distraidos al trabajo para dedicarnos a eros, menos tiempo, más fotos.

Mi amiga lo sabía pero realmente se había olvidado. Cuando abrió la puerta estuvo a punto de salir corriendo por aquello de no molestar.
Una lástima, disponía de poco tiempo antes de tener que echarnos de la habitación para trabajar en ella. No dejé ni que se quitase la ropa, la atraje hacia la cama y comencé a besarla. Esta vez nadie me orientaba sobre cómo colocarme, simplemente me dediqué a hacerle el amor a aquella soberana hembra.
De nuevo solos en otra estancia me disfracé, quería jugar un poco más ahora a ser una nena buena. No sé que tienen las faldas escocesas rojas que hasta a mí me impelen a mirar por debajo. De pie, sobre una silla, mi culito en pompa era un reclamo claro.

Esta vez lo quería debajo, quería llevar yo las riendas, moverme a mi gusto, correrme de nuevo. Le sujetaba las manos, le besaba, mordía y lamía, deseaba su cuerpo. Y ahora le tocaba el turno a él. Prefirió ponerme en ese plano en el que tanto me había fotografiado y poder agarrarme de las caderas mientras golpeaba con las suyas en los cachetes de mis posaderas.

Cuando terminó, ni me moví, sabía lo que pretendía: quería otra foto, una que evidenciara lo que acababa de ocurrir.

 

(Texto publicado en 2-3-2009 en mi blog censurado)

02/02/2009

Rosa, Rosa, Rosae

Filed under: ¿De dónde nace una una puta como yo? — MaríaG @ 4:42 pm

Llevábamos tiempo con una idea rondándonos, queríamos estar con una pareja. Por el momento no habíamos encontrado nada, seguro que habría otras maneras de contactar pero no estábamos obteniendo resultado. Es dificil de creer la cantidad de chicos solos que simulan ser una chica y quieren palique y más palique.

Ese dia habíamos quedado con una pareja en un restaurante cercano a casa. Yo estaba muy nerviosa, no tenía ni idea de cómo iba a salir aquello. Lo de quedar para conocernos un poco antes de nada no me terminaba de convencer, pensaba que podría encontrarme con un tipo poco atractivo, con una chica boba, o con un macarrilla sabelotodo que me hiciera desestimar la idea de meterme con ellos en la cama.

Entramos puntualmente y él ya estaba sentado. Respiré aliviada, un varón moreno y atractivo con una penetrante mirada y cara risueña nos estaba esperando. En los primeros minutos hablamos del mar y de los peces pero no tardó en calentarse la conversación. Me encontré temblorosa como una adolescente, dejando mi mano encima de la mesa para que me la cogiera con delicadeza y me acariciara. Era verano y me descalcé para que mis pies pudieran jugar libres por debajo de la mesa.
Y de repente vació los hielos de su consumición, cogió uno y lo deslizó por la planta de uno de mis pies. No estaba preparada, quise chillar de la impresión o retirar la pierna pero me tenía agarrada con firmeza y continuó lo que parecía una tortura muy placentera. Se recreó en los dedos, hacía presiones pulsátiles,… no podía moverme, con los dos pies en alto, recostada en el asiento. Mi marido aprovechaba para meterme la mano por la espalda y rozarme los pezones con disimulo. Me inquietaban las miradas del resto de comensales, me parecía que algunos comentaban la jugada y eso me azoraba. Y no, no pude moverme tampoco cuando separó mis piernas y pasó su mano entre ellas. La verdad, tampoco quería moverme, deseaba que siguiera, deseaba estremecerme a la vista de todos.
Me pidió que me quitara las braguitas y cuando se las di se las llevó a la cara, las olió y llevó la punta de la lengua al tiro. Estaban empapadas y le gustaba su sabor.
Cuando ella llegó yo ya estaba rendida en sus manos. Dos besos y se sentó a su lado. El maestro de ceremonias hizo las presentaciones y le puso al corriente de lo que había pasado hasta el momento. Pedimos algo al camarero. Mientras llegaba yo no le quitaba ojo al escote de Rosa, entonces él hizo algo que me descolocó, mientras preguntaba si quiería verlas metió su mano por el escote y mostró uno de los pechos. Me ruboricé hasta las orejas pero esa visión no se me ha borrado de la cabeza.
Estaba inquietísima, me levanté para ir al servicio. Desacostumbrada a ir sin ropa interior me daba la sensación de que era evidente para todo aquel que me mirara y era una mezcla de pudor y excitación. Cuando volví no quería ni café ni postre, sólo ir a casa cuanto antes.
Subimos. Besos y tórridos abrazos, aquello era lo más parecido a una danza en la que evolucionábamos con nuestros cuerpos mientras perdíamos la ropa.
De repente pareció como si se hubieran puesto de acuerdo y los tres me asaltaron a un tiempo. Me derribaron sobre la cama. Rosa no paraba de besarme la boca y los chicos exploraban mi cuerpo sin dejar tampoco de besarme. Quién comenzó, no puedo recordarlo pero se turnaron metiendo sus bocas entre mis piernas, mientras yo me retorcía.
Les puse a los dos de rodillas, enfrentados para jugar con sus dos miembros a un tiempo y meterlos en mi boca alternativamente y ofrecérselos a Rosa.
Hasta que ya no pude más, necesitaba sentir el peso de un hombre sobre mí. Me tumbé, abrí las piernas y reclamé lo que me prometía la visión de sus falos. Y mientras los otros dos no perdían el tiempo y tumbados a nuestro lado nos emulaban. Con una mano le agarraba el culo y con la otra buscaba el contacto con mi marido. No fueron más que segundos lo que tardé en precipitarme al orgasmo y prácticamente al mismo tiempo cayeron los otros. Y descansamos en un abrazo a cuatro, recuperando fuerzas para un segundo asalto.

Unas tórridas horas, un encuentro indescriptible. Encontré la horma de mi zapato, una mujer que me respondía a los besos y a las caricias; y él un apasionado amante.

Y desde entonces Rosa es mi amante y yo su leal servidora.

 

(Publicado 2-02-2009, Texto recuperado de mi Blog censurado)

22/01/2009

Las que tienen que servir

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 4:21 pm

21/01/2009

El mozo

Filed under: ¿De dónde nace una una puta como yo? — MaríaG @ 4:21 pm

Desde pequeña me apasionan los caballos y por temporadas he podido dedicarle tiempo a la equitación.

Al principio no me di cuenta, sólo con las semanas me percarté de lo atento que era conmigo aquel chico. Él debía traerme a mi manso para entrenar, iba a buscarlo a su box, lo enjaezaba y me ayudaba a subir. Cuando terminaba mi clase se quedaba largo rato atendiéndolo, le limpiaba los cascos, le cepillaba y todo ello con una dulzura llamativa.

No era lo único que me llamaba la atención de aquel muchacho pues era apuesto, rubio, de ojos verdes, alto, fornido y muy tímido. He olvidado su país de origen, incluso su nombre pero no su rubor cuando le dirigía la palabra.

Ese día llegué un pelín tarde y me dio rabia, habían salido todos al campo y no se habían percatado de mi ausencia. Ya que estaba allí aproveché para dar una vuelta y ver a los caballos que habían quedado. Abajo no había un alma. Alrededor de la otra pista dos naves contenían el resto de animales.
Según iba a entrar por la puerta, de frente, me topé con el barbilampiño con un cubo lleno de grano en la mano. Le seguí con la mirada y no me moví del sitio hasta que reapareció.

Me dije a mi misma que jamás volvería a tener una oportunidad como aquella, chicos así no se ven todos los días.
Llamé a mi marido por teléfono y le pedí que viniera a buscarme en media hora, creo que le dije que no podía arrancar mi coche. Quería darle una sorpresa aunque no las tenía todas conmigo de que la jugada fuera a salirme bien.

Me acerqué a él, le miraba con toda la intensidad de que era capaz; le pregunté que si tenía mucho trabajo y, por supuesto tenía muchas cosas que hacer. Entonces le pedí que si me podía hacer un favor, que no le costaría mucho y le decía ésto mientras me desabrochaba los botones de la camisa.
A penas pudo contestar, no podía apartar la mirada de mi escote. Tuve que ser yo la que me acercara para cogerle las manos y se las coloqué sobre mi cuerpo y las apreté con ganas. Entonces despertó. De repente me atrajo hacia él con fuerza y buscó mis labios para besarme y no dejó de hacerlo ierntras tironeaba de mi ropa. Fue bajando por mi cuello, deteníendose meticulosamente en mis pechos y buscando al fin mi sexo.
Me derribó sobre una paca de heno abriéndome las piernas y metiendo su boca para darme placer. No me atrevía a levantar la voz, sólo me salían entrecortadas respiraciones y ahogados gemidos.
Yo también quería corresponder, quería meterme en la boca aquel miembro, comprobar lo duro que estaba y saborearlo. Me puse de rodillas pero no me dejó regodearme, enseguida quiso poseerme, me levantó en vilo, apoyó mi espalda contra la pared y empezó a empujar entre mis piernas. Tardamos segundos en corrernos como locos en un abrazo intenso.
Al separarnos caímos en la cuenta de que alguien podría entrar, de hecho la puerta estaba abierta de par en par.
De pie, a medio vestir empezó a deslizarse una lengua de fluido denso y tórrido por mi entrepierna. No me puse los pantalones y pedí a mi hombre que me recogiera en la puerta de atrás. Confiaba en que nadie se fijara en que debajo de aquella larga camisa no había nada más, que el resto estaba en mi mano. No daba crédito a lo que veía, me miraba estupefacto mientras me acercaba al coche. Me monté directamente en el asiento de atrás y le pedí que metiera su mano entre mis piernas. Entonces empezó a insultarme sin retirar la mano, a olisquearme y a pedirme explicaciones.
Se lo conté todo, toda la premeditación, todo el gusto de cumplir esa fantasía y el pudor que me producía volver a él llena de la semilla de otro. Pero el morbo había sido demasado como para resistirlo. No duraron mucho sus pantalones puestos, se lanzó sobre mí para marcar a su hembra y yo mientras le daba pormenores del encuentro. La parte final del relato la acompasé a nuestro orgasmo, terminamos derrengados en la parte trasera esperando no haber sido reconocidos por nadie.
¿Y ahora cómo me iba a regañar? Al fin y al cabo lo había disfrutado en diferido, lo había paladeado conmigo. Pero no dejó de llamarme puta, zorra y alguna otra cosa parecida en muchos días. Tampoco podíamos evitar rememorarlo y excitarnos sobremanera. Se nos abría una paradoja, los celos y el placer.

 

Publicado el 21 de Enero de 2009, texto recuperado de mi blog censurado por Blogger

Un día cualquiera

Filed under: Como puta por rastrojo — MaríaG @ 4:20 pm

A veces me gustaría estar en la mente de los puteros y saber en qué piensan cuando descuelgan el teléfono para llamarme.
En un día cualquiera contesto un buen número de llamadas y me puede ocurrir como hace poco.
Por la mañana conciertan una cita para la noche con un horario aproximado y duración de una hora. Al rato otro posible cliente quiere también un horario similar pero tres horas. Esto supone que si quedo con ambos tendré ocupado hasta la madrugada y así organizo mi día. Y cuando ya tengo el horario cerrado llama un tercer cliente al que, a su pesar, no puedo atender.
Hasta aquí todo bien. Pero claro, la seriedad brilla por su ausencia. Salgo del trabajo, cojo el coche y me desplazo hasta el lugar de la cita y cuando estoy llegando recibo un mensaje con la anulación. Ni siquiera se molesta en llamar, total, sólo soy una puta y mi tiempo no es importante.
Hago tiempo y me dirijo al siguiente punto de encuentro. Y allí lo que me encuentro es una frase muy manida «empezamos por una hora y luego ya veremos». Todos sabemos qué significa eso y no falla, a la hora estás de nuevo en la calle. Total, sigo siendo una puta y mi vida sigue sin importar.
Regresas a casa con un regusto agridulce, ni has trabajado unas cuantas horas como te habían dicho ni has podido organizarte para regresar a tu casa a una hora prudencial (llegues a la hora que llegues los niños siguen entrando puntualmente a las nueve de la mañana). 

La verdad, no sé de qué me extraño, ¿acaso no me ocurre lo mismo en mi consulta? cuántas veces estás esperando una cita y nadie acude o te desplazas a hacer un domicilio y resulta que el paciente ha salido y te quedas con cara de poquer.
Parece que en el sexo no nos comportamos de forma muy distinta que en el resto de nuestra vida.

 

(21-01-2009, recuperado de mi Blog censurado)

11/01/2009

Una tarde en un hotel

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 4:15 pm

10/01/2009

Mi regalo de cumpleaños

Filed under: ¿De dónde nace una una puta como yo? — MaríaG @ 4:14 pm

Creo que me he saltado alguna cosa importante para entenderme mejor, ésto ocurrió muy al principio, de hecho creo que fue mi primera experiencia. 

Lo tenían todo previsto pero a mí no me habían dicho nada, sólo íbamos a cenar y después a tomar algo para celebrar mi cumple.
No sospeché nada hasta que no estuvimos dentro. Me quedé de piedra, de repente quería escabullirme, realmente no estaba preparada para el espectáculo que se ofrecía ante mis ojos: mesitas bajas repartidas por un gran local, asientos colocados en semicírculos rellenos de población masculina y gráciles féminas muy ligeras de ropa repartidas por aquí y por allá; al fondo un escenario donde unas estupendas bailarinas amenizaban la noche descubriendo sus cuerpos.

Nos sentamos muy cerca del escenario y pedimos algo de beber. Eramos cinco, mi amiga y yo debíamos ser las únicas espectadoras del local.

Se me salían los ojos de las órbitas y no podía dejar de mirar cómo bailaban. Me fijaba en sus cuerpos, en cómo se movían, incluso en la dificultad técnica de su danza. Estaba como hipnotizada, apenas si conseguían mantener conmigo una conversación interesante. Y todos la mar de animados como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Empezaron a acercarse, en grupos de cinco o seis, hermosas todas y se sentaban intercaladas entre nosotros para darnos palique. Siempre he sido tímida para estos lances y no terminaba de encontrarme cómoda.

Sin previo aviso una de ellas se puso de pie delante de uno de mis amigos y comenzó a bailarle. Yo estaba atónita, no debí siquiera parpadear durante el tiempo que aquella morena se contoneaba sobre él. Se me debía notar el grado de alteración que tenía, procuraba contenerme, por aquello de la compostura, nunca se me pasó or la imaginación que pudiera ocurrir nada más. Me equivocaba.

Mi amiga estaba charlando animadamente con varias de las chicas, yo comentaba el panorama con mi hombre cuando una preciosa muñeca de piel cobriza se acercó a mí para presentarse. No se me habría ocurrido pensar que yo pudiera ser la destinataria, pensaba que las mujeres seríamos entes pasivos. ¡Qué ingenua era!
Se puso delante de mí, de pie y con sus piernas abrió las mías para colocarse en el centro. Y empezó a bailar. Pero este baile era distinto de los que había visto en las otras mesas. Ella me rozaba con todo su cuerpo, se restregaba contra el mío y me miraba, me miraba con un deseo que jamás había visto en los ojos de una mujer.
Estaba totalmente paralizada por la emoción no podía más que mirarla, sólo existía ella. Estaba ruborizada, acalorada. Tenía puesta una camisa con corchetes, aún no entiendo cómo se fueron desabrochando mientras ella movía su cuerpo sobre mí y quedé inmovil con la camisa abierta.
Ese fue el momento que aprovechó para recorrerme con su lengua, besó y lamió toda parte de mi cuerpo visible.
Cuando llegó a mi cuello estaba medio muerta, oía su respiración y cerraba los ojos para sólo sertirla a ella.
Hubiera podido hacer de mí lo que quisiera, en ese momento sólo existía su cuerpo. Ella había despertado en mí una pasión de la que yo no sospechaba ser capaz.

Se terminó y desapareció dejándome desmadejada por completo, con la ropa abierta, recostada en mi asiento, la cabeza inclinada hacia atrás, los brazos caídos.
Entonces fui consciente de la cantidad de ojos que estaban vueltos hacia mí, habíamos sido el espectáculo de la noche. Y lejos de darme súbitamente apuro, me excitó más, si aún eso era posible.

De regreso a casa todas las imágenes se agolpaban en mi cabeza. Deseaba intensamente a esa mujer, como a pocos en mi vida he deseado y recordaba como me miraban todos esos hombres. Nos faltó tiempo para meternos en la cama para culminar la noche.

Acababa de vivir un intenso deseo por las mujeres y excitación por ser mirada lujuriosamente. Desde entonces ambas cosas constituirían parte de mi morbo.

Años después he vuelto al mismo local queriendo revivir aquella fiesta. Pero lamentablemente ahora se ha transformado en un club con algunas chicas que bailan, nada que ver con lo que conocimos.

 

(Publicado 10-01-2009, recuperado de mi blog censurado)

20/12/2008

Sorpresas por Madrid

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 3:56 pm

19/12/2008

Con la punta de los dedos

Filed under: ¿De dónde nace una una puta como yo? — MaríaG @ 3:55 pm

Parece que ha pasado toda la vida cuando a penas nos tocábamos con la punta de los dedos. Recuerdo esos días agónicos en los que la piel no era barrera para nuestro tacto, en los que la mera proximidad de nuestras manos nos abría el pecho desbordándonos de felicidad. Desde el principio un lazo invisible unió nuestras almas, ese lazo por el que sentimos en nosotros lo que el otro vive. Un día te descubres sin razón para alterarte y, sin embargo sabes que algo está pasando y poco a poco esas «casualidades» pueblan tu vida.
Doy gracias a Dios porque la intensidad en nuestra relación no ha desaparecido, sólo ha ido experimentando, buscando nuevos cauces.

Había oído hablar de esos locales y sentía una curiosidad morbosa asi que insití hasta convencer a mi marido. Primero una cena romántica y luego veríamos qué era aquello. Aquel día no quise pasar del cuarto oscuro. Cuando entramos había un par de parejas más, cada uno en una punta. Nos abrazamos y comenzamos a bailar. Yo teblaba como una hoja y miraba curiosa lo que hacían los otros. Entonces la chica de la derecha se puso de rodillas, en una actitud muy clara, un poco girada hacia nosotros, de tal manera que pudiéramos ver lo que hacía, incluso me parecía que estaba ofreciéndome a mí un poco.
Yo llevaba una falda hasta los pies, no fuera a ser que se me viera un gramo del cuerpo. Estábamos a suficiente distancia como para poder observar a la rubia pero que no me pudieran tocar. Entonces mi marido empezó a arrastrar la falda hacia arriba, muy despacio. Según me dejaba las piernas al descubierto empecé a imaginar que era el centro de las miradas de todos y me puse como un palo. La impresión era demasiado fuerte para mí y salí corriendo, arrastrándole de la mano.
Una vez en la calle me dió mucha rabia, me había comportado como una chiquilla y lo peor era que me había gustado lo que había vivido. Al regresar a casa nos fuimos directos a la habitación, no había tiempo que perder, era tal mi estado de excitación que tardé segundos en llegar al climax. ¡Mi cuerpo debía de haber enloquecido! resulta que los orgasmos se habían sucedido uno tras otro. Yo era la primera sorprendida.

Quería volver a probar, esperaba poder quitarme ese bloqueo paralizante. Esta vez la falda era un poco más corta aunque los nerviso fueran comparables. Tampoco había mucha gente, afortunadamente y el la pista de baile hubo algún roce, una caricia furtiva. Pero entonces detrás de una celosía la llama de un cigarrillo iluminó un rostro masculino y me sentí observada de nuevo. Imposible, necesitaba un lugar más íntimo. Porque a pesar de esa impresión no podía negar que estaba excitadísima y quería probar a desnudarse y hacerle el amor medio oculta a los ojos de los curiosos por una sábana. Me llamaba poderosamente la atención que un desconocido pudiera observarnos o incluso participar.

Hubo un punto de inflexión.
Estaba yo de guardia y vino a cenar conmigo. Todo era absolutamente convencional hasta que un amigo común se acercó para traernos no recuerdo el qué. En la conversación empecé a ponerme coqueta, no necesitaba habérselo dicho para saber que mi marido estaba pensando en lo mismo que yo. Me senté en las rodillas del otro, él era muy tímido y le temblaba el pulso. Poco a poco fuero cayendo todas las defensas y terminamos los tres desnudos en la cama.
Yo tumbada boca arriba, mi marido entre las piernas, me susurró al oído «¿no querías tirártelo? pues bésalo, bésalo como si te entregaras a él y no a mí». Primero despacio y después con frenesí me lo empecé a comer con la boca. Me sentía totalmente infiel, era el colmo, tener a mi hombre encima y yo estar entregada a otro. Y, precisamente por eso, yo estaba como una loca y él fuera de sí, no sabía si estrangularme con sus manos por puta o correrse de placer por los cuernos que le estaba poniendo en sus barbas. Es difícil saber a quién de los dos nos gustó más.

Acababa de descubrir que, no sólo me gustaba meter a terceros en nuestra cama sino que me excitaba sobremanera probocar los celos de mi marido. Ésto tendría que explotarlo.

Un día, en vez de ser un chico solo fueron dos y otro más un poco más tarde.
Vicio, vicio y más vicio, cada vez me gustaba más estar en los brazos de otros hombres mientras mi marido, a mi lado, se retorcía de puros celos y gusto.

Lo peor que pudo hacer fue retarme, quiso saber con cuántos hombres quedaría satisfecha, quería demostrarme que me dejaría agotada y saciada de machos. Yo no sabía lo que me habían preparado y me vendó los ojos. Sentada en un sofá no me podíani imaginar lo que iba a ocurrir a continuación.
No oí nada, cuatro manos empezaron a desabrocharme la ropa y me llevaron hasta una cama. Tironeaban de un lado y de otro y consiguieron dejarme desnuda. Sentía el contacto de manos por mi cuerpo y luego de bocas. Entonces vi que el número no cuadraba, al menos cuatro hombres me rodeaban. Y así fue durante horas.
Me colocaban de decúbito prono y supino y otra vez boca abajo y yo no desatendía ningún mienbro que pusieran al alcance de mis manos, de mi boca o de mi sexo. Con los ojos tapados me había abandonado por completo en las manos de eros. Buscaba con la cara dónde estaba él y de vez en cuando le alargaba la mano para que me la sostuviera y compartiera mi placer.
Más altos, más bajos, más delgados, los había para todos los gustos y digo los había porque unos dejaban el puesto a los siguientes y siempre tenía todo mi cuerpo entretenido.
Ni uno solo dejó de darme placer, me corrí con todos, todas las veces que me penetraron y con alguno más de una vez.

Y le reconocí, aunque procuró no tocarme más que con su miembro, supe que era él el que me estaba montando y le abracé como a ninguno porque era el mío.
Ya de madrugada se fueron retirando hasta dejarnos solos. Y al refugiarme de nuevo en sus brazos, al recuperar el olor de su cuerpo volví a darme por entero él.
Ese fue el más intenso de todos los placeres de aquella noche loca.

(19-12-2008, texto recuperado de mi Blog censurado)

14/12/2008

De nuevo en el Colegio

Filed under: Yo misma y nunca toda yo (Galería fotográfica) — MaríaG @ 3:52 pm

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