Cada vez que las veo pienso cómo habrán terminado la sesión de fotos o quién estará detrás de la cámara.
No lo puedo evitar, mi mente calenturienta imagina cientos de posibles finales; en ellos se combinan como elementos la puerilidad de la chica y su inocencia, la realización de una prueba para obtener un trabajo, la presencia masculina detrás del objetivo y la necesidad o voluntad de que con los minutos se necesite menos ropa.
Son incontables las veces que he ensoñado en la intimidad de mi cuarto con ser yo la protagonista.
Pues bien, ayer tuve mi primera sesión de fotos seria.
Estaba nerviosa. Desnudarme delante de la cámara no me importaba. Yo quería fotos reales, fotos que no se limitaran a mostrar mi cuerpo en una pose sino reflejaran la intensidad de lo que estaba vendiendo, de mi cuerpo, la intensidad del sexo.
El café que nos tomamos primero no hizo más que aumentar mi deseo por seducir, quería conquistar a la cámara. Me mostró algunas de las fotos que había estado haciendo en los días anteriores. Primero las miré sólo con curiosidad, quería hacerme una idea de su trabajo. Pero claro, ellas estaban colocadas de maneras muy sugerentes y algunas tan explícitas que comencé a desearlas.
Sólo me quité la falda y me senté. No sabía por dónde empezar así que dejé que las fantasías acudieran a mi cabeza y simplemente me abandoné. Cerré los ojos.
A partir de aquel momento todo lo que hiciera sería para conquistarle a él, el que me miraba ahora detrás de las lentes y a aquel otro que lo haría detrás del papel. Deseaba que no lo pudieran evitar, que no pudieran resistirse, que desearan poseerme.
Dejé que mis manos recorrieran mi cuerpo, que apartaran sutilmente la ropa que estorbara. Ensoñaba con una cabina, de esas en las que se echan monedas y estás unos minutos viéndolas evolucionar casi desnudas. Me veía a mi misma observada por un grupo de hombres y yo iba girando mi cuerpo para complacer la vista de todos.
Era necesario un cambio de ropa, un nuevo escenario. Al levantarme vi su agitación apenas disimulada y azorado se concentró en su trabajo.
Más fotos, todo un profesional, se deshacía en elogios, me daba ideas para moverme. Pero cometió un error, dejó posada su cámara para acercarse al cuarto de baño, posible localización futura.
Quizás no lo esperara pero lo estaba deseando. Cuando fue a salir por la puerta, la bloqueé, dándole la espalda y me fui arrimando como una gatita en celo. Me di la vuelta con la intención de abrirle la cremallera, me puse de rodillas. No me había confundido, aquel bulto tenso hablaba por sí sólo.
Aquella larga preparación anímica nos había dejado muertos de excitación, ahora estábamos besándonos como dos adolescentes, ansiosos con premura. Ni siquiera le quité la ropa, sólo quería sentirla dentro, allí mismo, de pie en mitad del salón. en algún momento me derribó, siguió montándome hasta que me hizo gritar de placer. Entonces se retiró, volvió a coger su cámara y me retrató desmadejada, llena de gusto.
Si queríamos seguir con la sesión había que bajar un poco el nivel de reclamo. Me puse mi abrigo, las medias y los tacones y subimos a la azotea. Podían vernos, un centenar de ventanas miraban hacia nosotros y saber que detrás de alguna de ellas alguien podría recorrer mi cuerpo sin permiso me excitaba. Al dejar al descubierto mi cuerpo el gélido aire invernal me acariciaba y yo no sentía el frío.
Y ahora por los pasillos de color aterciopelado; podía rodar por las paredes, recostarme o empujarlas con todo mi cuerpo y lo que realmente deseaba es que llegara alguien, que alguna mujer retirara la vista púdicamente sin ser capaz de reconocer que ella también deseaba ser objeto de deseo.
Más cambios, menos ropa, más minutos distraidos al trabajo para dedicarnos a eros, menos tiempo, más fotos.
Mi amiga lo sabía pero realmente se había olvidado. Cuando abrió la puerta estuvo a punto de salir corriendo por aquello de no molestar.
Una lástima, disponía de poco tiempo antes de tener que echarnos de la habitación para trabajar en ella. No dejé ni que se quitase la ropa, la atraje hacia la cama y comencé a besarla. Esta vez nadie me orientaba sobre cómo colocarme, simplemente me dediqué a hacerle el amor a aquella soberana hembra.
De nuevo solos en otra estancia me disfracé, quería jugar un poco más ahora a ser una nena buena. No sé que tienen las faldas escocesas rojas que hasta a mí me impelen a mirar por debajo. De pie, sobre una silla, mi culito en pompa era un reclamo claro.
Esta vez lo quería debajo, quería llevar yo las riendas, moverme a mi gusto, correrme de nuevo. Le sujetaba las manos, le besaba, mordía y lamía, deseaba su cuerpo. Y ahora le tocaba el turno a él. Prefirió ponerme en ese plano en el que tanto me había fotografiado y poder agarrarme de las caderas mientras golpeaba con las suyas en los cachetes de mis posaderas.
Cuando terminó, ni me moví, sabía lo que pretendía: quería otra foto, una que evidenciara lo que acababa de ocurrir.
(Texto publicado en 2-3-2009 en mi blog censurado)


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