Rosa, Rosa, Rosae

Llevábamos tiempo con una idea rondándonos, queríamos estar con una pareja. Por el momento no habíamos encontrado nada, seguro que habría otras maneras de contactar pero no estábamos obteniendo resultado. Es dificil de creer la cantidad de chicos solos que simulan ser una chica y quieren palique y más palique.

Ese dia habíamos quedado con una pareja en un restaurante cercano a casa. Yo estaba muy nerviosa, no tenía ni idea de cómo iba a salir aquello. Lo de quedar para conocernos un poco antes de nada no me terminaba de convencer, pensaba que podría encontrarme con un tipo poco atractivo, con una chica boba, o con un macarrilla sabelotodo que me hiciera desestimar la idea de meterme con ellos en la cama.

Entramos puntualmente y él ya estaba sentado. Respiré aliviada, un varón moreno y atractivo con una penetrante mirada y cara risueña nos estaba esperando. En los primeros minutos hablamos del mar y de los peces pero no tardó en calentarse la conversación. Me encontré temblorosa como una adolescente, dejando mi mano encima de la mesa para que me la cogiera con delicadeza y me acariciara. Era verano y me descalcé para que mis pies pudieran jugar libres por debajo de la mesa.
Y de repente vació los hielos de su consumición, cogió uno y lo deslizó por la planta de uno de mis pies. No estaba preparada, quise chillar de la impresión o retirar la pierna pero me tenía agarrada con firmeza y continuó lo que parecía una tortura muy placentera. Se recreó en los dedos, hacía presiones pulsátiles,… no podía moverme, con los dos pies en alto, recostada en el asiento. Mi marido aprovechaba para meterme la mano por la espalda y rozarme los pezones con disimulo. Me inquietaban las miradas del resto de comensales, me parecía que algunos comentaban la jugada y eso me azoraba. Y no, no pude moverme tampoco cuando separó mis piernas y pasó su mano entre ellas. La verdad, tampoco quería moverme, deseaba que siguiera, deseaba estremecerme a la vista de todos.
Me pidió que me quitara las braguitas y cuando se las di se las llevó a la cara, las olió y llevó la punta de la lengua al tiro. Estaban empapadas y le gustaba su sabor.
Cuando ella llegó yo ya estaba rendida en sus manos. Dos besos y se sentó a su lado. El maestro de ceremonias hizo las presentaciones y le puso al corriente de lo que había pasado hasta el momento. Pedimos algo al camarero. Mientras llegaba yo no le quitaba ojo al escote de Rosa, entonces él hizo algo que me descolocó, mientras preguntaba si quiería verlas metió su mano por el escote y mostró uno de los pechos. Me ruboricé hasta las orejas pero esa visión no se me ha borrado de la cabeza.
Estaba inquietísima, me levanté para ir al servicio. Desacostumbrada a ir sin ropa interior me daba la sensación de que era evidente para todo aquel que me mirara y era una mezcla de pudor y excitación. Cuando volví no quería ni café ni postre, sólo ir a casa cuanto antes.
Subimos. Besos y tórridos abrazos, aquello era lo más parecido a una danza en la que evolucionábamos con nuestros cuerpos mientras perdíamos la ropa.
De repente pareció como si se hubieran puesto de acuerdo y los tres me asaltaron a un tiempo. Me derribaron sobre la cama. Rosa no paraba de besarme la boca y los chicos exploraban mi cuerpo sin dejar tampoco de besarme. Quién comenzó, no puedo recordarlo pero se turnaron metiendo sus bocas entre mis piernas, mientras yo me retorcía.
Les puse a los dos de rodillas, enfrentados para jugar con sus dos miembros a un tiempo y meterlos en mi boca alternativamente y ofrecérselos a Rosa.
Hasta que ya no pude más, necesitaba sentir el peso de un hombre sobre mí. Me tumbé, abrí las piernas y reclamé lo que me prometía la visión de sus falos. Y mientras los otros dos no perdían el tiempo y tumbados a nuestro lado nos emulaban. Con una mano le agarraba el culo y con la otra buscaba el contacto con mi marido. No fueron más que segundos lo que tardé en precipitarme al orgasmo y prácticamente al mismo tiempo cayeron los otros. Y descansamos en un abrazo a cuatro, recuperando fuerzas para un segundo asalto.

Unas tórridas horas, un encuentro indescriptible. Encontré la horma de mi zapato, una mujer que me respondía a los besos y a las caricias; y él un apasionado amante.

Y desde entonces Rosa es mi amante y yo su leal servidora.

 

(Publicado 2-02-2009, Texto recuperado de mi Blog censurado)

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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