Besos de ojos cerrados

12/10/2015 2 Por MaríaG

Desde la primera vez que experimenté el sexo en grupo, pero en grupo desproporcionado, quise volver a experimentarlo. Cada vez que ha ocurrido ha sido total y absolutamente especial. Lo cierto es que he perdido la cuenta, seguramente superarán el centenar de veces e incontables son los hombres que han participado.

Yo me siento radicalmente diferente desde aquella primera vez. Tumbada decúbito supino, ojos vendados; piernas abiertas, manos, boca, sexo, ofrecidos. Aquella vez ellos me daban generosos su placer, sus embestidas, su simiente.

Ahora soy otra diferente en todo pero sigo siendo la misma puta. Ahora la que se dá soy yo; soy yo la que me entrego, la que otorga su boca y se ofrece en cada beso, en cada hombre, en cada miembro. Ahora soy yo la que abre su cuerpo , la que entrega su placer, no como cesión, no como búsqueda sino como ofrenda.

Ya no niego nada de mi cuerpo, ahora todo él es ofrecido, de la manera en que sea requerido. Y es de ello de lo que extraigo un placer absoluto. No de un acto onanista, sino de un acto que bien podríamos llamar  conyugal, íntimo, irremplazable.

En mi fantasía bullía, hace años, la necesidad de que los hombres fueran arrebatándome uno tras otro, como puestos en fila, cada uno con su tiempo y espacio, pero sin cesar. De esa manera quería entregarme a una danza preñada de orgasmos y néctar, cuajada de besos y gemidos, en una orquestación natural donde todos tuvieran simplemente lo que necesitaran de mí. Y de esa manera yo encontrar mi plenitud en el ara de aquel tatami.

Y por fin ha ocurrido, de manera mágica, sorpresivamente ha surgido así. Yo premiaba su generosidad con un beso final de agradecimiento, un beso tierno susurrando un “gracias”, un beso sosteniendo las mejillas con las manos, un beso de ojos cerrados.