Extraños en un tren: El Bagdad

Me recogió en la estación. Iríamos a su casa un rato, a coger fuerzas para dar una vuelta por la Ciudad Condal. Un paseo y una buena cena. 

Estaba impaciente por que llegara la noche. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de conocer aquel local. Llegamos los primeros, tanto que tuvimos que esperara en la calle a que nos dejaran entrar. Bajamos las escaleras. Unas vitrinas con cositas de sexshop y un arco de  acceso a la sala. Me sorprendí de lo pequeño que era aquello y el tufillo demodé, que no deja de tener su encanto. De frente una barra con una cobriza de desmayo, insinuante y ligera de ropa. A la derecha se abría la sala rectangular con filas de butacas dibujando una U, el escenario en el centro rodeado de cortinajes cerrados. Y una puerta al fondo.

Nos sentamos en primera fila, justo delante del escenario, con una barandilla de separación. Tardaríamos un rato en compartir la sala. Poco a poco, primero una pareja en la izquierda, luego en la derecha unos cuantos chicos. Alguna pareja más detrás de nosotros, un grupo de japoneses, unos chicos un tanto borrachos de despedida de soltero. Hombres solos, nacionales y extranjeros y de todos los colores.

Y en algún punto de nuestra espera, comenzó a sonar música. A partir de ese momento fui transportada a otro mundo.

Morena, alta,  con un cuerpo de infarto. Esa mujer se puso a bailar para mí, me miraba, se tocaba, recorría con su mano todo su cuerpo, cerraba los ojos. Tumbada  bocabajo, con su hermoso culito levantado, nos ofrecía una visión intolerable de su sexo desnudo. El escenario daba vueltas acercándonos su desnudez un poco más.

 Entonces sacó un consolador y comenzó a jugar con él. En su boca primero, rítmicamente introducido, entre sus piernas después. Deseaba ardientemente ser yo quien lo manejara. Tan cerca y tan inaccesible.  Y se veló para mí y la música cesó.

Azafata y piloto uniformados, rubios, guapos y de cuerpo estupendo. Nada les costó desembarazarse de sus ropas y comenzar a evolucionar. Él nos mostraba la belleza de la dama, su sexo abierto, expuesto y ella, de rodillas, cual si suplicara la atención de su macho. De pie, por detrás, se fue acercando para ensartarla, mostrándonos todo su cuerpo, inclinándola hacia nosotros. Tan cerca de mis ojos podía ver su miembro presionando para entrar en ella, dilatándola, tensionando de tal manera que casi parecían uno. En el suelo, arqueada la espalda, los movimientos acompasados y mis manos inquietas se me escapaban para tocarme.

Dos espectaculares morenas y altísimas, con cuerpos perfectos, aceitados y deseables. No tardaron en bajar del escenario y comenzar a jugar con los chicos que estaban sentados a mi derecha. Les provocaban haciendo que las acariciaran que les dieran un beso, que les desabrocharan la poca ropa que llevaban, mientras bailaban insinuantes.  

El desenlace era previsible y para mí mucho más deseable que para aquellos incautos. Eran dos travestis de desmayarse.

Un pequeño descanso. Ya estaba la sala mucho más llena, habría pasado qué se yo, ¿una hora? Quizá más. Dejé a mi acompañante sentado, él era más bien tímido y prefería no moverse por allí. Me acerqué al bar, no tanto con la intención de tomar algo sino por ver a las chicas. Como en un burdel de los de siempre, las bailarinas, en traje corto, luciendo encantos, permanecían sentadas en altos taburetes, con una bebida entre las manos. Me acerqué. No me resistí a poner una mano en la pierna de una y preguntarle cómo funcionaba aquello. Me dijo los precios y me señaló la puerta que nos conduciría a otro mundo. Me quedé con las ganas, no habíamos venido a éso y mi acompañante me quería en exclusiva.  Toqué los culos que pude, metí mano a algún escote y volví a mi sitio.

Me sorprendió que fuera ella, la preciosa joven que estaba hace un momento en la barra ahora estaba allí, delante de mis ojos, con tan poquita ropa… Sensual como ninguna, provocándome con su mirada. No pude resistirme, abrí un poco más mis piernas, apoyé delante los pies y, recostándome me subí la falda para poder meter  mi mano entre las piernas.

 

Su objetivo lo estaban consiguiendo, me tenían alteradísima. Y ella seguía moviéndose para mí, sin dejar de mirarme, prometiéndome unas mieles que no podría alcanzar.

 A ese sí que le conocía, no guardo recuerdo de cuál era la mujer que estaba con él pero sí que desee ser yo la afortunada. Dinio estaba sobre el escenario, actuaba como macho dominante y la agarraba con furia y se le notaba brusco y a ella un tanto molesta. Pero eso le provocaba y él seguía con un punto más  de fuerza. Tiraba de su rubia cabellera, la colocaba a cuatro patas y daba golpes de riñón sonoros. Y yo estaba siendo transportada a la edad de piedra y estaba viendo a un semental marcando a su hembra y no podía dejar de desear haber sido yo la que allí estuviera. Y para rematar aquella exhibición de poder masculino, de pie, con su miembro turgente en su mano, continuó dándose placer, demostrándonos la fuerza de su masculinidad y ofreciéndonos el espectáculo de ver salir el preciado líquido, con fuerza, a chorro, empapando las cortinas.

Cuando apareció ella yo estaba derretida en mi asiento. El pulso acelerado, rubor en mis mejillas, las piernas abiertas y mi sexo húmedo. Buscó entre el público y a mí me faltó tiempo para saltar al escenario. Me ofreció su boca y yo la tomé entera, besándola con pasión y tocándola con premura adolescente. Yo a penas era consciente de lo que estaba pasando pero poco a poco mi ropa fue cayendo al suelo y sus caricias se iban intensificando. No tenía ojos más que para ella y temía el momento en que mi tiempo concluyese. Estaba desnuda, con su mano entre mis piernas, colocada de rodillas, mirándola. Entonces aparté su apretado tanga para descubrir su secreto y me dejó que la metiera en la boca, deseosa de notarla caliente y dura. La plataforma siguió girando pero las cortinas me ocultaron del público. Nunca sabrán que en esos momentos hubieran podido hacer conmigo lo que hubieran querido, estaba totalmente entregada al placer y deseosa de experimentarlo allí mismo, bajo aquellos cegadores focos.

 Pero me dejaron marchar abrochándome la blusa, sin bragas y jadeante.

Imposible recordar nada más. Sí, salieron al escenario alguna belleza que otra y bailaron pero mis ojos ya no se centraban. Estaba borracha de imágenes impactantes, de escenas que no olvidaré mientras viva. Ahora era tiempo de retirarse y dejar que todo aquello bullera en mi cabecita mientras me entregaba al placer carnal.

Deja un comentario

600073770

ESASCHICAS.COM

Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

MariaG sexo natural, tu puta en Madrid