Extraños en un tren: La ida a Barcelona

18/03/2013 2 Por MaríaG

Nada más ocurrir lo conté, tenía miedo de que aquello pareciera sólo un sueño. Pero el relato se perdió y aquellos hechos continúan rondando mi cabeza.

Un cliente me contrató para pasar con él un fin de semana en Barcelona. Con escueto equipaje me subí en el AVE, dispuesta a descansar, leer un poco, en fin, nada particular.

Ya estaba sentada en mi asiento, junto a la ventana, cuando llamó mi marido. Al principio bien, le dije que tenía ganas de continuar con mis lecturas y que me dejaría llevar por el sueño. Pero su tono comenzó a ser un tanto burlón cuando dijo que él también podría estar tranquilo porque en esas condiciones no me quedaba más remedio que ser buena y modosita.

Consiguió sacarme de mis casillas, y toda indignada le aseguré que se comería sus palabras.
Colgué el teléfono y me dirigí al chico que estaba sentado a mi derecha. Al principio hizo como si nada pero le insistí: “Fíjate lo que me ha dicho mi marido”. Procuraba distraer su mirada hacia el libro que tenía delante pero yo tomé su mano, me desabroché un botón de la blusa y me acomodé en mi asiento.

Hizo algún intento de zafarse pero su mano volvía de nuevo a acariciar mi piel. Jugamos un buen rato, metía los dedos debajo de mi falda, me permitía que yo le recorriera también, comprobando lo excitado que estaba.

En un momento dado le propuse que nos acercáramos a uno de los servicios. Primero que si la gente nos podía ver y luego que si estábamos muy cerca de Zaragoza y a él le gustaba hacer las cosas con calma. Total, no quiso, pero entonces el dije que no le quedaba más remedio que seguir masturbándome hasta que se bajara, seguro que no querría dejarme en aquel estado de excitación.

Busqué que me diera placer, abría lo suficiente las piernas para que su mano pudiera moverse, que sus dedos juguetearan con mi clítoris, que se mojaran de mí.

Y en este estado, las piernas sobre el asiento, la falda inexistente y el escote abierto, llamé a mi hombre. Su tono era abiertamente burlón “¡¡sólo has conseguido que un tipo te haga un dedo!!”.

De acuerdo, no me sentaría hasta lograr a un hombre dispuesto a complacerme.
Recorrería todos los vagones, uno por uno, buscando cualquier hombre que se viera solo y a todos ellos les haría una propuesta muy concreta, entretenernos un ratito en los servicios.

Comencé en la cafetería, entablando conversación con uno que leía el periódico y luego lo intenté con el camarero. Con un chico que había salido a hablar por teléfono donde el equipaje. Me senté al lado de un joven simpático, me paseé arriba y debajo de forma incesante. Y las contestaciones eran todas del mismo estilo, nadie se mostraba ofendido, antes pensaban que fuera una broma.

Después de la segunda parada quedaba poca gente. En el primer vagón un hombre solo, de pie, miraba por la ventana. Me fui a sentar lo más cerca posible, sin saber que era justo el asiento que él ocupaba y así entablamos conversación.

Ante la pregunta de qué haces dando vueltas, pues le dije que mortalmente aburrida pero que estaba seguro de que el sabría cómo entretenerme. Una pequeña objeción, dijo estar casado, pero claro, yo también. Y tras unos instantes de duda se decidió a acompañarme.

Cerré la puerta tras de mí y comenzamos a besarnos con premura, con nervios. Nos desabrochamos la ropa, con premura adolescente, frotándonos, jadeando. Me puse de rodillas, quería probarle con mi boca. Estaba duro, tenso, le recorrí con la lengua despacio, recogiendo dos gotitas que habían surgido de él. Cerré mis labios sobre él y succioné con gusto, mientras movía mi cabeza arriba y abajo parsimoniosamente.

Me volvía a poner de pie, no quería que se terminara tan pronto el juego, ahora era mi turno. Con la mano en el pecho le empujé un poco para que se sentara. Entonces, despacio me fui sentando sobre él, sin dejar de besarle, hasta tenerla toda dentro. Estaba empapada, su miembro se deslizaba acompasado y yo buscaba mi placer moviendo las caderas en círculo primero, después metiéndola toda, así hasta sentir que me había llenado el coño de leche. Entonces me corrí, le retuve un instante más entre mis piernas, dejé que todo mi cuerpo se estremeciera.

Me moví despacio, con los muslos empapados. No quería limpiarme, quería seguir con la evidencia de mi desliz, mojar las bragas y seguir recordando que había estado unas cuantas horas zorreando a mi aire por aquel tren.

Estaba deseando encontrarme con mi cliente y que él también me recompensara.

Ya estábamos entrando en Barcelona y llamé para contar el resultado de mi viaje. Una foto daría fe de lo que acababa de ocurrir. Se sobresaltó, realmente no se lo esperaba y tampoco esperaba yo excitarle tanto con aquel desaire. Le dije que no se preocupara, que me quedaba la vuelta al día siguiente.

Viajar en tren puede ser toda una experiencia.