Coje el dinero y corre!

Desde el principio fue todo un tanto peculiar. Me costó entenderle al teléfono porque no hablaba bien español. De noche, para ir a un domicilio, un desconocido. Aún no entiendo cómo me convenció pero fui. 

Un barrio normal, una urbanización normal, un piso normal. Abrió la puerta un tipo joven y fornido, no me sorprendió él, sino que no estuviera solo; en el salón otro chico, muy guapo, por cierto, me saludó sonriente, dijeron que era su primo.

Pasamos a la habitación, rebuscó en su bolsillo y sacó un arrugadísimo billete de 500 que tiró encima de la cama. Claro que había visto más billetes morados pero nadie espera que una lleve cambio. Me dijo que luego arreglaríamos cuentas y que tenía otros tres como esos. Yo estaba nerviosa pero muy excitada, no me cabía duda de que aquello no iba a ser un servicio normal.

No me puso un dedo encima, sólo pidió que me quitara la ropa. Coqueta, me fui despojando de todo, lentamente y obediente me senté en la cama. Él permanecía con su ropa interior.

Entonces salió de la habitación dejando la puerta abierta. Se oían risas en el pasillo y volví a ver al primo que me miraba descarado. Mi cliente regresó como si nada, se desnudó y me ofreció coca. Le di las gracias pero rehusé a pesar de su insistencia.

Me agarró de la nuca y tirándome del pelo, con fuerza, me empujó la cabeza hacia su entrepierna y dijo “chupa”. ¡Qué cabrón! Lo noté en cuanto me la metí en la boca, el sabor amargo era inconfundible, se me durmió la lengua, el paladar y la garganta, una sensación muy desagradable.

En ese momento llamaron al telefonillo, se puso los calzones, volvió a salir y otra vez la puerta permaneció abierta.
Un tercer hombre se asomó, los tres hablaban delante de mí (yo no entendía nada, eran rusos) y se reían. Ya no me quedaba ninguna duda de lo que iba a pasar, estaba aceleradísima, no sabía si quería salir corriendo o deseaba que entraran de una vez.

Tres hombres en la puerta me miraban deseosos con una copa en la mano, algo borrachos y puestos.

Mi cliente volvió a entrar y a desnudarse pero sin molestarse en preservar nuestra intimidad y a cada poco alguno de sus primos pasaba por delante del cuarto, le decía cosas y no perdían detalle.

Cuando llamaron al telefonillo por segunda vez yo no daba crédito…

Sonó el telefonillo e inmediatamente gritos. Yo no entendía nada. De repente se abrió la puerta y me dijeron “¡vistete, corre!”.
Apenas era capaz de abrocharme el sujetador, las medias las metí en el bolso como pude. Mi cliente estaba alteradídimo, no atinó a ponerse nada más que unos pantalones y unas chanclas. 

No le importó que estuviera a medio vestir, me agarró del brazo para que saliera del cuarto. Yo daba saltitos intentando ponerme mis tacones y así me arrastró hasta el rellano del quinto piso. Le pregunté, aún temblorosa, que es lo que pasaba pero él me respondía en su lengua mientras corría hacia una puerta lateral.

Se salía al exterior, era la escalera de incendios. No consintió en contestar hasta que no estuvimos dos pisos más abajo. Sólo entonces, mientras yo terminaba de abotonarme la blusa, dijo que su mujer no tenía que haber llegado hasta más tarde, que estaba trabajando.
Ya sin tanta premura terminamos de bajar.

Algo así sólo ocurre en las películas.

Publicado el 12 de Octubre de 2008, texto recuperado de mi blog censurado

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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