Los pijamas quirúrgicos

Hasta el momento no me lo había planteado, quizá porque la tendencia lógica es huir de los lugares que te puedan resultar conocidos por tu otra profesión. En este caso la tentación fue más poderosa. En una tranquila tarde de sábado me dediqué a chatear un rato. Juan estaba de guardia en un hospital. De mi edad, quién sabe si de mí misma promoción, morbeábamos con la posibilidad de ser ya conocidos, que le fuera a ver o quedar fuera un poco más tarde. Quedó en llamarme. Y yo me quedé imaginando cómo sería ir a trabajar al centro pero esta vez sin llevar puesto un pijama quirúrgico.

Alguna vez Carlos me había dicho si me acercaría a su trabajo y habíamos fantaseado con ello. Cuando me llamó y me propuso ir a verle, acepté primero y luego le pregunté dónde. No podía yo imaginar que se encontraba en el mismo sitio que mi interlocutor de hacía unos instantes, eso sí, en distinta unidad.

Así que me puse una faldita, algo cómodo para no tener que quitármelo y quedé con Carlos en la puerta principal. Dos besos y entramos juntos, ascensor, un par de plantas y aparecimos en un corredor. A la izquierda varias enfermeras se afanaban en su trabajo, a la derecha unas puertas sólo para el personal del hospital. Un saludo con la cabeza y nos dirigimos en dirección contraria a ellas.
Una sala de reuniones y un cuarto que cerramos a nuestro paso.
Cama, ordenador y un sillón con pinta muy cómoda. Allí de pie, temblando por los nervios del momento, comenzamos a besarnos sin parar de deslizar nuestras manos por debajo de la ropa. De rodillas le quité los pantalones y me afané por probar el sabor de su miembro. Al principio sólo subió mi vestido y me sentó en la mesa para acceder mejor a mí. Luego la ropa fue saliendo por los aires, esparciéndose por el cuarto. Apasionados, buscábamos nuestros cuerpos, lamiendo, chupando, tanteando con los dedos.
¿Podría llegar alguien? ¿Llamarían a la puerta? Con esa tensión por la posibilidad de ser descubiertos era imposible que la respiración se normalizara, la urgencia del encuentro avivaba mi deseo, sólo quería sentirla dentro, que me montara. Así se lo pedí y no dudó en darme gusto.
No parábamos de hablarnos al oído, de provocarnos. La silla, la mesa, cualquier cosa servía para nuestro fin, de pie o sentados, recostados también, sólo pensábamos en darnos placer.
El sofá lo recorrimos de un lado a otro persiguiéndonos hasta acabar derrengados y sudorosos.

Pocas horas después tenía entre mis brazos a Juan, esta vez fuera de su trabajo. No daba crédito a la audacia del encuentro que había tenido ese mismo día, con otro colega, pocas veces ocurren coincidencias semejantes.

Si lo hubiera imaginado habría me habría parecido más creíble!

Publicado el 16 de Octubre de 2009, Texto recuperado de mi blog censurado

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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