Putas por gusto

30/11/2008 1 Por MaríaG

Me da morbo decir PUTA.
Es un término claro, conciso, rotundo.
Conozco decenas de putas, yo diría incluso que superan la centena. Las conozco altas, guapas, morenas y feas, las conozco nacionales y de todas las nacionalidades posibles. Todas tenemos un rasgo común, somos putas pero el resto es absolutamente distinto. Cada puta lleva a su espalda una vida y una motivación para ejercer la profesión más antigua del mundo.
Conozco putas que lo son porque no saben hacer otra cosa, porque han llegado engañadas, porque necesitan dinero y conozco también a mis favoritas: las putas viciosas. Son, sin dudarlo, las más apetecibles.
Me gustan las putas que desean el sexo, me gustan las que se excitan sabiendo que alguien paga por usar su cuerpo, me gustan las que esperan nerviosas que llegue el encuentro, me gusta descubrirlas jadeantes de placer. 

Nunca pensé que yo fuera a aplicarme esta denominación cuando contraté a la primera. Era un regalo de cumpleaños para mi marido. Quería algo exótico y contraté a una estudiante japonesa. Jovencita, estaba en unas supuestas vacaciones culturales, por unos meses y después regresaría a su país, eso sí, con algo más de peso en las alforjas.

Me sorprendió lo guapa que era, alta, de piel muy blanca y pelo negro.
Ella nunca había estado con otra mujer, parece ser que era también su primer servicio y se la veía muy nerviosa. Al principio estaba algo tímida pero luego empezó a animarse y me daba la boca con pasión.
La fui desnudando despacito y me sorprendí cuando encontré que no estaba depilada (por aquel entonces creía que todas las putas estaban perfectamente rasuradas).
Más me sorprendí cuando comprobé que reaccionaba a mis caricias, que se iba mojando según mi lengua insistía en recorrer su entrepierna. Y luego quiso probarme a mí y corresponder dándome placer.

Y no perdía ocasión para atenderle a él y entregarse con pasión. Nos acariciaba, abrazaba, besaba, se retorcía, buscaba con la cadera y con todo su cuerpo. Realmente parecía nuestra amante.
La hora pasó volando. Cuando nos despedimos ella sostenía los billetes entre sus manos juntas, sonreía, daba saltitos la mar de contenta y a modo de saludo, inclinaba la cabeza.

(Publicado 30-11-2008, texto recuperado de mi blog censurado por Blogger)