La idea de ir a un club: Ahora al otro lado (I)

¿Cómo sería vivir una temporada rodeada de mujeres? Pero no de cualquier manera sino recluida como ellas y disponible como ellas.

Era una fantasía de hacía tiempo. La idea de un espacio donde conviven tantas féminas y todas putas como yo, me resultaba tan sugerente como un cuento de las mil y una noches.

Me acerqué un día para preguntar. Me daba mucha vergüenza entrar pero me armé de valor y abrí la puerta.

Era una recepción como la de caulquier hotel a las doce de la mañana. Por allí pululaban mujeres en vaqueros y arregladas que se cruzaban con otras en camisón y zapatillas. Una señora moderadamente gentil me explicó cómo debía solicitar mi alojamiento en el hotel, las tarifas, el tiempo de espera para obtener plaza y me tomó los datos.

Durante tres meses descolgaba el teléfono para tener noticias de mi asunto todas las semanas. Hasta que un día me dijeron que sí.

Ahí empezaron mis nervios. Hasta ese preciso instante no había terminado de darme cuenta de que aquello ocurriría realmente. La idea era absolutamente excitante.

Pedí una semana de vacaciones en mi trabajo. Ya las había visto en una ocasión pero siempre tengo en la mente las imágenes de los burdeles con clase de antes, chicas elegantes, con lencería fina. Así que mi siguiente paso sería pertrecharme de atuendos apropiados, con los que me pudiera sentir cómoda mostrándome públicamente: sandalias de tacón, medias y ligas, ligeros, corpiños, saltos de cama, negro, rojo, más negro y blanco, todo lo que estimulara mis sentidos y el deseo.

Cuando llegó el día señalado yo era un manojo de nervios. Habíamos hablado mucho sobre el particular y yo tenía asumido que no trabajaría ni siquiera para pagar la manutención. Allí había alrededor de doscientas chicas alojadas, prácticamente todas más jóvenes que yo, de países exóticos, algunas realmente bellas. Definitivamente no podría competir con ellas, una cierta inseguridad quería asomar la patita.
Quedarme a dormir allí alguna noche podría gustarme pero en principio regresaría a casa. Y, desde el primer día vendría a verme mi marido, como cliente, claro está e incluso invitaríamos a un par de amigos que conocían nuestras andanzas.

Me indicaron cuál sería mi habitación y al entrar me encontré transportada a Londres en los peores momentos de contaminación, con una morenita sentada en la cama que no paraba de fumar. Me disculpé y bajé a pedir un cambio de ubicación.

Ahora en la primera planta, la primera puerta después de la escalera. Un pequeño recibidor con una puerta de armario, daba acceso a un cuarto de baño y dos habitaciones, la mía sería la de la derecha. La vecina de la habitación de al lado me informó, resulta que por cada habitación con espléndida cama matrimonial eran dos chicas las que vivían; si a eso le sumamos que eran dos cuartos, cuatro chicas compartirían el cuarto de baño.

Compartir habitación suponía también que, dado que ese mismo cuarto era el que se emplearía durante la noche para trabajar, existían posibilidades de coincidencia de ambas, momento en el cual la última en llegar con su cliente, debía de buscar un lecho libre en las escasas habitaciones pensadas para este contratiempo. Y, de no enconrar, esperar pacientemente.

También implicaba que no había posibilidad de descanso en las horas de apertura del club, desde las cinco de la tarde hasta las cinco de la mañana. Quizá ésto fue lo que más me sorprendió.

Había tenido suerte y mi compañera de habitación no estaba. Se fue a una salida y tardaría varios días en volver. Mientras tanto, para no perder la plaza, seguía pagando su habitación diariamente. Al menos hasta su regreso podía hacer uso integral del cuarto.

Al lado una peruana de veinteaños, muy mona ella, se dedicaba a arreglarse las uñas con el radiocasset encendido. Me presenté y estuvimos pelando la hebra un rato. Me sentía con total libertad para preguntarle por su edad, sus hijos y familia. Como muchas de las que luego conocería ella también tenía hijos en su país, a cargo de la familia. Estaba ahorrando para regresar, ya había comprado una casa, le puso un negocio a su madre y ahora quería unos meses más antes de regresar a su patria.
Yo, sentada en la cama, escuchaba todo con estupor.
Al cabo entró otra moza, más entrada en carnes pero también muy lozana. Y allí que continuamos el comadreo. Ellas respondían a mis preguntas curiosas, que no eran pocas; me contaron un poco como iba el ritmo allí pero fundamentalmente me interesaban sus vidas, sus proyecciones de futuro. La primera ya sabía a lo que venía cuando aterrizó en España pero no así la segunda. Me hablaron de otras provincias, de clubs de carretera, de pisos y a mí me daban ganas de sacar un cuaderno y ponerme a tomar notas para no perder ni una sola de sus historias.

Quería ver todo antes de la hora de apertura, así que, después de colocar mis cosas salí al pasillo. Era una buena hora para comer pero el horario en este sitio estaba un tanto trastocado. Me cruzaba con mujeres con bata, zapatillas y rulos, otras totalmente vestidas, por supuesto con vaqueros prietos. Unas iban a desayunar recién levantadas y otras venían de comer para a continuación comenzar a arreglarse. Mis ojos no tenían descanso ante tanta hembra suelta.
Escuche algo de barullo cerca del recibidor. Resulta que varios días a la semana traían un surtido completo de atuendos y complementos. Y por allí iban pasando todas a ver si encontraban ese conjunto rompedor con el que estar monísimas esa misma noche. La verdad es que algunas de las cosas que tenían no se ven usualmente en tiendas.

Pasé después al comedor. Allí estaban siempre disponibles una serie de platos, arroz, frijoles, fruta, café, mantequilla y mermelada, pan. Al lado las cocineras que te preparaban en el acto el plato que quisieras del menú. Como no había mucho trabajo pude hablar un poco con ellas. Siempre tenían diversos tipos de comidas, no les gustaba lo mismo a las brasileñas que a las rumanas. Y nunca se sabía qué comida tocaba, si iban a desayunar a las tres de la tarde o a las cinco de la mañana. Si alguna chica hacía una salida o tenía un cliente hasta muy tarde, podía llamar y pedir que le tuvieran lista alguna cosa para cuando terminara. Era muy rico todo lo probé.

Me faltaba por conocer la figura de la “mami”. Estaban en cada planta y tenían ocupaciones diversas. A ellas acudías, por ejemplo, si no tenías cuarto para trabajar. Te asignaba uno y, como no, te llamaba puntualmente a la puerta cinco minutos antes del fin de la hora. Podías recurrir casi para cualquier cosa y era la palabra más oída por los pasillos. También era mami la que te daba las sábanas antes de subir a las habitaciones. Porque el sistema para subir con el cliente a tu habitación incluye que hagas una parada para recoger la sábana y la toalla previo pago de unos euros; en ese mismo cuarto las chicas tenían unas taquillas donde podían depositar sus neceseres y recogerlos para “hacer” el cliente. Llevaba un buen control de todas; apuntaba en un primoroso cuadrante una cruz por cada vez que solicitábamos las sábanas, me resultaba especialmente morboso poder ver con cuántos hombres se habría acostado mi vecina o la rubia esa despampanante.

A porteros, camareros, gerente y recepcionistas no tardaría mucho en conocerles.

Ahora era mi turno, debía prepararme para mi primera salida al ruedo. Subía a la habitación, desparramé todo lo que traía y busqué algo especial para la ocasión. Las medias serían la pieza clave.

 

Publicadoel 22 de Junio de 2009, texto recuperado de mi blog censurado

2 comentarios para “La idea de ir a un club: Ahora al otro lado (I)”

  • Moises:

    No soy de España, soy de America Latina razon por la cual no tendre el gusto de conocerte ni de ser tu cliente pero me quedan las historias que publicas para disfrutar de ti y de tus experiencias y aventuras, eres increible contando todas esas cosas y tienes una gran habilidad para escribir, deberias publicar un libro con historias de tu profesion y de tus aventuras propias, espero algun dia llegar a España y vivir todas esas cosas ricas que leo de alla, gracias por compartir todas estas cosas con quien las quiera leer…

  • Quién sabe lo que nos deparará el destino. Cabe la posibilidad de que algún día yo viaje a tu país o bien tú quieras descubrir la madre patria y saltes el charco que nos separa. En cualquier caso, gracias por leerme y espero que lo disfrutes.

    Besos

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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