Cuando la carroza se transforma en calabaza

Me había contratado para pasar toda la noche. No es un servicio que haga frecuentemente, supone para mí un esfuerzo personal importante. Cuando me lo proponen, lo medito. Pasar una noche con un desconocido significa también despertarse a su lado por la mañana, momento en que abres los ojos esperando descubrir a la persona amada y recuerdas entonces que estás en otro sitio, en otros brazos. Y ésto me crea un conflicto. 

Fui con nervios, más de los habituales. Los planes eran cenar algo y dedicarnos después a nuestros cuerpos.
Abrió la puerta, todo estaba correcto. Yo estaba algo más tensa de lo habitual, deseaba sentarme en un restaurante, relajarme y volver a sentirme yo misma. No era la única que acusaba esa tensión, quizá fuera esa su actitud corriente pero me parecía algo más distante de lo que cabría esperar.
Y la cena se anuló, decidió que era mejor quedarnos en el hotel y comenzar con la segunda parte de la cita. Fue entonces cuando lo supe: aquello no funcionaba. Las posibilidades de tener un rato en un sitio neutral para distendernos se habían esfumado. Y no podía apartar de mi mente que necesitaba un cambio de actitud o algo, no sé el qué, necesitaba un punto de ruptura en aquella dinámica. En esas circunstancias el sexo tampoco podía ser muy gratificante.
Y el cambio no llegó, yo no encontré el modo de reconducirlo y él no pareció hacer ningún intento.
Puede que en su cabeza la cita estuviera milimetrada o que simplemente yo no respondiera a sus expectativas. Así que me encontré vistiéndome para irme solo una hora después de haber llegado.
Me fui a mi casa pesarosa. Yo también deseaba haber disfrutado de la cita.

Publicado el 22-04-2009, texto recuperado de mi blog censurado

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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