Ni muerta

Nunca reconocí la verdad. Jamás  habría confesado cómo ocurrió realmente.

Era vergonzoso poner toda esa cascada de emociones sobre ningún tapete. Así que,  mi versión nunca fue contada extensamente,  nunca fue reflejada como lo viví aquel día y como lo he revivido tantísimas veces en los ratos de placer solitario.

La última vez que me había visto yo era una cría. Ahora todo había cambiado en mí y él continuaba siendo la oveja negra. Me seguía poniendo nerviosa su presencia,  sabía algunas cosillas sueltas de su vida, envueltas en una leyenda que no sólo estimula la imaginación.

Cerró  tras de sí,  quería que le acompañara a la calle. Bajamos las escaleras y en vez de abrir, se giró y apoyó la espalda contra el cristal traslúcido. Algo venía hablando por el camino, ni me acuerdo.

Entonces dijo las palabras mágicas: «Enséñame las tetas».

Se extendió por todo mi cuerpo un cálido hormigueo y no pude ni moverme. La pregunta que llegó a mis labios, ahora lo sé,  me delataba y a penas acerté a balbucirla: ¿Aquí?

Di un paso hacia atrás,  quedando contra la pared y comencé a tiritar, era un manojo de nervios. Le miraba fijamente, mientras una batalla silenciosa se libraba en mi cabeza. La respuesta hubiera sido más sencilla si aquello no fuera un bloque de viviendas, si no pudiera bajar cualquier vecino, en cualquier momento y encontrarnos en un cuadro comprometido, si no me conociera desde siempre, si no tuviera esa mala fama, si yo no quisiera.

Pero ese hormigueo era profundo, nacía de algún recóndito lugar de mis vísceras.  Sólo la vergüenza me tenía paralizada, bueno, eso y una vocecilla que afirmaba que aquello no estaba bien.

Seguía pasmada, él me miraba con los ollares dilatados. «Levántate el jersey».

Lo hice. Parecía ir a cámara lenta, tomando con las dos manos el borde de mi ropa y dejándola luego debajo del cuello.

«Y el sujetador». La mano derecha me bastó para levantar del medio y subir. Así se mostraron dos preciosos pechos adolescentes, turgentes, desafiantes.

Ahora su sonrisa era completa. Y a mí me castañeteaban los dientes.

Aquellos interminables minutos dieron paso a una visita al bar de enfrente y no sé a dónde más.

De regreso a la casa era predecible que algo pasara.  Pero, tonta de mí,  no esperaba otra encerrona en el mismo sitio.

Quería verlas de nuevo. Y lo siguiente me pidió me descolocó,  deseaba que diera saltitos. La estampa le debió de resultar deliciosa, yo ruborizada hasta las orejas, con la ropa mal puesta, ofreciéndole el espectáculo del bamboleo de esas recién conocidas tetas.

Y aún me pidió que verbalizara algo más,  que le diera consentimiento a si podía tocarlas.  Se me salía el corazón del pecho y, con apenas un hilo de voz, conseguí reforzar mi movimiento de cabeza.

Era una mano fuerte que se acercó despacio, sopesando, que hundió los dedos conteniendo la respiración, que me hizo estremecer.

Le había gustado, sí señor, se retiró un paso para atrás y, por fuera del pantalón apretó su miembro. Me hizo gesto, me acerqué e hice la misma valoración que él.  Firme, rotunda, pugnaba por salir y entonces, por vez primera, tuve yo la iniciativa y fui a tocarla por dentro de la ropa.

Pero aunque mis manos eran finas no podían abrirse paso con facilidad, entonces fue él quien me mostró la manera de desabrocharle,  de liberar aquella maravilla.

Cerré mi mano, él comenzó a guiar mis movimientos. Su respiración cada vez se aceleraba más  y la mía le seguía.

Y cuando la excitación estaba fluyendo en mi entrepierna, me apartó un poco, cogió él el testigo y se dio la fuerza y el ritmo que necesitaba.

Entonces su placer se derramo6sobre mí,  sobre mi carne, sobre mi ropa, sobre mi pelo. Ambos jadeábamos.

 

 

Besos

 

2 comentarios para “Ni muerta”

  • El Maera:

    Muy buen relato. Un tío de mala fama para empezar la faena. Encaja, a las mujeres les vuelven locos los malotes. Yo nunca he visto tanta tía buena por metro cuadrado como en la cárcel de Soto del Real en la cola del bis a bis. Relato muy femenino, describiendo muy bien las emociones que estallaban a cada paso… pero intuyo que esto es sólo el principio… así que como cantaban los mozos en la Pamplona de mi niñez, ¡Todos queremos más! Esperamos impacientes…

  • pedro:

    Muy tuyo eso de desnudarte en sitios publicos, no se porque lo se….

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.