El día entre camiones

Podía haberme ido después del primero pero quería estar horas, ir de uno a otro como hacen esas chicas de carretera que tanto llaman mi atención. No recuerdo cuántas veces pude hacer aquel ofrecimiento, ni tampoco el computo total de vehículo que por allí pasaron. Iban y venían, algunos sólo paraban a tomar algo y continuaban la ruta. 

Hubo un italiano guaperas que dejó a un lado del hornillo lo que preparaba para comer sin pensárselo dos veces;

Ún polaco que afirmaba que jamás, en los tropecientos años que llevaba al volante, le había pasado nada similar;

Un cacereño maduro que me hablaba tiernamente preguntándome por qué estaba yo en ésto;

Un marroquí que quería usar una bolsa de plástico en lugar de un preservativo;

Otro chico que sacó de su cartera todas las monedas que encontró para dármelas porque ya no le quedaban billetes y el que da lo que tiene no está obligado a más;

Y el rubito del este que fue el único que aceptó de entre sus compañeros, en aquella furgoneta que se movía a nuestro ritmo, mientras los otros permanecía esperando fuera.

Todos los encuentro tenían un denominador común, la urgencia. Llevaban días fuera de sus hogares, algunos semanas sin ver a su mujer y me abrazaban con premura, a medio desvestir. Y cuando me marchaba alguno se quedaba taciturno, añorando su terruño.

Me desconocía a mi misma, no sé de dónde saqué la audacia para acercarme a todos los que me encontré aquella mañana. Llamaba a las puertas, me asomaba entre los camiones y me mostraba coqueta con cualquiera.

Se iba aproximando la hora de marchar y sólo me quedaba acercarme al autobus que esta aparcado al fondo. Pensando que tendría pocas posibilidades de éxito, por aquello de que eran dos los conductores, me aproximé.

Dos hombres fornidos y atractivos me miraban sin terminar de creerse lo que les decía. Me miraban y cuchicheaban. Y aceptaron los dos, uno subiría primero y el otro permanecería abajo para después intercambiar los papeles.

Así probé los asientos traseros de un autobus, tumbada con las piernas todo lo abiertas que podía. Y descorrí las cortinillas, las dejé todas abiertas. Yo no paraba de jadear, realmente no podría decir quién de los dos lo estaba disfrutando más.

Me volvía loca ver por las ventanillas al amigo que daba vueltas alrededor como un león enjaulado y a unos cuantos curiosos que, a una prudencial distancia comentaban la jugada, viendo como en un teatro un tórrido espectáculo.

El colega no aguantó más y subió. Se quedó primero en la puerta delantera y poco a poco se fue aproximando hasta que le tuvimos de pie, mirando, tocándose. Cuando terminó el primero no me dejaron moverme. El amigo se subió encima de mí para terminar el trabajo del otro. Y cuando éste también acabó ya estaba el primero listo para el siguiente asalto. No me dejaron descansar ni un segundo. Fue la guinda de aquel hermoso día.

(Publicado 21-03-2009, Texto recuperado de mi blog censurado)

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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