Sorpresas te dá la vida

18/12/2016 1 Por MaríaG

Jamás nadie le creerá,  por más que lo jure o lo confiese entre cañas.

Elecktra me avisó para compartir un cliente.  Nada más me dijo pero ambas gustamos de las sorpresas. Iba un tanto distraída,  hablando por teléfono hasta llegar al portal. Allí andaba un chaval jovencito y bien vestido con una identificación de empresa al cuello, llamaba al telefonillo y nadie le abría. Me cedió el sitio para que yo intentara y entonces, desde ese pequeño escalón y mirándole fijamente le pregunté aquello que muchos hombres desearían escuchar de una desconocida: ¿Quieres sexo?

Se quedó petrificado, hube de repetir la pregunta, sin aportar muchos más detalles. Simplemente tomé su mano y le conduje al interior del portal. Un beso en mitad de las escaleras y subió con brío hasta la puerta.

No había avisado, así que mi amiga nos abrió totalmente desnuda. El chico casi se desmaya de la impresión, una belleza, de generoso busto, curvas tremendas pero con un detalle  entre las piernas que hace de ella la mujer perfecta. Era la primera vez que contemplaba semejante prodigio.

Por toda explicación le dije que me lo había encontrado abajo, entonces ella, afirmando que era mono y sabiendo ya que el chico jamás había conocido las mieles de un travesti, le agarró de la nuca para comenzar a besarle mientras le desnudaba.

La siguiente sorpresa me la dio ella a mí. En la habitación estaba su cliente esperándonos pero también había un bello chaperito de cuerpo lampiño y elongados volúmenes. Éste de lo que no había gozado nunca era de una mujer.

Así que estábamos en una habitación dos hombres, un travesti, un gay y yo y cualquier combinación podría ser posible.

Las dos cojeamos de lo mismo, nos encantan los novatos, así que aferramos cada una al correspondiente como novias sedientas de pasión, para ir quitándoles todos sus miedos a base de excitación. Y a ratos les soltábamos un instante, nos mirábamos y volvíamos a despertar la lujuria.

Un mar de cuerpos entrelazados, de miembros generosos, enhiestos. Y yo derretida ante tanto potente placer.

Y estaba caldeándose sobremanera el ambiente cuando nuestro jefe decidió reducir los participantes a los iniciales y nos invitó a salir, primero al chaval y después a mí.

Me quedé con ganas de más de todo, con la entrepierna inquieta y las retinas impregnadas de ese olor indescriptible y brutal a sexo animal.

Besos