Café para dos

Tres años y medio han pasado y le he echado de menos.

Quedamos en una cafetería, un zumo y frases cordiales. Pero andaba nerviosa, me hormigueaba algo muy dentro y se abría paso entre mis piernas, hasta no dejar que me concentrara en sus palabras.

Las primeras insinuaciones pareció que no surtían efecto, pero also se le iba alterando. Entonces le mostré unas fotos de mi novia, unas fotos tomadas después de una noche apasionada, en una cama revuelta y con frío en los pezones. Ahí cayó su resistencia, su expresión era nueva, de ojos brillantes y boca abierta. Entonces ya pude mencionarle lo que me acordaba de aquel día en que fui a su casa o de aquel otro en que me dijo aquello de “hermanita, hoy te voy a dar por el culo” y lo hizo, vaya si lo hizo.

Había transcurrido media hora y estaba llevando a mi hermano de la mano, a dos manzanas de allí para continuar el café en la intimidad.

errada la puerta, su abrazo me atrajo, rotundo, firme. ¡Cuántos  había añorado esos besos! Me besa como algo mío, me besa como desde siempre, como hay que besarme, como si fuera yo misma. Me besa y me estremezco hasta los pies. Pero no me besa y ya está, no pasa a otra cosa, sino que me besa y me besa y sigue besándome entera, dibujándome con los besos.

De pie, la ropa fue cayendo, la piel estremecida. Acariciaba su cabeza enterrada entre mis pechos, me estrujaba, me devoraba, mamando de las tetas como si fuera a robarme el alma con esos orgasmos arrebatados. Yo sólo entrecerraba los ojos, sólo centrada en sentirle en cada centímetro que recorría. Y como regalo quiso probarme, alimentarse de mis jugos. Por verle así entro me derretía y seguía gimiendo y retorciéndome. Entonces me colocó de medio lado, desde atrás empujó mi pierna y la levantó un poco, quería exponerme, dejar mi culito bien abierto y contemplarlo. Nunca lo había sentido esos besos tan íntimos y que tanto parecían gustarle. Jugaba con su lengua en mi agujerito, succionando y acariciándolo, me tenía totalmente rendida a sus dedos.

Apartó su cara, se enderezó y dejó que todo su cuerpo fuera aproximándose al mío hasta cubrirme por completo. Así le recibí, con las piernas bien abiertas y los ojos entrecerrados.

Cada segundo fue agónico, lentamente se encajó para ir poco a poco entrando en mí, aguantando la respiración, desmadejada de placer. Era mutuo, él impedía que me cimbreara bajo su peso, quería retenerse, disfrutarme un poco más. Inmóviles, unidos también por nuestras bocas. Ni contorsiones, ni posturas variadas, sólo la quietud de la intensidad contenida, gemidos apenas ahogados en la garganta.

Fue llegando solo, incontenible y arrollador, inundándonos de placer. Y así fundidos continuamos besándonos como recién enamorados.

Besos

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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