Un día en la vida de una puta

Delante de la cámara

Me presenté en su casa como solía ocurrir en nuestras citas. Hombre agradable, cortés.
Esta vez no fuimos a la habitación, era la luz del despacho la que estaba encendida. Primero pensé que, simplemente, querría ver algo de porno en su pc.
Pero no, en la mesa el ordenador encendido y una cámara de video sobre la disquetera. Él estaba chateando cuando yo llegué, la imagen ahora estaba congelada. Me llamó la atención, hasta ese momento nunca había estado delante de algo parecido. Se abrían pequeñas ventanas que daban acceso a las habitaciones de nuestros interlocutores. Había chicos solos, muchos, pero también mujeres o bien parejas.

Me propuso poner la cámara a una altura en la que yo me sintiera cómoda, para que no se me viera la cara. Vestida, simplemente sentada y empezaron a abrirse privados y a reclamarme para verme un poco más. Como hipnotizada iba accediendo a las peticiones de retirar prendas de mi cuerpo y, a cambio, veía como otros hacían lo mismo.
Entonces el juego empezó a ponerse interesante. Mi cliente apareció ya desnudo y con unos juguetes en la mano. Comenzamos entonces nosotros dos a acariciarnos, a frotarnos, besarnos mientras buscábamos que el plano para la cámara fuera el adecuado.

En esa misma silla le senté, me puse de rodillas entre sus piernas y comencé a lamerle con fruición. Con una mano acompañaba mis movimientos de cabeza y con la otra comencé a jugar con uno de los aparatos. Entonces hizo que levantara mis nalgas a la altura de la cámara y mostrara cómo me masturbaba sin dejar de hacerle un francés. No podía parar de pensar en cuántos desconocidos estarían deseando mi cuerpo en esos momentos, pensar que alguno, incluso, podría ser alguien cercano a mí y que no me reconocería nunca. Esa idea me excitaba más, hacía que me moviera un poco más rápido, me mojaba. Y entonces quise mostrarles un poco más, quise hacerles partícipes de la parte más íntima de mi sexualidad, quise que pudieran ver cómo me corría subida encima de mi cliente.
Me eché un poco hacia delante y cabalgué sobre aquel miembro que tan hacendosamente me había estado comiendo. A mi mente llegaban sin parar imágenes irreales de gentes disfrutando de mi cuerpo visto por la tele, de chicas escondidas bajo las sábanas recordando lo que yo hacía, de hombres llamando a alguna mujer de mala vida para que les quitara el calentón,… Así hasta que no pude aguantarlo más y me dejé arrastrar por una explosión de placer.

Descubrí entonces que no éramos los únicos que estábamos desnudos, decenas se masturbaba con y para nosotros, incluso vi a una pareja disfrutando del placer solitario.

Al otro lado de la pantalla, más de 500 personas de todos los confines de la tierra estaban contemplándome y un buen número no se limitaba a mirar sino que me acompañaban con su excitación y su placer.

En otra ocasión el juego era distinto. En la habitación de un hotel, sobre la cama el portatil y en la pantalla una imagen de una única persona que podías cambiar a voluntad, como si fuera una ruleta. Esa noche el objetivo era conseguir sexo virtual con alguna de las mujeres que aparecían. Era como ver porno casero sólo que las hembras del otro lado respondían a mis peticiones, me estaban entregando a mí esos momentos de goce.
Me parecía mentira, aquella australiana delgadita y rubia abriendo sus piernas en el sofá de su casa y apartando las braguitas para mostrarme cómo era capaz de jugar con sus dedos; o aquella inglesa en un hotel, frotándose contra la almohada para poder alcanzar su orgasmo.

Fueron horas de clímax compartidos.

No ha sido una única vez que me he puesto delante de las cámaras pero siempre que lo hago vivo la misma sensación de excitación y gozo sabiendo que al otro lado alguien está pensando en mí.

 

Texto publicado el 2 de Noviembre de 2010, recuperado de mi blog censurado

Delante del disparador

Cada vez que las veo pienso cómo habrán terminado la sesión de fotos o quién estará detrás de la cámara.

No lo puedo evitar, mi mente calenturienta imagina cientos de posibles finales; en ellos se combinan como elementos la puerilidad de la chica y su inocencia, la realización de una prueba para obtener un trabajo, la presencia masculina detrás del objetivo y la necesidad o voluntad de que con los minutos se necesite menos ropa.

Son incontables las veces que he ensoñado en la intimidad de mi cuarto con ser yo la protagonista.

Pues bien, ayer tuve mi primera sesión de fotos seria.
Estaba nerviosa. Desnudarme delante de la cámara no me importaba. Yo quería fotos reales, fotos que no se limitaran a mostrar mi cuerpo en una pose sino reflejaran la intensidad de lo que estaba vendiendo, de mi cuerpo, la intensidad del sexo.

El café que nos tomamos primero no hizo más que aumentar mi deseo por seducir, quería conquistar a la cámara. Me mostró algunas de las fotos que había estado haciendo en los días anteriores. Primero las miré sólo con curiosidad, quería hacerme una idea de su trabajo. Pero claro, ellas estaban colocadas de maneras muy sugerentes y algunas tan explícitas que comencé a desearlas.
Sólo me quité la falda y me senté. No sabía por dónde empezar así que dejé que las fantasías acudieran a mi cabeza y simplemente me abandoné. Cerré los ojos.

A partir de aquel momento todo lo que hiciera sería para conquistarle a él, el que me miraba ahora detrás de las lentes y a aquel otro que lo haría detrás del papel. Deseaba que no lo pudieran evitar, que no pudieran resistirse, que desearan poseerme.
Dejé que mis manos recorrieran mi cuerpo, que apartaran sutilmente la ropa que estorbara. Ensoñaba con una cabina, de esas en las que se echan monedas y estás unos minutos viéndolas evolucionar casi desnudas. Me veía a mi misma observada por un grupo de hombres y yo iba girando mi cuerpo para complacer la vista de todos.
Era necesario un cambio de ropa, un nuevo escenario. Al levantarme vi su agitación apenas disimulada y azorado se concentró en su trabajo.
Más fotos, todo un profesional, se deshacía en elogios, me daba ideas para moverme. Pero cometió un error, dejó posada su cámara para acercarse al cuarto de baño, posible localización futura.

Quizás no lo esperara pero lo estaba deseando. Cuando fue a salir por la puerta, la bloqueé, dándole la espalda y me fui arrimando como una gatita en celo. Me di la vuelta con la intención de abrirle la cremallera, me puse de rodillas. No me había confundido, aquel bulto tenso hablaba por sí sólo.
Aquella larga preparación anímica nos había dejado muertos de excitación, ahora estábamos besándonos como dos adolescentes, ansiosos con premura. Ni siquiera le quité la ropa, sólo quería sentirla dentro, allí mismo, de pie en mitad del salón. en algún momento me derribó, siguió montándome hasta que me hizo gritar de placer. Entonces se retiró, volvió a coger su cámara y me retrató desmadejada, llena de gusto.

Si queríamos seguir con la sesión había que bajar un poco el nivel de reclamo. Me puse mi abrigo, las medias y los tacones y subimos a la azotea. Podían vernos, un centenar de ventanas miraban hacia nosotros y saber que detrás de alguna de ellas alguien podría recorrer mi cuerpo sin permiso me excitaba. Al dejar al descubierto mi cuerpo el gélido aire invernal me acariciaba y yo no sentía el frío.
Y ahora por los pasillos de color aterciopelado; podía rodar por las paredes, recostarme o empujarlas con todo mi cuerpo y lo que realmente deseaba es que llegara alguien, que alguna mujer retirara la vista púdicamente sin ser capaz de reconocer que ella también deseaba ser objeto de deseo.

Más cambios, menos ropa, más minutos distraidos al trabajo para dedicarnos a eros, menos tiempo, más fotos.

Mi amiga lo sabía pero realmente se había olvidado. Cuando abrió la puerta estuvo a punto de salir corriendo por aquello de no molestar.
Una lástima, disponía de poco tiempo antes de tener que echarnos de la habitación para trabajar en ella. No dejé ni que se quitase la ropa, la atraje hacia la cama y comencé a besarla. Esta vez nadie me orientaba sobre cómo colocarme, simplemente me dediqué a hacerle el amor a aquella soberana hembra.
De nuevo solos en otra estancia me disfracé, quería jugar un poco más ahora a ser una nena buena. No sé que tienen las faldas escocesas rojas que hasta a mí me impelen a mirar por debajo. De pie, sobre una silla, mi culito en pompa era un reclamo claro.

Esta vez lo quería debajo, quería llevar yo las riendas, moverme a mi gusto, correrme de nuevo. Le sujetaba las manos, le besaba, mordía y lamía, deseaba su cuerpo. Y ahora le tocaba el turno a él. Prefirió ponerme en ese plano en el que tanto me había fotografiado y poder agarrarme de las caderas mientras golpeaba con las suyas en los cachetes de mis posaderas.

Cuando terminó, ni me moví, sabía lo que pretendía: quería otra foto, una que evidenciara lo que acababa de ocurrir.

 

(Texto publicado en 2-3-2009 en mi blog censurado)

Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.