Un día en la vida de una puta

Extraños en un tren: La ida a Barcelona

Nada más ocurrir lo conté, tenía miedo de que aquello pareciera sólo un sueño. Pero el relato se perdió y aquellos hechos continúan rondando mi cabeza.

Un cliente me contrató para pasar con él un fin de semana en Barcelona. Con escueto equipaje me subí en el AVE, dispuesta a descansar, leer un poco, en fin, nada particular.

Ya estaba sentada en mi asiento, junto a la ventana, cuando llamó mi marido. Al principio bien, le dije que tenía ganas de continuar con mis lecturas y que me dejaría llevar por el sueño. Pero su tono comenzó a ser un tanto burlón cuando dijo que él también podría estar tranquilo porque en esas condiciones no me quedaba más remedio que ser buena y modosita.

Consiguió sacarme de mis casillas, y toda indignada le aseguré que se comería sus palabras.
Colgué el teléfono y me dirigí al chico que estaba sentado a mi derecha. Al principio hizo como si nada pero le insistí: “Fíjate lo que me ha dicho mi marido”. Procuraba distraer su mirada hacia el libro que tenía delante pero yo tomé su mano, me desabroché un botón de la blusa y me acomodé en mi asiento.

Hizo algún intento de zafarse pero su mano volvía de nuevo a acariciar mi piel. Jugamos un buen rato, metía los dedos debajo de mi falda, me permitía que yo le recorriera también, comprobando lo excitado que estaba.

En un momento dado le propuse que nos acercáramos a uno de los servicios. Primero que si la gente nos podía ver y luego que si estábamos muy cerca de Zaragoza y a él le gustaba hacer las cosas con calma. Total, no quiso, pero entonces el dije que no le quedaba más remedio que seguir masturbándome hasta que se bajara, seguro que no querría dejarme en aquel estado de excitación.

Busqué que me diera placer, abría lo suficiente las piernas para que su mano pudiera moverse, que sus dedos juguetearan con mi clítoris, que se mojaran de mí.

Y en este estado, las piernas sobre el asiento, la falda inexistente y el escote abierto, llamé a mi hombre. Su tono era abiertamente burlón “¡¡sólo has conseguido que un tipo te haga un dedo!!”.

De acuerdo, no me sentaría hasta lograr a un hombre dispuesto a complacerme.
Recorrería todos los vagones, uno por uno, buscando cualquier hombre que se viera solo y a todos ellos les haría una propuesta muy concreta, entretenernos un ratito en los servicios.

Comencé en la cafetería, entablando conversación con uno que leía el periódico y luego lo intenté con el camarero. Con un chico que había salido a hablar por teléfono donde el equipaje. Me senté al lado de un joven simpático, me paseé arriba y debajo de forma incesante. Y las contestaciones eran todas del mismo estilo, nadie se mostraba ofendido, antes pensaban que fuera una broma.

Después de la segunda parada quedaba poca gente. En el primer vagón un hombre solo, de pie, miraba por la ventana. Me fui a sentar lo más cerca posible, sin saber que era justo el asiento que él ocupaba y así entablamos conversación.

Ante la pregunta de qué haces dando vueltas, pues le dije que mortalmente aburrida pero que estaba seguro de que el sabría cómo entretenerme. Una pequeña objeción, dijo estar casado, pero claro, yo también. Y tras unos instantes de duda se decidió a acompañarme.

Cerré la puerta tras de mí y comenzamos a besarnos con premura, con nervios. Nos desabrochamos la ropa, con premura adolescente, frotándonos, jadeando. Me puse de rodillas, quería probarle con mi boca. Estaba duro, tenso, le recorrí con la lengua despacio, recogiendo dos gotitas que habían surgido de él. Cerré mis labios sobre él y succioné con gusto, mientras movía mi cabeza arriba y abajo parsimoniosamente.

Me volvía a poner de pie, no quería que se terminara tan pronto el juego, ahora era mi turno. Con la mano en el pecho le empujé un poco para que se sentara. Entonces, despacio me fui sentando sobre él, sin dejar de besarle, hasta tenerla toda dentro. Estaba empapada, su miembro se deslizaba acompasado y yo buscaba mi placer moviendo las caderas en círculo primero, después metiéndola toda, así hasta sentir que me había llenado el coño de leche. Entonces me corrí, le retuve un instante más entre mis piernas, dejé que todo mi cuerpo se estremeciera.

Me moví despacio, con los muslos empapados. No quería limpiarme, quería seguir con la evidencia de mi desliz, mojar las bragas y seguir recordando que había estado unas cuantas horas zorreando a mi aire por aquel tren.

Estaba deseando encontrarme con mi cliente y que él también me recompensara.

Ya estábamos entrando en Barcelona y llamé para contar el resultado de mi viaje. Una foto daría fe de lo que acababa de ocurrir. Se sobresaltó, realmente no se lo esperaba y tampoco esperaba yo excitarle tanto con aquel desaire. Le dije que no se preocupara, que me quedaba la vuelta al día siguiente.

Viajar en tren puede ser toda una experiencia.

Despedidas de soltero, haberlas, haylas

Nunca pasa. Cada vez que llaman para proponer un plan semejante, unas cuantas veces al mes, pienso lo poco originales que son algunos para dedicarse a vicios solitarios.

Esta vez no me parecía el típico juerguista, así que contesté todas sus dudas. Lo hablaría con el resto. Y pasó la semana y nada más supe de ellos hasta el mismo día de la fiesta, por la mañana. A esas horas aún no tenían cerrado nada y no lo tendrían hasta casi la hora de cenar. Me llamaron entonces, digo yo que les fallarían el resto de planes porque quedaron en venir a verme sobre las doce.

El plan sería una hora de dedicación sensual plena al novio y a cinco de sus amigos. Ninguno tenía idea de pasar del tonteo a algo más serio, al menos así se plantearía.

Llegaron a mi calle y una copa más tarde me llamaron. Seis estupendos chicos se franquearon el paso hasta el salón. Allí todo preparado, luz indirecta, música a media voz y una silla destacada entre los sofás. Esa era la destinada al novio.

Tenía preparada música para un tradicional striptease pero eso hubiera durado sólo unos minutos.  Mi principal víctima estaba sentada en la silla, piernas abiertas, manos juntas y bastante nervioso. Me coloqué en su regazo, procurando pegar mi cuerpo en lo posible al suyo y coloqué sus manos de manera estratégica. Entonces se me ocurrió que podría ser más divertido jugar con ellos, irlos calentando hasta ver a dónde llegaban.

Lo primero sería quitarme el carmín, rojo intenso y  permanente, para lo que necesitaría la ayuda de varios caballeros. El primero lo tenía debajo, así que, sin preguntar, comencé a besarle; al principio no respondía pero insistí hasta notar que sus labios se aflojaban y que empezaba a jugar con su lengua. A horcajadas, acompañaba mis besos de intensos movimientos, hasta que noté entre las piernas que se iba cumpliendo otro de mis objetivos.

Y después de él, me fui sentando sobre cada uno de los chicos. Sus respuestas fueron todas apasionadas, salvo la de uno, el más joven del grupo que rechazó la propuesta (ya se sabe, ese también tenía novia).

Subí un poco el volumen de la música y pedí que alguno me acompañara bailando; la cosa era sencilla, no hacía falta ser gran danzarín, sólo arrimar cebolleta. Mientras alguno se iba animando cogí al novio, me pegué bien a él, una pierna entre las suyas, movimientos de cadera. Entonces se levantó el más lanzado y se puso detrás de mí. Las manos corrían por mi cuerpo, apretaban todas mis curvas y los tres  ondulábamos al compás del calor de nuestra entrepierna. Los danzarines fueron cambiando y el calor ambiental era insoportable.

Ahora tocaba ayudarme a estar un poco más fresquita. Unos con el escote delante de los ojos, otros con mi trasero, cada uno hacía lo que podía por desabrochar un botón o un corchete. El que lo tuvo más difícil fue el novio. Le tumbé en la alfombra, el objetivo era que retirara mis braguitas, pero  era difícil porque me dediqué a restregarme por su boca hasta que cedió y comencé a notar la calidez de su lengua mojada, primero inmóvil, después inquieta, gustando los matices de mi sabor.

Pedí, rogué pero ninguno tuvo a bien satisfacer mis deseos. Propuse un rato a solas en la habitación contigua, o en el sofá junto a los compañeros, pero ninguno desabrochó un solo botón de sus pantalones, lo máximo que me dejó uno fue colar mi mano por dentro y magrear algo.

Así que decidí seguir jugando para darme gusto. Cogí unas bolas chinas, me senté en la silla y puse a dos de ellos entre mis piernas. Uno accedió a mojarme a mi y el otro las bolas, usando para ello sus bocas. Despacio, haciendo presión constante, con los ojos idos de excitación, fue introduciendo en mi cuerpo aquel objeto. Una bola y después la otra. Entre todos se dedicaron a jugar con ellas, dar tironcitos suaves, sacar una, volverla a meter con el entusiasmo que no se permitían poner en desfogarse.

Cuando todos hubieron probado, las saqué empapadas. Pero yo quería seguir jugando, busqué un consolador, mi favorito, me tumbé sobre tres de ellos, abrí bien las piernas y lo puse en marcha. Los otros dos estaban de pie los ojos como platos, los labios entreabiertos.

Les dejé que se fueran turnando, moviéndolo despacio, sacándolo a veces. Y quise que me lo dieran para ser  yo quien diera los últimos toques con la presión justa para correrme.

Aquello había sido más de lo que ninguno esperaba. Me dieron un beso de despedida. Y me dejaron que les hiciera una foto de espaldas, a cambio de una mía.

Me marché a casa con un estupendo sabor de boca. Profundamente dormida estaba cuando sonó mi teléfono y respondí instintivamente. Cuando me dijo el chico que estaban unos amigos en una casa celebrando una despedida de soltero y que si podía ir, casi me dio la risa.

Tres amigos con una idea muy clara, que el novio probara otra hembra antes de la noche de bodas. Cada uno sentado en un sofá, un buen beso para entrar en calor. Pero no, no seguí sus recomendaciones y allí mismo fui quitándome la ropa y dejando mi culito en pompa comencé a comerme al novio, mientras los otros rebullían. Al poco estábamos todos en la habitación, tres magníficas pollas a mi alrededor dispuestas para todo. Y mientras me metía una en la boca, la otra se aproximaba a mí por detrás. En el desmadre, uno dijo, al novio, al novio, así que le tumbé y me monté sobre él. El más jovencito tumbado a nuestro lado me daba la boca mientras se masturbaba. Y entre los dos me llevaron al orgasmo, arrastrando también el novio. Empapada de él me subí en su amigo al que le hicieron falta sólo unos cuantos besos más para correrse. Me fui a levantar de la cama pero una mano me agarró por detrás y me dejé caer para facilitarle la labor;  de pie, repuesto ya, el novio  había sucumbido a la tentación de tomarme de nuevo.

Faltaba uno, fui a buscarlo al salón pero no quería venir, decía que no preocupara que el llevaba su ritmo y que era un poco particular. Volví al cuarto y ahora solos, comencé a jugar con mis labios a comer y chupar su hermoso miembro, turgente, enhiesto. Ahora a cuatro patitas probaríamos mi culo, todo estaba permitido.

Todo había pasado muy rápido y había sido muy intenso. Descansaban fumando un cigarrillo en el mismo sitio donde les viera al principio. Hice entonces la maniobra inversa, me volví a poner mi vestido  y me acerqué a darles un beso de despedida. Comentábamos la jugada, lo que me gustaba mi profesión de puta vocacional cuando el único que no había consentido en penetrarme me agarró entre sus brazos y me hizo caer sobre él. Me vi llevada de la mano de nuevo el cuarto y allí lanzada sobre la cama. Mientras hozaba en mi entrepierna, tras la puerta entornada, su amigo miraba. De rodillas me puso para tomarme y mientras el otro había iniciado el tímido avance por la habitación. Así de nuevo tuve sustituto, según se satisfizo el primero y me liberó, me tomó de nuevo el novio. Uno tras otro, pasando de mano en mano, gozando cada vez un poco más, si cabe. Sentirme manejada por esos hombres, unos perfectos desconocidos que usaban de mí a voluntad, qué más podía pedir. Volvió a derramarse dentro de mí, me chorreaba el semen por la entrepierna y yo me acariciaba, disfrutando de aquel regalo.

Ahora ya me podía marchar con el trabajo bien hecho. Pero antes les pedí una foto, sin ese testimonio, hoy me parecería mentira que lo improbable ocurriera dos veces en el mismo día.

Alberto Alcocer 43, Clara del Rey 39, Princesa 3 dupl… El Pardo bajo las estrellas (III)

El sitio más común de una cita es un apartamento. En eso estamos todos de acuerdo.

Pero a partir de ahí el límite es la imaginación y tu placer. Quiero compartir con vosotros alguna de las situaciones morbosas para todos los gustos.

Él sólo busca el exhibicionismo. Escondido detrás de un árbol espía cómo me quito la ropa en un parque público, a plena luz del día. Sé que me sigue mientras camino desnuda y disfruta viéndome sentarme en cualquier banco. Me acaricio para él y para los pocos curiosos que se atreven a quedarse mirando. Recuerdo al de la bici, casi tiene un accidente por mi culpa.

La palma se la lleva un caballero que tenía la fantasía de engañar a su mujer en su propio lecho, sin que ella lo supiera pero mientras que la susodicha durmiera en el mismo emplazamiento. Aquel día llegué a temer por mi vida imaginando la reacción de una mujer que descubre a su marido con otra a centímetros de su piel. Todos los movimientos fueron medidos, las respiraciones silenciadas. Y la intensidad fue tal que dudo que entre sus sueños no se colaran imágenes que hicieran para ella también aquella noche inolvidable.

Cuando vamos a clubs de parejas liberales puede ocurrir cualquier cosa. El día dependerá de quién se encuentre en ese momento allí. Puede que justo esa tarde haya partido y sólo cuatro despistados hayamos entrado. Y, al contrario de lo que suele pensar la gente, ese día de poca compañía es, precisamente, el día en que se organiza una fiesta tremenda.
Me acerco siempre a ellas y sus reacciones son tan variadas como tipos de mujer.

Siento un especial placer cuando ellas, algo pudorosas, retiran mi mano y dicen que no pero entonces sus acompañantes me piden que siga y la retienen para que no se vaya. Alguna mantiene todo el tiempo sus reticencias. Un cierto forcejeo cuando separo sus muslos sólo me estimula para que la disfrute como fruta prohibida. Lo tremendo entonces es observar el momento en que aquella fuerza desaparece y deja paso al total abandono. Son ellas las más escandalosas y siempre mis preferidas.

Jugar por debajo de un mantel es algo casi imposible a día de hoy. Son pocos los restaurantes que mantienen en sus mesas una tela que vele al resto de comensales la falta de recato que mostramos. Más fácil entonces que sus servicios sean los que sirvan para el fugaz encuentro. Y más difícil evitar cruzarse con alguno que se ha percatado del juego y mira con ojos deseosos.

Todo vale en el amor y en la guerra.

Playa, sol, ensaimada y palmesanos: Turismo en Palma de Mallorca

Esta vez no fue idea mía. Pocos días antes estábamos los tres comiendo. Conversación distendida entre un matrimonio y el amante de ella. Nos estaba hablando de su trabajo y de cómo tendría que viajar próximamente él sólo  y lo poco que le atraía la idea.

Entonces lanzó la pregunta “¿te vienes conmigo, María? La primera respuesta, acompañada de risas, fue no. Pero insistió y le dijo a mi marido lo bien que me vendrían dos días de vacaciones bajo el sol del Mediterráneo. Para mi sorpresa ahora eran los dos los que preguntaban por qué no.  De acuerdo, accedería con una condición: Poner anuncios en la ciudad de destino para trabajar de puta lo que fuera menester.

Tres días después cogíamos  un avión para Palma de Mallorca.

La perspectiva era estupenda, 48 horas dedicada a retozar con mi amante, teniendo a mi marido controlado en casa y rabioso de celos. Alguna posibilidad de ver algún cliente también tendría pero no confiaba mucho en ello.

Aeropuerto, coche de alquiler y hotel. Media hora después ya estábamos llagando a la playa cuando recibí la primera llamada. El mar tendría que esperar y con él mi acompañante.

Lo que prometía ser una tranquila mañana de relax fue transformándose en una intensa jornada  en la que, uno tras otro fueron llamándome y apareciendo en la habitación diferentes hombres. Alemán el primero y ruso el segundo. Ambos con cuerpos envidiables, rubios, altos, jóvenes, de planta estupenda y perfecto español.  Ahora se me entremezclan sus imágenes, apasionados besos, abrazos, caricias. El sudor recorriendo su espalda, los músculos relajados tumbado en la cama. Apuraron su tiempo.

Ya había pasado la hora de comer y el color rojizo amenazaba con aparecer en sus brazos cuando le recogí. En una terraza repusimos fuerzas mientras no paraban de pedirme información al otro lado del teléfono. Y con la cuenta llegó la llamada estrella.

Varios mensajes me había mandado desde que se enteró de mi viaje pero nunca acabé de tomarlo  en serio. Para mi sorpresa ella saldría del trabajo en unos minutos y en media hora se acercaría al hotel con el encargo de llevarme no sé que papeles. Dentro del bolso llevaba un sobre para mí. Era su fantasía, estar a solas con otra mujer y sería su marido quien se lo regalara.

Estaba todo preparado cuando llamó a la puerta. De mi estatura, delgada, temblaba como una hoja. Deseaba primero una ducha relajante, se desvistió solita y ya estaba  dentro cuando llegué yo. No retiró su boca. Despacio fue entregándose a mis besos, abriendo sus labios, dándome su lengua.  Llené mis manos de jabón, le di la vuelta y empecé por sus hombros, el cuello, acariciaba con mis manos resbaladizas, deslizándolas hasta sus dedos, tocando cada centímetro de su piel.

Apretaba mi torso contra el suyo, lamía su cuello, le susurraba en la oreja. Sus pechos me entretuvieron, pequeños, firmes, sensibles. Un movimiento circular, una presión intensificada, mis labios aplicados en sus pezones, duros, oscuros, irresistibles.

Las piernas bien torneadas, un deleite para masajear y recorrer hasta sus pies. Y volver a subir haciendo espuma entre mis dedos hasta ponerme de nuevo a su altura.

Ahora deseaba algo más de ella. Cerré la llave, le abracé con una toalla y la conduje hasta el lecho.

Tumbada con los ojos entrecerrados esperaba mi contacto. La cubrí con mi cuerpo y comencé a besarla. Primero en su boca, despacio, regodeándome. Y después fui bajando entreteniéndome para no dejar nada sin catar.

Así llegué a su entrepierna. Le separé un poco más los muslos. Un coño de los que ya no se encuentran, con todo su pelo rubiejo, unos labios menores sonrosados y recogidos, una preciosidad. Asomaban unos hilitos transparentes;  no pude resistirme y apliqué mi boca. Realmente delicioso.

Me apliqué en seguir el ritmo de sus caderas, en buscar su placer con mis dedos y mi lengua.  Fue agitándose cada vez más y, cuando ya estaba apunto de caramelo se incorporó. No quería correrse tan rápido, prefería la tortura de esperar un poco más y deseaba hacerme aquello mismo a mí. Me puse cómoda. Era la primera vez que ella probaba a otra y lo hizo con toda la dedicación posible hasta volverme loca. Y me dio su boca con sabor a mí y rodamos por la cama hasta colocarme encima, con mis piernas ahorquilladas entre las suyas. Y de esta manera comenzamos a movernos, a buscar la una contra la otra nuestro propio placer. Hasta terminar rendidas, tumbadas, jadeantes.

Luego, más relajadas nos hicimos unas fotos para mandarle a su pareja que debió de quedar al borde del infarto.

Luego no hubo ni playa ni turismo, sólo amorosos clientes que desfilaron por la habitación. Fueron tantas las horas que mi amante estuvo en el bar del hotel  (el periódico, un partido y luego otro, la cena) que la recepcionista le preguntó si estábamos enfadados. Entonces le pedí que subiera, a partir de ese momento sólo aceptaría salidas para dejarle descansar.

Me vino a recoger con la idea de pasar unas horas juntos y de llevarme a cenar. Pero cuando me subí en el coche  y nos dirigíamos al restaurante me dijo que él no tenía hambre. Así que me paseó un poco por la ciudad y tomamos algo. Claro que no le dije que mi cuerpo pedía algo consistente para compensar las horas gimnásticas pasadas. De regreso, me conformé con una manzana del.

Tampoco hubo comida al día siguiente, ni playa, ni turismo, mi teléfono echaba humo. Pero resultaba imposible poder complacer los deseos de todos. Mi tiempo en la isla fue limitado.

En algún momento de la tarde tuve que dejar libre la habitación. Así que el último de mis encuentros sería en los servicios del aeropuerto, pocos minutos antes de mi embarque de regreso.

Ha sido un viaje intenso y placentero y debo agradecer a los palmesanos las horas de placer que me han brindado.  Y también a mi amante y a mi marido por consentirme todo este vicio.

Alberto Alcocer 22, Clara del Rey 39, Princesa 3dupl… El Pardo bajo las estrellas (I)

Los lugares de encuentro son de lo más variado.

La primera que me habló de los apartamentos por horas fue una amiga mía. Tenía un amante con el que quedaba varias veces a la semana, a la hora de la comida, con algo de picar en una bolsa. Claro que cuando me lo contó no imaginaba el uso que le daría yo, unos años después. Los primeros que conocí fueron los de la calle Clara del Rey 39. En la escalera derecha, tomé el ascensor, llegué a la quinta planta y busqué el apartamento donde me atenderían.  Entré en estado de schock, una puerta semientornada, tres pasos por un recibidor y una mulata detrás de una barra, mascando chicle y atenta a la telenovela. Yo estaba cortadísima, era la primera vez que iba a entrar en aquel mundo de lo prohibido y me sentía observada. Aquella tipa no me lo puso fácil, fue desabrida y me dejó un mal regusto. Y luego los apartamentos eran un poema. Sólo el tiempo de disfrute de aquellos cuartos hacía tolerable el maltrato inicial. En los años siguientes la cosa no ha cambiado en lo esencial, ellas han rotado pero siempre parece que te perdonan la vida cuando te dan el mando a distancia de la tele. Y para qué hablar de cuando te excedes en el tiempo  te llaman a la puerta.

Recuerdo una vez que organizamos una mini orgía. Teníamos que ir entrando sin hacer ruido porque la encargada estaba atenta de cuánta gente pasaba a la habitación. Cuando ya estábamos poniéndonos en marcha, todos medio desnudos y muy calentitos, aporrearon la puerta. Fui a abrir, teniendo buen cuidado de dejar tras de mí la puerta de la habitación cerrada. La señorita quería que le abonara  una suma mayor pues un chico había entrado de más. Pues se lo pagué de mil amores y luego hice colecta entre los diez que me acompañaban para compensar los gastos.

Dado que me resultara un trago tener que ir  a aquellos, fui investigando y conociendo otros. En la escalera izquierda, al llamar a la puerta me abrió una negra cuarentona medio desnuda, casi tan sorprendida como yo y llamó a la mami para que me atendiera. Dentro alguna otra recostada en un sofá mirando la tele, olor a puchero. Apareció una decrépita mujer que, arrastrando los pies, me condujo al otro lado de la planta y ella misma me abrió la puerta, guardándose en la faltriquera las llaves. En ese momento di por bueno todo hotel, motel o apartamento por mí conocido. El panorama resultaba indescriptible.

Más adelante me llevaron a los apartamentos de Princesa 3 duplicado, en la planta quince. Parece que a las encargadas las cortan con el mismo patrón. Y aquello resulta sórdido, una vez más.  Tiempo después, me llevaron a unos decorados con mucho gusto, coquetos y modernos, en otra planta y con otro estilo. Son del estilo de los que se encuentran en la parte baja del Eurobuilding.

Me comentaron de otros, visité a chicas en diversas ubicaciones.

Vecindario entrometido, portero cotilla, imposible tráfico, zona poco recomendable y así le sacaba peros a cada cosa que veía. La providencia me hizo encontrar un lugar discreto, bien situado, moderno, con fácil aparcamiento en Alberto Alcocer 22. Y ahora se me hace cuesta arriba visitar aquellos otros lugares por mí tan bien conocidos.

En estos años de profesión son muchos los hoteles que he visitado, de todas las estrellas,  en todo Madrid, moteles, aparta hoteles, pensiones. Pues sólo una vez tuve problemas para entrar en un hostal cerca de sol. Fue la primera vez que me pidieron el nombre de la persona que iba a visitar, a demás del número de habitación y tuve que hacer bajar a mi cliente para que viniera a por mí.

Pero los lugares de encuentro no se circunscriben a los convencionales. Puede ocurrir que venga de viaje mi cliente y quiera ser recibido como se merece en la estación de tren; o bien ser recogido en el aeropuerto. Bares, restaurantes y sus lavabos, parques y jardines, escaleras, el parking del Corte Inglés o uno privado, un Vips, la azotea o el trastero, una Sala X o un cine corriente. Las posibilidades son mil.

Debo mencionar, con especial placer por los recuerdos que me trae, El Pardo. Allí acuden de vez en cuando parejas con un punto de exhibicionismo y hombres que pueden llegar a conformarse con masturbarse detrás de la ventanilla del coche. Muchas de aquellas noches son dignas de ser contadas.

Alexa, compañera de juegos prohibidos

Una tarde de Jueves, en un local de intercambio. Estábamos recorriéndolo para ver las parejas que se escondían por los rincones.

 Con una copa en la mano y una toalla a la cintura nos sentamos en el colchón de unos que andaban muy acaramelados. Ella era alta, de piel clara y graciosas formas.

 Nos gustó lo que vimos así que toqué suavemente su pie descalzo. Levantó la cabeza, me pareció que hasta ese momento no se había percatado de nuestra presencia; algo hablaron, volvió a bajar la cabeza pero su pie permaneció. Las uñas pintadas de rojo intenso, el contraste con su nívea piel, me impedían apartar los ojos y las manos fueron detrás. Se estremeció con mi contacto y alargó su mano hacia mí, aún sin girarse.

 Me recosté tras ella, pegué mi cuerpo al suyo buscando el contacto lo más amplio posible. Aparté su melena posando mis labios en su cuello, lo recorrí hasta que me condujo a sus labios.

A partir de ese momento ya estaba perdida, se había girado, se estaba entregando y no le di cuartelillo. Sus pechos eran de infarto, generosos, clamaban por ser atendidos. Los pezones se le habían puesto duros y comencé a juguetear con ellos mientras no cesaba de sobarla, tironeaba  con mis labios, chupaba con fruición.

 Me fui colocando encima, con las rodillas abrí sus piernas y comencé a frotarme buscándola.  Con los ojos cerrados, me pedía la boca, se retorcía bajo mi peso y levantaba la cadera.

Quise recorrerla entera, probar todos sus matices y con besos esparcidos fui bajando de su vientre hasta encontrar la suave colina de su sexo. Se abrió para mí, metí la cabeza entre sus muslos.

Estaba jugoso, aquel rato de pasión no le había dejado indiferente. Y probé sus mieles, con una mano dedicada a ella y otra a mí misma, colocada boca abajo me frotaba acompasando mi ritmo al suyo. No despegué mis labios hasta notar cómo se contraía de placer. Entonces busqué de nuevo sus besos y al cambiar de posición me percaté de lo que había a nuestro alrededor.

Se había formado un corro, todos nos miraban sin atreverse a tocarnos. Yo quería más pero  cuando me quise dar cuenta el tipo con el que venía estaba haciendo uso de su cuerpo, colocada a cuatro patas comenzó un movimiento rítmico que le arrancaba gemidos entrecortados.

Quién puede resistir semejante visión.  

Sólo tuve que pedirle que se recostara, subirme encima y comenzar a cabalgar al ritmo que marcaban las exclamaciones de ella. Entregada a su tiempo se acompasaron nuestros gemidos, nos dimos un único tempo para alcanzar el clímax.

Fue entonces el momento de hablar, de preguntarle su nombre, de pedirle el teléfono. Me había dado cuenta de que él no era su pareja  y tampoco yo iba con la mía. Ambas estábamos en la misma situación, con nuestro cliente. Nos separamos. Yo había quedado en llamarla para que conservara mi teléfono  pero no lo hice, quizás lo perdí o tal vez no me acordé, el caso es que no puede volver a contactar con ella.

Podían haber pasado seis meses.

Me encontraba de nuevo en el mismo local, esta vez estaba repleto de parejas. No recuerdo quién me acompañaba pero me llevaba delante de él recorriendo el local hasta detenernos en uno de los cuartos privados que permanecía con la puerta entreabierta. Dentro un hermoso cuerpo femenino retozaba.

No fui yo quien se dio cuenta, sino ella la que me reconoció. Pero no dijo nada al principio, se limitó a invitarme a compartir su degustación masculina. Y cuando hubimos terminado lo confesó en mi oído. Me hizo recordar aquel otro día y las veces que desde entonces había querido llamarla. No tuve tiempo de mucha charla y esta vez fui yo la que le dejé mi número.

 Pocos días después  conocí su casa y desde entonces nos hemos hecho compañeras de juegos prohibidos.

Sexo Madrid, Relax Madrid, pero ¿de dónde viene mis clientes?

En mis anuncios se lee Sexo Madrid, Relax Madrid pero  cada poco me sorprendo con la diversa procedencia de mis clientes. Recuerdo una hermosa mujer que hizo un viaje sin fin desde el Norte de España, en autobús, para catar su primera hembra. De Cádiz, Santander, Badajoz, Tenerife, Ibiza o Sevilla, de todas ellas y de más ciudades han emprendido un camino cuyo destino era MaríaG. Y aún en estos días espero conocer a un cooperante que desde Senegal  se asoma a mi página y espía mis fotos.

A mí no deja de admirarme.

Cuando les tengo delante no puedo evitar un leve temblor, un estremecimiento que delata mis nervios. Deseo intensamente que encuentren lo que buscan que la MaríaG con la que han soñado o  vibrado con sus peripecias, sea la que tienen delante.

Hoy se ha hecho cuatro horas y media de trayecto de ida y acaba de marcharse de regreso. Se ha ido contento de haberme conocido, encantado de retozar  conmigo todo lo que ha querido. Se va con un montón de imágenes en la cabeza para jugar con ellas cuando yo no esté.

Lo prometido es deuda y a este último le prometí escribir sobre algunas peticiones que me hacen, unas morbosas otras audaces, todas excitantes.

Estuvo llamando durante una temporada y no he vuelto a saber de él. Aquel invierno era muy frío, recuerdo que fue el día en que nevó en Madrid. Tenía el tiempo justo antes de que llegara su mujer, como en el resto de las citas, siempre en el filo de la navaja.

No fuimos a la habitación, las prendas fueron deslizándose de nuestros cuerpos y cayendo al suelo ahí mismo, en el salón. Con labios impacientes me besaba, con manos temblorosas me acariciaba.   Tomamos posesión de la alfombra, del sofá de los butacones y entonces un sonido lejano le demudó y sus palabras fueron “¡Mi mujer!”. Eran tres pisos sin ascensor, cada peldaño que subía me robaba un segundo para recoger todas las prendas desperdigadas y poner en orden aquello. Miré y remiré,  para cerciorarme de no dejar ninguna prueba. Quedaba sólo un piso y el pánico estaba a punto de apoderarse de mí, ¡no encontraba ningún sitio donde poder esconderme! Entonces se le ocurrió que me metiera en el cuarto de aseo, justo la estancia que quedaba en frente de la puerta principal de la casa.

Ahí con la luz apagada, la puerta abierta y el corazón en un puño escuche como introducía las llaves en la cerradura y como la puerta se deslizaba. Apenas me atrevía a moverme pero necesitaba terminar de vestirme. Milimétricamente, conteniendo la respiración me abrochaba la falda. Mientras, ellos mantenían una intrascendente conversación. Sólo me separaba una puerta entreabierta, venían a mi cabeza hipotéticas imágenes de lo que podría pasar si ella quería lavarse las manos cuando, efectivamente, alguien empujó la puerta.

¡No! Fueron segundos en los que quise que la tierra me tragara.

Cuando le vi, me dieron ganas de chillar, por el susto que me había dado y por los nervios que estaba pasando. Venía a darme indicaciones. Él subiría con su mujer por las escaleras, procuraría hacer ruido para que estuviera segura de cuál era su ubicación. Cuando cesaran los pasos debía salir sigilosa. Se despidió con un beso.

Cerré la puerta tras de mí y bajé los peldaños con los zapatos en la mano.

En otra ocasión el morbo  fue un poco más sofisticado: Quería que nos viéramos por la noche, después de la hora en la que el matrimonio se iba a la cama.  Y mientras su mujer dormía plácidamente, con unos tapones mitigando los ruidos, nosotros nos solazaríamos  allí mismo, en su propia casa. Todo a oscuras, en total silencio y con la premura que impone el momento. Parece que hasta el aliento te va a delatar.  Imaginaba como se encendería la luz, aparecería una fabulosa mujer  y que, después de los momentos de impresión, se uniría a nuestro juego. Aquello me tenía muerta de gusto, disfrutando de conseguir la infidelidad del marido en sus propias barbas.

Después de varios encuentros conmigo y con mis amigas Rosa Amor e Irene, me pidió rizar el rizo: En las mismas condiciones pero en la propia cama matrimonial.

Así lo quiso y así ocurrió.

Dejé todas mis cosas en la entrada y, una vez desnuda, agarró mi mano y me introdujo en la más absoluta oscuridad. Hasta el cuarto empleó su móvil como linterna y, una vez dentro, me pegué a su cuerpo para no tropezar. Sobre un tatami un único colchón. Pensaba en esa plataforma, cómoda para dormir pero para estos menesteres supone un riesgo añadido pues en caso de urgencia no hay modo de esconderse debajo de la cama.

No pude ver el bulto, tal era la oscuridad pero su respiración se oía a nuestro lado y en algún momento rebulló algo más de lo que me hubiera gustado.  Lejos de salir corriendo, permanecimos quietos hasta que volvió a calmarse y continuamos con nuestro solaz.

Fueron unos momentos de extrema excitación,  nunca la existencia de una esposa se me había hecho tan patente y me estremecía de placer sintiendo el peso de su hombre sobre mí. Debía moderar mis movimientos, anular los gemidos y al contenerlos se incrementaba el disfrute.

La intensidad de aquella escena sólo la puedo compara con otra cinematográfica de la película  “Enemigo a las puertas”  en la que aparecen imágenes difíciles de olvidar: una pareja, en un dormitorio corrido se abraza uniendo sus cuerpos en movimientos casi imperceptibles.

Intento poner imágenes a aquellos momentos y me resulta casi imposible. Con los ojos cerrados, con total oscuridad, sólo recuerdo las sensaciones y el silencio.

Me han pedido muchas veces otros servicios digamos distintos, he visitado portales, ascensores, garajes, coches y bares, he acudido a domicilios en los que la familia andaba por la casa,… Y cada vez tiene su morbo, la magia particular de cada cita.

Pero todo ello conlleva un pequeño inconveniente pues algunos clientes, sabedores de mis gustos poco convencionales, buscan que sea yo la que les proponga un encuentro excitante, en un “más difícil todavía” que me hace rememorar aquel programa de aventuras: Al filo de lo imposible.

 

Una tarde de infarto: Cine X y travestis

Era la tarde de un Sábado cuando sonó el teléfono. Ya nos conocíamos. Ese día quería algo distinto, no sabía muy bien por cuál de las cosas que tenía en mente se decantaría. Pero sí sabía por dónde empezar: Iríamos a una sala X.

Quedamos en la plaza y entramos juntos. La cartelera del día incluía una de “americanas tetonas” y otra de “enfermeras cachondas”, vamos, apasionante. Las instalaciones eran las de un teatro pequeño, con dos plantas para ver la proyección, una zona común con un bar, terraza  y los aseos.

No me esperaba que aquello estuviera tan concurrido. Abrimos la puerta que daba paso a la platea y nos quedamos en mitad del pasillo, acostumbrando nuestros ojos. Tardaron segundos en percatarse de nuestra presencia. Y, cual taimados cazadores, se fueron aproximando y tomando posiciones alrededor de mí. Tuve entonces una docena de manos pugnando por acariciarme, estiradas hacia mí y círculos concéntricos de cuerpos excitados.

Él estaba detrás, me agarraba por la cintura y con la cabeza apoyada en mi cuello me susurró que no hiciera nada con ninguno. Fue una sensación distinta, por primera vez dejé que me acariciaran unos y otros, mientras mis manos descansaban inertes. Serví de juguete durante un rato, manos anónimas me amasaban, dejando sensibilizado cada centímetro de mi piel. No había nombres, ni rostros, sólo dedos inquietos.

Súbitamente me indicó que saliéramos  y muchas de aquellas manos retomaron su cara al llegar a la luz, pues como a una estrella famosa  siguieron mis pasos al abandonar la estancia. Inocente, le acompañé a los servicios, no deseaba quedarme sola. De esta manera una riada de gente inundó los urinarios hasta el punto que no era posible concentrarse en ninguna función fisiológica solitaria, la masa humana buscaba tu sexo. Uno, más audaz, me agarraba del brazo y pretendía robarles a todos el juguete y meterme en el único espacio con puerta.

Un momento de descaso en la terracita para fumadores. Ahora mi cuerpo estaba de nuevo cubierto. Todos serios, sólo alguno que otro se atrevió a despegar los labios, bromear conmigo, como si estuviéramos en cualquier bar de la ciudad, como si otra pasión que no fuera el sexo nos hubiera reunido aquella tarde.

Ahora íbamos a probar los asientos de arriba. Espolvoreados por toda la planta, grupitos de dos o tres se sentaban nada modosos.  Nos ubicamos en la primera fila, dejando sitio a ambos lados par nuestros seguidores.

Esta vez yo sería quien pusiera las normas: Sólo me pondría una mano encima aquel que estuviera dispuesto a jugar con los dos. Aparecieron voluntarios rápidamente, la mayor parte se acercaba a ver si colaba, con el pantalón desabrochado y el deseo recorriéndole el cuerpo. Yo me había tomado muy en serio aquel juego y me daba un morbo tremendo ver cómo se sometían a mis deseos para obtener mi cuerpo y como procuraban derrotarme y salirse con la suya.

Súbitamente el último de los participantes se arrodilló delante de mí y enterró su boca entre mis piernas.  Me devoraba con gusto y me recosté en mi asiento, dispuesta a dejarme llevar. Y no despegó sus labios de mí hasta cumplir con su objetivo, hasta complacerme.

Aquella experiencia podía haber sido suficiente pero él quería aún un poco más pues ninguno de los que había encontrado en el cine era lo que buscaba. Exactamente no se qué quería pero comenzamos continuamos la búsqueda, esta vez por locales de ambiente. Primero fuimos a bares donde sólo paran hombres pero era muy pronto y pocos eran los presentes. Después recorrimos un par de sex shops pero para ellos era demasiado tarde y ya andaban cerrando. Por último barrimos las calles de Madrid en busca de una travesti cualquiera. O no aceptaban parejas o no nos gustaba a nosotros, en una zona, en otra. Pasábamos al lado de las que estaban en la acera, pasábamos con el coche despacio, la ventanilla bajada y mirábamos con insistencia, desnudando su figura.

La misma zona primera otra vez y ahora sí apareció.  Muy alta, con una silueta de las de girarse a mirarla por la calle, rubia, por supuesto, bonitas piernas y pechos sugerentes. Me sorprendió, era la primera española que conocía. Accedió a entrar con nosotros en el coche. Simplemente aparcamos un poco más allá de donde estaba haciendo la calle. Se montó detrás y nosotros la acompañamos. Su cuerpo me daba mucho morbo, quería apretar despacito sus nalgas, esas tetas exuberantes. Caí sobre su cuello, me faltaban manos.  No besaba, al menos eso decía, sólo daba la lengua, la puntita, con ella muy estirada; pero, súbitamente cogió un papel, se quitó la pintura de rojo carmesí y comenzó a besarme apasionadamente.

Un coche repleto de muchachos pasó muy despacio por nuestro lado. A través de los cristales podían observar mi cuerpo desnudo y a mis acompañantes. Volvieron a pasar unas cuantas veces y al final optaron por detenerse enfrente, con sus ventanillas abiertas para que nada, salvo la distancia, enturbiara la insólita visión.

La movilidad era muy limitada, el espacio escaso. Mientras que yo me dedicaba a descubrir lo que escondía su tanga, ella se ocupaba de mi cliente acariciándole y comiéndose su miembro. Yo hice lo propio, recorriendo con mi lengua la única parte de su anatomía que no era confusa y se estremecía en mi boca y vibraba con mis movimientos.

Un poco para cada uno y también para mí. Soy menuda y pude, sin dificultad, sentarme sobre el uno primero y después sobre la otra y regresar al inicio para seguir jugando. El coche se bamboleaba, los chavales aullaban fuera y nosotros lo hacíamos dentro. Y así continuamos, dándonos el relevo el uno al otro en peculiar trío, hasta que me gané mi premio y un fluido lechoso invadió mi cuerpo.

Unos minutos mientras nos vestíamos ya sin mirones, conversación intrascendente y nos dejó. No recuerdo como se llama pero parece que siempre se pone en el mismo sitio, en la misma calle, en la misma curva, con frío o con lluvia, siempre dispuesta.

El túnel de lavado

Una  preciosa mañana de primavera la del otro día.

Y una mortal pereza me impide realizar una tarea fácil, cotidiana para muchos hombres, absolutamente tediosa: lavar el coche.  Entonces, no queda más remedio que esperar cola. Porque siempre que pasas por delante del túnel de lavado no se ve un alma pero en el instante en el que aproximas tu coche, una sed de limpieza se extiende por las manzanas adyacentes. Total, siempre hay que esperar. Y para más inri, dos fueron los coches que teníamos que adecentar. Un estupendo plan.

Solamente se me ocurre a mí presentarme  para aquella tarea con un vestido primaveral, escote generoso,  colores claros, luciendo piernas y pies desnudos y, cómo no, sin braguitas. Yo andaba concentrada en lo mío, pensando en mil cosas mientras sacaba todo el contenido del maletero. Abre la puerta, agáchate, coge ésto, ponlo allá.

Me entretuve más de la cuenta con el mío, así que dejé pasar un coche entremedias. Mi marido pasaría primero. Terminada la fase de recoger dejé paso a los profesionales y me fui hasta la zona de salida de los vehículos para ver si ya estaba listo el primero.

Pero allí no lo encontré. A cambio se me acercó uno de los mozos que secan los cristales, ni me había percatado de él. Sin quitar sus ojos de mi escote y tembloroso, me dijo que mi marido se había ido y se quedó plantado delante de mí, absorto en la contemplación de mi piel. Alto, de buena complexión, ojos claros, rubicundo.  No podía resistirme, sólo viendo su actitud me entraron unas ganas irrefrenables de complacerle, de permitirle hozar en mi sexo y recorrer mi escote, como me contaban sus ojos que ansiaba hacer. A plena luz del día, con sus jefes y otros operarios alrededor y una fila interminable de coches para seguir limpiando, no parecía tarea fácil.

¿Y ahora qué hacemos? Fue mi respuesta mientras miraba yo alternativamente mi escote y los ojos del desconcertado muchacho. Hizo como que no entendía, tuve que repetírselo y preguntarle si no había un lugar donde pudiéramos meternos unos minutos y que no nos viera nadie.  Claro que preguntó por mi marido y le dije que no estaba. Muy desconcertado, no podía disimular la tensión de sus pantalones.

Me dio las indicaciones oportunas, a la vuelta de la esquina, en el concesionario podría entrar en los servicios, limpios como  para una señorita y hasta allí iría él, pero que, por favor, fuera discreta porque le conocían.

Su teléfono comunicaba mientras yo abría la puerta de cristal. Distraído, aparcado justo delante y ni siquiera me había visto entrar. Respondió al teléfono en mi último intento, justo a tiempo.  Me imagino su cara al saber lo que estaba a punto de suceder. Acababa de dejarme ocupada  en tareas mundanas y no podía suponer el cambio que habían dado los acontecimientos.

Nada podía hacer, no podía evitar mi devaneo y eso incrementaba sobremanera mi excitación. Deseaba sentir a ese chico, obrar con él como complaciente esclava, aliviar su tensión.

Los minutos que tardó se me hicieron eternos. Delante de la puerta de los servicios de caballeros,  como león enjaulado, daba vueltas y al otro lado del teléfono, mi marido escuchaba las barbaridades que me venían a la mente.

Cuando llegó, él no sabía muy bien cómo hacerlo, así que me colé en el servicio de caballeros y le conduje hasta donde pudimos cerrar la puerta. No preguntó, no dijo ni una palabra, se limitó a abrazar mi cuerpo como si llevara años sin catar mujer, a besarme con pasión, a tocarme con manos torpes y aún temblorosas.  Buscaba mi lengua con su boca, la recorría.

Mis manos se deslizaron entre sus piernas, un escalofrío le recorrió, cerró los ojos, movió la cadera. Pude abrir sus pantalones y observar la fuerza con la que se extendía ante mí el tótem del placer. Lo recogí con mis manos, quería contemplarlo, observar cada una de sus reacciones cuando mi lengua se iba deslizando por su superficie. De rodillas fui sumisa, besando su miembro, deleitándome en probar su sabor.

Cuando ya no pude más, cuando las ganas de ser penetrada  me vencieron, me  di media vuelta, el vestido recogido en la cintura y permití que se deslizara para tomar posesión de mi cuerpo. Despacio, muy despacio fue encajándose perfectamente. Me sentía llena por completo, notaba como palpitaba, la tensión  y mi cuerpo se contraía involuntariamente para darle cabida y aceptar todo el placer posible.

No quise sentarlo. Precisamente aquella vez deseaba el contacto posterior.  Miles de mujeres a lo largo de la historia han recibido así a sus hombres, han sido agarradas desprevenidas o han ofrecido sus cuerpos a los vencedores exponiéndose indefensas. Así quería yo sentirme, dominada por aquel extraño, poseída.

Apenas cinco embestidas  fueron suficientes y su semen regó mi cuerpo, manando cual fuente de leche y miel.  Sólo pude llegar a recoger con mis labios las últimas gotas del fluido nutricio. Le dio tiempo justo para mojar mi entrepierna, mi culito, resbalando por mis piernas, impregnándome de su olor, marcándome ante el resto de hombres.

Unos instantes después estaba ya en la calle, habrían transcurrido sólo unos minutos, nadie se habría percatado pero yo tenía todo mi cuerpo embriagado por el placer del sexo robado.

Aires de Ucrania, la brisa del Mar Negro

Era mi fantasía desde el principio. Pensar en un montón de chicos reunidos por una celebración reclamando a un grupo de chicas para rifárselas y pedir la vez para estar con ellas. Hasta el día de hoy todas las despedidas de solteros en las que me han contratado han adolecido de pocos participantes con el suficiente arrojo como para escamotear a la chica durante un rato.

Me llamó otra profesional. Ya habíamos trabajado puntualmente juntas. Rubia, de cuerpo generoso y acogedores pechos, me ofreció acompañarla por la noche a una fiesta privada. La idea primigenia era acudir cuatro chicas a un chalet donde, primeramente, cenaríamos con unos veinte chicos. Después de tomar fuerzas y alguna copita, parte de los participantes se marcharían y entonces comenzaría nuestro trabajo. Parecía que lo que buscaban era una orgía.

Ella ya tenía a una, también brasileña, joven de curvas prominentes y simplemente aficionada. Así que se me daba la oportunidad de ser la tercera seleccionada para el evento. Rara vez es otra la que me reclama y más aún cuando nuestros honorarios son tan dispares, a veces es un gusto tener madam. El presupuesto inicial no estaba claro, por lo visto se admitía una renegociación sobre la marcha; en todo caso era claramente insuficiente para el esfuerzo que se requería de nosotras. Por supuesto, acepté.

Una hora de coche hasta llegar al sitio elegido. Desde la calle anterior a la de destino podíamos ver un chalet plenamente iluminado y con chicos asomando por todas partes. No había posibilidad de pérdida.

Un comité de bienvenida nos aguardaba en la acera, media docena de jóvenes nos ayudaron a salir del coche. Impresionante. ¡Salían chicos de todas partes! Altos, de ojos claros, rubicundos, de cuerpos escurridos, con pocos hombros y guapetes, una buena muestra de la juventud ucraniana. Hablaban todos en otra lengua, comentaban entre ellos, mirándonos o tocándonos, era como ser ganado en el mercado de abastos. A ello contribuía también su actuar poco cariñoso, sus ademanes bruscos y el lenguaje áspero. Incertidumbre, miedo a lo desconocido. No podía evitar que una cierta inquietud recorriera mi estómago. La excitación iba en aumento.

Lo primero correspondía terminar de negociar. Cobraríamos lo acordado por chica hasta una cierta hora y a partir de ese momento se cerraba la barra libre y quien quisiera pasar con alguna, lo pagaría  aparte.

Dispuesta a probar los manjares esparcidos por las mesas, me aproximé al lugar que habían ocupado ellas. Alguien, solícitamente, me sirvió un vaso de refresco y casi no pude ni mojarme los labios cuando el novio ya me estaba cogiendo la mano y reclamándome para sí.

Arriba, dos habitaciones sin luz propia, con unos jergones en el sucio suelo y la música de la fiesta ocupándolo todo. Se quitó la ropa con cierta dificultad pues el equilibrio lo debió de perder en su anterior copa. Tumbado, mostraba orgulloso lo contento que estaba de verme y reclamaba tener una demostración del buen hacer de las féminas españolas.

Era el primero de la noche, que no del día.

Mecánicos movimientos de pelvis, rápidos, con el recorrido justo para no permitir nunca que su miembro abandonara totalmente mi cuerpo. Y me pedía que reprodujese yo solita esa velocidad difícilmente alcanzable ni tan siquiera por un buen mancebo.  Precisamente por lo insólito, del lugar, de la circunstancia, yo estaba muerta de gusto, jugosa y esponjada.

Al salir del cuarto me crucé en el rellano con la brasileña, acompañada de dos caballeros. Mi sorpresa no fue por el relevo que me daban en el cuarto sino comprobar que uno de los acompañantes subía para llevarme al otro camastro.

Y aún no había conseguido vestirme de nuevo cuando entró un tercero, la fila de hombres estaba desplegada por la escalera. Uno salía del cuarto, el siguiente me aferraba con fuerza desde atrás mientras se desabrochaba los pantalones y un chavalín entró para reponer pañuelos.

El chaval abrió la puerta e hizo ademán de cerrarla de nuevo, se sonrojó y dudó si aceptar mi invitación para adentrarse en el cuarto. Lo que no esperaba es que yo le echara los brazos al cuello y me agarrara a él mientras su amigo se aliviaba en mí.

En cuanto me vi liberada, le derribé en el colchón. No opuso resistencia y dejó que abusara de su cuerpo igual que los otros lo habían hecho el mío. Me serví de él, me regodeé en toda las sensaciones de esas horas y me permití gritar de placer, segura de que a ninguno le molestaría. Y no les molestó, antes bien animó a un cuarto a pasar momentos después. Yo continuaba en la misma posición, así que no lo dudó ni un instante y se colocó por detrás, inmovilizándome por completo. Los dos se movían a distinto ritmo pero nuestros orgasmos fueron sincronizados.

Uno más y otro y más aún. A las 2:45 de la madrugada detuvieron la fila dándose la vez, para permitir que me tomara un descanso.

Me pidieron una vez más que bailara para ellos. El salón estaba repleto, se iban sentando en sillas formando una herradura. Las dos habitaciones estaban ocupadas y yo libre, así que me pusieron música cualquiera e improvisé una danza. El objetivo era sólo embravecerles, que aullaran al ritmo de mis caderas mientras que uno por uno iban toqueteándome, metiendo sus zarpas dentro de mi vestido, arrancando un botón, bajando la liga, exhibiendo mi cuerpo hasta quedar plenamente desnuda ante ellos. Uno de ellos, al pasar yo por delante, me alzó en volandas y, por unos instantes temí que aprovecharan para abalanzarse sobre mí.

No ocurrió, fui depositada en una mesa y ahí continué danzando hasta que finalizó la música.

Tenía los ojos desorbitados,  transida por todo aquel festival de sensaciones.

El que raptó esta vez fue el otro novio (al principio pensaba que me tomaban el pelo pero ambos se casaban con unas semanas de diferencia). Y aún me faltaban los dos cuñados, que querían compartir mujer; el que llevaba horas esperando sin conseguir acceder a mí; el sexo en el baño; los que repitieron; el tímido que casi se lo pierde;…

Pareciera que hubieran hecho una selección de cuerpos, todos bien formados, lampiños, duritos y con una particularidad que me sorprendió: todos mejoraban la media nacional española, no tanto en grosor como en longitud.

Llevaba ya tantas horas que había perdido la cuenta. Mi cuerpo comenzaba a resentirse pero no quería parar, era como el chile, lo deseaba aunque me hiciera llorar. Mi sexo estaba edematizado, empapado pero resentido. Más de la mitad había querido probar también mi culito y era tal mi estado que agradecía la alternancia permitiéndome incrementar las sensaciones y repartir el trabajo.

Amanecía ya. Sería tiempo de ir retirándonos. ¿Veinte nos dijeron? Revisando lo que habíamos hecho cada una, las cuentas no salían.

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ESASCHICAS.COM

Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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